Por Jon Lee Anderson, reproducido por El Puercoespin

El 9 de julio de 2011, exactamente a medianoche, el recién creado Estado de Sudán del Sur estalló en una celebración exultante. En Juba, la capital, se dispararon fuegos de artificio, sonaron las campanas de las iglesias y los autos tocaron sus bocinas mientras andaban por calles repletas de gente gritando y cantando y golpeando tambores. En la principal esquina, una nueva torre con un reloj se alzaba en el medio de una rotonda, con su pantalla digital titilando en letras rojas: “LIBRES AL FIN”.

La asunción del primer presidente, Salva Kiir, estaba programada para la tarde siguiente y, sobre una colina, las topadoras habían creado una gran plaza de tierra para acomodar a las multitudes. Sólo un árbol había sobrevivido a la masacre. Bajo los reflectores, los trabajadores armaban tribunas a ritmo frenético y, en un mástil cercano, dos ingenieros chinos toqueteaban unos controles remotos, intentando asegurarse de que la bandera de Sudán podía ser bajada electrónicamente al mismo tiempo que se alzaba la de Sudán del Sur.

Antes de la ceremonia, decenas de miles de personas se amucharon en la plaza, retenidas por un cordón de soldados frente a los palcos VIP. Delegaciones extranjeras llegaron en vehículos 4×4, comprados a altos precios y ya el foco de denuncias de corrupción. Mientras los líderes caminaban a sus asientos, eran anunciados por el maestro de ceremonias y celebrados por la multitud: Robert Mugaba, de Zimbabwe; Goodluck Jonathan, de Nigeria; y Jacob Zuma, de Sudáfrica, junto con otros treinta líderes africanos. Había venido Ban Ki-moon, secretario general de Naciones Unidas, así como el príncipe heredero de Noruega. China envió a su ministro de Vivienda y Desarrollo. Los Estados Unidos enviaron a Colin Powell, la embajadora ante la ONU Susan Rice y el general Carter Ham, jefe del Comando África del Pentágono.

La ceremonia se extendió durante siete horas. El mástil funcionó sin falla alguna; los ingenieros habían hecho bien su trabajo. Pero los trabajadores no habían logrado poner cortinas sobre las tribunas a tiempo –sólo estaba cubierta la sección presidencial—y nadie había pensado en distribuir agua. Bajo el ardiente sol ecuatorial, la gente comenzó a languidecer. Los soldados parados en posición de firmes se desmayaron y, mientras caían, sus camaradas llegaban corriendo con camillas y se los llevaban.

 

La ceremonia representaba un nuevo comienzo para Sudán, un Estado catastróficamente en problemas ya desde 1956, cuando ganó su independencia de Gran Bretaña. Sudán se convirtió en la nación más grande de África y quizás la más disfuncional: una unión forzada de dos partes mal avenidas. El sur, verde y tropical, es habitado por africanos negros, predominantemente animistas y cristianos; el norte es sobre todo desierto y está dominado por musulmanes de sangre africana y árabe. Durante siglos, las dos partes estuvieron en los lados opuestos del comercio de esclavos. Sudán –palabra derivada de la árabe para “tierra de los negros”—era una fuente lucrativa de esclavos hasta que los británicos suprimieron su comercio; la capital, Jartum, en el norte, fue construida por un suzerano egipcio como estación de esclavos. El norte y el sur fueron divididos aún más en regiones definidas por sus propias geografías y tribus, cada una con tradiciones y lealtades propias. Atentos a estas complicaciones, los británicos administraron las dos mitades del país en forma separada, a veces prometiendo al sur cierto grado de autonomía. Y sin embargo, cuando se retiraban, amontonaron todas las regiones en una y dejaron a cargo a los residentes de Jartum.

El nuevo régimen discriminó duramente en contra del sur, y siguieron décadas de guerra civil. En 1989, el general Omar Hassan Ahmed al-Bahir tomó el poder y el timón de la guerra mediante un golpe militar. Desde entonces, ha llevado adelante una despiadada lucha contra el principal grupo rebelde del sur, el Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés. El conflicto ha matado a más de dos millones de personas, muchas de ellas por hambre, y ha desplazado a otros millones, convirtiendo al sur de Sudán en una zona de desastre, sostenida en gran medida por agencias de socorro internacional.

Mediante la represión táctica y un juego astuto, Bashir se ha mantenido más tiempo en el poder que cualquiera de sus predecesores. A los 68 años, es un hombre de gran barriga con una expresión beligerante, un ex soldado que peleó en el Ejército de Egipto como paracaidista en la guerra de 1973 contra Israel. Es un musulmán practicante con dos esposas, y su gobierno ha estado afiliado a la Hermandad Musulmana; durante los ’90, lustró sus credenciales islamistas al permitir que Osama Ben Laden viviera en Sudán durante varios años. Entre 2003 y 2010, su régimen libró una guerra brutal contra los rebeldes en Darfur, la provincia más occidental de Sudán, y en 2009 ganó la dudosa distinción de convertirse en el primer jefe de Estado en funciones acusado por la Corte Penal Internacional, en La Haya. El tribunal emitió una orden de arresto contra él por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, y, muy pronto, otra por genocidio. Unos 300.000 sudaneses murieron en Darfur, asesinados por las milicias respaldadas por el gobierno, conocidas como las janjaweed, o por la hambruna y la enfermedad derivadas de su violencia.

El enviado de Bashir en Londres, Abdullahi al-Azreg, una figura imponente de túnica y turbante blancos, se rió despectivamente cuando mencioné estas cifras en un encuentro reciente. “Tales números son inflados por grupos de activistas para conseguir dinero de sus sponsors”, dijo. “¡En Darfur hay una guerra! No lo negamos. Nuestra estimación de muertes de ambos lados y de civiles no llega a los 20.000”. Añadió: “Me entristece cuando leo lo que se escribe sobre mi país y siento incluso que hay una conspiración. Nuestro gobierno es presentado como el más despiadado del mundo. Es completamente injusto”.

Bashir, sin embargo, no parece preocupado por su reputación internacional. Se deleita en insultar a los líderes occidentales –apenas oyó sobre su primer orden de captura de la ICC, dijo al tribunal que se la “tragara”—e insistió en que su estatus de paria es una prueba de los pérfidos intentos de recolonizar África. Recientemente, después de que Hillary Clinton le advirtiera sobre la renovación de hostilidades contra el sur, ridiculizó la política de “palo y zanahoria” de los Estados Unidos: “No queremos su zanahoria, porque sus raíces son venenosas y malas, y no tememos su palo”. Ante el público sudanés, se presenta como una suerte de Hugo Chávez africano: un hábil populista que convoca actos públicos en que baila y canta para sus simpatizantes. Se cree que es fabulosamente rico y corrupto. Un cable de la embajada norteamericana de 2009, publicado por WikiLeaks, observó que se creía que se había quedado con hasta 9.000 millones de dólares de fondos públicos.

