Pablo Oyarzún, filósofo y Decano de Artes de la U. de Chile, acaba de publicar “La letra volada” (UDP), conjunto de ensayos sobre Montaigne, Swift, Lichtenberg, Kleist, Kafka, la Mistral, Carroll: una tribu heterogénea, el centro de su propia deriva, dice. Decano de la Facultad de Artes de la U. de Chile, traductor de Walter Benjamin y de Baudelaire, Oyarzún entra en honduras con The Clinic y le hinca el diente a asuntos de diversísima laya: el escepticismo y el humor, Bachelet, la toma en Derecho de la Chile, la injusticia y el habla chilena, sacando a colación a Heidegger y al “yo” y advirtiendo de los peligros que acarrea la formación claustrofóbica de los “niñitos” de las universidades cota mil.

POR VICENTE UNDURRAGA • FOTOS: ALEJANDRO OLIVARES

Hace poco más de un año, la marihuana fue puesta por el gobierno en la lista de drogas duras, lo que generó en el país un conato de debate. Justo por esos días entrevisté a Roberto Torretti: “La restricción de las drogas –dijo– es una barbaridad, sobre todo la de una droga que no es tan terrible en sus efectos, como es la marihuana”. Y dijo más: “Mi idea es que la prohibición mundial del consumo de drogas, que empezó por cuestiones religiosas o “morales” en los EE.UU., hoy se mantiene porque es un negocio para gente que también influye en la decisión de mantenerla prohibida”. Le planteo el punto de Torretti a Oyarzún.

¿Cuál es tu posición?
-Concuerdo plenamente con Torretti. No veo otras razones más que las que atañen a la salud para restringir el consumo de drogas, y me gustaría que alguna vez se pudiera discutir el tema sin las cortapisas religiosas y morales a que se refiere Torretti, que en Chile hieden al peor de los oscurantismos. Eso, sin contar que el alcohol o el tabaco (mis drogas habituales) son probadamente más dañinos que la marihuana. La legalización de las drogas me parece indispensable precisamente para controlar su abuso y el negocio que se hace con ellas, que –siendo con el de las armas uno de los más rentables– es uno de los mayores aportes al capitalismo. Y, desde luego, una legalización debe ir de la mano con políticas sociales profundas que ataquen de raíz las causas por las cuales nuestra juventud más vulnerable busca en las drogas (y en las más dañinas) una escapatoria a la frustración y a la pérdida de toda esperanza.

UN PUEBLO INTERDICTO

¿Cómo ves al país en materia política?
-En este país no hay política en el genuino sentido de la palabra, no hay visión ni discurso que apunte al devenir de la existencia histórica del pueblo de Chile, que traiga de nuevo la expectativa de lo que una vez se llamó “las grandes alamedas”. El debate político en Chile (si se lo puede llamar así) es de una mezquindad y una pobreza de ideas atroz. Menos mal que tenemos una presidenta honesta, y me alegro de ver cómo crece en la apreciación de la gente, porque eso al menos sugiere que nos queda un poquito de sentido ético, a menos que sea puro efecto de simpatía. Y tal como está la carrera presidencial, lo que más se puede desear es que la impronta social que ha buscado establecer Bachelet se profundice, aunque resulta difícil abrigar muchas expectativas. Sólo veo por el momento posibilidades muy inciertas de impulsar y acelerar reformas sociales, pero el vuelco que uno quisiera vivir retrocede con el horizonte.

¿Hay algo de Chile que te indigne?
-“Chile limita al centro de la injusticia”, cantaba Violeta Parra. Ésa es la indignación persistente, es la indignidad del país.

La crítica al poder, ¿ves que se esté llevando de buena manera a cabo en Chile?
-De crítica al poder sólo tenemos atisbos esporádicos. No la tenemos en términos de un discurso socialmente sustentado y tampoco en términos de una acción socialmente continua. Lo que tenemos es dispersión y chispazo (piensa, por ejemplo, en el movimiento de los pingüinos, que nos despertó momentáneamente de un letargo para involucionar más tarde), y eso alimenta la reproducción y acrecentamiento de los poderes establecidos, económicos, sociales, religiosos, políticos, mediáticos, que mantienen bajo interdicción a eso que una vez se llamó “el pueblo” –una de las palabras más nobles en la historia de Chile, e irrenunciable, que la Concertación reemplazó alegremente por “la gente”.

¿Alguna opinión sobre la toma en la Facultad de Derecho de la Chile?
-Opinión, sí, y desde varios puntos de vista. Lo que pasa allí es grave para una de las facultades fundadoras de la institución –fundamental en la construcción de la república– y de la universidad misma. Las denuncias afectan a puntos hipersensibles de la Chile.

