Que es un ignorante los he escuchado decir gritando a los chilenos de su presidente. Y muertos de risa van, día a día, burlándose del hombre al que eligieron por líder, alegando que es el más tonto de los tontos, el rey de la bobada, el imposible de superar en la lista de los deficientes.

Y van soltando jas como quien desgrana una choclo, felices ellos de tener el consuelo vano de creer que el tonto es tonto y se irá lueguito por donde vino, sin saber que detrás de cada chascarro se esconde una verdad lubricada. Esa risa loca que les genera verlo bailar sobre su eje como si le picara el tuétano a veces no los deja ver lo grave de sus otros actos.

Y resulta que se descosen de risa, los veo por el ojo de la chapa, diciendo que cómo puede ser posible que se equivoque una y otra vez diciendo que marepoto que tusunami que Rancuagua, cuando con ese marepoto el dueño del país de los hermanos acapara las pantallas y por debajo, a vista de pocos, asigna contratos con su dedito corto a las empresas que hasta poco antes de la ola dirigían sus ministros y amigos.

Pero no, que es un tonto insisten ellos, los chilenos, recordando que el muy muy dijo que era Abel el que había matado a Caín, y mirá por dios que es ignorante, comentaban en pasillos y oficinas, desatendiendo que antes de esto el don había dicho algo mejor: nunca vamos a ganar la batalla contra la delincuencia. Pero jajajá se equivocó, que no fue Abel, que no fue así y el error tapó la revelación divina: incumpliré mi promesa de campaña sobre el final de la fiesta.

Siguen ellos, no todos, con la risa floja de verlo hacer y deshacer con la historia y las fechas, con las palabras y los dichos y hasta canciones le componen recordando que en su visita a Alemania escribió estrofas vetadas del himno por estar ligadas al nazismo. “Ques hueón. Ques tonto. Ques ignorante”, repetían, quizás sin entender el verdadero sentido de la escena que reflejaba precisamente quienes habían sido los maestros del portento y por qué este piensa lo que piensa. Deutchland Uber Alles. Unos sobre todo.

Y así siguen, con la mandibula dislocada en carcajadas creyendo que hay un bobo más bobo que todos, que no sabe de gramática, que dice cubrido pero sabe actuar encubierto, que en público se desarma en sonrisas y chistecitos flojos pero que cuando su intimidad fue descubierta por una grabación se descubrió al zorrito sagaz que ha acumulado, uno sobre otro, millones de dólares a punta de trampitas.

Y el bobo, tan bobo será, que feliz va y llega y dice en una comunidad Mapuche que su árbol sagrado es el laurel y de nuevo las Piñericosas, todos con la mofa y ja y ja y ja, se repite el juego y se dice que cómo es la cosa que viene diciendo, tamaña barbaridad, y en tanto, mientras todos se burlan y repiten que era otro árbol, bajo su alero se vendieron las semillas de ese y todas las plantas. Qué risa.

Pero el bobo sigue siendo bobo, creen, y los que alguna vez le tomaron la mano ahora se miran las caras con un silencio cómplice y dicen que nadie fue, que yo no voté por él y a mí no me miren que cómo podría si es tamaño burro.

Entonces parece avanzar bajo una suerte de nubecita de comedia que lo humaniza y acerca y entonces ya no es el presidente sino es Piñera. El que dio vida a Robinson Crusoe y mató a Nicanor Parra sobre la mesa, pero por debajo privatizó buena parte de la atención médica, los derechos de agua y que cada tanto coquetea con hacer lo mismo con lo poquito que les queda de cobre.

Pero bobo no es. Desprolijo sí. Metido, también. Individualista y personalista, claro hasta el punto de militar en el partido de un sólo militante llamado la Unión Sebastianista Pro Piñera. Pero tonto no. Tan zorro será el hombre que los convenció de su bobada y probablemente el muerto de risa sea él, que en este caso, estoy seguro, el que ríe de último no es precisamente el que no entendió el chiste.