¿Por qué un dictador cruel pero exitoso decide someterse a un plebiscito y perderlo? ¿Por qué lo hace en el momento en que su oposición está más desmembrada y desesperanzada que nunca? ¿Por qué esa oposición que ha vivido en la clandestinidad y la esperanza revolucionaria decide entrar en el juego y, para sorpresa de todos, partiendo por ella misma, ganarlo? Estas preguntas y otras por el estilo son algunos de los misterios que rodean uno de los procesos políticos más extraños y llamativos de la historia de Latinoamérica.

Las repuestas a estas preguntas no están en Chile y menos en la cabeza de Pinochet o de sus opositores sino en los vaivenes de la guerra fría que siempre tomó en Chile un extraño tinte de alegoría. Pinochet cayó porque cayó el muro de Berlín y el muro de Berlín cayó en parte gracias a que cayó Pinochet. No es un azar que la pareja Honecker haya terminado viviendo y muriendo en Chile, protegidos por algunos de los que hicieron o dejaron que se hiciera la campaña del NO.

La película que retrata el proceso, NO, filmada por Pablo Larraín, un director que tenía 9 años cuando los hechos sucedieron —y vivía en el mundo del SÍ— no pretende explicar las paradojas de nuestra historia política. Sabiamente prefiere contar la historia desde su propia experiencia, la de la generación que nació de esta epopeya sin sangre pero con la misma valentía, incerteza, traición y pasión que cualquiera otra batalla.

René (perfectamente encarnado por Gael García) es un hombre de hoy que deambula montado en una patineta por un Santiago de hace 20 años. Una ciudad donde todo era compromiso, donde no comprometerse incluso era una forma de militancia. Avanza entonces desde el cinismo y la distancia hacia la militancia y épica para volver, triunfante eso sí, al cinismo inicial. René y sus amigos lograron cambiar Chile y a ellos mismos. Un cambio que no cambia en el fondo nada porque en gran parte ese cambio ya había sucedido sin ellos, porque sólo hicieron visible lo que era invisible, unas ganas locas de normalidad, de cotidianidad, de vida, de juego.

La película logra, gracias a la perfecta elección de su perspectiva, lo imposible, contarnos las dos versiones, los dos lados de la historia del NO. El lado heroico, primaveral, la apoteosis de una generación que nació viendo películas en technicolor y cinemascope, que creció protagonizando documentales en negro y blanco y que se redescubrió a sí misma filmando a todo color para la televisión. Pero también el otro lado, el publicista que comienza la película usando el concepto de libertad para vender gaseosa y termina usando el concepto de audacia para vender teleseries. Que entremedio usa todo lo que aprendió de las teleseries para esconder, detrás de una campaña colorida y efectiva, su momento de audacia, su ansia de libertad.

Ese dilema, el de vender belleza para vivir, el de usar esa misma belleza para hacer política, es lo que comparten los protagonistas de la película con los que filmaron y escribieron. Es lo que hace esta película histórica una película profundamente actual. En ella una dictadura cae ante nuestros ojos por intentar usar el miedo, pero también datos, ideología, por llenarse de peso muerto y de discurso. Una democracia llega imponiendo a su paso otra dictadura, la de la belleza, la de la estética como parámetro esencial con que se miden todos los discursos bajo el mismo rasero que el de la publicidad, no como un disfraz que decora las ideologías sino como la única ideología posible. La absurda campaña del SÍ tenía la extraña ventaja de ser completamente distinta a la del NO. La campaña de Piñera era casi la misma de Frei y la de Lavín, la misma que Bachelet, todas versiones corregidas o no de esta alegría con mimos, bailarines en malla y tontorrones escuchando walkman.

El protagonista de esta historia nos da así una perfecta lección de posmodernidad. Para vender bebidas o teleseries usa conceptos políticos: libertad, audacia, cambio. Para vender política usa justamente las sensaciones que la bebida, o la teleserie, tiende a querer provocar: alegría, simpatía, color, deseo. Sin una palabra o una escena de más, nos recuerda la paradoja en que aún nadamos: La política está en todas partes menos en la política. Las bebidas y las teleseries venden una ideología (libertaria, libre mercadista, individualista, revolucionaria) que la política tiene justamente prohibido vender, porque todo eso, libertad, audacia, belleza y revolución le ha sido expropiado: en Chile a la fuerza, en Estados Unidos mediante elecciones cada vez más espurias.

La película del NO nos muestra como ese proceso, generalmente demonizado por los teóricos anti sistema, puede encerrar también verdadera audacia y dar verdadera libertad. La película, sin proponerlo, destruye muchos mitos que se han convertido en lugares comunes. Los publicistas, los políticos, los estrategas del NO no nos mintieron, ni nos engañamos nosotros al votar ese 5 de octubre. El tipo de alegría que la franja proponía sí llegó. Los picnic con baguete en el campo, las cabalgatas libres en los prados, los jóvenes con onda bajando del puente con las manos en los bolsillos de su jeans apretado, un país menos pobre, menos gris, menos solo, todo eso al cabo de veinte años ha terminado por suceder.

Hasta las mujeres que bailan solas por sus padres y esposos e hijos han terminado también por ser debidamente reconocidas y homenajeadas. En contraste, las imágenes de la franja del SÍ nos parecen antidiluvianas, inimaginablemente ancladas en una época tan lejana como la Toma del Morro de Arica o las guerras del Peloponeso.

Lo que la franja no promete, lo que conscientemente evita pedir (porque era justamente lo que dividía a sus creadores) es lo que los estudiantes piden hoy, el tema obsesivo de todo lo que se dice y calla en Chile: el reparto del poder político primero, simbólico después, económico finalmente. Un poder, sobre todo el económico, que se reparte hoy en tan pocas manos como entonces. En el momento de la victoria Luis Gnecco (absolutamente genial en toda la película) improvisa un discurso donde habla de un país más justo y más igual para todos. Una vez más, en esta verdadera máquina del tiempo que es esta película, el presente se sobrepone al pasado dejando entrever el futuro. Gnecco dice algo que Genaro Arriagada o Juan Gabriel Valdés (sus modelos para el rol) ni hubiesen podido decir entonces, pero que es urgente para ellos, como para nosotros, decir hoy.

Es simbólico que lo diga un actor que fue protagonista de la franja, del destape de los noventa y que confesó con hidalguía haber votado por Piñera. Resumen de todas nuestras contradicciones y ganas, Gnecco y su personaje hacen de puente con el programa de la Unidad Popular ese fantasma que al igual que Pinochet (que no aparece en la película pero que está en todas partes) explica las pasiones y los miedos de todos los personajes. Que explican, veinte años después y pasada mucha agua bajo el puente, también nuestras pasiones y miedos de hoy.

Para bien o para mal, la alegría no nos ha hecho del todo felices. Intuimos que el reparto del poder, el fin de los monopolios y duopolios no será alegre, ni seremos tan contradictoriamente entusiastas como lo fuimos en los 90 y comienzo del 2000. Deseamos secretamente que las cosas vuelvan a ser serias, importantes, y no tan lindas ni tan coloridas. Sentimos, como decía Delmore Schwartz, que en los sueños, ese bello sueño que fue la franja del NO, empezaron las responsabilidades.