POR CLAUDIO PIZARRO • FOTO: ALEJANDRO OLIVARES

Cristobal V.M. murió la tarde del domingo por culpa de una bala loca que le pegó en el tórax cuando salía de un negocio. Apenas tenía 10 años. Su muerte es una entre muchas. Los vecinos denuncian la existencia de una banda conocida como Los Ibáñez que manda en el sector a su antojo. Los policías dicen que no saben nada. Ésta no es sólo la historia de un crimen absurdo sino el compendio de un temor que ya no se aguanta.

“Me pitié al cabro chico, me pitié al cabro chico”, se escuchó que dijo el Lucho Neira, tras la balacera, y luego se perdió entre los pasajes de la villa Nueva Extremadura, en La Pintana. Segundos antes, el pistolero –que llegó a la esquina de Saturnino Retamales y Elena Caffarena en una bicicleta- se había estado agarrando a balazos con los ocupantes de un auto gris que, sigiloso, se había instalado en el barrio.

Cristóbal V.M., de 10 años, quedó tendido en el pavimento, agónico. Había quedado justo en la línea de fuego y un balazo le atravesó el tórax. Cuando los vecinos llegaron a socorrerlo no había nada que hacer. Recogieron con impotencia los casquillos del suelo y comprobaron que se trataba de un arma de 45 milímetros. Una matapacos, como le dicen por su potencia.

A Cristóbal se lo llevaron en un auto a la posta. Fue en vano. Aquel domingo, dicen en el barrio, la calle estaba llena de niños y cuando se escucharon los disparos cada padre pensó que el muerto era su hijo.

El único detenido es Juan Vega de 27 años, conocido como El Pitufo, quien fué formalizado por un homicidio ocurrido en el año 2007 en Estación Central. Vega, que también tiene antecedentes por robo, fue visto desprendiéndose de un arma poco antes que lo detuvieran. Se supone que cuando fue el tiroteo lo acompañaban otros tres miembros de la banda, unos tipos conocidos como Lucho, Maickel y El Hacha.

Con la policía, pocos o casi ninguno de los vecinos se ha atrevido a hablar. Por miedo. Los sospechosos de protagonizar el tiroteo pertenecen a un clan que, se quejan los vecinos, los mantiene aterrorizados.

IBÁÑEZ FOR EVER

En el barrio los llaman Los Ibáñez. Dicen que llevan allí 26 años. Son los que mandan en la población Nueva Extremadura, justo enfrente de la Villa Esperanza II. No es primera vez que les achacan un crimen. En noviembre del año 2000, aseguran los vecinos, El Pitufo mató de un escopetazo a un muchacho del sector que no lo dejó entrar a su fiesta de cumpleaños. La prima del fallecido, a quien llamaban el “Lolo”, tras pedir que se hiciera justicia en el caso, recibió toda la ira de la familia.

-Le reventaron cuatro veces la casa el mismo día, las mujeres la revolcaban en el suelo- cuenta una vecina.

No satisfechos con el amedrentamiento, los miembros del clan destruyeron la animita que los vecinos construyeron en memoria del joven.

La mayoría de los vecinos concuerda que el clan, una prole con más de 30 miembros desperdigados en distintas casas del sector, son los principales responsables de la estigmatización del barrio. Los más jugosos, aseguran, son El Fósforo, El Giro, El Pato, El Pitufo, Maickel, El Álvaro y el Hacunberry.

-Aquí hay gente de esfuerzo, trabajadora, pero ellos se creen una mafia, nadie les puede decir nada, hacen lo que quieren, son patomalos, choros, pistoleros. Si alguien los mira feo, eran -cuenta un vecino.

Los pobladores aseguran que los tiroteos son frecuentes cada fin de semana y que la familia hace alarde de su poderío en su lugar de encuentro: la esquina de las calles Millantura y Saturnino Retamales. Un mural ubicado cerca del lugar les recuerda a los vecinos quien la lleva en el sector, dice: “Ibáñez For Ever”.

-Los domingos dan el jugo máximo, disparan al aire, toman en la esquina y uno tiene que llamar por teléfono para saber si puede pasar por ahí, no están ni ahí con nadie, si alguien les dice algo cobran de una -cuenta un poblador.

Cuando algunos integrantes del clan andan de tomatera es mejor no cruzarse en su camino. Los vecinos comentan que El Giro cuando anda curado se pone tan odioso que le da por disparar a las cinco de la mañana, orina los autos en la calle y desafía a que la gente salga de sus hogares a enfrentarlo.

A tal punto ha llegado la influencia de la banda en el barrio que varias familias han abandonado sus casas y se han tenido que trasladar a otros lugares.

-La familia Muñoz Cona, que vivía al lado de ellos, tenía su casa bien bonita y por un problema que tuvieron se la reventaron y se tuvieron que ir, además, les robaron todo- asegura otro vecino.
Porque cuando se trata de defender sus intereses, alegan en el barrio, el grupo sale en patota a “cobrar”.

-Una vez le pegaron un palo a uno y salieron todos de sus casas con pistolas. Son terribles. Cuando salen a reventar casas van hasta las niñitas de cinco años, todas las generaciones llevan la cultura de ellos, los aleonan de chiquititos- cuenta una vecina.

Aunque también, aseguran, a veces les ha salido el tiro por la culata. Hace dos años atrás, recuerdan en la población, ellos mismos balearon a un sobrino de la familia.

-Venía un grupo de un gallo que le decían “El Mental”, se agarraron a balazos en el pasaje y cayó un niño, ellos dicen que fueron los del otro lado pero la gente está segura que fueron ellos mismos- comenta un poblador.

En el barrio alegan que los carabineros del retén El Castillo, ubicado a menos de seis cuadras de la casa de sus pendencieros vecinos, se hacen los desentendidos y llegan cuando los hechos están consumados.

-Cuando uno está en apuros, como en un tiroteo, aunque llegue al minuto después va a ser tardío, me entiende -asegura el sargento Rojas, jefe del Retén.
Según él, nadie les ha hecho llegar antecedentes de los pendencieros.
Pese a que en la prensa aseguraron que la muerte de Cristóbal fue producto de un enfrentamiento entre narcos, los vecinos aseguran que el giro de la banda es el robo. “Salen a desmantelar casas y a cogotear a la carretera”, afirman.

Pero si hay algo que ha sacado de quicio a los vecinos de la Villa Santiago de la Nueva Extremadura es que el líder del grupo, conocido como El Fósforo, estuvo instalado en el velorio de Cristóbal. Los vecinos lo vieron como un acto de amedrentamiento. “A ese nivel de descaro”, se quejaban.