En 2005, Bashir y los líderes del ELPS anunciaron que estaban listos para terminar la larga guerra civil de Sudán. Firmaron un “acuerdo comprensivo de paz” administrado por la ONU, que suponía un cese del fuego, seguido de un “período de enfriamiento” de seis años. Cuando el respiro terminó, el pueblo del sur votó en forma unánime la secesión. La nueva nación comprendía a unos ocho millones de ciudadanos en una jungla del tamaño de Texas –un cuarto del ex territorio de Sudán. También contenía unos dos tercios de los campos de petróleo en funcionamiento en el país, con una capacidad de producción de unos 350.000 barriles por día. El petróleo es, abrumadoramente, la principal fuente de ingresos de Sudán del Sur, como lo es para el norte, y no era claro cómo serían divididos esos recursos.

En la ceremonia de independencia, Bashir parecía haber aceptado la secesión del sur de buen talante. Salva Kiir lo presentó con su título más grandilocuente, Mariscal de Campo, y dijo que las dos naciones serían “socios de la paz”. Bashir habló de hermandad y buena voluntad, y pidió al presidente Obama que levantara las sanciones que se habían impuesto a Sudán en 1997. La multitud aplaudió salvajemente, lo que parecía bizarro, dado los millones que habían sufrido a manos del Ejército.

Kiir, una figura rústica ataviada con un sombrero de cowboy negro, llamó a una reconciliación, pero también aludió a los grupos rebeldes que todavía eran perseguidos en el lado sudanés de la frontera. “Yo saludo a los luchadores por la libertad de todo el norte de Sudán”, dijo, que “todavía anhelan paz, justicia y democracia verdaderas. El pueblo y el gobierno de la República de Sudán del sur estará con ustedes en solidaridad”. Kiir estaba sugiriendo que la paz podría no durar, y en las semanas siguientes Bashir, también, indicó que pretendía continuar como siempre. Como me dijo Carol Berger, una antropóloga canadiense que ha trabajado en Sudán por tres décadas, “estas dos naciones están trabadas en un abrazo mortal. Han tenido su divorcio, pero tienen que seguir compartiendo la cama”.

Salva Kiir, presidente del Gobierno de Sudán del Sur

La guerra contra Jartum ha dejado a Sudán del Sur convertida en un baldío sin desarrollo. Un año después de la independencia, tiene una tasa de mortalidad infantil de más del diez por ciento, y la más alta incidencia de mortalidad materna del mundo. La mayoría de sus ciudadanos vive con menos de un dólar por día, y siete de cada diez son analfabetos. En todo el país hay sólo treinta millas de carreteras pavimentadas. Sudán del Sur tiene grandes depósitos de minerales y una gran capacidad agrícola, pero su potencial ha sido enormemente asfixiado por la corrupción. En mayo (de 2012), Salva Kiir envió una carta a varias decenas de actuales y ex funcionarios de gobierno en las que calculó que cuatro mil millones de dólares de fondos públicos habían sido malversados. “Luchamos por la libertad, la justicia y la igualdad”, escribió. “Sin embargo, una vez que llegamos al poder, olvidamos por qué peleamos y comenzamos a enriquecernos a costa de nuestra gente”. Lo que no falta en el nuevo país son soldados. Están por todas partes en Juba, luciendo uniformes verdes, boinas rojas y anteojos negros, y portando kalashnikovs. A menudo están borrachos.

Por décadas, su principal líder, y el principal líder de Bashir, fue John Garang, fundador del ELPS. Carismático intelectual con un doctorado en economía agrícola de la Universidad estatal de Iowa, Garang comenzó el grupo armado –y su brazo político, el Movimiento de Liberación del Pueblo Sudanés—en 1983, cuando Jartum rescindió un acuerdo de autonomía para el sur e introdujo castigos inspirados en la sharia (ley islámica) en la ley sudanesa. Garang modeló el ELPS en base a otros movimientos africanos cuasi marxistas, y durante cierto tiempo recibió ayuda de los regímenes de Etiopía y Cuba, sostenidos por los soviéticos; los hombres del ELPS todavía se refieren unos a otros como “camarada”, aunque pocos hacen proclama alguna de ideas socialistas. Después del colapso de la Unión Soviética, Garang buscó la ayuda de Occidente. Para mitad de los ’90, el ELPS había sido adoptado por los políticos conservadores norteamericanos y los grupos cristianos, que veían a muchos conversos al cristianismo de Sur de Sudán –los descendientes putativos del bíblico “pueblo de Kush”—con especial devoción.

El objetivo de Garang no era la secesión; esperaba liderar todo Sudán, y así, aunque la guerra fue librada casi exclusivamente en el sur, formó grupos de combate en el norte. Pero el tratado de paz de 2005 dividió las fuerzas de Garang en dos: el ELPS-Sur tomó el control del Sur de Sudán, mientras que el ELPS-Norte fue librado a su propia suerte. Poco después, Garang murió en un accidente de helicóptero y el sueño de un Sudán unido comenzó a desvanecerse.

Ahora, el conflicto entre norte y sur se concentra en las provincias de la frontera, donde los soldados norteños de Garang estaban como náufragos. Cuando el sur se separó, los estados de Kordofán del Sur y el Nilo Azul –y sus contingentes de combatientes del ELPS—quedaron dentro de Sudán. Se suponía que ambos estados realizaran asambleas legislativas con la perspectiva de renegociar el equilibrio de poder con Jartum. Pero Bashir se aseguró de que las asambleas no ocurrieran y, en su lugar, presionó para desarmar a los soldados rebeldes. A lo largo de la nueva frontera con Sudán del Sur, patrocinó a señores de la guerra para que lideraran milicias contra el sur, y en algunos discursos juró “cortar las manos” de sus enemigos. Como mostró en Darfur, Bashir es un maestro en el uso de terceras fuerzas para sofocar rebeliones incipientes, y retiene el control sobre su vasto país manteniendo a las áreas descontentas en una crisis permanente.

 

Desde una perspectiva estratégica, las acciones de Bashir tenían sentido; quiso garantizar que sus fuerzas controlaran la frontera. En la práctica, contribuyeron a inspirar una nueva resistencia nacional contra su régimen. En mayo de 2011, un veterano del ELPS llamado Abdelaziz al-Hilu se presentaba como candidato a gobernador del remoto estado fronterizo de Kordofán del Sur, que había sido objeto de una lucha sangrienta en episodios previos de la guerra civil. En elecciones disputadas, Hilu, un ex vicegobernador, perdió por varios miles de votos ante el candidato de Bashir, Ahmed Haroun, que era requerido por la ICC por crímenes de guerra. Cuando los rebeldes de la zona rehusaron desarmarse, la policía sudanesa y voluntarios paramilitares islamistas de las Fuerzas Populares de Defensa de Bashir avanzaron rápidamente sobre los pueblos de Kordofán del Sur. Usando los padrones electorales como guía, cazaron a decenas de simpatizantes de Hilu y los ejecutaron.

Hilu escapó apenas de la captura, y él y miles de sus seguidores huyeron a vivir en la jungla, muchos de ellos en cuevas de espectaculares macizos de piedra de Kordofán del Sur: las Montañas Nuba. Desde entonces, los rebeldes han luchado una guerra defensiva de supervivencia, junto con decenas de miles de refugiados de poblados bajo fuego. Han sido objeto de periódicos asaltos por tierra y bombardeos casi diarios de los aviones del gobierno. Muchos cientos han perecido.

