Los 200 trabajadores y trabajadoras del sindicato de Starbucks en Chile llevan más de 3 semanas en huelga, ya que luego de agotar las instancias clásicas de diálogo durante su proceso de negociación colectiva y no haber llegado a acuerdo en los elementos más básicos de su petitorio, la empresa se niega a seguir conversando y al parecer no le interesa mejorar las condiciones de vida de sus “Partners”.

Por esta razón, sus tres dirigentes han iniciado hace ya casi una semana, una huelga de hambre, instalándose a dormir en una carpa afuera del local clásico de Starbucks en plena Isidora Goyenechea, sector donde transitan diariamente parte importante de nuestra clase acomodada, que no tiene ningún problema en pasar a tomar un café y una dona y pagar 3 mil pesos, lo que para gran parte de la población chilena es inalcanzable.

La compañía de capitales estadounidenses, que les dice “Partners” a sus trabajadores, tiene un manual donde hace alarde de una política de condiciones laborales de excelencia a nivel mundial. No obstante, más allá de las palabras de buena crianza y los buenos deseos, a raíz de este conflicto ha comenzado a mostrar su verdadero rostro.

En Chile, se formó el primer sindicato de América Latina y uno de los pocos que existen a nivel mundial y esto los tiene muy molestos, ya que para ellos los sindicatos no deberían existir. No están dispuestos a que junto a sus “Partners” definan remuneraciones y otras condiciones de trabajo. A ellos les gusta fijar las reglas.

No obstante, en Chile han encontrado un escenario propicio para ello. Una legislación laboral anacrónica, pero funcional para el empresario cuya única razón de ser es maximizar utilidades sin contrapesos. El plan laboral diseñado en 1979 en plena dictadura, es lo que todo empresario que desea ganar la mayor cantidad de dinero posible en el menor tiempo siempre soñó: Un derecho a huelga prácticamente inexistente, que permite el reemplazo de trabajadores y el descuelgue y tapones muy bien estructurados para bloquear las sindicalización y la negociación colectiva.

Este escenario aprovechado por muchas empresas chilenas y con capitales extranjeros en Chile, Starbucks lo ha utilizado a cabalidad. Por ello, antes de la negociación colectiva contrató más de 200 trabajadores y luego de casi 25 días de huelga la empresa parece no inmutarse.

¿Y qué está pidiendo el sindicato? se preguntará el lector. ¿Será un aumento de 30% del sueldo base o un bono de término de negociación de $1 millón, o quizás un bono de participación de utilidades? En absoluto, sólo se trata de un reajuste de los sueldos base por IPC, un bono de colación, ropa de trabajo y transporte para los “Partners” que viven en comunas más periféricas, demandas elementales para cualquier trabajador.

Actualmente la hora de trabajo se paga en $1.200, y si bien antes representaba un valor mayor que la competencia, luego de más de 7 años sin reajustes se ha ubicado en rangos de mercado. Para una persona que trabaja 30 horas a la semana significa $144 mil al mes, lo que en términos proporcionales es algo levemente superior al salario mínimo.

Los trabajadores de Starbucks en su mayoría son estudiantes de la educación superior, que trabajan para costear sus carreras y que en muchas ocasiones deben recurrir al crédito con aval del estado y endeudarse a largo plazo, ya que con sus bajos sueldos sólo les alcanza para alimentarse y pagar las cuentas básicas con suerte.

Algo huele mal en Chile, que hasta las empresas extranjeras que parten con mejores estándares terminan adoptando nuestra histórica cultura del patrón de fundo y el negreo. No puede ser posible que una huelga de 200 jóvenes trabajadores pase inadvertida y que mientras 3 valientes y preparados dirigentes están en huelga de hambre en busca de mayor dignidad y de mejores condiciones laborales, otras personas continúen con su habitual rutina y diariamente compren su aromático café, el mismo que vale más que una hora de trabajo de quienes lo preparan. Ese Chile es el que no da para más…

Investigador Fundación SOL
@lafundacionsol