La a palabra nana me produce resquemor. Diría que hasta un poco de vergüenza. Representa la desprofesionalización completa del oficio de empleada doméstica. La carga de afecto que le agrega esconde una condena. La vida de la nana le pertenece más de la cuenta a la familia del patrón. La buena nana es abnegada, amorosa, sacrificada. Tiene una voluntad de oro. Sólo con ella la guagua se calma, el mañoso come y los hermanos detienen las pateaduras y mechoneos. A veces, la humillan con sobrenombres y evidentes faltas de respeto. “Paciencia y resignación”, repetía una que conocí por ahí, sin una pizca de odio.

La ley es el dueño de casa, no el código laboral. Si así fuera, dejaría de ser nana para convertirse en empleada doméstica. Pero tal cosa implicaría para el empleador aceptar un extraño en el hogar, una subordinada con quien más allá de su función se puede llegar a generar un alto nivel de complicidad, y amistad, supongo, sin por eso fingir que es uno del clan. Si éstas se produjeran –la complicidad y amistad que tanto pregona el querendón de su nana-, de más está decir que la liberaría de distingos, respetaría su individualidad, la haría parte de su piscina. Los amigos son para jugar juntos y tratarse de igual a igual, así uno sea príncipe y el otro mendigo.

“Nana”, nombre que supongo proviene de un niño que aún no aprende a hablar… como “papá”, “mamá”, “tata”, “ita”, “meme” y demases apelativos provenientes de la intimidad familiar, donde todo es de todos, menos de la nana. Ahí, si se habla de plata, derechos, reclamos, etc., se rompe la ilusión de una armonía maravillosa. La nana es una más de la familia, sólo que no puede usar los mismos baños, tenderse en cualquier cama ni vestir como se le antoje.

La nana es una institución que viene de lejos. Antes se le llamaba “mama”, como mamá, pero sin tilde. Adivino que el acento se lo quitaron las madres cuando vieron que sus hijos las confundían con sus niñeras. También existió la servidumbre, nombre harto vejatorio, pero que al menos reconoce en ese ámbito un mundo aparte. En las historias de Tom Sawyer, las nanas son esclavas. Y de ahí para atrás.
No existen nanas en las democracias avanzadas. Entre los muy ricos hay sirvientes y funcionarios dispuestos a solucionar cualquier inconveniente, pero no nanas dulces y leales para quienes sus jefes ya no son jefes, sino parientes falsos. Décadas atrás, había empleadas domésticas que seguían trabajando sin paga para sus patrones quebrados.

Lo del Club de Golf de Chicureo, en verdad no es ningún escándalo. Su error consistió en verbalizar una costumbre muy difundida en nuestra clase alta. El delantal, obviamente, así lo niegue Evelyn Matthei al enfurecerse y cualquier progresista adinerado, no sirve sólo para proteger la ropa. Es, a todas luces, una marca social, el distintivo, como querían los de Chicureo para no confundirse, de no pertenencia al club. Mal que mal, muchos de ellos acaban de acceder, y la siutiquería exige evidenciar distingos que podrían pasar desapercibidos. Supe de “doñas” que argumentaron la necesidad del uniforme para que las nanas no provoquen sexualmente a sus maridos. (Error garrafal, dicho sea de paso, porque esas polleritas de encaje son harto provocativas).

Como sea, lo recién acontecido es un avance. Siempre que algo injustamente natural pasa a ser cuestionado, estamos ante un progreso. Hasta ayer solamente las mujeres de delantal eran parte del paisaje. En las playas de la burguesía, se mojaban los pies con sus principitos de la mano, mientras las “señoras” conversaban de cara al sol. En lo sucesivo, lo pensarán dos veces. El escándalo de verlas en traje de baño será menos que el de exponerlas en tenida de servicio. Quizás ni siquiera sea necesario llamarlas “nanas”, quizás pasen a tener incluso apellido, quizás cobren horas extras y la buena atención no sea un acto de sometimiento, sino un talento valorado como el de cualquier profesional. Son varios los indicios de desarrollo actualmente: lo que ayer parecía normalísimo, está siendo cuestionado.