En el 2006, antes de su viaje a China junto al grupo Amaru, Ramón Gustavo Castillo Gaete llegó a la casa de uno de sus integrantes. Llevaba una cámara digital con unas fotografías que se había sacado recién. Quería mostrárselas a alguien porque estaba seguro que en esas imágenes aparecía la respuesta que lo atormentaba hacía años: Ramón repetía cada cierto tiempo que estaba enfermo, que sentía dolores y que se quería sanar.

Las fotografías no eran perfectas. Eran a la altura del abdomen y estaban fuera de cuadro. Pero, según Antares de la Luz, como se hizo conocido entre sus seguidores y en la secta que lideraba, en ellas se veía claramente el rostro de alguien. “Ahí se ven los seres que tengo adentro de mi cuerpo”, le dijo.

Los Amaru, el grupo al que perteneció Castillo entre el 2003 y 2006, ya habían notado cambios en el comportamiento de Ramón. Llegaba tarde a los ensayos, se llevaba mal con quien hacía pareja para tocar los instrumentos de viento y los había cansado de tanto repetir su conexión con la naturaleza y con seres a los que él llamaba “seres de luz”. Por eso el viaje a China -así lo habían decidido- sería su última gira.

Pese a que se ha insistido en que ese viaje lo habría cambiado para siempre, los ex Amaru no lo creen. Junto con recordar el extraño episodio de las fotografías, dicen que la gira no fue distinta a otras. “Como no sabíamos el idioma, prácticamente no nos separamos nunca. En esos días nunca vimos algo extraño. A Ramón le llamó mucho la atención la medicina china y los instrumentos que trajo de allá, pero no vimos nada raro”, comenta un ex Amaru.

Lo cierto es que poco tiempo después de dejar su grupo comenzó a radicalizar su actitud. Un amigo de su época de infancia dice que pasó periodos en que vivió como ermitaño en un sector cercano a Colliguay en la Quinta región y que hacía ayunos para limpiar su cuerpo. Luego vendrían los seminarios de sanación y la secta que lo llevó a matar a su hijo recién nacido en una hoguera.

El nickname del Profe

Antes de hacerse llamar Antares de la Luz, Ramón Castillo era un joven que se trasladaba en una bicicleta mountain bike por Peñalolén desde José Arrieta al liceo Antonio Hermida Fabres, conocido como el “171” de esa comuna en el sector de Lo Hermida. Allí lo conoció Camilo Pizarro y Marcos Fuentes, dos de sus ex alumnos de la clase de música. Ambos formaban parte de la orquesta del colegio en la sección de vientos que estaba a cargo de Antares.

Camilo, que hoy es profesor de Clarinete y termina sus estudios en el Conservatorio de la Universidad de Chile, tiene buenos recuerdos de Ramón. Dice que tenía un talento único con el clarinete, el oboe, la zampoña y el saxo, entre otros.

En su casa de Peñalolén Camilo junto a Marcos, ex cabo segundo del ejército y que hoy maneja un taxi, cuenta que antes de comenzar las clases tomaban desayuno y que siempre Antares les hablaba de su conexión con la naturaleza. Les contaba de ovnis y de seres de luz, pero ellos se reían. No lo tomaban en serio. “Tampoco es que nos anduviera tratando de convencer. Le gustaban esos temas”, recuerda Camilo, quien actualmente es director de la Orquesta Sinfónica ArteMás.

Durante tres años Ramón llegó al “171” para enseñarles a sus alumnos el clarinete. Aunque le gustaba el jazz y el folclor, Camilo y Marco recuerdan que “el profe” era fanático de la Novena Sinfonía de Beethoven. Los chicos escuchaban con atención cuando Antares les hablaba de la música y la disciplina. Muchas veces les traía de regalo las boquillas para los clarinetes que sus alumnos no podían costear. “A veces nos invitaba a su casa y nos preparaba fideos con carne de soya. Nos decía que nosotros éramos sus primeros alumnos. Jugábamos a la pelota y en septiembre encumbrábamos volantines”, recuerda Camilo.

En la Casa de la Cultura de Peñalolén lo conocieron por su madre, que hacía clases de inglés según recuerdan funcionarios de ese tiempo. Ahí llegaba Ramón en la semana a buscarla. Hasta que ella se enfermó y no pudo continuar como profesora. María de la Luz Gaete o Lulita, como le decían en el barrio, era el sostén de la familia. Se había separado de su esposo, un comerciante de artículos eléctricos, cuando Ramón tenía 14 años. Fue en ese entonces que se mudaron junto a sus hermanas desde La Reina a Peñalolén.

Camilo recuerda que a él lo había bautizado como “el canuto” por su fe evangélica, mientras que a su compañero como el “satánico” porque escuchan heavy metal.

Marcos se acuerda cuando lo llamaron al servicio militar y se lo contó a su profesor. Antares era de izquierda y siempre decía que era “antidictadura” y un férreo enemigo del servicio. Uno de sus amigos cuenta que cuando niños fueron juntos a hacer un rayado a un muro del Parque Pucará, en Nuñoa, con la leyenda “Al servicio ni cagando” junto a un casco con una X encima. Por eso, cuando Marco le contó, Antares le dio un consejo: “tenís que hacerte el loco”. “El profe me dijo que él se había sacado asi el servicio, que cuando lo llamaron le había pedido a una tía de él que era médico, que le hiciera un certificado. Nunca nos dijo qué decía el papel pero sí cómo se hizo pasar por loco. Estábamos todos sentados en un semicírculo y se puso a mirarnos y abrir los ojos como de huevo frito”, dice Marcos.

