Publicación detalla sus intimidades y el arribismo que cruzó su historia. En 2006, cuando el caso Riggs hervía en tribunales, los periodistas Claudia Farfán y Fernando Vega reconstruyeron detalles inéditos de la vida del dictador, su esposa y cinco hijos en el libro “La Familia, historia privada de los Pinochet”, que acaba de publicar editorial Debate . Así, llegaron a su asimétrica relación con Lucía Hiriart; a Piedad Noé, la amante que el general tuvo en Quito; la pelea que selló la mala onda de los hermanos y al rarísimo plan de salvataje que inventó la DINA en caso de un atentado, entre muchas otras sabrosas curiosidades. Estos son extractos de sus capítulos. Los subtítulos son nuestros.

LAS TONTERAS

“Amediados de los años 70, un ministro que almorzaba con ellos en Cerro Castillo quedó desconcertado al escucharla (a Lucía) desautorizar a Pinochet con el ácido comentario: ‘¡Qué sabes tú de economía!’, cuando éste debatía sobre el valor del dólar. El gobernante le respondió ruborizado: ‘Algo sé’ , y siguió hablando y comiendo (…) Pinochet jamás contradecía a su mujer en público. Si no estaba de acuerdo callaba y apartaba su mirada.

(…) En uno de los primeros almuerzos familiares de domingo a los que le correspondió asistir, un ex yerno del militar vio desaparecer de un plumazo la imagen del dictador severo en cuyo país no se movía una hoja sin que él lo supiera. En casa, el gobernante se convertía en un hombre dócil, que recibía constantes recriminaciones de su mujer que con voz de tedio daba por terminadas las discusiones diciendo: ‘Augusto, ya estás hablando tonteras’ “.

 

LA AMANTE

“Casi un año y medio después de su arribo a Ecuador, Lucía Hiriart resolvió abandonar al general Pinochet. No lo pensó demasiado cuando supo que su marido se había enamorado de otra persona. Orgullosa y de carácter decidido, la futura primera dama no pudo tolerar el engaño del que había sido objeto durante varios meses y, de la noche a la mañana, decidió retornar a Santiago. Decepcionada y herida salió de Quito con sus tres hijos mayores a mediados de 1957. Entonces, esperaba su cuarto hijo, Marco Antonio, por lo que en público explicó en reiteradas ocasiones que su partida a ese país se debía a las dificultades propias de un embarazo delicado (…) Pero en Ecuador los amigos de la pareja conocían las verdaderas razones del quiebre. A pesar del reservado carácter de Pinochet y de su reticencia de desvelar su lado más íntimo”.

 

EL RESBALÍN DE LA DINA

“En los primeros años del gobierno militar (Pinochet) decía a sus escoltas que no temía por su vida, pero lo cierto es que tomó medidas extremas para resguardar su integridad. Según recuerda un ex oficial a cargo de su custodia, en 1975 llegó un fuerte rumor desde la DINA que hablaba de un posible atentado en su contra. En vista de la potencial amenaza, el acto con que ese año se celebraría el 11 de septiembre de la Plaza Bulnes estuvo sujeto a inéditas medidas de seguridad. El escenario no fue construido sobre la base de madera, como se solía hacer, sino que a partir de planchas de fierro, que estaban habilitadas para convertirse en un resbalín. La idea era que al accionar una palanca el piso se inclinara de tal manera que posibilitara el desplazamiento de las cuatro sillas donde estaban sentados los integrantes de la junta militar. El destino de los generales era el túnel del metro que se edificaba en ese momento bajo la Alameda. Nunca llegó a activarse el singular mecanismo ideado por la DINA, porque el rumor no se concretó”.

 

LA SUEGRA

“Según diversas versiones, las semanas que siguieron a la partida de Lucía fueron un período libertino y desconocido en la vida del hombre que gobernó Chile proyectando la imagen de un marido ejemplar (…) Además de Piedad, en el círculo de los militares ecuatorianos más antiguos de Quito se habla de otras dos mujeres que también habrían deslumbrado al oficial. Uno de esos ex uniformados cometió un error de recordarle ese pasado al mandatario cuando lo visitó en Santiago en 1975. ‘Allá todavía se acuerdan de usted’, le dijo con picardía cómplice al principio de la conversación. Por la fría expresión que adquirió el semblante de Pinochet, le bastaron apenas unos segundos a su invitado para comprender que era un tema vedado para el Presidente de la República.

