Hace un año les presentamos a Rocío. Si usted vio esa nota, seguramente no la ha olvidado. Las fotos de Alejandro Olivares, especialmente ésta de ella bajo el puente, causaron gran impacto. Esa vez muchos medios se lanzaron a buscarla, pero la niña desapareció, hasta ahora. La buena noticia es que ya no vive bajo el puente, sino en la casa de sus abuelos. La mala es que su madre, la China, está presa. La noticia incierta, confusa, es que Rocío es el último eslabón de una familia que ha pasado los últimos 30 años bajo los puentes. Es decir, representa la primera generación que duerme en una casa. Y eso que es maravilloso, también es precario. Hay especialistas que creen que es muy difícil que ella tenga una historia lejos del cauce del Mapocho.

Por Jorge Rojas • fotos Alejandro Olivares

Rocío hace una caja con piezas de un juego Lego y guarda adentro un rompecabezas que les quitó a cinco compañeros. Cuando los niños tratan de recuperarlo, ella les lanza una mirada muy seria y los hace desistir. Los niños, que hablan fluido, se quejan de que Rocío les pega. Ella, que apenas habla, dice que extraña a su mamá que está presa. Todos asisten a un jardín infantil de la Fundación Integra.

Rocío tiene 3 años y es la misma niña que les presentamos en el número 225 de The Clinic. Poco antes de la Navidad de 2007 la encontramos junto a su madre, la China, viviendo en los márgenes del Mapocho, bajo el puente Loreto. Al día siguiente de la publicación de esa nota, volvimos a buscarlas. Varias personas llamaron al Clinic ofreciendo su ayuda, conmovidos por la historia y por la foto que captó Alejandro Olivares: sobre todo, el retrato dulce y feroz que está aquí arriba, donde Rocío abraza suavemente a su muñeca, al lado del torrentoso y oscuro Mapocho. Pero cuando llegamos, habían desaparecido. Y nadie sabía de ellas.

Sólo hace un par de meses las encontramos. La China estaba en la cárcel y la pequeña Rocío con sus abuelos paternos. Así nos enteramos que el mismo día en que apareció el reportaje, la policía fue a buscarlas al río. De la mano y con lo puesto, madre e hija arrancaron por la ribera y durante los siguientes días vagaron ocultándose. Pero no había muchos lugares donde ir. La detuvieron en un control de rutina, porque tenía una condena pendiente por un robo con fuerza.

Durante semanas de paciente conversación con la China y sus cercanos, logramos reconstruir la historia de Rocío y de su familia. Y si era sorprendente la imagen de una madre y su hija viviendo bajo el puente, oír el relato entero se vuelve indignante. Ocurre que durante los últimos 30 años la China ha vivido bajo los puentes del Mapocho y ha traído al mundo a otros cinco hijos. A todos los crió sola o semi sola, en la ribera del río y todos han continuado con la vida de la China salvo una, Nilvia Gatica, la mayor, que ahora tiene 25 años, vive en Peñaflor y odia a su madre. El resto tiene un currículum horrible: Nelson Gatica (19) está preso hace un año por robo con intimidación; Nadia Gatica (17), vive en el río igual que la China y es madre un niño llamado Johann; J.M., un chico de 14, deambula entre la casa de su abuela y el río; y E.M., una niña de 11, vive en un hogar de la Fundación Patérnitas.

La China se ha hecho cargo de ellos dentro de sus posibilidades. Pero las posibilidades de una mujer que ha estado a la orilla del río toda su vida, son pocas. Y muchas veces no ha hecho sino empujar a sus hijos a su mismo infierno, que es lo único que conoce. Los padres, que son tres, no lo han hecho mejor. “El Vasconcello”, primera pareja de la China y padre de los tres mayores, ha pasado toda su vida bajo los puentes y apenas habla de tanto tiempo que lleva al margen; Julio Merino Andrade, padre de dos chicos, se quemó a lo bonzo. Solo el padre de Rocío está ubicable: Juan de Dios Zamudio, alias el Pelado. También ha vivido bajo los puentes y no tiene casa, pero sus padres lo recibieron junto a la niña.

Por todo eso el hecho de que Rocío esté viviendo en una casa es una extraña excepción. Tan extraña que es difícil que se mantenga.