¿Cuáles?
-El sistema de evaluación (la meritocracia), la democracia universitaria (la elección de las autoridades por sus pares) y hasta el régimen de títulos y grados. Uno sólo podría desear que el caso se aclare totalmente y se adopten medidas congruentes con su eventual gravedad y que se extraigan de allí lecciones para mejorar y complementar la normativa universitaria, que deja muchas lagunas. En todo caso, en la Chile tenemos una comunidad alerta y un marco institucional que, a diferencia de otras universidades, nos permite abordar los problemas con un debate abierto. Por otra parte, el fondo de las demandas estudiantiles –la necesidad de formular en procesos de discusión universitaria un proyecto académico estratégico– es plenamente válido. Sin hablar de lo de las tomas (que, al margen del juicio que merezcan en definitiva como procedimiento, en ocasiones tienen razones contundentes), el diálogo con los estudiantes es fundamental desde todo punto de vista.

LA LETRA VOLADA

Está la idea en “La letra volada” de que el escepticismo es donde convergen literatura y filosofía. Y que la actitud escéptica de alguna manera devuelve al momento inicial del pensar: a la “perplejidad originaria”. ¿En qué consiste tal perplejidad?
-Buena pregunta, que me deja un poco perplejo. ¿Qué decir? Quizá, que esa perplejidad es la manera primaria en que se manifiesta en uno la variedad, la pluralidad y la heterogeneidad de las cosas. Y eso, diría, es un don. Unos se ven movidos a apropiarse de él convirtiendo la perplejidad en pregunta y a darle a la pregunta una forma, una articulación y una orientación eminente, en la expectativa de que la respuesta podría descubrir la ley unitaria que organiza desde su fondo esa variedad, multiplicidad y heterogeneidad. Ésos son los filósofos. Otros reciben el don y le hacen homenajes con el mejor gesto de que disponen, la palabra, sin tratar de reducirlo o reconducirlo a su putativo fundamento. Ésos son los que llamamos “literatos” o, más enfáticamente, “poetas”. Como esto es una grosera simplificación, no puedo sino defender la idea de que existen vías intermedias, y que acaso una conduce a ese momento inicial: el escepticismo me ha entregado alguna pista.

¿El escepticismo, grosso modo, cómo lo entiendes? ¿Es consecuencia de lo que constata Lichtenberg cuando dice: “Si ni siquiera las estrellas fijas son fijas, ¿cómo podéis decir que todo lo verdadero es verdadero?”?
-Es bueno ese alegato. Entiendo el escepticismo más que nada como una actitud aleccionada por la irreductibilidad de los fenómenos y por los avatares de la existencia, en suma, por la imposibilidad de totalizar la experiencia. Pero también como una actitud que en el borde de lo literalmente inconcebible, sigue apelando a la capacidad de la razón para hacerse cargo de su propia insuficiencia. Quizá el alegato de Lichtenberg apunte a todo esto.

En la vida, ¿puede un escepticismo radical llevar a la paranoia, a una duda inhabilitadora desde el punto de vista social?
-Los escépticos antiguos decían que su actitud llevaba, con la paradójica seguridad de un azar reiterado, a la serenidad. Y pretendían vivir su actitud a fondo, sin la discordia entre desplantes públicos de neutralidad y creencias que se guardaran para callado. Los modernos pensaban que la única manera de determinar nuestras capacidades y alcances de conocimiento era someterse estratégicamente a una disciplina escéptica, y que la probada superación de sus consecuencias más álgidas llevaba a asentar un conocimiento dotado de certidumbre. Todo eso es filosófico.

¿Y en la vida?
-Un tipo de escepticismo vital, al que somos llevados por la pérdida de todo asidero y de toda confianza, por la experiencia de la traición y del abandono, es otra cosa, es como el desastre de la existencia, despojada ya de fuerza y de resorte. Y, a su vez, es distinta una disposición, vital también, a no aferrarse fanáticamente a las propias opiniones y creencias, porque eso, en lugar de inhabilitarte socialmente, te abre a las otras personas: es como una capacidad de escucha, no sólo para lo que los demás digan, sino para el latido de sus afectos, de su forma de vida. Y este escepticismo es de nuevo filosófico, en un sentido particularmente llano y amable de la palabra.

