Columna del cura facho Raúl Hasbún en Revista Humanitas

A la hora de atribuir responsabilidades solemos exculparnos con un rotundo “yo no hice nada”. Deberíamos saber que también nuestras omisiones nos convierten en cómplices del mal perpetrado por otros. El  Evangelio de San Mateo contiene (cap.25) 3 referencias a este pecado de omisión. Las 5 vírgenes necias que, debiendo prever el retraso del novio omiten llevar consigo aceite de repuesto para sus lámparas, quedan por su omisión excluidas del banquete nupcial.

El servidor a quien su amo le confía un talento y omite ponerlo en el banco para que genere intereses se acarrea sanción y maldición de parte de su señor. Y ante el tribunal de la misericordia que Jesús Rey instala para sentenciar el destino que cada uno se ha labrado según sus obras, el argumento decisivo para un fallo condenatorio son las omisiones: “tuve hambre y no me diste de comer, estuve enfermo y en la cárcel y no me viniste a ver”. En los 3 casos el afectado alegará: “yo no hice nada”. “Precisamente por eso”, será la inapelable respuesta.

En una cultura marcada por la conciencia y urgencia de los propios derechos se tiende a soslayar las correlativas responsabilidades. Nuestras desgracias y carencias son siempre culpa del sistema, del ambiente, de la autoridad, de la mala suerte: “los demás”. Coartada difusa, atribución indefinida y casi siempre indebida, este “los demás” sirve para anestesiar la conciencia y retroalimentar esa condición de “indignados” que hoy habilita para exigir cualquier cosa y de cualquier manera.

En un mundo tan globalizado y con redes sociales que permiten interactuar con tanta celeridad y potencia, la excusa del “yo no hice nada” se torna cada vez menos creíble. Juan Pablo II advertía, en 1984, que los “pecados sociales” son el fruto, acumulación y concentración de muchos “pecados personales”, entre ellos, el de quien “pudiendo hacer algo para evitar, eliminar o al menos limitar determinados males de la sociedad omite hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; o busca refugio en la presunta imposibilidad de cambiar el mundo” (Reconciliación y Penitencia, n.16).

El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda (n.1868) que “tenemos responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos”. Esa cooperación se da, por vía de comisión, cuando al ejecutor inmediato del pecado le damos la orden, o el consejo, o el voto, o la alabanza; o participamos directa y voluntariamente en su acción; o posteriormente lo encubrimos. Pero también callar antes, abstenerse durante, silenciar la denuncia después, cuando se tenía el deber y el poder de hablar, actuar y denunciar, nos constituye en cómplices o cooperadores por omisión. Cada voto emitido u omitido nos hace responsables del rumbo que nuestros mandatarios querrán imprimir a la comuna o al país. El “yo no hice nada” será entonces argumento de autoincriminación.