Imagen: Alejandro Olivares

Si el persa Bio Bío fuera una gran cárcel marroquí en forma de laberinto, Roberto Ortiz (46) sería ese preso quitado de bulla que te consigue un celular, un afiche de Rita Hayworth o un paquete de cigarrillos por el precio adecuado. Pero el regente de la tienda “Elvis en el persa” (Persa Víctor Manuel, Galpón 4, local 32) solo se especializa en rastrear cotizadas piezas de la vida y obra de Elvis Aaron Presley para una amplia corte de fans que acuden a él con la ansiedad del yonqui.

En los 20 metros cuadrados de Roberto, la mercancía va desde la discografía tradicional de Elvis en CD, a inusuales placas en vinilo, libros, catálogos, láminas coleccionables o películas en todos los formatos. También hay mano para encargos más difíciles como primeras ediciones, películas originales en Súper 8 o incluso los olvidados discos láser de El Rey. Material que consigue a través de una red de contactos en el mundo que cultiva desde la época en que una carta tardaba un mes en llegar a Nueva York y otro mes en volver con una respuesta. Una época análoga en la que ser coleccionista no era lugar para débiles.

El curador viñamarino de piel tostada y afeitada diaria no lleva jopo ni patillas, tampoco se levanta el cuello de la camisa ni viste de manera extravagante. Entre las cuatro paredes de madera aglomerada de su pequeño puesto pasa más por un funcionario público que por un influyente proveedor del universo de Elvis. “El fetichismo exacerbado sólo indica el arrastre y lo popular del artista, pero no es mi caso”, reflexiona.

Asegura que se inició como dealer el día que (humildemente) ya no tuvo más que coleccionar. “Me di cuenta de que ya tenía toda la discografía de Elvis, ya había escuchado todo lo que quería escuchar, ya había leído todos los libros que podía leer y una gran cantidad de revistas. No es que haya perdido el interés, pero sí la novedad y la ansiedad de encontrar algo genial y no sentir lo mismo”, recuerda.

“Cuando crucé esa línea, decidí que podía convertirme en el proveedor que todo coleccionista que sigue sintiendo cómo se le eriza la piel, necesita”, agrega apoyado en un mostrador donde descansan cajas de LP sin desembalar. Desde ahí ve entrar a sus clientes y los examina con los ojos de un pequeño dios salvaje. Reconoce a simple vista a un comprador aficionado, al elvismaníaco compulsivo capaz de gastar la mitad de su sueldo en una reliquia que pocos más van a valorar o al que simplemente viene a medir conocimientos con el vendedor.

Un sábado cualquiera, parte del bestiario lo componen niños de nueve años en busca de su primer Grandes Éxitos de la mano de un papá de patillas y lentes de gota grande como los del ídolo. También hay jubilados que preguntan por un Blu Ray de “Kissin’ cousins”, la película donde el joven Elvis Aaron interpreta dos papeles y de cuyo soundtrack en vinilo, Ortiz exhibe dos diferentes copias en su mostrador: “la diferencia es que la edición americana es más recargada de detalles que afean la carátula”, le dice a un cliente de polera metalera que llega por primera vez al local. Absorto en ambos sobres, pone la atención de quien escucha el tercer secreto de Fátima mientras nuestro dealer marca un adicto más en su lista de clientes.

Don Pedro es una de esas visitas que llegan cada fin de semana a la tienda. Un abuelito que alguna vez trajo un antiguo single navideño de fabricación chilena para saber su valor. Hoy, ese disco (con un oso de peluche en la tapa y la firma de don Pedro pintarrajeada por encima) aparece en un catálogo de circulación planetaria sobre sencillos raros de Elvis Presley que Ortiz abre sobre el mesón y apunta con el dedo. “Ahora don Pedro es parte de la historia”, dice cerrando de golpe el libro. “¿No es cierto, don Pedro?”, grita de un lado a otro de la tienda y un viejito de chaleco en pleno verano le hace un gesto de bendición papal. “Los coleccionistas se aferran a sus obras y muchas veces no saben dónde ir por información. Es probable que mucha gente tenga piezas en su casa que podrían estar en uno de éstos catálogos, pero están en el mueble debajo del lavaplatos”, se ríe.

Elvis ha abandonado el edificio

Si bien el vendedor comenzó a consumir información sobre Elvis en su adolescencia, ya en su infancia recuerda sus primeros flashazos de lo que sería primero un hobby, y luego un oficio. “Yo tenía nueve años cuando murió Elvis. Un vecino le contó a mi mamá y eso nunca se me va a olvidar. Era pasada la hora de almuerzo, cerca de las 15 horas y ya todos hablaban de él y lloraban en la mesa”, dice sobre ese martes negro de agosto de 1977 cuando el cantante mezcló 14 tipos diferentes de estupefacientes.

