1. Empiezo a leer la trilogía Claus y Lucas apenas me entero de la muerte de su autora, la escritora húngara Agota Kristof (1935-2011). Desde las primeras líneas, la prosa despojada, fría y contundente de Kristof me deja sin aliento. Cada capítulo no sobrepasa las dos o tres páginas; cada página revela el horror, la monstruosidad, la desesperanza.

2. En El gran cuaderno (1986), la primera novela de la saga, una mujer viaja al campo para dejar a sus hijos gemelos al cuidado de la abuela de los niños. Es plena guerra y los alimentos escasean en la ciudad. Los gemelos escuchan el diálogo entre madre e hija:
“Nuestra madre dice:
– Son tus nietos.
– ¿Mis nietos? Ni siquiera los conozco. ¿Cuántos son?
– Dos. Dos chicos. Unos gemelos.
La otra voz dice:
– ¿Qué has hecho con los otros?
Nuestra madre pregunta:
– ¿Qué otros?
– Las perras tienen cuatro o cinco cachorros cada vez. Se guardan uno o dos y los demás se ahogan.”

3. A los 21 años Kristof cruza a pie la frontera entre Hungría y Austria cargando a su bebé de pocos meses en los brazos; luego se traslada a la Suiza francófona con su marido. Como cuenta en su autobiografía La analfabeta (2004): “Aquí empieza mi lucha para conquistar esa lengua (el francés), una lucha larga y encarnizada que durará toda mi vida”.

4. Durante sus primeros cinco años en Suiza, Kristof trabaja en una fábrica de relojes. Para lidiar con la triste monotonía de la fábrica, compone poemas en su cabeza, y al regresar a casa los transcribe en un cuaderno. Son textos en húngaro de los que después renegará: “en húngaro era muy poética”, dice. Tienen que pasar doce años para que Agota Kristof comience a escribir en francés. Se trata de piezas teatrales que son representadas en cafés y que luego pasan a la radio. Debe ayudarse con diccionarios, condensar lo que quiere contar en la menor cantidad de palabras.

5. Para Kristof, el francés siempre será “una lengua enemiga”, un territorio a conquistar. Sin embargo, la economía que le impone el francés es la que le permite desarrollar su estilo directo y devastador. Porque en Kristof no hay fuegos de artificio ni adornos verbales.

6. En El gran cuaderno, los gemelos se entregan a una autodisciplina que bien puede aplicarse a la prosa de la propia Kristof: “Tenemos una regla muy sencilla: la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos. Por ejemplo, está prohibido escribir: ‘la abuela se parece a una bruja’. Pero sí está permitido escribir: ‘la gente llama a la abuela ‘la Bruja’.”

7. Los gemelos saben que “las palabras que definen los sentimientos son muy vagas”. Agota Kristof no cree en los sentimientos: “¿Para qué dar vueltas? ¿Para hacer literatura? No me interesa la literatura”, dice en una entrevista.

8. Si El gran cuaderno es una épica del dolor y de los horrores de la guerra, la segunda parte de la saga, La prueba (1988), narra los intentos de uno de los gemelos por adaptarse a la vida luego de que su hermano cruzara la frontera. Aquí, la historia de los gemelos comienza a adquirir una dimensión metaliteraria: ¿en verdad existen Lucas y Claus o es que Claus es el amigo imaginario del solitario Lucas? La última novela de la trilogía, La tercera mentira (1992), empuja aún más los límites de la ficción. Cada novela puede leerse de manera autónoma, pero al terminar la tercera descubrimos que los primeros dos libros son más complejos de lo que creíamos. La metaliteratura suele ser un refugio solipsista del escritor contemporáneo; en manos de Kristof, es una forma de encubrir el fondo siniestro de la realidad y a la vez llegar a la verdad más desnuda.

9. La literatura de Kristof no ofrece redención. Sus historias son fábulas de una perversidad que siempre se presenta familiar, cercana, cotidiana. Sus personajes son seres deformes, tanto en lo físico como en lo moral: nos hablan desde el incesto, la zoofilia, la mendicidad, la desfiguración, el abandono. En un mundo marcado por la carencia (los escenarios de Kristof son pueblos de Europa del Este asolados por la guerra y la miseria), el sexo casi bestial se convierte en la única y desesperada forma de aferrarse a algo.

10. Agota Kristof se enfrenta a la literatura liberada de toda compasión, de todo sentimentalismo, de todo aderezo inútil. Y también de toda solemnidad. No es casualidad que su escritor favorito sea Thomas Bernhard, a quien considera un autor terrible, pero también cómico.

11. La filosofía de Kristof puede cristalizarse en las palabras de uno de sus gemelos inconsolables, para quien “la vida es de una futilidad total, que no tiene sentido, es aberración, sufrimiento infinito, invento de un No-Dios cuya maldad rebasa la comprensión”.