Existen dictadorcillos que creen que pueden decir lo que quieran impunemente. Como Labbé que, con el mayor desenfado, nos espeta a las mujeres -y a los hombres también, por qué no- un machismo que ofende, denigra y escandaliza.

Dijo “cuando uno quiere sacar un gerente que está haciendo bien el trabajo, con una dueña de casa… Bueno, el problema es de ellos no mío”.
Labbé no sólo minimiza y desvaloriza el trabajo de una dueña de casa -arduo la mayor parte de las veces, sin remuneración ni reconocimiento- sino que estima que no pueden estar en política ni en otras actividades, porque no estarían capacitadas para ello. Las mujeres no pueden ser gerentas ni ocupar lugares de poder y decisión, salvo en el más íntimo y reducido espacio de sus hogares, dice Labbé.

Su mamá, su tía, su señora no deben estar muy contentas y orgullosas de que no solo les niegue la posibilidad de ser profesionales sino que además las ningunee en sus labores de dueña de casa. Las mismas que le permiten o le permitieron a él ser militar, abyecto pero militar al fin, y hoy alcalde de Providencia.

Precisamente el tener que reservarse para el ámbito privado, es decir el de los hijos y el de la casa, sin compartir la carga con los hombres, ha supuesto un retraso evidente y lamentable de la participación de las mujeres en actividades del mundo público –laboral, político, académico, etc.

Es cierto, son muchas menos las que de hecho ocupan esos lugares. Probablemente, entre otros factores, por expresiones y opiniones como las de Labbé o similares. Como también son muchas menos las que actúan en política, las que son candidatas, las que son elegidas como parlamentarias o en otros cargos y las que desarrollan una carrera pública. Y hacen falta. Hacen falta dueñas de casa, artistas, abogadas, agrónomas o sociólogas como Josefa Errázuriz, para cambiar la política y el país.

Pero Labbé no está solo en su desprecio. Él es el políticamente incorrecto que lo dice con todas sus letras. Él es el extremo que exterioriza su temor a la competencia de las mujeres. Pero hay otros, más cuidadosos probablemente, que se inquietan y perturban con estos dichos, pero que cuando llega el momento de los quiubo, ná ni ná. No hay mujeres en sus listas cerradas para cargos, en sus clubes exclusivos, en sus círculos masculinos. Si no, ¿por qué en el listado de los “nuevos” 39 del poder que identificó la revista Capital, por ejemplo, hay solo 2 mujeres? ¿Será que no hay más? ¿O será que, según ellos, no nos da el cuero para hacernos cargo del poder?

Porque está el machista que no se reconoce como tal, probablemente el más peligroso, con pulido discurso y horror en la evidencia más dura de machismo, pero que no hace ningún esfuerzo por convocar a igual número de mujeres que de hombres si organiza una mesa redonda o una comisión de apoyo o de estudio. Que se siente tranquilo en su conciencia porque no dice barbaridades de las mujeres y les reconoce el derecho a ocupar los mismos lugares que ellos, aunque nunca las considera para esos lugares y nunca las convoca a ellos.

Unos y otros, vociferantes y reservados machistas, pretenden dejar fuera del poder a las mujeres, sin entender que una sociedad sólo puede progresar con este aporte en equilibrio e igualdad.

Existen dictadorcillos que se creen dueños de sus comunas y de sus cargos, que se creen con derecho a excluir a las mujeres y no se dan cuenta que el problema sí es suyo. Y grave.