Por entonces, Elvis pesaba 130 kilos, había sido abandonado por su mujer y tenía como pasatiempo dispararle con un rifle a los televisores de los hoteles donde paraba. Poco quedaba del ícono sexual planetario y su apodo de “la hamburguesa de queso cantante” era el pago de la industria a la que seguía aportando millones de dólares. Aún así, las razones de su muerte llegaron en diferido a sus seguidores que prefirieron recordarlo como una postal de su mejor etapa, cuenta Ortiz.

“Por entonces nadie sabía de qué había muerto. Durante un par de años se informó y se creyó que había sido víctima de un infarto, pero recién el año 80 se supo que había fallecido por una sobredosis y que un médico le recetaba medicamentos prescritos para el cáncer de forma indiscriminada. Elvis era un mito viviente y la percepción del ídolo que tuvo una trágica muerte no iba a cambiar ya”, desclasifica el viñamarino.

“¿Elvis vivo?, ninguna posibilidad”, dice categórico y perdiendo por pocos segundos su buen carácter. “Quienes quieran creerlo tienen el libre albedrío para hacerlo, pero la grandeza es una cosa y la tontera otra. Ahí la prensa tiene harto que ver, pero, ¿sabes?, el que tiene oídos, que escuche, eso no más”, lanza desde su trono de madera en el local 32. De fondo, Elvis Presley canta “Return to sender” en su mejor momento en un monitor donde alguien puso play a la película “Girls!, girls!, girls!”. Ahí hace de un pescador humilde que sigue comiendo bueno hoy en día, tal como en 1962.

La película favorita del Roberto es “Viva Las Vegas” (1964), considerada la mejor de las comedias musicales de Presley. “El encanto de las películas de Elvis es que son livianitas pero entretenidas. En particular mi escena favorita es un número de canto y baile entre Elvis y Ann-Margret en “C’mon everybody”, me gusta la química entre ellos, es algo tan patente que te transmite que hay algo más allá que una escena para una película no más”, describe sobre este extraño crossover de cine tuerca y rock. Por otro lado, los oídos de Ortiz sangran con algunas atrocidades de la Nueva Ola como el cover de Larry Wilson para “Kiss me quick”, que en su momento fue adaptada para la audiencia chilena bajo el infumable título de “Cuántos pares son tres moscas”. “Es que esa canción del 63 es una canción muy mala, pegajosa pero con una traducción pésima”, dice sobre el principal azote de una época en que las letras no se arrugaban para comparar a una fémina con un pedazo de carne con papitas fritas.

El revisionista

Dueño de un espíritu ilustrado y enciclopedista a la antigua, este coleccionista es también un organizado recolector de la historia de Presley. Probablemente esa veta tenga relación con la primera de sus pasiones. “Desde niño junté álbumes de láminas. Debo tener unos 400 entre álbumes Salo, Mundicrom o Artecrom sobre el cuerpo humano, banderas del mundo, animales, etcétera”, cuenta. Aquí es donde se fijó, según él, en el principal problema de ser coleccionista a nivel local.

“Cuando tú coleccionas algo, lo que sea, te pasa que no sabes lo que buscas. No sabes lo que estás coleccionando. No existe un registro, un catálogo sobre -por ejemplo- álbumes editados en Chile entre los años 1970 y 1980. ¿Entiendes?. Lo mismo pasa si juntas cajas de fósforos, láminas de Los Transformers o discos de Elvis Presley. Te encuentras sin un catastro oficial que te sirva de guía para saber si te falta algo, cuánto cuesta determinada pieza o si vas bien encaminado”, critica. “Nadie se preocupa de crear una historia oficial y eso tiene mucho que ver con nuestra identidad como chilenos. No es emocionante ser coleccionista en Chile”, se lamenta.

Por eso Roberto Ortiz decidió tomar la justicia documental en sus manos y emprender una investigación propia sobre el historial pop del cantante en nuestro país. “Existen libros sobre Elvis en Argentina, Australia, Japón, Inglaterra o Francia, pero acá no hay nada de eso. Con ayuda de amigos y clientes he recopilado material sobre discos de Elvis editados en Chile, las marquesinas de cine de la época, publicidad sobre sus películas, recortes de diarios y otros datos”, cuenta.

Lamentablemente también se ha encontrado con lo peor del coleccionista nacional, dice con pesar Roberto. “Qué bueno que se esté haciendo esto, pero que lo haga otro. Yo no presto mi material”, le han dicho algunos antes de cerrarle la puerta en la cara. “Es una pena porque les estás dando la oportunidad de ser parte de algo grande, de valorizar oficialmente lo que tienen y mostrarlo al mundo”, insiste.

Así se pierde una valiosa frikipedia de datos valiosos como el que dice que alguna vez en Chile se editaron discos de Elvis sin carátula. “Era tal el nivel de popularidad de Elvis que se agotaban los stocks de etiquetas, pero se seguían produciendo discos con un envase genérico para discos de música clásica. Simplemente, donde decía Beethoven o Mozart, se imprimía “¡Elvis Presley canta canciones de Navidad!”, y listo. Hay cuatro de esas ediciones y de tarde en tarde aparece alguna acá por la tienda”, cuenta sobre estos bootlegs.