Enrique Lihn, un escéptico, murió “tratando de creer que creía”, según consta en un poema de “Diario de muerte”. ¿Tú qué –o en qué– crees?
-Creo que todo depende de lo que entendamos por “creer”. Por ejemplo, en el comienzo de mi frase anterior significa algo así como “me parece”, o sea, así como se me aparece el asunto en este momento en que me lo preguntas. Ese “creer” es de todos en todo tiempo, y está ligado a la ocasión. Distinto es tener convicciones. Y uno suele tenerlas, porque hay ciertas opiniones y actitudes que han sedimentado por experiencia y aprendizaje y uno quiere darles el valor de verdades irrenunciables. Pero quedarse pegado en ellas a toda costa es síntoma de incivilidad e intolerancia, y provoca un entumecimiento que es anímicamente insano. Y por último está la fe, la apelación a un fundamento en que apoyar el azar de la existencia, que permanece, al fin, tan impenetrable como el mismo azar: Dios es otro nombre para el abismo. Creo en el primero de los sentidos; trato de no hacerlo –al menos de manera ciega– en el segundo. Respecto del último, sólo tengo el silencio.

MONTAIGNE, “ESPIARSE EL PROPIO INDIVIDUO”

Siendo filosófica tu formación, siempre echas mano a la literatura o el arte para escribir y tiendes cada vez más al ensayo, una forma más literaria.
-Sí, mi formación filosófica es lo que me determina de punta a cabo, pero hay mucho más que eso, en lo formal y lo informal: pasé por biología y teología, tuve alguna formación en historia y literatura, pero no podría dejar de mencionar mis aficiones de niño a adolescente.

¿Cuáles?
-El dibujo, el ajedrez, la arquitectura y por supuesto los desamparados ejercicios literarios, en poesía, cuento y teatro, de aquellos años, sin mencionar la política; y amo los números. Así que por reojos no me quedo, y me gusta pensar que todo eso está incorporado en lo que hago de las maneras más diversas. Pero la relación con otros modos de pensar es vital, creo, para que no desfallezca el nervio íntimo de la especulación filosófica. Más todavía, si esas formas –en arte y literatura, pero en política también, y en la misma habla de nuestras experiencias– albergan “verdades” a las que la filosofía no tiene acceso privilegiado. Un modo de habérselas con ellas, de serles receptivo, es el ensayo, porque permite abrir lugares de tránsito entre ellas que son tan insospechados como fugaces; y una cosa más: el ensayo no jerarquiza, es la democracia de las ideas.

En el texto sobre Montaigne, dices que en sus ensayos ocurre “esa cosa sorprendente que consiste, no en ir a la caza del conocimiento, sino de sí mismo, no en acechar la realidad, sino en espiarse el propio individuo”. ¿Por qué te parece sorprendente, y no natural, eso?
-Puede que no sea tan sorprendente si se piensa que el imperativo de universalidad del pensamiento filosófico ha sido tantas veces desobedecido. Lo sorprendente es, por una parte, el hecho histórico, del que Montaigne estaba tan consciente: ser el primero en hacer de sí mismo el cuerpo de su escritura. Hay ahí algo que tiene que ver con la individuación más radical, con la evidencia de lo problemático, inestable y contingente que es decir “yo”, y ser un “yo”.

¿Y cuánto de esa “caza de sí mismo” dirías que hay en tus propios ensayos?
-Quisiera pensar que las más de las veces escribo a partir de mí: el “yo” que acostumbro a emplear en mis textos (tiendo a hacerle el quite al “nosotros” del filósofo, que incluye a todos sus auditores sin haberles consultado) es la marca de una pasión, de un enjambre de afectos, de un pensamiento que más funciona por su cuenta de lo que yo (como voluntad e intención) pueda obligarlo a hacer. Entonces, eso que llamo “yo” y que uno generalmente quisiera creer que es una cosa más o menos estable, dotada de señas de identidad auxiliadas por la memoria y la costumbre, es ante todo una irrupción, una traza intermitente, porque siempre hay algo otro que lo interrumpe. Quizá por eso la escritura, que también es intermitente y espasmódica, es su mejor testimonio.

“POR SER”, “NO ESTOY NI AHÍ”

¿Qué lugar le cabe, a tu parecer, al humor en la filosofía? ¿Es necesario?
-No podría entender ni ejercer la filosofía sin humor. El humor es el afecto de la acometida de la singularidad, que desordena y desconcierta nuestras confianzas y nuestra instalación en el mundo. Ese desorden tiene la forma de la paradoja, porque lo que nos acomete viene a contrapelo de lo que creemos y opinamos. Y si la filosofía está movida, como decía Aristóteles, por el hambre de saber, nada abre más este apetito que lo que se resiste a ser comprendido y concebido.

