Por Paola Ochoa para Revista Soho

Bolívar, Lincoln, Napoleón, Churchill, Proust, Washington, Maquiavelo, Jefferson, Clinton y Gates. Muchos de los hombres más interesantes de la historia han sido feos y hasta horrorosos. Pero a la vez interesantes por inteligentes, sagaces, buenos conversadores, con gran sentido del humor y, en general, deliciosamente sensuales. Su secreto consiste en conocerse tan bien a sí mismos que transmiten seguridad y paz, encantos que logran seducir a cualquier mujer por muy linda que sea. Son hombres que no se definen por lo que los rodea, sino por su capacidad de lograr lo que se proponen.

Los feos aprenden que es más importante ser inteligentes y buenos en la cama, que lindos con una neurona y malos amantes (claro que hay intelectuales fascinantes que son un lujo para el intelecto, pero que creen que la cama está hecha para leer un libro antes de quedarse dormido).

Es más: me atrevería a decir que la mayoría de mujeres en el mundo preferimos a los feos sobre los bonitos. Un hombre lindo no ha tenido que esforzarse nunca en la vida para conquistarnos. No le ha tocado pensar en entendernos, en conocernos y valorar nuestros logros. Los bellos son depredadores puros que buscan saciar sus apetitos. No aprenden a conquistar nuestra mente, nuestra alma, ni tienen la paciencia de dedicarse a explorar cada rinconcito de nuestro ser. Por eso son unos tremendos fiascos en la cama.

Los feos, en cambio, son muy distintos. Sus largos años de infructuosas conquistas los convierten en cuidadosos observadores, cautos y lentos en sus movidas. Ellos han aprendido lo que los guapos desconocen: que a nosotras nos derriten con las palabras. Sus deliciosas conversaciones son preámbulo para lentas y apasionadas caricias, besos románticos, juegos sin afanes, susurros eróticos y muchas risas. Han aprendido a tocarnos, a controlar sus burdos y afanados movimientos, a cultivar nuestra pasión con cierta evolución mental, emocional y física. El habernos añorado por tantos años los hace amorosos y pacientes. Son compañeros del alma y complementos de vida. Además, cambian pañales, cocinan, limpian, ordenan y no les da pena ser amas de casa por un día.

Los feos saben que construir una relación cuesta mucho y por eso aprenden a cuidar nuestras emociones y a tolerar nuestros ciclos. Saben que la confianza es la llave que libera nuestros cuerpos de la mente y por eso cultivan nuestros intereses y sueños de vida.

A diferencia de los lindos, los feos no sufren del afán de salir en la búsqueda de nuevas conquistas. No quiero decir con esto que vayan a ser fieles, porque al fin y al cabo son hombres y punto. Pero el susto a arriesgarse a perder lo que tanto trabajo les ha costado conseguir, los hace pensar en poner los cachos más de dos veces.

Claro, sé y admiro la belleza de George Clooney, Brad Pitt o David Beckham, no soy ciega para darme cuenta de su belleza. Pero pasa más cuando jóvenes e inexpertas nos rendimos ante las caras de los lindos, pero ya con algo de experiencia buscamos a los feos.

Como todo en la vida hay riesgos y fiascos. Los feos que no superan sus fracasos de adolescencia y juventud pueden quedarse mentalmente obsesionados con las mujeres jóvenes de tetas firmes, estómagos planos y atolondradas risitas. Algunos quedan tarados en la imagen de la mujer como trofeo y como muleta de sus mutilados egos. Se definen por lo que dicen los demás y viven en función de salir con la más buena. De estos feos hay que huir. Obviamente son pocos, pero que los hay, los hay.

Para el resto de feos, toda mi admiración y respeto. La belleza pasa, mientras que la fealdad no. Siempre existirán los feos para fortuna nuestra.