ARRASTRADOS POR EL RÍO

Rocío no sabe qué es la cárcel, pero entiende perfectamente que no puede ver a su madre porque ella está en algún lugar inaccesible, indefinible, que ella llama “allá”.

-“Mi mamá está allá… lloro por ella”, –balbucea.

Su vida bajo el puente, sin más contacto que con personas que veía asomarse arriba y le tiraban monedas, explica su poco manejo del lenguaje. Pero sabe defenderse, como lo han probado sus compañeros.

La China también llora cuando ve las fotos de Rocío. En ellas observa a su hija creciendo. Pero también, el pasado de sus otros hijos. Y el suyo propio. La China se llama Margot Contreras Zapata y llegó al Mapocho en 1977, cuando tenía sólo 9 años. Arrancaba de los golpes de su madre. Tenía 11 hermanos y vivían en Puente Alto. No estaban junto al río, pero era una vida igualmente dura y miserable.

-Mi mamá es buena para tomar y no nos dio enseñanza. Éramos pobres y tuvimos que sobrevivir robando para alimentar a los hermanos más chicos –dice la China desde la cárcel.

Juan Zamudio, el padre de Rocío, la conoció en esos años y la recuerda perfectamente: “Yo tenía 11 años y ella era más chica, pero era dura porque llevaba más tiempo en la calle. Nos decían “los torrante Mapocho” y salíamos en el noticiario ‘60 minutos’ cuando robábamos huevos o harina para comer”.

La infancia de la China pasó a toda velocidad. Y en 1982, a los 14 años, tuvo a su primera hija. El padre era “El Vasconcello”, seis años mayor que ella. A la guagua le pusieron Nilvia Gatica y es la única que ha escapado a la corriente, pues el Sename se la entregó a un familiar.

-Me gustaría verla y pedirle que me perdone -dice hoy la China. Agrega: “Yo quería verla crecer, pero la dejé sola… Yo tenía 14 años y juraba que estaba jugando con una muñeca… No tuve una mamá que me enseñara”.

Tal vez una de las cosas más impresionantes de esta historia, es que la China ha aparecido muchas veces en la prensa, en artículos que despiertan espanto y conmiseración. En diciembre de 1989, por ejemplo, la China fue protagonista en un reportaje de la desaparecida revista Apsi. El artículo titulado “La hermandad de los malevos del Mapocho” describe más o menos lo mismo que la nota que The Clinic hizo el año pasado. La China aparece allí con su segundo hijo, Nelson, que ahora está preso y que entonces tenía cuatro meses. La imagen de ella abrazando al niño y sosteniendo un árbol de pascua, rodeada de perros bajo el puente Loreto, despierta la misma angustia que la captada por Alejandro Olivares.

Muy pocas cosas han cambiado en estos 19 años en la vida de estos protagonistas: la China está más vieja, más golpeada por la droga y la soledad. En el 89, ella había armado su chabola con carteles de Sebastián Piñera que se postulaba a senador y ahora él quiere ser presidente. Pero hay algo de verdad distinto. A Nelson nadie lo rescató y se puede decir que se lo llevó el río. Rocío, en cambio, por ahora tiene una esperanza.

Al verano siguiente de la nota de Apsi nació la tercera hija de la China: Nadia.

Hoy tiene 17 años y vive bajo los puentes. Tal como su madre, Nadia es pastabasera, alcohólica, y también vio cómo su infancia fue arrastrada por el Mapocho. A los 14 años, como la China, parió en la calle. Hoy no sabe nada de su hijo. Un funcionario del Hogar de Cristo dice que al niño se lo llevó una pareja que ella tuvo.

GATICA AT THE RIVER

Mientras aparecían y desaparecían de los medios, mientras sorprendían un tiempo y luego eran olvidados con velocidad pasmosa, los hijos de la China fueron sometidos a todos los métodos posibles para que dejaran el río. De hecho, no hay experto en el trabajo con niños de la calle que no conozca a la China o a algunos de sus hijos.

Nelson, incluso, fue rostro de un afiche nistitucional del Sename en 1997 que rezaba: “Por los derechos de la infancia, Sename en reforma”. Si hubiera dependido de él, no habría auspiciado nada. Nelson odiaba el Sename. Muchas veces llegó a sus hogares a “rehabilitarse”. La palabra es un eufemismo en su caso porque significaba “volver a habilitar”. Y Nelson nunca estuvo habilitado para nada, nunca conoció otra cosa que la calle, el río y los robos. Tendrían que haberse ocupado de él antes, cuando nada de lo malo había pasado. Pero sólo empezó a importar cuando se volvió molesto y luego peligroso.

