POR MARCELO MELLADO
Ilustración: LEO CAMUS

La música popular y la otra siempre han sido un correlato apasionante de la historia política o institucional de los pueblos. Hay relaciones directas y naturales, como asociar “Lili Marlen“ con Hitler, o “El Pueblo Unido” con la gloriosa UP. En el caso de Sandro la cosa es menos obvia. Esa combinación virtuosa entre bolero, gitanismo dudoso, tango y balada pop, surtió un efecto brutal que la radio AM pudo expresar maravillosamente. Y cómo no hablar de los 33 1/3 con esa inolvidable foto en la carátula que se repetía en revista Ritmo y otras. Su balada amorosa es inseparable de su diseño chulero: cabello tipo Elvis (incluida patillas), tenida negra y ceñida, y un pantalón que era como un estuche peniano, además de su voz quejumbrosa y algo ronca.

Es inolvidable su actuación frente a nuestro dictador recién ungido el 74, cuando con una performance extenuantemente vibratoria interpretaba “Mi amigo el puma” y decía: “Este es mi termómetro”, indicando la zona pélvica. Delirio contrastante, obviamente, con el momento que se vivía.

Yo a Sandro lo amé tardíamente, coincidió con esa preocupación que ciertas capas intelectuales comenzaron a tener por la cultura popular latinoamericana, clasificada por García Canclini. Recuerdo que en la casa de Carlos Leppe, vimos con mi hermano y la Nelly Richard, en un programa que conducía Vodanovic (debe haber sido en el 82), una actuación de Sandro. Creo que nosotros le estábamos mostrando este personaje a la Nelly, la que quedó absolutamente maravillada con este objeto semiológico del deseo.

Pero Sandro viene de los sesenta, y en ese período para mi condición clasemediana este ídolo de la canción era considerado un picante o un sujeto de gusto ordaca. Yo tuve una especie de polola, que era quillotana, a la que le gustaba Sandro, y que me enviaba cartas en las que transcribía sus canciones. Ese sólo hecho debía distanciarnos, eran las reglas de una sociedad en que los sistemas de signos eran más arbitrarios y unívocos.

Y cuando viví en el sur, absolutamente capturado por el bolero y el tango, y la cancioncilla popular, me aprendí gran parte de sus temas, a puro cassete bajo la inclemente lluvia, e incluso estoy en condiciones, aún, de hacer unos buenos covers de este gran artista de la música del continente. “Así” y “Te propongo” son temas, más que inolvidables, fundamentales para la construcción matricial del verso latinoamericano, el que siempre estará confundido con el modernismo perlado rubendariano.

Ahora Sandro se nos muere, fumaba como chino, y algunos órganos internos no menores le cobran la cuenta, corazón y pulmones, concretamente. Vayan mis continuos ataques de asma y taquicardias como homenaje a este grande de la cultura continental. Es difícil no padecer un vicio cuando se es un grande, como mitigación de lo faltante, sobre todo cuando el artista se entrega por entero a su público.

En nuestro gremio, al menos en la filial San Antonio de la SECH, Sandro ocupa un lugar privilegiado en nuestra galería de héroes de la palabra. No podía ser de otra manera, a nosotros nos interesa el texto vivo -no la letra muerta- de aquellos que arman o construyen obra delimitando borrosamente sus lugares de ocupación. Dicho de otro modo: Sandro es uno de los mejores citadores de la lírica “cebollera”, como dijimos más arriba, compendió varios géneros y les dio un sello particular. En San Antonio tenemos un muy buen imitador de Sandro que suele aparecer por el Paseo Bellamar en la temporada primavera verano. Hoy su presencia se justifica más que nunca. Es el más imitable de todos nuestros próceres. Puede que exagere, pero no hay día en que no tararee, evocadoramente, un verso de uno de sus inolvidables temas. “Así, como una rosa deshecha por el viento…”.