Una noche de hace unos meses, me encontré con Hilu en una casa segura en las afueras de Juba. Un hombre de hablar suave que se acercaba a los sesenta años, parecía un líder revolucionario improbable. Explicó que en noviembre pasado (2011), él y líderes de otras regiones desafectas de Sudán –Nilo Azul y Darfur—habían unido fuerzas en un nuevo grupo rebelde, el Frente Revolucionario de Sudán, para derrocar al régimen de Jartum. Hilu había sido nombrado jefe militar. “Estamos aquí para defender a nuestro pueblo”, dijo. “pero hemos descubierto que la mera defensa no es suficiente, que debemos ir hacia adelante y liberar a nuestro pueblo mediante un cambio de régimen”.

El FRS es una fuerza pequeña, quizás de no más de unos miles de combatientes, contra un ejército que se puede contar de a cientos de miles, más milicias. Pero espera enlistar a grupos rebeldes de otras partes del país y, en última instancia, al ELPS del sur, que tiene 170.000 soldados. Hasta ahora, dijo Hilu, sus socios más activos en el campo de batalla fueron los tres grupos de Darfur, pero estaba buscando otros, aún si no coincidían políticamente. El FRS se había comprometido con un Sudán democrático, no sectario y secular, y Hilu aceptaba que había sido difícil convencer a sus nuevos socios, que son musulmanes, de este último punto. Por ahora, sin embargo, los rebeldes habían decidido no preocuparse por cómo gobernarían Sudán; la tarea principal era derrocar al régimen de Bashir.

El gobierno de Sudán del Sur estaba en una posición incómoda. El presidente Kiir había ofrecido apoyo moral a sus asediados camaradas del norte, pero no había llegado a ofrecer abiertamente asistencia. “Nosotros no interferiremos, pero apoyamos las aspiraciones de nuestros amigos y hermanos”, me dijo el verano (boreal) pasado un alto oficial del ejército de Kiir. Según todos los relatos, sin embargo, el sur estaba ayudando clandestinamente a los rebeldes del ELPS-Norte y al FRS, y algunos altos funcionarios de gobierno eran francos acerca de sus aspiraciones. El gobernador del estado oriental de Jonglei, un general llamado Kuol Manyang, me dijo: “Combatimos para liberar a todo Sudán. Y, si todavía es posible, ¿por qué no? Hemos considerado que Sudán era nuestro desde el principio –somos el pueblo de Kush, nombrado en la biblia, que combatió pero perdió. Fuimos forzados a retirarnos y nos retiramos. Pero ¿no podemos ahora tomar el poder? ¿No podemos, si la gente negra es la mayoría de Sudán?”.

 

El conflicto creció a lo largo de la primavera y el verano (boreales). Además de expulsar a Hilu de Kordofán del Sur, Bashir envió tropas al poblado petrolero de Abyei, que era reclamado por el norte y el sur, y luego al Nilo Azul. El gobierno local, un alto oficial del ELPS llamado Malik Aggar, me dijo que había intentado impedir un regreso a la guerra hablando directamente con el dictador sudanés. “Le dije a Bashir: ‘¿Esto querés?’ Y dijo: ‘Sí’.”

El eje era el petróleo. Las cañerías que conducen el petróleo al norte, al Mar Rojo, para exportar, corren todas por Sudán, y en enero Jartum exigió una exorbitante “tarifa de transferencia” de 36 dólares por cada barril que el sur quisiera bombear a través de su territorio. El sur ofreció un dólar –más cerca de la tasa estándar a nivel internacional—y Bashir, en represalia, secuestró casi mil millones de dólares en petróleo. Cuando Sudán del Sur anunció que cortaría el suministro, Jartum envió aviones a bombardear los campos petroleros al otro lado de la frontera. El gobierno de Kiir, por su parte, expulsó al director de un consorcio petrolero de China, el mayor inversor extranjero en el desarrollo de Sudán, y los combatientes de Hilu secuestraron a 29 trabajadores chinos, que fueron liberados después de diez días de negociaciones de alto nivel.

En las Montañas Nuba, en Kordofán del sur, Bashir continuó bombardeando. Mukesh Kapila, un ex alto funcionario de la ONU, visitó el lugar en marzo y denunció lo que vio como una “política de tierra arrasada”, con el fin de aterrorizar a los civiles, la mayoría de los cuales estaba compuesta por granjeros empobrecidos. A causa de los ataques aéreos, no habían podido plantar cultivos y se estaban quedando sin comida. Kapila advirtió sobre una emergencia humanitaria similar a la de Darfur. “Estamos en el umbral de una considerable hambruna”.

Pocos días más tarde, George Clooney y el activista John Prendergast, que creó el Satellite Sentinel Project, una iniciativa par documental crímenes de guerra en Sudán, llevaron un equipo de filmación a visitar a civiles desplazados que vivían en cuevas justo al norte de la nueva frontera. Mientras estaban allí, dispararon cohetes desde un poblado cercano, en poder del gobierno, hiriendo a civiles. Corrieron a filmar la escena y, por la fuerza de las vívidas imágenes y el respaldo de una celebridad, Sudán fue empujado brevemente a las noticias internacionales. Clooney visitó la Casa Blanca y habló con el presidente Obama sobre la crisis, y consiguió más titulares cuando fue arrestado en una protesta fuera de la embajada sudanesa.

Hilu, el líder rebelde, me dijo: “Estaría muy feliz si el Consejo de Seguridad de la ONU al menos hablara sobre cerrar el espacio aéreo sobre las Montañas Nuba”. Pero aún sus oficiales en Juba comprendían que una acción directa no era probable en el corto plazo. “Después de Clooney, ¿qué más podemos hacer?”, preguntó uno de ellos, tristemente.

Princeton Lyman, el enviado especial de los Estados Unidos para Sudán y Sudán del Sur, sugirió que la administración estaba procediendo cautelosamente, esperando mantener a Sudán entero. “El FRS ha enfatizado el derrocamiento militar del régimen”, dijo. “Hemos urgido al FRS a desarrollar una plataforma política que convoque a todos los sudaneses sobre la base de un Sudán unido, uno no dividido entre la periferia y el centro”.

Cuando pregunté a John Prendergast sobre la perspectiva de la no intervención, se rió. “El cierre del espacio aéreo no está ni remotamente siendo considerado en este momento en ningún nivel de ninguno de los círculos relevantes de la comunidad internacional”, dio. “La realidad para los Estados Unidos es que, dado que estamos tan comprometidos militarmente en tantos lugares del mundo musulmán, se requeriría algo todavía imprevisible, grande, para cambiar eso al punto de que pudiéramos hacer algo”. Mientras tanto, dijo, había poco que los nuba pudieran hacer, excepto unirse a los rebeldes y luchar para sobrevivir.

Sudaneses del Sur ante una imagen de Al Bashi

Hilu comanda, usualmente, a las fuerzas rebeldes desde un campamento cerca de la frontera; y, en Juba, parecía incómodo, estando fuera de la acción. Durante nuestro encuentro, mantuvo sintonizado un televisor sin sonido en el canal de noticias de Jartum, y lo miraba periódicamente. En un punto, un segmento mostraba imágenes de Bashir en uniforme, alzando el puño y arengando a una multitud de seguidores armados. La cámara se retiraba para mostrar vehículos militares y milicianos reunidos en el desierto. Los hombres cantaban y agitaban las armas en el aire, y luego una enorme columna de ellos se marchó. Hilu subió el volumen; los milicianos cantaban: “¡Allahu akbar!”.