¿Qué filósofo de renombre te aburre o te da risa a su pesar?
-Lo que me pasa con ellos, y aquí pienso siempre en los “grandes” filósofos, es que me llenan de admiración (así que no me aburren), y no tanto por la consistencia de sus doctrinas (que por supuesto me interesa y me atrae), sino por la radicalidad de sus conceptos, por la magnitud de las decisiones que toman, y que muchas veces no disimulan cierta arbitrariedad, y por los yerros monumentales en que incurren. De hecho, este último aspecto es inseparable de aquella consistencia. Y esto ya tiene algo de humorístico. Me gusta también, por eso mismo, imaginar la trastienda de las doctrinas, los enredos, las vacilaciones, las obsesiones, los accidentes y las renuncias que su monumentalidad oculta y al mismo tiempo delata.

¿Por qué?
-Encuentro allí zonas en las que una conversación con ellos se vuelve especialmente interesante. Esto no obsta para que haya uno que otro que me cae mal. Heidegger, siendo un pensador crucial e insoslayable, ¡es tan pesado! Todo lo dice con la gravedad del destino, y por cierto que muchas veces se va por la pendiente de una especie de lirismo que roza la siutiquería.

Si hubiese que determinar un tipo de humor que defina mejor al chileno, ¿cuál sería?
-El humor chileno tiene mucho de defensivo, de coartada para salir del aprieto (cuando no de mera agresividad: el ataque como defensa), y tenemos, un poco, una visión humorística del mundo porque lo vivimos como un campo minado, y cuando nos caemos recurrimos al chascarro para disfrazar el yerro o simplemente para comentar el hoyo.

“Poética es –escribes en el ensayo que cierra “La letra volada”– la conversación cotidiana, poético el trato de tú a tú”. ¿Hay giros del habla chilena o metáforas coloquiales que te llamen la atención?
-Ah, eso lo dije pensando justamente en nuestras hablas. En algún tiempo creí que en Chile había buenos poetas porque la lengua no es nuestra (y somos más bien tirados al mutismo y la taimadura), y como que tenemos que aprenderla y, al aprenderla, inventarla cada vez, lo que de cuando en cuando da frutos sabrosos. Creo percibir eso en nuestros intercambios coloquiales, en los idiomas de la calle y las esquinas, en los que, a fuerza de ser malhablados, de pronto destella una joyita, muy fugazmente, y, si no se pierde al instante, quizá hasta llega a convertirse en un lugar común en que nos reconocemos. Dime si no habrá sido glorioso (y desconcertante) para un heideggeriano escuchar ese “no estoy ni ahí”. O ese “por ser”, que tácitamente confiesa que todo lo que tenemos o vemos o sabemos, lo tenemos, lo vemos y lo sabemos en copia, en sucedáneo.

MISTRAL, LIHN, BOLAÑO

Un ensayo sobresaliente de “La letra volada” es sobre Gabriela Mistral, sobre la lectura que tu amigo Patricio Marchant hizo de “El regreso”, un poema del cual “lo inaudito de su decir” y su alcance te impresionó fuertemente. ¿Qué otros escritores chilenos te interesan, lees?
-Esto puede sonar a vergonzoso, reprensible. No leo mucho a los escritores chilenos. Mi excusa es que tampoco leo mucho a escritores de afuera, y que no tengo tiempo para devorar libros como en otras épocas hice. Pero sí puedo decir que siempre echo una mirada a la poesía, de antes y de ahora, y que vuelvo sobre ciertos autores (Lihn es uno de ellos). De la narrativa, muy poco; me he asomado algo a Bolaño, y me interesa.

En una entrevista dijiste: “No me siento especialista en ninguna cuestión. Me siento mucho más diletante”.
-Dije eso porque así me funciona la cabeza, para dicha o desdicha según el caso. Lo dije también por resistencia al modo dominante de especialización en filosofía. En ese plano, ser diletante es instalarse en campo abierto y no desdeñar ningún asunto –es la vena del ensayo, si tú quieres–, dado que cualquiera puede ser importante, determinante quizá, para aquellas inquietudes oscuras que, sin que pueda llegar a formularlas (porque, más –o menos– que preguntas, son afectos), mueven toda mi ocupación en filosofía.

