POR ELÍAS ULLOA

La semana pasada un joven de 28 años murió en un choque en Maipú. La policía dijo que venía de hacer un robo o que iba camino a hacerlo. El autor de este texto lo conoció. Hace quince años, los dos eran de los miles de habitantes de esas villas que rodean Santiago y tenían como meta estudiar en un liceo industrial. Pero terminaron por separarse: uno estudió y el otro terminó traficando drogas. Esta historia es absolutamente real.

“Como Daniel Molina Villanueva, de 20 años, fue identificado el fallecido acompañante del conductor de un automóvil que colisionó con un semáforo y un poste del tendido eléctrico en el ingreso de la avenida Vespucio con la avenida Pajaritos, en el sector poniente de la capital”.

Eso decía la madrugada del jueves 18 el apurado parte policial confeccionado para la ocasión que un grupo de pacos le hizo llegar a los periodistas, contando que habían encontrado el cuerpo sin vida de Juan José Jorquera, el mono Juanjo o simplemente el Rata, para los amigos.

Era la información oficial y así apareció en la prensa al otro día. Muy pocos nos enteramos que el Rata había dejado de existir en ese accidente. El velatorio que se hizo en la capilla que queda a un par de cuadras de la casa de su madre en la Villa El Abrazo de Maipú, nos alertó sobre su temprana muerte.
El Rata había tocado fondo. Al igual que su nombre, la edad que aparecía en el parte policial no era la correcta. Y claro, si el Rata nunca usaba su verdadero carné de identidad. Su oficio no se lo permitía.
Recuerdo haberlo conocido en primero básico. Su piel morena, estatura baja, ojos achinados y pelo chuzo, bien chuzo, ya le daban ese toque de malandra que años después le sirvió para intimidar a los que no querían pagar las cinco lucas que costaban los motes de cocaína que ofrecía cada noche por las calles de la villa en uno de sus cuatro o cinco autos en los que solía patrullarla.

Bastaba solo un llamado y el Rata estaba ahí, justo en la puerta de tu casa entregándote una bolsita de la dama blanca para hacer más duradera la noche. Nunca se quedaba en los carretes. Hacía la entrega y partía raudo donde sus otros clientes. A fin de cuentas, estaba en su hora laboral. “Qué injusta es la vida”, me comentaban algunos amigos cuando lo veíamos patrullar. “Mientras algunos carreteamos, otros tienen que trabajar… como el Rata”, remataban.

Era habitual verlo en esas andanzas. Si de chicos nos criamos en la vereda más sucia de la calle. No pasábamos de séptimo básico cuando comenzamos a recorrer las esquinas en busca de colillas de cigarro para fumarlas. Mientras la villa se iba habitando y en sus alrededores las constructoras seguían parando casas igual de flaites, nosotros continuábamos con nuestro ritual de las colillas. Aquello lo recuerdo con claridad. Igual que nuestra primera caja de vino blanco con jugo caricia que tomamos mirando las estrellas en el tranque de agua turbia que marca el fin de la población. Ahí hacíamos los planes. Nuestro futuro estaba claro y para eso trabajábamos: un colegio industrial, el de la Sofofa si todo salía bien.

Pero no, todo salió mal. Con promedios inferiores a los suficientes, con suerte nos alcanzó para mecánica industrial en el Cacharro, colegio que adorna su entrada precisamente con un cacharro destartalado de los años veinte. En esa época con el Rata nos alejamos un poco. Salvo una pichanga por ahí, un par de pitos por acá y uno que otro carrete al mes, nuestra amistad ya no era más que el recuerdo de dos pendejos tomando vino y fumando colillas de cigarros. De a poco lo vi viajando cada vez más seguido a la “Matu” a comprar pasta base. Un día llegó con una pipa, un encendedor y me ofreció probarla. Mi negativa fue la sentencia que marcó nuestro distanciamiento. Claramente habíamos tomado caminos distintos.

Hace un año volvimos a encontrarnos. Facebook unió nuestros pasos una helada noche de 2008, tal como la que lo vio morir hace unos días. Por supuesto, el Rata no estaba en la red social, pero sí una amiga que aún mantenía su contacto y logró ubicarlo para invitarlo a la junta de compañeros de básica. El Rata llegó a las 04.00 a.m. en una camioneta 4X4, con el pelo engominado y un bigote que le daba pinta de mexicano. Casi todo lo hablaba al oído, como en secreto. Nadie se atrevió a preguntarle por qué era tan sigiloso, ni siquiera el Pablo, nuestro compañero que se había convertido en paco. Y no había para qué, todos sabíamos que los trafica no la andan alumbrando.

El cantante de cumbia, la toplera, el empleado de oficina, el paco, la secretaria, el traficante y yo. Un grupo raro aquel que a esas alturas de la madrugada sólo unía el recuerdo de nuestro paso por el San Marcos School, la escuela de básica que, pese a su nombre, poco o nada tenía de católica. A eso de las 07.00 a.m el Juanjo me invitó a seguir la parranda en un tople cercano. “El dueño es mi amigo”, dijo con la intención de tranquilizarme. A final de cuentas, en algún momento habíamos sido yuntas y no era de caballeros rechazar una invitación de un viejo amigo. Menos cuando éste es trafica.

Pero fui poco caballero y rechacé su invitación. Prefería correr ese riesgo a otro con un futuro mucho más incierto. Eso no quitó en todo caso que durante los meses venideros el Rata pasara seguido por mi casa a saludarme mientras se daba un minuto de descanso de sus menesteres nocturnos. Ahí aprovechaba de surtir a mis amigos, dar su nuevo número de celular, pues lo cambiaba todos los meses, y hacer lo que el protocolo exige en esos casos. Nada del otro mundo, un par de abrazos, saludos de buena crianza y chao, al rato volvía para la segunda partida de raspado de muro.

Eso se estilaba y se estila en la villa. Una población que tuvo aspiraciones de clase media, pero que en algún momento se transformó en semillero de un flaiterío descarnado que se refleja en pendejos de 12 o 13 años que, sin dudarlo, descargan las pistolas de sus padres en los rostros de amigos igual de pendejos y flaites que ellos.

Las tres hijas del Rata, solo dos reconocidas legalmente, se crían ahí. Ya tienen entre tres y diez años y probablemente saben que el mural que está en la esquina de la casa de su abuela es en recuerdo de su padre y que fue hecho por sus ex clientes, los mismos que hoy sufren angustia, pero no por la pena de su temprana muerte, sino por ese efecto físico que les produce la falta de coca. No es para menos, se quedaron sin proveedor, por lo menos hasta que aparezca otro mono con ganas de arriesgarse por buena plata. Nunca faltan, la demanda es grande en la villa del Juanjo.