Hilu me explicó que Bashir estaba enviando a las Fuerzas Populares de Defensa al frente, incluyendo a muchos de los voluntarios islamistas que, según las denuncias, hicieron la mayoría de las matanzas después de que Hilu perdiera la elección. “Dice que vendrán a Kordofán del Sur y nos aplastarán”, dijo. Sonrió y añadió: “Bashir siempre dice esas cosas. Quiere barrernos, pero no puede”. Hilu se encontró con Bashir muchas veces, especialmente durante las negociaciones que condujeron al acuerdo de paz de 2005. “Es un carnicero”, dijo. “No es un ser humano”. Durante la guerra en Darfur, afirmó, Bashir, informado de que algunas de sus tropas estaban violando mujeres, respondió: “Son árabes quienes las violan. Las mujeres tienen suerte, porque son blancos”. Hilu movió la cabeza. “Y este es alguien llamado el Presidente” (el enviado de Bashir en Londres replicó a estos relatos: “Si me permite hablar no diplomáticamente, Hilu es un total mentiroso”).

Cuando pregunté a Hilu cómo se sentía por haber estado en el cargo un minuto y como insurgente al siguiente, me dijo que estaba “bien”. Antes del acuerdo de paz de 2005, él, como muchos otros en el ELPS, había pasado 22 años en la jungla. “Para mí, es lo mismo que un hogar”, dijo. “Es como si fuera un cocodrilo. No podés castigar a un cocodrilo arrojándolo al río, ¿no?”.

Había arreglado que yo visitara el territorio controlado por sus fuerzas en las Montañas Nuba. El área, de unas cien millas al norte de la frontera, es el corazón estratégico del país –situado en la intersección de las tierras bajas del sur, el Valle del Nilo blanco y los bordes del vasto Sahara—y ha sido por largo tiempo objeto de conquista. Hilu me contó que Jartum estaba bombardeando allí frecuentemente y era probablemente que en algún momento yo tuviera que esquivar las balas. Riendo, dijo: “Espero que seas bueno saltando a las zanjas”.

 

La primera de las pilas de roca rosa y gris que son las Montañas Nuba se alza al cielo azul desde unos matorrales sin otra característica que esa, a pocas horas en automóvil al noreste de Yida, un expandido campamento de refugiados, justo adentro de la frontera norte de Sudán del Sur, donde 60.000 refugiados nuba viven en chozas. Los hombres de Hilu me levantaron en el campamento en un Toyota Land Cruiser blanco que habían manchado con tierra roja para evitar ser detectados desde el aire. Cargados con combustible adicional, condujimos por un camino de tierra a través de un bosque bajo en el que no había gente, ni vida silvestre ni agua. Ocasionalmente, había chozas rudimentarias y barricadas controladas por combatientes armados que lucían el uniforme del Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés (ELPS).

En un punto, mi escolta, Jacoub Iddris, un oficial de inteligencia del ELPS de treinta y pico de años, me informó que habíamos dejado el territorio de Sudán del sur. De allí en más, dijo, todos los soldados eran del ELPS-Norte. Con todo, combatientes del norte y del sur parecían moverse a través de la frontera sin dificultad alguna y, dado que vestían los mismos uniformes, era virtualmente imposible diferenciarlos; parecía probable que acciones militares conjuntas estuvieran ocurriendo en secreto. Llegamos al camino que venía de Kadugli, el poblado donde las fuerzas gubernamentales estaban basadas. En la lucha de los dos meses previos, el ELPS había tomado las posiciones cercanas del Ejército Sudanés, abriendo una ruta por tierra a Yida, que se había vuelto vital, estratégicamente: era una vía para llevar provisiones y refugiados a las Montañas Nuba y también estaba cerca de Heglig, el campo que provee a Sudán casi la mitad de su petróleo.

Los nuba, compuestos por unos cincuenta grupos tribales combinados, se consideran los “primeros sudaneses, descendientes de los antiguos nubios que establecieron una civilización cientos de millas al norte, antes de ser sobrepasados por los egipcios. De acuerdo con la tradición nuba, sobrevivieron escapando al sur y escondiéndose en los remotos macizos de piedra, que durante siglos les ofrecieron protección de los árabes que buscaban esclavos y de otros invasores. Excepto por visitas de algunos residentes sudaneses y de nómades árabes baggara, que hacen peregrinaciones estacionales al sur con sus rebaños, los nuba permanecieron aislados hasta los ’70, la mayoría viviendo en completa desnudez y subsistiendo como cazadores y granjeros. Para fines de los ’80, sin embargo, tropas de Jartum habían llegado a la zona. Los nuba han estado en guerra desde entonces.

Así como el régimen de Bashir utiliza la guerra como su principal instrumento de gobierno, el combate se ha vuelto una forma de vida para la gente tribal del sur. John Ryle, un antropólogo con base en Londres que maneja el Rift Valley Institute, que se concentra en África oriental, me dijo: “Hay una generación de sureños que no han conocido otra cosa que la guerra, y un núcleo de jóvenes del sur cuyo medio de supervivencia es un arma. Este puede ser el problema: no saben cómo tener paz. Mientras los soldados y ex soldados manejen ambos países, como ahora, será difícil que las cosas mejoren. Va a llevar un largo tiempo”.

Cerca de un par de macizos, llegamos a una comunidad agrícola que había sido quemada y saqueada por las tropas de Bashir; ollas de cerámica y cántaros de agua yacían por todos lados en cenizas. Los pobladores desplazados vivían en la vecindad, en un lugar llamado Tes, junto con refugiados de otros pueblos del frente de la guerra. Un grupo de ancianos del pueblo nos dio la bienvenida, y pregunté al jefe –un delgado anciano con un bata blanca y una lanza corta—cuánta gente había en las cuevas. Negó con la cabeza: era imposible dar un número preciso. Había habido más de 14.000 en Tes antes de la guerra. Alguna se había ido al campamento de Yida, pero varios miles se quedaron. Hizo un gesto hacia las rocas, donde familias enteras estaban acampadas bajo las piedras y en las grietas. Vestían harapos, los niños muy delgados y sucios. Algunos parecían asustados, pero unos pocos sonreían, y lanzaban tímidos saludos. De cerca, los campamentos olían a madera quemada y excremento. Un Antonov –uno de los aviones de manufactura rusa de Bashir—comenzó a ronronear sobre nuestras cabezas y los refugiados se pegaron a las rocas y otearon el cielo.

La gente de las Montañas Nuba pasaba sus días buscando comida, agua y leña, usualmente llevando largos cuchillos o hachas y árboles jóvenes sobre los hombros. Las mujeres acarrean agua sobre sus cabezas en bidones de plástico amarillo de veinte litros que alguna vez contuvieron aceite vegetal. Las chozas variaban de estilo de tribu a tribu: algunas eran cuadradas, con paredes hechas de roca; otras eran redondas, con muros de barro. En los complejos familiares, las mujeres molían grano con morteros y alimentaban las fogatas con astillas o carbón. Alguna gente tenía cabras o unos pocos pollos.

