Falleció la abuela Lorenza. Tenía 97 años. Ello en su carnet. En verdad superaba los 100 años, calculo yo, poco menos que la edad de Temuco y por cierto que Chile al sur del BioBio. Siempre contaba que fue inscrita en el Registro Civil siendo ya una niña “mayorcita”. Su nombre mapuche era Wiritray, pero el oficial que la inscribió, poco dado al dialogo interétnico, la inscribió simplemente como Lorenza. Y claro, fue inscrita el día de San Lorenzo. Santo remedio.

Wiritray, “cascada de flores”. No logro encontrar, en la lengua de Cervantes y Parra, un nombre que iguale al original de mi abuela en profundidad y belleza. Poesía pura. Y es que la abuela Lorenza hablaba en poesía. Quiero decir, su lengua materna era el mapudungun, el “habla de la tierra”, tal vez una de las lenguas más poéticas del mundo. Lo aseguraba Neruda, que convengamos algo sabía de estas cosas.

La abuela hablaba en poesía. Y nos retaba también poéticamente. Wiritray, “cascada de rabias”, bromeábamos a sus espaldas con mis primos en la comunidad. Y es que la Lorenza tenía su genio. Si bien cariñosa, también sabía ser estricta. Y conservadora, como toda mujer mapuche tradicionalista que se precie de tal. También algo machista, cosa común en sociedades rurales y agrarias, sean estas indígenas o no. Recuerdo cuando le conté del nacimiento de mi hija Amankay. “Es niñita”, le dije, lleno de orgullo. “¿Niñita? Pucha… hombres son los que valen”, me respondió. Corta. Directo al hueso. Su comentario, debo reconocer, en su lógica resultaba de sentido común; el nacimiento de un niño implicaba más brazos para las tareas del campo. Tareas de hombres, por supuesto. No para mujeres. Tal vez por ello parió 12 hijos. En su mayoría hombres. Y ella se sentía orgullosa.

“Pero abuelita, si los tiempos han cambiado”, le respondí aquella vez. “Incluso más, Amankay será astronauta cuando grande”, le dije. “¿Qué es eso?”, me preguntó intrigada. “Son personas que vuelan a las estrellas”, le respondí. “Ahhh… bonito eso. Nosotros los mapuches venimos de allá arriba, de wangelen, de una estrella”, reflexionó mirando al infinito. Ya les dije. Ella hablaba en poesía. Por eso y mucho más la extrañaremos. Yo en lo personal. Son incontables las historias que me regaló. Y las veces que, siendo niño, la acompañé maravillado en sus tareas cotidianas allá en su Ragnintuleufu querido. Ya fuera en la huerta, rodeando el ganado en los potreros, lavando ropa en el río, esquilando ovejas, faenando un ganso o recogiendo -a escondidas en el fundo de al lado- el maqui que luego vendía en la Feria Pinto de Temuco.

Acompañarla en sus “negocios” a Temuco era un premio. O bien a Nueva Imperial, trayecto que realizábamos en carretela o muchas veces a caballo. Siempre caía algo para el lazarillo mapuche que tuviera la suerte de acompañarla. Más de una vez me tocó. Para un niño de campo aquellos viajes resultaban una aventura increíble. Era visitar la metrópolis, la ciudad de los winkas. Y saborear helados, chicles, koyaks y un cuanto hay de golosinas, tal vez el mayor aporte de Occidente y Cristóbal Colon al Nuevo Mundo, según concordabamos con mis primos y primas en aquellos años. Mi abuela y sus negocios. Era bien comerciante la Lorenza. Criaba chanchos, pollos, gansos, patos y también caballos. Tenía una manada de caballos, sus amados “aukas”, que eran usados solo para la trilla y el trafkintu (intercambio).

El abuelo Alberto siempre contaba que se la había robado en “Cancura”. Y que casi de las mechas se la trajo a la Mesopotamia mapuche, al fértil valle regado por las crecidas de los ríos Quepe y Cautín. Lloró un par de semanas, contaba el abuelo entre risas. Pero jamás se separó de su lado. Él se fue antes que ella. Se lo llevó un cáncer y la pena de luchar toda su vida, inútilmente, por recuperar las tierras de la comunidad usurpadas por el latifundista vecino. “¿Desde cuándo participa usted de estas tomas de fundo?”, me preguntó el magistrado que el año 1999 me encarceló por “usurpación de tierras” y otros delitos menores en Traiguén. “Desde los 8 años, calculo. Siempre acompañaba a mi abuela a sacar maqui donde los vecinos”, le respondí. “Sin permiso, obviamente”, agregué. “No se haga el chistosito joven”, me respondió el magistrado. “Gendarme, llévese a este joven a su celda”, agregó molesto.

De la que se salvó la Lorenza. Hoy, de seguro, sus “emprendimientos” la tendrían confinada tras las rejas. Y procesada por la Ley Antiterrorista, lo más probable. Por suerte hoy cabalga en uno de sus “aukas” a la tierra de nuestros ancestros. Allí la espera mi abuelo, también el tío Juan, su hijo mayor, que falleció de pena mientras la velábamos en la comunidad. Te extrañaremos querida papay (abuela). Pero viaja tranquila y contenta. La tierra mapuche que labraste ya está dando buenos frutos.