Dieciséis años antes, Lucía Hiriart pasó un tiempo en Santiago tratando de asimilar el engaño. Con pena y rabia supo que su suegra consentía y justificaba el romance de su marido con Piedad. Y fue una razón más que se sumó a la larga cadena de desencuentros que existió entre ambas”.

 

LUCÍA Y EL CINE

“Su ímpetu e ínfulas llevaron a los funcionarios del gobierno a referirse a ella en forma cariñosa como ‘la tía’. También el apodo se debía a su moralismo. De su facilidad para escandalizarse fue testigo uno de sus escoltas, cuando hizo interrumpir una función privada de cine para su marido, obligándola a marcharse con ella del lugar. La película era ‘En las petroleras’, una comedia protagonizada por las sex simbols de los años 70, Brigitte Bardot y Claudia Cardinale”.

 

Claudia Farfán, coautora del libro:
“ÉL NUNCA CONTRADECÍA A Lucía Hiriart”

¿Por qué escribir de la vida privada?
-Porque desde la intimidad es una forma de entender a la familia, por ejemplo, a Augusto.
Al investigar entiendes por qué él actuó como actuó: fue el más distante a su padre y los otros hermanos siempre tendieron a marginarlo por su conducta, sus desaciertos y su carácter explosivo. Con Lucía nunca se llevó bien, desde la adolescencia. Pero cuando el padre llegó al poder, se produjo el quiebre. Nos contaron que desde el caso Pinocheques que Lucía Pinochet nunca lo volvió a hablar. Incluso, uno de sus ex maridos nos contaba que le pedía a ella ser un poco más amable con él, por lo menos frente a sus padres.

¿Les cambió en algo la percepción que hay en torno a los hijos de Pinochet?
-Cuando comenzamos a investigar, notamos que todos los hijos se vieron beneficiados del poder del padre. Dos de ellos estudiaron -Lucía y Marco Antonio, pero ni ellos ni mucho menos los otros tres, pudieron ser independientes. Siempre vivieron a expensas del padre, a excepción de Verónica, que estuvo casada con Julio Ponce Lerou.

En el libro se desprende que Lucía Hiriart ninguneaba a Pinochet, ¿cómo era esa relación?
-Nos contaron que en la intimidad, ella siempre estaba por sobre Pinochet, y lo extraño es que él nunca la contradecía en público. Esa relación se da desde el principio del poder, o incluso pudo haber sido desde antes, hasta el ocaso del general.

¿A qué atribuyen esa relación asimétrica?
-Hay gente que nos decía que Pinochet buscó en ella la imagen de la madre, de sentirse protegido. También pudo haber influido un factor más social, porque ella era de clase media alta y él de clase media con dificultad. En el ocaso, hay un factor adicional en esa relación: aunque ella se preocupaba de su marido y de que siguiera las recomendaciones médicas, su forma era muy dura con él, con un reto, de decirle delante del resto que hablaba puras leseras. Algunos escoltas nos dijeron que él nunca la contradecía y prefería muchas veces cambiar el tema de la conversación.

También, cuentan cómo la familia poco a poco se va volviendo arribista.
-En 1974, ellos aún podían salir en su auto Peugeot y los gastos de la casa eran prudentes, pero el cambio se produce a fines de 1975. Y el episodio que los marca es el viaje a España a los funerales de Franco, que es uno de los factores que hace un clic en Lucía, sobre todo por la solemnidad que viven allá y porque son tratados como jefes de Estado y se reúnen con los reyes. Ése es un punto de inflexión que se ve reflejado cuando ella dijo que la casa de calle Presidente Errázuriz, que había sido toda la vida de los comandantes en jefe, ya no estaba a la altura de ellos y la remodela entera. Ahí, su entorno ve el despegue.

¿Con qué imagen se quedaron finalmente de esta familia?
-Una familia desunida, eso es lo fundamental, sobre todo entre los hijos. Porque había mucha rivalidad por la preferencia de los padres. Había hijos que eran predilectos, de Pinochet era Jacqueline, la consentía en todo. Y en el caso de Lucía, era Marco Antonio. Augusto, en cambio, era su sobreprotegido, a él le pasaba dinero en forma regular. Y esa rivalidad es fuerte.