Las Nuba son un paisaje espectacular, donde la gente vive en estrecha comunión con el ambiente: no hay electricidad, ni ruido de motores ni polución y, excepto por los bidones, no hay plástico. La cuerda es hecha a mano, de corteza de baobab. La vista se extiende hasta el horizonte, libre de cosa alguna hecha por el hombre. Y sin embargo, adonde fuera que iba, los fuegos ardían sobre las laderas mientras los granjeros quemaban la maleza antes de plantar cultivos. Por la noche, rojos zigzags brillaban en las elevaciones. El trabajo sin fin de convertir todo árbol disponible en combustible ha esquilado a la tierra su tesoro.

En 1949, el fotógrafo George Rodger, enviado por National Geographic, se acercó a las Montañas Nuba a través de una jungla llena de elefantes, leones, antílopes y jirafas. La caza mayor ha sido virtualmente erradicada en estas décadas de guerra. Me dijeron que había muchas cobras escupidoras (de veneno) y babuinos, pero en dos semanas de conducir a través de la vasta jungla la única vida salvaje que ví fueron unas pocas ratas. Idris me dijo que la mayoría de los ríos había dejado de correr hacía mucho, o se habían vuelto estacionarios. En unos pocos sitios, el agua transpiraba a través del suelo polvoriento y creaba piletas verdosas. Las mujeres venían a llenar sus bidones con unas vacas flacas, que bebían y cagaban allí.

Aún en los lugares mejores organizados, el riesgo de hambruna era constante. Un día, visité Kawalib, en el borde oriental del territorio del ELPS, donde un enorme grupo de granjeros nuba y sus familias estaban acampados alrededor de tres macizos que se alzaban en una amplia llanura. Adentro había fuentes que proveían agua pura. De acuerdo con la historia local, los nuba se habían congregado allí durante siglos para sobrevivir en tiempos de guerra. Se hacía un gran esfuerzo para mantener una vida normal: las cabras pastaban, y en una gran casa de techo de paja se había montado una escuela primaria. Sin embargo, el comisionado local del ELPS me informó que el hambre se estaba comenzando a esparcir. Las reservas de sorgo, el grano que es el alimento básico de la dieta nuba –comido en sopa; molido hasta ser harina para un pan delgado; mezclado con agua y fermentado para hacer merissa, la cerveza local—, se habían agotado. La gente estaba yendo a la jungla a buscar frutas, bayas y raíces; a menudo caminaban una hora antes de encontrar algo. La semana previa, una mujer y sus niños pequeños habían sido matados y comidos por unas hienas.

Un grupo de ancianos, reunidos para hablar acerca de la falta de comida, dijeron que había cincuenta mil refugiados en Kawalib. La zona era accesible sólo en furgoneta y, después de algunas discusiones, se determinó que traer una provisión de grano de seis meses requeriría 1.500 viajes –una imposibilidad práctica (expertos de asistencia humanitaria me dijeron luego que un transporte aérea también sería prohibitivo por el costo y correría el riesgo de ser derribado por los aviones del régimen). Los ancianos me contemplaron con cortesía mientras yo discutía las cifras. Parecían resignados, casi sin curiosidad; mientras decía adiós, me despidieron en forma impasible.

El comandante de campo del ELPS-norte, general Barshim, me condujo por Kawalib en una camioneta artillada y atestada de guardaespaldas. Su campamento estaba situado a corta distancia de los civiles, oculta por varias rocas altas. Había mesa y sillas sobre la arena y, al fin de una tarde, Bashir me invitó a sumarme. Era un hombre de constitución formidable, con la bravuconería de un George Foreman joven. Sus hombres caminaban con aire arrogante, también, como si su actitud fuera contagoiosa. “Ha venido en un mal momento para las Montañas Nuba”, exclamó Barshim con su vozarrón. “Pero pronto las Montañas Nuba serán un país, al igual que Sudán del Sur”. Golpeó la mesa con el puño.

Abdelaziz al-Hilu había insistido en que su movimiento reuniría a la nación de Sudán; jamás había hablado de la independencia de Kordofán del Sur. Pero parecía probable que las periferias de Sudán, a las que se había estafado su parte de los recursos nacionales y que se habían desangrado en guerras libradas por el norte, se irían por su cuenta si se les daba la oportunidad. La mayoría de los nuba que conocí estaban furiosos por los abusos de Jartum. Si los rebeldes ganaban, parecía dudoso que se sentaran con sus enemigos derrotados para asegurar una perfecta igualdad. Cuando le dije a Barshim que parecía estar contradiciendo a Hilu, sonrió y me ignoró. “Ahora, es importante que la comunidad internacional alimente a nuestro pueblo”, dijo. “Lo necesitan. En el aspecto militar, no estamos todavía a la ofensiva, pero lo estaremos pronto”.

Pese a la fanfarronada de Barshim, es incierto que los rebeldes de Kordofán del Sur sean capaces de imponerse a Jartum, una ciudad de cinco millones de personas. El ELPS está sub-equipado, tiene mala disciplina y solía combatir a la defensiva. Pero, en 2008, un grupo rebelde de Darfur en varios cientos de camionetas armadas lanzó un atrevido ataque sobre la capital. Pese a varias advertencias de que estaban en camino, los rebeldes lograron cruzar el desierto sin obstáculos durante tres días y llegar a Omdurman, justo frente a Jartum, al otro lado del Nilo, y entablar combate con fuerzas gubernamentales allí. Otra columna de combate tomó una base de la Fuerza Aérea al norte de Jartum. El ataque contra la capital fracasó en última instancia, pero el régimen de Bashir  quedó conmocionado.

La decena, más o menos, de pequeños puestos fortificados que componen los objetivos militares del actual conflicto pueden parece insignificantes en tamaño y población. Pero, como en las guerras coloniales británicas del siglo XIX, en lugares como Omdurman y Fashoda, cualquiera puede implicar una diferencia estratégica vital. Cuando cae un poblado, no hay nada entre él y la siguiente guarnición, a cientos de millas de distancia. Jartum está a casi trescientas cincuenta millas de Kadugli, y hay poco entre ellas.

Abyei, atrapada entre Sudán y Sudán del Sur

A medio día de automóvil de Tes, el ELPS-Norte mantiene su campamento de entrenamiento militar, disfrazado como un poblado: un surtido de chozas de paja en el medio de una jungla de árboles bajos y espinosos. El comandante de la base, brigadier Mahana Bashir, se sentaba a la sombra de un gran baobab. Tenía una trenza dorada en los hombros de su uniforme y esgrimía un palo de hockey, decorado con un brillante frenesí de rayas. Mientras hablábamos, una joven molió café en un mortero, lo cocinó con canela, jengibre y cardamomo, y lo sirvió en pequeñas tazas de porcelana.

Con Hilu, había visto reportes de milicianos sudaneses en marcha hacia Kordofán del Sur. Cuando pregunté a Mahana si habían llegado, negó con la cabeza, pero dijo: “Si el camino al Cielo para la gente de Jartum es a través de las Montañas Nuba, que vengan –se los facilitaremos”. Dijo que era cristiano, pero que algunos de los otros oficiales eran musulmanes. “Aquí, en las Montañas Nuba, vivimos en armonía”, dijo. “En vez de marcar diferencias entre nosotros, deberían utilizarnos como modelo para el resto de Sudán”. Otro comandante del ELPS explicó, con una sonrisa, que era “un musulmán que comía cerdo”. Dijo que tenía dos esposas, una cristiana y una musulmana, y que algunos de sus hijos habían adoptado la religión de los otros. “¿Por qué no?”, dijo. “La fe, después de todo, es cuestión de elección”.