Su hermana Nadia, en tanto, andaba en los mismos centros, pero siendo “protegida”, lo que es otro eufemismo de esos años. Porque entonces “castigados y protegidos” deambulaban en los mismos espacios y recibían los mismos tratos duros y eran, en el fondo, una gran bolsa de niños abandonados.

De rostro del Sename, Nelson se transformó en el protagonista del documental “Gatica at the River”, que el cineasta sueco Joakim Demmer filmó para la televisión alemana en el 2003. Por entonces tenía 15 años, y contó cómo se abrió paso en la calle.

-A los siete años me escapé. Fuimos a robar y me gustó porque era plata fácil. Un día me aburrí de mi mamá y me fui a la caleta Chuck Norris, donde veía a los cabros grandes aspirando y quería saber cómo era. Me volé y empecé a ver puras huevás –dijo.

Poco después del documental, Nelson decidió empezar a asistir a un centro del Conace en San Camilo. Tenía cama y comida. Podía ir y venir con libertad, pero prefería quedarse en la casa. La China estaba en la cárcel y ésa ha sido, probablemente, la vez que Nelson ha estado más cerca de cambiar de vida. Carolina Salazar, psicóloga del centro, lo recuerda perfectamente:

-Él era el mismo niño de 15 años que robaba y se volaba, pero que en su pieza sobre su cubrecama de monitos, jugaba con soldaditos y con osos de peluche.

La pausa duró dos meses. Entonces la China volvió a la caleta.

Nelson no quería verla, la odiaba por su abandono. Pero un día se toparon en el río. El encuentro fue particular:

-La China le hizo una seña y lo invitó a fumarse un pito. Hablaron y ese día Nelson se quedó con su mamá en la caleta. Ahí comenzamos a perderlo nuevamente -cuenta Salazar.

En el documental de la televisión alemana, Nelson contaba sus sueños: “Quiero robar algo grande, que me deje harta plata, porque no sé hacer nada más. O jugar a la pelota y surgir, surgir y surgir”.

Como se sabe, terminó robando. Pero por entonces era bueno para el fútbol. Juan Carlos Pinto, educador de un programa para niños de la calle, llevó a Nelson a probarse a Audax Italiano y a Palestino. Él da fe de que Nelson Gatica tenía talento.

-Le fue mal porque era de la calle. Le preguntaron por el papá y como no tenía le dijeron que no querían drogadictos en el equipo. Los entrenadores decían que era una manzana podrida. Me acuerdo que cuando no lo dejaron, él dijo, orgulloso: ‘igual dejé locos a todos los huevones. Soy mejor que todos’, –agrega Juan Carlos.

Después de eso, Nelson se volvió el mandamás de los niños del río. Le decían el Gatica y empezó a ser parte de una elite de choros que controlaban las caletas y que iniciaban a los más pequeños pegándoles y entregándolos a la policía para que se los llevaran presos.

-¿A quién salió el Nelson? A mí, porque salía a pitearme monra con él. Ahora sé que no le debí enseñar eso y era mejor que aprendiera a leer y a escribir, pero yo no sabía si la “o” era cuadrada o redonda”, –cuenta la China desde la cárcel.

FAMILIA UNIDA

En 2004 la China se juntó con tres de sus cinco hijos en el hogar de San Camilo: Nelson, Nadia y J.M. Ya estaba emparejada con Juan de Dios Zamudio y embarazada de Rocío. La estrategia de los especialistas por entonces había sufrido un cambio. Ya no intentaban salvar a los niños del río sino reunir a la familia. Pero las cosas empeoraron, porque la China no era madre, no sabía serlo. Nadia y J.M. que hasta entonces habían estado en hogares, se arrancaron de allí y empezaron a ser niños de la calle.

-Nadia era una señorita que iba al colegio, pero se juntó con su mamá y pasó a ser una niña de calle igual que sus hermanos. Lo mismo le pasó a J.M., que se volvió incontrolable –cuenta la sicologa Carolina Salazar.

Nelson, en tanto, se metió de lleno en el delito.

-Nelson quería una madre, pero la China era solo una compañera de casa –recuerda Juan Carlos Pinto.