¿Te gusta Santiago?
-Me gusta Santiago, me gusta más cuando puedo ver su emplazamiento (ya sabes que el smog es un velo), me gustan ciertos barrios, ciertas calles, sí, aunque me resultan espantosas muchas de sus edificaciones recientes que intentan remedar los diseños empresariales de una metrópolis del primer mundo y, con muy pocas excepciones, odio su escultura pública, que debe ser de lo peor que existe en cualquier parte. Podría decir que me gusta Santiago, y no los santiaguinos, pero sería un lugar común o un exabrupto, porque lo inhóspito no son las personas, sino el modo apremiado en que vivimos.

EDUCACIÓN Y UNIVERSIDADES COTA MIL

Hace 5 meses, Humberto Maturana dijo en The Clinic que antes se terminaba uno de educar en Chile y salía a “devolverle” al país lo que éste le había entregado, mientras que hoy se termina de estudiar para empezar a recuperar lo que el país te ha cobrado durante años. Con lo cual, por su parte, el abogado Agustín Squella dijo no estar de acuerdo porque “la educación superior nunca ha sido gratuita y siempre hay alguien que paga. Antes pagaba el Estado, es decir, toda la sociedad, para que unos pocos jóvenes, muchos de los cuales sí podían pagar, se educaran a costa de todos los demás. Hoy paga el que puede pagar, el que no puede hoy pagará mañana con una mínima parte de los ingresos mensuales que reciba como profesional, y para los que no pueden pagar ni hoy ni mañana paga el Estado con becas”. Le planteo estas dos posiciones a Oyarzún:

¿Qué piensas?
-Siempre he pensado que la educación es un bien, no un servicio. Por eso, pertenece a la esfera de los derechos fundamentales y no a la de las opciones condicionadas. Si es cierto que el argumento de Squella tiene su lógica, y que Maturana habla desde una sensibilidad con la que simpatizo, en general no me gusta la idea de la educación como un intercambio (yo te pago, tú me pagas). Lo que en todo caso es insostenible es el esquema mercantil a que ha sido sometida la educación desde la dictadura y que la Concertación no ha modificado un ápice, salvo por la introducción de medidas asistenciales que por lo demás se deben sobre todo a la presión de los movimientos estudiantiles. Por ese esquema hemos vivido cosas vergonzosas, como la proliferación de universidades e institutos de pésima calidad, publicidad engañosa, carreras ficticias y la constante incertidumbre que afecta a esos estudiantes.

O las llamadas universidades “cota mil”: ¿ves algún conflicto entre el derecho a la libertad de enseñanza y el derecho de los hijos a no ser mandados por sus padres a universidades que perpetúen sus creencias, prejuicios y formas?
-Obviamente hay un conflicto en eso. La escandalosa inequidad de la educación en Chile, desde la cuna misma, se prolonga y agudiza con los condicionamientos socio-económicos y valóricos, y si lo que debiera proporcionarte la educación son herramientas, no sólo para insertarte en el mercado, sino para tener horizontes más amplios de existencia, individual y colectiva, el enclaustramiento dorado que imponen esos establecimientos está en contradicción abierta con la misión educativa.

¡Uuuh!
-Todo conspira para que esas universidades sean una extensión del carácter de élite de la familia y del colegio, que protege a los estudiantes de toda exposición a una exterioridad social que se percibe básicamente hostil o extraña. Y si no se condena y se teme su núcleo duro como delincuencia, a lo sumo se baja a ella en nombre de la caridad. Por lo demás, esos niñitos ni siquiera necesitan saber que tienen derechos; el problema es que van a llegar a ocupar puestos de poder con esa “inocencia”, y van a agrandar la brecha.

Dirigiste la Iniciativa Bicentenario de la Chile, que es parte del proyecto de revitalización de las humanidades, artes y ciencias sociales en todas las Ues del Estado. ¿Qué rol debe cumplir la U. de Chile y las demás tradicionales?
-Creo que en realidad no tenemos un sistema universitario en Chile, sino una variedad de establecimientos cuyos criterios de ordenamiento están obsoletos. Se requiere una reforma general que instale precisamente un sistema integrado, con parámetros y diferenciaciones adecuadas, que incluya a todas las instituciones. No tiene sentido excluir a las universidades privadas post-81, porque eso las deja fuera de los posibles marcos e instrumentos de regulación y discrimina a los estudiantes vulnerables que acceden a ellas. Y es indispensable una regulación seria y rigurosa. En ese sistema, el aparato público debe tener un tratamiento preferente. Y dentro de él a la U. de Chile (que no tiene simplemente al Estado como “dueño”, sino que es parte integrante del Estado) le cabe una posición rectora, que debiera proyectarse, en virtud de la calidad y equidad y de la orientación a los temas fundamentales de país que le corresponde por misión, como un modelo de función universitaria pública.