Aún si los nuba son inusuales en su tolerancia, la verdadera fuente de conflicto en todo Sudán y sus ex territorios no es la fe, sino la identidad racial y tribal. Muchos sudaneses del norte se consideran árabes, y miran como inferiores a sus vecinos “africanos” del sur. Pero Sudán del Sur, que tiene al menos cuarenta tribus, es, en sí misma, una sociedad altamente dividida. Los dinka son la mayoría y, con los nuer, dominan el ELPS; Kiir es un dinka, como lo era Garang. El vicepresidente, Riek Machar, es un nuer que, durante muchos y sangrientos años de los ’90, rompió con el ELPS y, con apoyo de Bashir, lideró a un grupo de miembros de su misma tribu en un amargo conflicto contra sus viejos camaradas. Está en el cargo, al menos en parte, para contener los conflictos entre las tribus.

El tribalismo  persigue al ELPS, aún ahora, que está en el gobierno. Mientras que quienes están en el poder se enriquecen, y a sus secuaces, las tribus lanzaban razzias y guerras unas contra otras. Comenzando en el verano de 2011, los nuer y los murle libraron una serie de batallas en las que cientos murieron. Un alto funcionario me dijo: “la tribu murle tiene el hábito de secuestrar niños de tribus vecinas. Ha habido un problema de infertilidad en la tribu y no tienen un sistema de adopción. Así que los jóvenes secuestran a los niños, y luego los venden a los ricos por vacas”. La única cosa que muchas tribus tienen en común es la experiencia de la invasión y la conquista del norte.

Uno de los funcionarios de Mahana me preguntó si quería conocer a algunos “desertores” –ex soldados del Ejército Sudanés que se habían unido al ELPS. Se emitieron órdenes de alistar a los desertores y, una hora después, fui llevado a un campo rudimentario de desfiles, donde los oficiales tenían a carrera y marcha a unos doscientos reclutas. Pese al calor, mantenían la marcha a la carrera, cantando en voz alta.

A la sombra de un árbol, unos treinta hombres se hallaban sentados frente a un oficial de pie. Idris tradujo: en los ’80, el árabe sudanés fue impuesto en el sistema escolar de Sudán y se ha vuelto la lingua franca del país. Los desertores eran nuba, hombres locales que habían sido reclutados por el Ejército Sudanés. Hasta que el conflicto comenzó, el verano (boreal) pasado, obedecían órdenes de Jartum. Haciendo discursos, me dijeron que habían venido al ELPS voluntariamente. Cuando pregunté al oficial por qué, después de casi un año, no habían sido enviados todavía al combate, me explicó que todavía eran retenidos para que alcanzaran los más rigurosos estándares del ELPS.

Los hombres eran, más probablemente, prisioneros de guerra a los que se había permitido cambiar de bando pero que todavía eran retenidos en un semi-cautiverio. Cuando pregunté a algunos de ellos qué querían hacer después de la guerra, miradas ansiosas aparecieron en sus caras. Uno de los más viejos, que rondaba los cincuenta, habló. “Todo lo que queremos es ser soldados del ELPS”. Los hombres a su alrededor se animaron, asintieron vehementemente y rompieron a cantar “ELPS”.

Era, según todas las apariencias, un ambiente totalitario y, sin embargo, buena parte de la sociedad parecía participar en forma voluntaria.  Entre los muchos grupos rebeldes de Sudán, el ELPS nuba parece ser lo más cercano que hay a un auténtico “ejército popular”. En el sur, el ELPS ha explotado y depredado a los civiles, me contó Prendergast, pero en las Montañas Nuba el ejército y la población local estaban completamente entrelazados. “Los rebeldes tratan de asistir a los civiles y, a su vez, los civiles dan socorro a los rebeldes”, dijo. Sugirió que la situación había evolucionado en respuesta a la masacre indiscriminada de nubas en el campo de batalla por parte del norte. “En las Montañas Nuba, Jartum enfrenta a una población que está totalmente opuesta a ella”, afirmó.

 

Desde que llegué a las Montañas Nuba, había oído rumores de que el ELPS-Norte estaba planeando una ofensiva contra Talodi, un poblado controlado por el gobierno a unas treinta millas al sur del centro rebelde de Kauda. Era uno de los principales objetivos estratégicos de los rebeldes: si podían tomar el poblado, eliminarían una base clave del gobierno en la frontera con Sudán del Sur.  El más alto comandante militar del ELPS, general Jogot Mekwar, vivía a unas quince millas de Talodi, en un lugar llamado Jegeba, al abrigo de una serie de bajas colinas. Su complejo era una serie de chozas redondas de piedra y techo de paja, rodeadas por una cerca de palos cubiertos por hojas de palma. Unos pocos vigías eran lo único que revelaba la presencia altos oficiales. Adentro, Jogot me dijo que el asalto contra Talodi estaba en marcha. El régimen había estado acrecentando sus fuerzas allí por meses, dijo, y estamaba que había unos 5.000 efectivos –una fuerza suficientemente grande como para asaltar el bastión rebelde de Kauda y cortar su acceso a las provisiones. “Desde Talodi, pueden cerrar el camino a la frontera; les parece que el sur nos apoya por ese camino y es por eso que pusieron allí su principal guarnición”. No podía decir cómo concluiría la batalla. “Comenzamos a luchar hace tres días, pero están muy atrincherados”.

Después de la cena, Jogot y sus generales se sentaron en el patio a intercambiar historias y hablar en sus Thurayas –teléfonos satelitales que utilizaban para supervisar la guerra. Era un hábito arriesgado –los Thurayas contienen una unidad GPS que puede ser rastreada con la tecnología adecuada–,  pero los teléfonos son el único medio de comunicación en la jungla. Una TV estaba montada con un recibidor satelital alimentado con energía solar, y algunos niños, algunos de los custodios de Jogot y un puñado de oficiales se reunieron a mirar. Un oficial esgrimía el control remoto cerca del aparato, actuando como cambiador de canales. Miramos varios canales de noticias sudaneses, Al Jazeera y, luego, para delicia de todos, un show de lucha libre norteamericano, “WWE Smackdown”. Los soldados reían y gritaban mientras los luchadores arrojaban a sus rivales a la multitud o les pisaban la cabeza. Los nuba son famosos por su lucha,una tradición en la que los jóvenes prueban su fuerza y vigor para establecer su estatus dentro de la tribu, e Idris lucía estupefacto cuando le dije que la lucha era falsa. “¿De verdad?”, preguntó. Mientras todo el mundo seguía mirando, me fui a dormir a una choza que había sido preparada para mí.

