Foto: Alejandro Olivares

El rap no lo escogí. Me llegó y lo asimilé. Cuando llegó a fines de los ’80 a Chile, estábamos viviendo una transición musical a la par de la política. De escuchar música de protesta, como Los Prisioneros, Víctor o la Violeta, pasamos a escuchar otros sonidos bastante raros, que se dieron a conocer en programas como Sábado Taquilla o Más Música, como Public Enemy y otros más comerciales como Vanilla Ice o MC Hammer. Me encantó ese sonido fresco y de la calle. Y mutar a eso fue bastante natural. Pero para la generación anterior a la nuestra, la de los ’80, nos estábamos acercando a la música del enemigo pues venía de EEUU. Y dimos una doble batalla: defender lo que nos estaba gustando y que entendieran nuestros amigos y cercanos que eso podía ser herramienta de autoeducación y fortalecimiento de ideas. Y desde ese entonces, empezamos a buscar nuestra identidad a través del rap. Y eso se traduce concretamente en querer rescatar para nuestra música la Lira Popular, que emergía del pueblo para decir la pulenta, la dura, sin rodeos. Y eso hacemos con Legua York, un hip hop más latinoamericano. Y a eso le hemos llamado poesía proletaria, un rap consciente, de la población. Es darle valor a la palabra. El mensaje es netamente del pueblo desde la vereda de izquierda.

EL RAPERO ATÍPICO

No sólo escucho rap. También cueca urbana, como la de Los Republicanos de la Cueca, y a músicos de palo como Chinoy, Kaskivano y Manuel García, un tipo de verdad que merece todo mi respeto, pues no sólo va a grandes festivales como Viña, sino también a las poblaciones. Si me preguntas por DJ Méndez, lo respeto harto a pesar que no escucho mucho su música. Y si me preguntas sobre su incursión televisiva, prefiero mil veces un DJ Méndez a una Argandoña, que representa lo peor de la dictadura de Pinochet.

En todo caso, no sé si participaría en un reality, no lo descarto de plano, pero lo pensaría. De repente aceptaría, pues en poblaciones hay mucha realidad que mostrar. Y no te quepa duda que mostraría la realidad pura de los comités de allegados, la realidad de lo que es levantarse temprano para buscar una hora al médico, la realidad que hay cuando no hay cómo parar la olla, la realidad de vivir con menos del sueldo mínimo… Pero por eso mismo no creo que algún programa se interese en mostrar esa realidad en la dura. Lo único que muestra la tele es estigmatización y realidades difusas. De La Legua han pasado del prejuicio de la droga al de la delincuencia. Pero eso no es tan así. Si revisas las estadísticas más serias del país, verás que la delincuencia más dura no está en La Legua, sino en Santiago centro, Providencia y Las Condes.

Y para toda esa gente que se queda con lo que sale en la tele, le tengo una respuesta bien simple: vengan a La Legua. Hay dos formas de conocerla: una es la virtual por www.lalegua.cl y la otra es mandarme un correo por esa misma vía y yo les puedo hacer un tour pero sin prototipos. Molestan estos prejuicios. Por ser de La Legua, no falta el que te pregunta ‘qué tenís de bueno’. Yo siempre les respondo ‘qué querís, porque tengo harto de bueno. Querís que te cuente la historia de mis abuelos, querís buena música, qué’. ‘No, me refería a lo otro’, me dicen. ‘Loco, eso es parte del estereotipo”. Y ahí quedan.

No fumo cigarros ni pitos. Antes, claro, fui hüiña pa la macoña. Pero no me quedé pegado. Ahora mis únicas drogas son la música, el café, mi bicicleta, mi amor y mi cabro chico. Soy un rapero atípico. Creo en que la lucha se da en todos los frentes, no sólo desde la música, sino también con acción directa como dirigente en poblaciones. No basta con sólo hablar ni rimar, hay que estar donde las papas queman. Soy atípico, porque no soy ningún borracho. Eso no quita que me pueda tomar su vaso de vino dulce, que me encanta. Para mí, los vicios han sido instalados para frenar el avance del pueblo.

Soy un rapero atípico: también creo en Jesucristo. Pero creo en ese Jesucristo que le dijo a los mercaderes ‘váyanse a la mierda, a la conchesumadre, esto no es lo que quiero’. El Jesucristo que iba de frente. Y por eso me cae la raja Mariano Puga, uno de los párrocos más chorizos que hemos tenido en La Legua. Y todos esos curas obreros. Esa es la Iglesia que vale la pena. La otra, la de Roma, la del barrio alto, que se vaya a la concha de su madre.
Creo en la vida eterna. No en el cielo ni el infierno, que para mí son inventos. Pero quizás haya más vida cuando uno se muere. Soy de aquellos que creen que hay que construir acá en la tierra primero y no esperar el cielo. Y si algunos quieren esperar el cielo, bueno, que lo esperen, pero se demorará lo mismo que el Transantiago en llegar a las poblaciones.

FIDELISTA

Se cree malamente que los jóvenes no están ni ahí con la política. Pero eso no es cierto. Cada vez habemos más que queremos provocar cambios. Me metí al PC siguiendo los pasos de Víctor Jara. Él me mostró que no basta con solo cantar sino que hay que actuar.

El problema no es la política, no es que los jóvenes no creamos en ella, sino que no creemos en estos parásitos que la secuestraron para sí. Y somos muchos los que queremos cambiar esta política viciada. Y la única manera es votando para pegarle una patá en la raja en la urna a la derecha y todo aquel que representa la continuidad de lo mismo. Yo, al menos, no quiero más de lo mismo. No quiero más a los apernados de siempre. No quiero más a estos viejos guatones en el poder. No quiero más a esta Concertación si no está dispuesta a cambiar la Constitución política asesina.

Es cierto. Una vez le canté a Lagos en un cumpleaños. No lo hice por él, sino que por el proceso que representaba. Pero eso fue un año antes de las elecciones, estaba en formación y la verdad es que no me arrepiento de haberlo hecho. Pero después conocí a la Gladys y todo cambió. Y si me preguntas, ella le pegó mil patadas en la raja a la Concertación. Fue una persona intachable.

Respeto mucho a Camila Vallejo. Pero no sólo es ella. Hay muchos secundarios que se están sacando la cresta en sus liceos. Tal como ella, soy fidelista. Soy de aquellos que quiere conocer Cuba antes que se me muera Fidel. Para mí, Cuba no es una dictadura: es una democracia. La prensa plantea muchos mitos en torno a lo que pasa allá y no voy a creer en las mentiras que dicen los medios, porque no les creo cuando hablan de La Legua. Quizás tenga un prejuicio y vea Cuba desde el idealismo, no sé. En todo caso, no soy la persona adecuada para hablar del tema. No conozco la isla y no me gusta opinar de lo que no conozco.

POESÍAS PROLETARIAS
Legua York
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