1 HADA DE LA ESTRELLA AZUL

Había una vez una generación entera de cerdos muy finos pero de muy malas costumbres. Les encantaba mentir. Mentían tanto que la nariz les creció y les creció y les creció. Pero ni así abandonaron el vicio que les caracterizaba. Por el contrario, todos a una y sin ponerse de acuerdo empezaron a practicar el más elaborado embuste: convencer al mundo de que en realidad no habían nacido cerdos sino pequeños y sonrosados elefantes. Con el dinero de sus padres –hay que aclarar que estos chanchitos de chanchullo eran los hijos de Grandes Cerdos: próximamente heredarían empresas telefónicas, trasnacionales, televisoras, cadenas hoteleras, siderúrgicas y fábricas de vidrio– volaron a San Antonio o a Los Ángeles o a Panamá y se operaron las orejas. Luego contrataron a un maestro de canto que cobraba muchísimo dinero por enseñarles en secreto a barritar.

El final de la odisea es de sobra conocido: siguen siendo unos puercos mentirosos. Pero cuando los vemos en las páginas de sociales, dándose un besito de narices o ligando en cafetines lujosos (donde son atendidos por cerdos idénticos a nosotros, salvo que salen ataviados con elegante corbatín) decimos:

–Ah, mira: acá viene la foto de uno de esos pequeños y sonrosados elefantes.
En nuestro fuero interno, sabemos que es mentira. Pero resulta cansado y aburrido sostener en la calle una verdad inútil.

2 ÁRBOL DEL CUCHE

Afirman los Anales (pero El Señor sabe más) que existió en estas tierras una rara especie de huizache seboso a la que se conoció como Árbol del Cuche. También los Anales aseguran (con su característico pedorreo y cacarear, mitad cocoricó y mitad poema cortesano) que la planta era de su agrado pues expelía una caca mansamente amarilla y perfumada, grumosa al tacto, como de cerdo alimentado con bellota. Y puesto que era su flor como una chiche de marrana flaca en celo, y su fruto maduro sabía a algo así como culitos de lechón al mojo de ajo, y poseía su tronco sobrenaturales orificios que dimanaban un sutil y aromático lubricante hecho con adiposidades de tocino 100 % vegetal, los Anales –perversos e irredentos como eran– dieron en la extraña idea de santificar su aberración desposando contranatura a aquella planta, para luego devorarla entre hachazos, coitos y parrilladas que duraban lo mismo que un banquete de bodas.

Los doctores de la fe, alarmados, decidieron tomar cartas en el asunto. Enviaron invectivas a aquel pueblo goloso, acusándoles de bestialismo y alimentación impura. La defensa de los Anales resultó obvia: nada decía el Sagrado Texto contra el sexo entre humanos y vegetales, ni reprochaba el consumo de chuletas arbóreas. Furibundos y mártires, nuestros líderes espirituales emprendieron acciones para castigar semejante soberbia: enviaron a la frontera occidental un ejército armado de cimitarras, Boeings 747 arrojadizos y caballos enanos.
Mas la guerra no tuvo lugar: los fieles combatientes que arribaron al país de los Anales encontraron la tierra devastada. No quedaba en pie un solo Árbol del Cuche, y apenas unos pocos habitantes habían sobrevivido para dar fe de la historia. La mayoría había muerto de una extraña infección (no era triquinosis).
¡Loado sea El Supremo, que así castiga gula, sevicia y mal aliento!