Justo antes de medianoche, hubo una serie de rápidos golpes: bombas que caían cerca. El silencio descendió sobre el campo; la televisón había sido apagada. Una hora más tarde, hubo más explosiones, esta vez más fuertes. A la mañana, Jogot explicó que las primeras explosiones eran de cohetes Shahab, misiles tierra-a-tierra iraníes, disparados desde la base del régimen en kadugli, a unas cincuenta millas. Las siguientes explosiones eran bombas arrojadas desde Antonov: habían dado cerca del pozo del campamento, a unas doscientas yardas. No había habido heridos, me dijo Jogot –sólo un cerdo, de un complejo vecino. Usó el término Mister Pig, en inglés, para referirse al animal muerto. En las Montañas Nuba, todos los cerdos son llamados Mister Pig. Nadie sabe por qué.

Con los ataques tan cerca, parecía obvio que el régimen sabía la ubicación de Jogot, y sugerí que lo habían estado rastreando, y a sus oficiales, por medio de los teléfonos satelitales. Jogot se encogió de hombros: no tenía otra opción que utilizarlos. En cualquier caso, la tecnología de los militares sudaneses era elemental. Los misiles habían fallado el blando y los Antonov –torpes mulas del aire, que vuelan bajo—eran buenas para la vigilancia aérea, pero patéticas como bombarderos. Las tripulaciones distinguían los blancos a ojo, según los reportes, y descargaban bombas de sus bodegas, que estallaban donde fuera que aterrizaban.

Un guerrero Jie con cicatrices en forma de AK-47

Los rebeldes no tenían instalaciones médicas, así que confiaban en el hospital Madre de Misericordia, que la iglesia católica había erigido cuatro años antes. El hospital es manejado por Tom Catena, un hombre larguirucho de 48 años de Amsterdam, Nueva York. La mayoría de los otros asistentes extranjeros había huido y el Dr. Tom, como todo el mundo lo llamaba, había mantenido al hospital en marcha con ayuda de un par de monjas de México y dos enfermeras de Uganda. Hasta que comenzó la lucha, las provisiones y medicinas  llegaban por aire en forma regular, pero ahora todos los cargamentos tenían que venir por tierra. Había escasez de casi todo, desde anestésicos a remedios para la malaria.

Catena me dijo que no había abandonado el perímetro del hospital en un año y medio. “Demasiado ocupado –el tiempo vuela”, dijo, riendo. Era el único médico para 450 pacientes, que sufrían de todo, de lepra, sida y cáncer a heridas de disparos, bombas y metralla. Había mujeres con embarazos difíciles, ancianos con próstatas distendidas y jóvenes con concusiones por caerse de árboles mientras recogían mangos. Mientras me mostraba las guardias, un Antonov se podía oír arriba nuestro: parecían estar zumbando todo el día.

Las instalaciones del hospital, asentadas en una plaza marcada por árboles, se hallaban superadas. Los corredores estaban llenos de pacientes en camas, y se había montado tiendas afuera de las guardias para albergar a los sobrantes y sus familias, a las que se pedía que proveyeran comida para sus parientes enfermos. En la guardia infantil, las enfermeras y monjas mimaban a una hermosa niña de ocho años llamada Viviana, que había quedado paralizada de la cintura hacia abajo por un ataque aéreo en julio (de 2011).

La guardia de hombres estaba llena de combatientes que habían recibido disparos, estaban mutilados o quemados. Un hombre atlético de veintipico había perdido ambas piernas en una explosión. Sonriendo animadamente mientras se impulsaba en una silla de ruedas, dijo a Catena que se sentía listo para volver a casa, en Toroge, otro poblado en el frente. Catena le dijo que estaba bien, pero que no podía llevarse la silla de ruedas: no había forma de que el hospital la remplazara y nuevos pacientes llegaban cada día. El joven lucía golpeado. Catena dijo: “lo siento, pero la necesitamos aquí”, y se marchó.

 

La primera operación de Catena a la mañana siguiente era en un anciano con un melanoma avanzado. Después de darle un anestésico, Catena amputó su pierna izquierda podrida. Para fin de la tarde, había metido una pica de acero en la pierna de un joven para asentar su fémur fracturado, y operado a un chico de doce años cuya mano izquierda había sido dañada cuando una granada con la que jugaba explotó.

Dejamos la sala de operaciones a las 7PM. Una hora más tarde, justo cuando el personal se sentaba a cenar, las primeras bajas de la ofensiva sobre Talodi llegaron: los Antonov que habíamos oído aparentemente estaban en camino a apoyar a las tropas de Jartum. Los combatientes heridos yacían en la parte trasera de un camión, tras sufrir una travesía de muchas horas. En la sala de operaciones, encontré a Catena atendiendo a un hombre desnudo: estaban vendando una herida en su abdomen y su ensangrentado brazo izquierdo estaba atado con un torniquete justo por encima del codo. Esgrimiendo un escalpelo caliente, más bien como un instrumento de soldador, catena comenzó a trazar una brillante línea roja en el bíceps del hombre. Después de unos 20 minutos, el brazo salió y fue arrojado en un canasto.

Uno por uno, Catena atendió a los heridos. Había once en total: algunos había sido alcanzados por las balas, otros por la metralla. Los soldados dijeron ue el ELPS había atacado los poblados controlados por el gobierno que rodeaban a Talodi y habían roto sus defensas, pero que la lucha continuaba. Emitían el olor acre del campo de batalla –sudor nervioso, orina, polvo y sangre—y estaban sedientos. La noche previa, habían caminado durante doce horas para sorprender a su objetivo y habían combatido todo el día, mientras los Antonov los bombardeaban.

Llegaron más camiones: en las siguiente seis horas, vinieron treinta y tres bajas de Talodi. La antesala de operaciones se lleno de soldados, que colapsaban en camas junto a otros pacientes y yacían allí, esperando ser revisados. El hospital adquirió un aire frenético, en que las enfermeras llegaban corriendo con vías intravenosas y jeringas y vendas, había sangre por todas partes. Catena hizo triaje (NDR: selección entre enfermos), y se volvió a un soldado que había sido alcanzado por una bala en las nalgas. Aun después de que Catena trató la herida, el solado se quejaba de dolor en el estómago, de modo que Catena le dio un anestésico y lo abrió. La bala había viajado hasta sus intestinos y le había hecho veinte agujeros distintos, y cada uno de ellos necesitaba ser cosido para evitar una peritonitis. Cuando Catena terminó, eran las 2 Am y todavía quedaba por atender otro hombre herido de bala.

Después de dormir dos horas, Catena estaba de regreso en la sala de operaciones. Increíblemente, todos habían sobrevivido. Ese día, llegaron otras cinco bajas, todas heridas en la explosión de una mina terrestre. La cabeza de un joven estaba hinchada de forma grotesca, la cara cubierta de ristras de agujeros. Donde antes estaban sus ojos, había sólo una pulpa sangrienta.

 

A la mañana siguiente, el general Jogot Mekwar hizo los arreglos para que visitara el frente, cerca de Talodi. Asignó un hombre de inteligencia, Korme, para ir conmigo, y después de esperar hasta el mediodía a que un par de Antonov pasaran de largo, condujimos hasta el frente. Pasamos por pueblos incendiados y, moviéndonos a alta velocidad por temor a ser detectados por los aviones del gobierno, llegamos a una anterior base del régimen llamada Maflu  –poco más que un vivac en la base de una colina, donde dos baobabs daban sombra. Los rebeldes  habían capturado la base pocos días antes, estableciendo su primera posición cerca de Talodi. Korme había estado en la exploración de avanzada. Había entrado a pie en la noche, cruzando la montaña por encima del campamento. “Primero vinimos a ver y luego nuestras fuerzas llegaron por los dos lados”, dijo. La base era defendida por unos 350 hombres. Cuando le preguntó dónde estaban ahroa, dijo: “Huyeron”. El lugar hervía ahora de combatientes rebeldes, y la atmósfera era tensa. El Sol estaba increíblemente caliente, y la trinchera que rodeaba a la base emitía olor a cadáver.

