POR MARCELO MELLADO
Ilustración: Juan Pablo Barros

Un vecino al que se le cayó la casa pa`l terremoto me comentaba que el discurso del 21 de mayo a él le hubiera gustado escuchárselo a Lagos. Y la razón era muy simple: porque habló de tribunales populares y de la ENU (Escuela Nacional Unificada), ambas propuestas del compañero presidente Allende. Yo me imaginé (y con razón) que mi estimado vecino –quien además de ser un viejo profesor upeliento, como yo, es un activo militante de una agrupación de DDHH– se refería a la reforma de la justicia civil y a la creación de la superintendencia de educación, anunciadas por Su Excelencia. También habría que agregar la creación del Instituto de los DDHH y el Ministerio de Desarrollo Social, dando cuenta de una sensibilidad por temas que tienen sentido valórico.

Mi vecino me había ido a ver, junto a otro vecino colindante, por un tema de un muro divisorio que habíamos tenido que demoler, por lo que fue una plática rápida, casi express; a pesar de eso concluimos que Piñera había sido más dama que la misma Michelle en su mensaje a la nación, muy decentito y apelando permanentemente a la unidad nacional. Qué duda cabe, esta generación del bicentenario sí que es progresista, nada mejor que el discurso del otro para gobernar, y conste que no es un eclecticismo pragmatista o, incluso, un gatopardismo cínico y camaleónico; no, es la mismísima derecha haciendo o queriendo hacer lo que los otros no pudieron o no quisieron hacer. O, tal vez, se trate de un nuevo período histórico de hegemonía de las paradojas en que los unos son los otros. En este contexto, Lagos (y la Concertación) habría gobernado para los grupos económicos, para la derecha, y Piñera gobernaría para los sectores “progresistas”, es decir, para la “gente”.

Las diferencias son leves matices retóricos que a veces constituyen las marcas diferenciales de los grupos de interés (también llamados grupos de poder), para unos la pobreza, por ejemplo, es una enfermedad que hay que combatir como se enfrentan las pandemias, para otros es una inversión largamente rentable (que puede ser la base conceptual de Un Techo Para Chile, por ejemplo); es equivalente a cómo se combate la delincuencia, un flagelo a eliminar con medidas radicales, siempre haciendo analogías higiénicas.

Lo más importante es mantener muy bien montado y a plena función el escenario desde donde se habla de lo hablable y se dice lo que hay que decir. Es definitivo, no son ni pueden ser los contenidos lo que importa, aquí lo fundamental es mantener un boliche que esté abierto todo el día y satisfaga a la clientela en sus demandas de atención, y sobre todo manteniendo un protocolo de asistencialidad fundado en la emergencia, ojalá extendida en el tiempo.

Vemos que en el paisaje político se impuso una retórica centrada en el pleonasmo, una modalidad tautológica que consiste en reiterar lo reiterado. Lo impresionante y hasta divertido es que aquí ocurre algo parecido a lo acontecido en tiempos de la revolución francesa con el lenguaje, que a pesar de la restauración del régimen anterior o ante el “fracaso” de la misma, la sociedad francesa hablaba otra lengua, la jerga revolucionaria había impuesto su argot: ciudadanía, libertad… Algo así habría ocurrido, guardando las distancias y la diferencia, con nuestro contexto progresista “fracasado” con palabras levemente parecidas, como participación, diversidad, diferencia, ciudadanía, etc.

Y, volviendo a mi vecino, a pesar del corto diálogo, entre medio de otro, en un veloz análisis, nos dimos cuenta que tampoco faltó el medio litro de leche del compañero Allende (aunque algo desplazado), y que su equivalente es el combo de bonos que se nos viene, el de la vivienda y el de las bodas de oro (sin excluir el bono marzo ni el 7% de los jubilados). Y todo esto apelando a los padres fundadores y a la divinidad para alcanzar las “altas cumbres” (pura metáfora muerta), no sin antes crear dos nuevos ministerios, el de desarrollo social y el de medio ambiente, es decir, el de la pobreza y el de la basura. Y los aplausos que interrumpieron ordenadamente el mensaje cuando correspondía (deben haber sido unas seis veces). He aquí la voz cantante del nuevo gobierno de un país que, como decía un rayado callejero, es atendido por sus propios dueños.