Camilo tiene otro recuerdo. Dice que siempre recibía las partituras desde un correo donde Ramón se llamaba “Dragón Castillo”. Y que sólo ahora que se enteró de quién era, entendió por qué hace más de 6 años Castillo Gaete se presentaba como “Antares” en su nickname del messenger.

“Amuleto africano”

En vida, Ramón tuvo varios sobrenombres. En su barrio donde jugaba a la pelota le decían “Monra”. Fanático de la U y delgado al extremo, pasaba tardes enteras peloteando con los amigos en las canchas de la ex toma de Peñalolén. Uno de sus mejores amigos cuenta que fue al estadio hasta el año 95 cuando la U salió campeón frente a Temuco. Ramón ese día estaba en la galería y lo celebró como nunca. Años después, cuando con su grupo se reunía a ver a la selección, les reprochaba el hecho de que sus amigos se molestaran si Chile perdía. “Siempre le gustaba llamar la atención. Una vez nos juntamos a la semifinal de Chile sub 20 y lo invitamos porque no lo veíamos hace tiempo. No paró en todo el partido de decir que cómo nos preocupaban esas cosas, que habías weás más importantes en la vida”, comenta un amigo de ese entonces.

Pero Ramón ya había cambiado. Ahora ya no se trasladaba en bicicleta. Andaba en una moto estilo chopera, usaba el pelo largo y su barba había comenzado a crecer. Se ganaba la vida haciendo clases de yoga y de música. Cobraba 15 mil pesos por una hora de clase de clarinete. Y tenía varios alumnos que hasta hoy están impactados con lo que ocurrió.

Sus ex compañeros del grupo Amaru también. Dicen que nunca lo pescaron con “la volá” mística. Que más bien lo molestaban porque comía vegetales, tomaba mate y té verde. Era tan delgado que lo habían bautizado como el “amuleto africano” porque “era puro hueso y pelo”. Castillo había mostrado con ellos un grado de obsesividad que lo llevó a formar parte del grupo luego de varias insistencias que habían durado años. Cuando por fin lo logró, fue parte de la composición de “Tibaplejo”, uno de los temas del primer disco de la agrupación. Como pudo y con la ayuda de sus amigos del grupo y del músico de los Inti Illimani Max Berrú, según recuerdan los ex integrantes de Amaru, Antares compró su primer clarinete marca “Luis Rossi”, conocido solista y luthier.

Castillo estudió en la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE) y en el Conservatorio de la Chile. Aunque no hay mucha claridad sobre su paso por el colegio, se sabe que estuvo en varios liceos. Que la enseñanza básica la cursó en el Teresiano Enrique de Ossó entre 1984 y 1989 y que su licencia de enseñanza media, según fuentes del Mineduc, fueron en una escuela vespertina de Adultos del DUOC y que se graduó con un 4,9.

Pese a que alguna vez cantó en micros para costear sus gastos, cuando comenzó con los seminarios de autoconocimiento y a formalizar lo que sería la secta de Colliguay, su vida cambió.

Seminarios de sanación

“Antares de la Luz” vivía de su secta. Según lo que ha informado la fiscalía y la PDI, sus seguidores aportaban económicamente las altas sumas con las que lograban arrendar las parcelas donde vivían. En ellas, además de los abusos en contra de las mujeres y los supuestos golpes que le daba principalmente a su articulador Pablo Undurraga, Antares organizaba seminarios.

Sus “cursos” de autoconocimiento y sanación, generalmente eran de dos días y contemplaban extensas jornadas de meditación y comida sana. Así fue como cautivó a su séquito. En las charlas invitaba a repensar la vida, oraba y tocaba algunos de los instrumentos que se había traído de China. Uno de los participantes, que prefiere mantener su nombre en reserva, cuenta que nunca vio droga en ellos ni nada extraño. “Fui a un seminario en Quilpué. Recuerdo que era una casa enorme. Pagabas 60 mil pesos y eso incluía el alojamiento y la comida, que consistía en leche y avena al desayuno y pastas o arroz con muchas verduras de almuerzo y comida”, comenta.

A los seminarios asistían hasta 25 personas y se inscribían vía facebook bajo el nombre de la productora Calypso, que usaban como chapa. Pese a que todos los expertos entrevistados por televisión hablan del poder de convencimiento de Antares, eso no le alcanzaba para su amigos. Quienes se toparon con él en esta faceta de sanador o gurú se sonríen. Y dicen que muchas veces le enrostraron esta supuesta facultad divina. “Nunca le compramos”, comentan. Al igual que algunos en Ecuador que lo bautizaron como “Chantares” cuando Castillo les decía que sanaba con las manos.

La nueva vida que llevaba con la secta estaba lejos del Ramón Castillo indigente de los registros de FONASA. En la investigación de la PDI se determinó que Antares intercambiaba parejas y a todas las sometía sexualmente. Fue así como la diseñadora Natalia Guerra quedó embarazada del hijo que a las 72 horas de nacido incineró en una hoguera hecha por ellos mismos.

Atrás quedó también la imagen que hoy tienen sus vecinos de Peñalolén, que por las tardes en verano abrían las ventanas para escuchar a Antares tocar el clarinete los fines de semana. Hoy, lo único que saben es que se ahorcó en una casa abandonada en el Cusco.