Fui llevado ante el comandante, brigadier Nimeiri Murad, un joven serio y rondo que se hallaba sentado bajo uno de los baobabs con sus oficiales; dejarond e hablar cuando me acerqué. Nimeiri me dijo que sus hombres habían hecho incursiones en el poblado y, pese a sus caras preocupadas, afirmó: “La situación es muy buena. Está yendo bien”. Señaló un sitio un par de millas a través de la estrecha llanura, donde unos pocos techos se alzaban por encima de la jungla, en la base de un enorme macizo. “Eso es Talodi”, dijo. “Una hora a pie”. Las tropas del régimen estaban atrincheradas en el poblado, dijo, mientras que sus hombres estaban desplegados alrededor, en las tierras bajas y en el djebel, el gran risco de piedra que se asomaba varios cientos de pie por encima de él. Mientras hablábamos, siguió mirando por sus binoculares hacia el poblado.

Un oficial que se presentó como el teniente coronel Abras me dijo que sus soldados se habían abierto camino peleando hasta Talidi. “Ayer, de 8 a 5pm, estuvimos adentro”, afirmó. Los oficiales contaron que los soldados del régimen tenían armas pesadas, morteros, artillería, bazukas. Abras dijo: “en Talidi, también tienen un arma al que llaman Perro Norteamericano”. Lo describió como una pieza de largo alcance, hecha en los Estados Unidos, que tenía varios barriles que podían disparar simultáneamente. “Cuando lo usan, detiene los motores de nuestros vehículos por diez o quince minutos”. Los hombres eran vagos respecto de cómo, exactamente, habían tomado Maflu en vista de tal ventaja, pero, más o menos a una milla, yo había visto cuatro tanques rusos escondidos en la espesura. Cuando Pregunté a Abras si los había capturado de los soldados sudaneses, dijo algo indefinido y luego, cuando pregunté de nuevo: “Sí, eran de ellos”. Parecía extraño: normalmente, las guerrillas están ansiosas por exhibir los grandes armamentos que capturaron en combate. Luego advertí que uno de los hombres sentados con Nimeiri y Abras, con la cara en sentido opuesto adonde me hallaba, tenía un uniforme con una charretera que mostraba la bandera de Sudán del Sur y las iniciales GOSS: Gobierno de Sudán del Sur (Ndr: en inglés). Los tanques eran, probablemente, un préstamo de Salva Kiir. “No hay duda de que Sudán del sur ha provisto algún apoyo al ELPS-Norte en la zona, me dijo luego Princeton Lyman, el enviado norteamericano a Sudán. En tanto el ejército de bashir estuviera activo en las Nuba, el sur estaría forzado a defender su frontera.

En nuestro regreso del frente, Korme y yo condujimos a través de una llanura seca salpicada de árboles de espinos negros. Korme dijo que era conocida como “Lugar de Agua del Búfalo”. “No hay agua aquí, ahora”, añadió. “Ni tampoco búfalos”. Pregunté cuando había sido visto el último búfalo. Con aire incierto, Korme respondió: “Quizás antes de la última guerra”.

Nos detuvimos en un mercado rústico y una mujer nos hizo café. Un soldado allí dijo que había apenas regresado del frente en Talodi y comenzó a fanfarronear acerca del asalto inicial del ELPF en Talodi. Describió cómo él y sus camaradas habían copado las posiciones del Ejército Sudanés y tomado un montón de prisioneros. “Los matamos de inmediato”, dijo, haciendo un movimiento de rociar balas con ambas manos. También habían derribado a dos MIG, afirmó. Imitó a un avión siendo alcanzado y cayendo en espiral antes de estrellarse. La mujer del café miraba en silencio con una expresión de shock. Condujimos a alta velocidad a través de poblados quemados y desiertos. El Ejército Sudanés los había destruido en su retirada.

Un año después de que Sudán del sur celebró su independencia, hay pocas indicaciones de que dividiendo las regiones en guerra de Sudán haya creado una paz duradera. En abril (de 2012), el gobierno de Sudán del Sur dejó en claro que estaba combatiendo con los rebeldes del FRS: juntos, sus tropas habían capturado el gran campo petrolero de Heglig. Calificando a los sudaneses del sur como “insectos venenosos”, Bashir juró hacerlos retroceder. Después de que el presidente Obama llamara a ambos lados a atemperarse, Salva Kiir retiró sus tropas. Los aviones de Jartum los bombardearon mientras se marchaban.

Sudán del Sur ha mantenido la provisión de petróleo cortada, privando a ambos países de la mayoría de sus ingresos. Bashir, que había estado pagando subsidios a la población sudanesa, tuvo que parar, y en junio surgieron protestas callejeras en Jartum. La primera ola fue reprimida rápidamente por las fuerzas de seguridad, y Bashir condujo por la ciudad en un auto descubierto, reportando, exultante, que no había manifestantes a la vista.

En las Montañas Nuba, Bashir llegó hasta Talodi y dio un discurso a sus tropas en el que prometió “expurgar a Sudán de los traidores que vendieron el país”. Continuó esa aparición con una campaña de nuevos bombardeos; Tom Catena escribió para decirme que había atendido a combatientes del ELPS cuyos síntomas sugerían que habían sido envenenados con insecticidas. Abdullahi al-Azreg, el enviado sudanés en Londres, defendió la agresión de su gobierno como una inevitable contrainsurgencia. “Están usando el mismo, viejo argumento acerca del ‘genocidio de los nuba’”, protestó. “Hablan de ‘alimentos como armas’. Cuando el pueblo sudanés escucha esas acusaciones, se enoja mucho. Así es como se crea el extremismo, amigo mío”. Cuando pregunté si los rebelde podrían inducir a otros estados sudaneses a buscar la independencia, Azreg se echó a reír. “No creo que Sudán se fracture”, dijo. “Si lo hace, lo que ocurra allí hará que Somalía parezca un picnic”.

John Prendergast dijo que ningún lado estaba en condiciones de abandonar su posición intransigente: “El problema es que tanto Juba como Jartum piensan que el otro es lo suficientemente vulnerable como para caer. Ambos huelen la sangre, así que es difícil que retrocedan”. Pero ambos países están debilitados por la violencia y se están quedando sin dinero. Carol Berger, la antropóloga, me dijo que la guerra simplemente seguiría. “En el mejor de los casos veremos que el territorio de ambas partes de la frontera será inestable durante años”, dijo. “En cuanto a los nuba, no tienen adónde ir, así que lucharán, y el norte continuará enviando sus jets a bombardearlos. Es una tragedia, porque son los civiles los que están sufriendo y quienes continuarán sufriendo. Y ambos lados utilizarán el sufrimiento de los civiles para beneficiarse”.