Y cuando la situación había estallado, el programa se quedó sin financiamiento.

Entonces, ocurrió algo muy extraño. Según cuentan los educadores de la casa, el piscólogo Paolo Miranda decidió llevarse a la China y a su familia a vivir en una parcela en Pirque, para participar del culto pseudo-cristiano de Brasil llamado Santo Daime. Allí la terapia era consumir ayahuasca y viajar por sus vidas.

-Ese fue un experimento y una maldad. Era un lugar idílico donde llegaban locos de plata con otro roce -cuenta Juan Carlos. Agrega: “La China creía que la aceptaban. Decía que eran sus “amigos bacanes”. Pero imagínate a la China en una comunidad así… Se drogaban y le decían que su vida anterior era mala y que en la siguiente vida cobraría las cuentas pendientes”.

Juan de Dios, el padre de Rocío, también llegó a esa comunidad y recuerda momentos “bonitos”.

-Tomé el Daime y fui el elegido. Empecé a bailar y a cantar en brasileño y yo nunca lo había hecho. Veía puros angelitos que me tomaban del brazo y me levantaban y empecé a rezar, –recuerda.

El sicólogo Paolo insistió en el experimento e incluso se obsesionó con la China.

-El Paolo decía que canalizaría la energía para salvar a la humanidad a través de la China. ¿Qué culpa tenía la China de que un loco la tomara como inspiración para salvar al mundo? Yo creo que se la llevaron para hacer el aseo y después los echaron –agrega Pinto.

La relación se quebró de cuajo cuando a la familia la acusaron de robarse unas plantas de marihuana.

¿ROCÍO BAJO EL PUENTE?

Tras los viajes con ayahuasca, un grupo de educadores trató de armar algo para que la China y su familia no volviera al río. A pulso consiguieron que la Municipalidad de Santiago los apoyara con dinero para arrendar el departamento de una tía de Rocío en San Bernardo y la China, Juan de Dios, Nelson, Nadia, J.M. y Rocío se fueron a vivir allá. Nadie, sin embargo, creía que eso iba a durar mucho, si alguien no estaba permanentemente encima de ellos.

-Para la China era insostenible organizar una casa o administrar dinero, porque su estructura de familia tiene el eje en la calle, donde no pagas arriendo, luz, ni gas. Si eso no lo haces en una casa te echan –cuenta Marcos Tudela, un educador con décadas de experiencia en la calle.

Paola Pizarro, educadora del Hogar de Cristo, agrega que la China convirtió el departamento en una caleta más, porque además de su familia se llevó a los cabros del río. Y ahí empezaron los celos con sus hijos.

Finalmente, la experiencia colapsó. La familia se separó y cada uno siguió su rumbo. Hoy, Nelson tiene 19 años y está detenido desde octubre en Santiago Uno, esperando que lo condenen por un robo con intimidación. Su ficha dice que es un reo con alto compromiso delictual. Su hermano, el J.M., se fue al río durante un tiempo y después volvió donde su abuela paterna por orden de un tribunal de familia. Sus últimas causas datan de diciembre de 2007, cuando lo pillaron adentro de un auto y lo acusaron de robar un tubo de chocolate, unas cerezas y unas barras de pasas. El tribunal resolvió que no habían medidas de protección y cerró el caso.

Nadia, en tanto, vaga por el Mapocho, sin saber de su hijo. Hace un mes, un tribunal de familia le hizo una audiencia por el robo de dos desodorantes ambientales y un pedazo de carne desde un supermercado. El tribunal le dijo lo mismo que a su hermano: no hay medidas de protección. Sus hermanas Nilvia y E.M. siguen tal como antes. La primera viviendo en Peñaflor y la segunda en un hogar de Patérnitas.

Y Rocío, la pequeña y dulce Rocío, crece en la casa de sus abuelos paternos y pareciera tener una posibilidad de cambiar la historia. Sin embargo, igual que en los viajes en ayahuasca, en su vida pesan las vidas pasadas: las de su madre, su padre y sus hermanos. Los educadores, que durante tres décadas han estudiado a esta familia, que han tratado de sacarla del río y la han visto volver allí siempre al cauce, piensan que apenas salga de la cárcel la China volverá al puente y arrastrará con ella a Rocío. Esta vez en forma definitiva.