Eficiente como un garzón argentino, Roberto repasa mentalmente otros datos freaks que él mismo ha logrado rastrear sobre películas de Elvis como “Diversión en Acapulco” que en Chile se estrenó en el circuito de los cines de barrio en 1964 porque se creía que era una película mexicana de baja estofa. Más allá, revela también una oscura conspiración gringa para borrar del mapa un premio chileno recibido por el Rey del Rock. “La revista Ecran le envió a Elvis un moai de madera por ser el artista más popular de la región. Eso fue en 1963 y aunque hay registros de que un corresponsal se lo entregó en medio del rodaje de “Viva Las Vegas”, el hecho no es conocido porque allá alteraron la foto cambiando la estatuilla que Elvis tiene en la mano por otra. Yo tengo la foto original en mi poder”, reclama.

La entrada es gratis, la salida…

No todo es cancha para el mercader y coleccionista. Ortiz cree que aunque su giro es reducido, el sol brilla para todos, pero está tranquilo porque no hay competencia a la vista. Como una especie de museo abierto, su local acoge también a quienes van a mirar. El club de fans El Rey del Rock se organiza por Facebook y hacen del local de “Elvis en el Persa” el Graceland personal para algunas de sus actividades. “Es gente bien entusiasta, yo les cedo el espacio como punto de encuentro para definir asados o recitales. Además cuando viene gente de regiones o de diferentes comunas, es más fácil ubicarse si cuentan con un solo sitio. Todos saben llegar al Persa”, cree.

Uno de estos fans y amigos es Cristian Aguayo (21), un imitador del hijo ilustre de Memphis en el circuito de casinos y recitales tributo. Consumidor habitual del merchandising de Ortiz desde los 12 años. Asegura que el dueño de casa escapa al estereotipo del repelente gordo que vende cómics en Los Simpsons, ya que Ortiz estratégicamente educa a sus clientes para que, en una evolución orgánica del fan, aumenten su exigencia en próximos encargos.

Aguayo repasa mentalmente el catálogo que ha adquirido en la tienda de su dealer. ”Desde los discos básicos que todo fan debe tener como el “Golden Records III” o el “Aloha from Hawaii” hasta el “Elvis Aaron Presley”, una edición limitada de 8 discos o el show del Cirque du soleil “Viva Elvis” del 2010 en vinilo”, enumera. El resto son semiológicos debates entre entendidos como, ¿cuál es tu época favorita del artista?.

“Yo soy admirador del período 70 de Elvis, te hablo del “That’s the way it is”, cuando era flaco y tenía 39 pulgadas de cintura”, dice extasiado respecto al período favorito de Ortiz, quien es fiel al Comeback Special del 68’, la época del traje de cuero negro de Elvis Presley.

La incombustible llama de la industria trata de sacarle plata a la gente que venera a Elvis sacando los mismos discos, pero en diferentes presentaciones, cree Roberto. “Antes también te hacían creer que un disco era raro, difícil de hallar y caro, pero no había información para validarlo. Hoy el límite es solo lo que el dinero te permita comprar”, dice solemnemente sobre un inmenso carro de compras con más merchandising que los Backyardigans. Desde patitos de goma con la cara de Elvis, vibradores para las chicas o réplicas de los jumpsuites de Elvis que en Chile fabrica Patto Castro, otro cliente habitual de Roberto y que pueden costar hasta un millón de pesos. Sin embargo, la pulsión del fan es más grande. Una adicción sin límites, cree el vendedor.

“Es algo indescriptible, una sensación que sólo conoce el coleccionista. Yo lo puedo ver, pero no lo puedo poner en palabras. A veces ves como esa persona entra al local y se encuentra con algo que no ha visto jamás o que ha deseado toda su vida: un disco, una película, un libro. A esa persona se le apaga el mundo y solamente existe lo que está viendo ahí en la vitrina”, relata. Para ese obseso no existe su esposa, la economía familiar, los gastos de marzo ni los zapatos de la guagua, cree. “Los coleccionistas son especiales… son personas diferentes”, define Ortiz.

Cuando se le pregunta por su Santo Grial, se toma un par de minutos para revelar que existe un par de discos extremadamente raros conocidos como los SPD 22 y el SPD 23. “Son unos extended play dobles de 45 revoluciones que traen dos canciones por cada lado. Son las piezas más cotizadas e inalcanzables para cualquier coleccionista, porque son muy pocas copias. Cada una vale cerca de 4 mil dólares”, dice dejando la pregunta en el aire.

¿Alguien tiene uno de esos acá en Chile?

-Sí. Adivina quién -dice sonriendo con culpa.