La democracia chilena opera como una mera fachada. Las políticas asistencialistas de este tiempo devastador cumplen con el propósito de sostener -mediante redes precarias- a los ciudadanos más pobres. Pero el punto más urgente es cómo poner coto a la riqueza, establecer en ese ámbito (ferozmente concentrado) los límites más estrictos para restituirle al aparato social la democracia perdida.

Se enriquecen de manera desmedida a costa de la salud, la educación, la vivienda y cada uno de los servicios básicos. Se enriquecen extenuando los cuerpos materiales, concretos, contingentes de más del 90% de los ciudadanos.

Desde luego el binominalismo (sostenido y auspiciado por la derecha y parte importante de la Concertación), las restricciones electorales, las insoportables politiquerías partidistas, los conflictos de interés alojados en el Congreso Nacional y en los altos cargos del Estado y la posición acrítica de los medios de comunicación han sido fundamentales para aumentar las máquinas de riqueza que resultan tan destructivas para la integridad de la ciudadanía como una máquina de guerra. Chile sigue encabezando la lista trágica y peligrosa de la desigualdad. La concentración de la riqueza ha sido el territorio salvaje liberado por la política hace ya casi 40 años.

La desigualdad provocada por una acumulación conseguida mediante la aguda, insoslayable y científica explotación transcurre en todas las áreas sociales. No existe en los imaginarios políticos del gobierno y de la centroizquierda concertacionista el deseo ni el diseño de espacios igualitarios.

La desigualdad recorre la realidad chilena como una peste medieval, arrasa los sentidos, naturaliza la explotación y el silencio, rearma las dominaciones arcaicas, legitima la constancia del abuso.

Los ámbitos culturales y literarios experimentan idénticas formas de desigualdad, no sólo a través del control mediático y editorial de parte de los reconocidos grupos de poder sino también en lo más pétreo de la desigualdad, como es la “cuestión” de género.

Aunque la desigualdad en materia de género es planetaria, me voy a referir someramente al intenso “caso” chileno desde la especificidad del espacio literario. Pienso en las literaturas que trabajan la exploración y proliferación de signos sin incluir a los bestsellers y su pacto con las leyes del mercado.
Basta recorrer los medios impresos, los blogs literarios (cuál de todos más alucinante, incluyendo la literalidad del de la Sociedad de Escritores, SECH) los espacios críticos mediáticos, los ránquines, para percibir que la trama literaria está pensada en Chile, desde todos los ángulos, como un reducto masculino. Espacio perfecto para profundizar la dominación masculina (como diría Bourdieu).

El canon literario nacional se funda en escritores, salvo la presencia siempre polémica de Gabriela Mistral. Esa lista se repite robóticamente en parte importante de las escuelas y las universidades. Así se sigue inoculando la exclusión y la noción de una literatura como patrimonio masculino desde una estructura política fundada en la violencia.

Más aún, algunas veces las propias mujeres escritoras que comprenden que los espacios para ellas son irrisorios, se alían (contra las mujeres) a estos masculinos literarios pensando (mediante un oportunismo ingenuo) sobrevivir y acaso vivir en el sistema. Lo que no comprenden (o no quieren comprender) es que ellas ocupan un espacio meramente cosmético (subordinado) en estos grupos de “chicos” y le dan el aura democrática que necesitan para seguir cautivos en un imaginario completamente anacrónico y rígido. Porque a la hora de las grandes disputas, de las discusiones, de la negociación o la guerra por el espacio, la batalla es “entre hombres”. Nada ha evolucionado en Chile desde la primeras décadas del siglo XX cuando Neruda, De Rokha y Huidobro se despedazaban por ser “el mejor de todos”.

Pero estamos en el siglo XXI. Las izquierdas chilenas, continúan tan conservadoras como la derecha en materia de género, más conservadoras aún las izquierdas en materias artísticas y literarias. Los escritores, más allá de sus declaraciones de modernidad, de su globalización, de sus viajes por el mundo, del uso de nuevos soportes tecnológicos, continúan absortos en una forma de tribalismo, profundizan las prácticas antidemocráticas literarias y así colaboran, desde el frente cultural, a la profundización de la desigualdad.

Las mujeres en Chile ganan escandalosamente menos que los hombres y las escritoras también ganan mucho menos que los escritores porque su presencia pública es ultra restringida en: viajes literarios, jurados de concursos, columnistas, participaciones en congresos y eventos literarios, traducciones, en fin, una abierta asimetría en toda las áreas de actividades remuneradas y productivas. Lo que quiero señalar aquí es que el ámbito literario chileno se sostiene y pervive desde una forma de totalitarismo gracias a la infra representación pública de las escritoras.

Desde luego hay gestores culturales, escritores, críticos literarios y lugares que apuestan a modificar este “estado de cosas” y buscan “producir” democracia, lo que es muy positivo, pero son gestos y lugares minoritarios aunque memorables porque están insertos en la épica de lo que Rancière conceptualiza como “emancipación”.

El neoliberalismo traza mercados, ordena sumisiones, genera cánones. Las editoriales y los diversos espacios de producción literaria no están fuera de este proyecto, piden la generación de escrituras que les sean funcionales como, por ejemplo, el culto acrítico, desmesurado, y cómodo de las literaturas del yo, muy parecidas al yo-yo que el sistema necesita para fragmentar el aparato social. Eso es no es casual ni menos inocente, es un programa político antificcional para así controlar el desborde de la imaginación y acaso prevenir el desorden.

Y no puedo dejar de pensar ahora, como una anécdota liviana de nuestra fértil provincia, en el sorprendente y posiblemente necesario poema que nuestro escritor y amigo Antonio Skármeta le escribió a la inteligente Camila Vallejo. Como me imagino que el poema era para resaltar el movimiento estudiantil y no por un mero gesto machista alojado en el reducto ambiguo de la galantería a una “musa” o a una “dama” (como diría el presidente Piñera) espero ahora con interés el poema que le escribirá -ojalá lo antes posible- a Gabriel Boric, el nuevo presidente de la Fech.