Meses atrás le pedí a mis alumnos que entrevistaran a sus padres. No puedo revelar nada de lo que ahí contaron. Pienso ahora en esos detalles como dibujos de un gran tapiz que puede explicar mejor que nadie el extraño estado de ánimo con que enfrentamos estas elecciones bipolares. Los padres que respondían las preguntas debían tener algo más que mi edad (43 años). Tenían la paciencia o el cariño de responder a esta petición extraña, ser entrevistados por sus hijos. Era quizás lo primero que llamaba la atención de estas historias, el cariño que sentían esos padres por sus hijos, y esos hijos por sus padres. La idea freudiana de matar al padre, de romper el inevitable incesto con la madre no asomaba más que de lejos en estos retratos de padres que sentían orgullo de poder regalarle a sus hijos todo lo que no tuvieron derecho la mayor parte de ellos: estudiar lo que les gustaba, protestar contra lo que no les gustaba, viajar, volver, vivir libremente una vida entre las obligaciones del colegio y la de los hijos. Ese era su regalo, el sentido del esfuerzo en que perdían a veces parte del cuerpo, darle a sus hijos una impunidad que no fue nunca la suya, protegerlos, sobreprotegerlos quizás también.

“¿Por qué no estudiaron ustedes lo que querían? ¿Por qué vivieron donde no querían?”, les preguntaban los hijos. “Te tenía a ti”—les respondían— “seguí ahí porque estabas tú, para que no fueras como yo o para que fueras feliz, o para que fueras lo que quieres”. Presentan entonces sus vidas como una misión cumplida, que tuvo por objeto darle libertad al hijo de hacer las preguntas que no pudieron hacerles a sus padres, acallados, fugitivos, confundidos. Han vivido para eso, para estar ahí para sus hijos. Y me sorprende de pronto recordar que estos, que tiendo a ver como ancianos, escuchan la misma música que yo y han visto las mismas películas que yo, que somos más o menos de la misma edad. El cúmulo de experiencia al mismo tiempo vertiginosa y mortecina nos ha hecho envejecer antes. O quizás más bien desear una jubilación, una paz, otra vida que el sistema de AFP hace justamente completamente imposible.

Ricos o pobres, suertudos o no, esos padres no fueron impunes. De alguna manera siempre supieron, y los que no lo sabían la vida se los recordó, que los estaban vigilando. La pobreza y la dictadura. Una dictadura y una pobreza que apareció en su vida también dos veces, como para que no pudieran olvidarla: el campo donde nacieron, la población donde los perros tenían sus tamaños, el golpe de Estado que los encerró en la casa. Todo eso confirmado después de unos años de silencio y prosperidad por la crisis del 82 y el retorno de los autos de la CNI vigilando las veredas del barrio para que nadie protestara, justo cuando empezaban a bailar en la disco, a conocer chiquillas, a tratar contra corriente de ser algo parecido a ser joven. Marca de hierro ardiente que nos recuerda a qué piño pertenecemos para siempre. Una doble sensación de límite, de castigo, de fragilidad que veinte años de Concertación, con su discurso paternal, su prosperidad tan innegable como desigual, no logran borrar, que de alguna forma sólo logran acentuar, asentar, convertir en leyenda que los padres transmiten a los hijos. Como las molotov y las capuchas de los ochenta que son al mismo tiempo para los que perpetran una rebeldía y una tradición, una forma de romper con una historia y seguir en otra.

El patio del colegio el 77, las primeras fiestas el 80, los besos el 82, el matrimonio apurado el 86 o el 84 o el 88, ese mismo prolongado año idéntico en que pasábamos del estado de sitio al estado de emergencia, todas las historias parecen bañar en un invierno perpetuo, una cierta infancia prolongada al infinito con navidades y fiestas y programas con muchos colores chillones en la tele, pero también con muchos lobos y pesadillas sudorosas de las que no se está nunca seguro de despertar. Y contar en la mesa si están todos y buscar en la noche al papá que se perdió, y quedarse callado para no decir todo, para no denunciarse a las autoridades competentes: el cura, el director del colegio, el jefe, el coronel, el papá que descubres luego también asustado, limitado y delimitado por un miedo parecido al tuyo, perder la pega más que perder la vida, enfermarse cuando hay que estar sano, no tener cómo pagar las cuentas que aumentan, porque justo cuando la plata escasea, cuando la plata falta todo lo que era gratis empieza a cobrarse, la salud, el colegio, la universidad donde esos padres no pudieron ni pensar en estudiar lo que querían, en que no pudieron tampoco darse el lujo de preguntarse ¿qué querían? Excluido de sus vidas la idea misma de la vocación, la autonomía moral de los hippies, la fiebre de los yuppies también, todo eso que veían en el cine y en la televisión pero que no podía ocurrirle nunca a ellos.

A sus padres y hermanos mayores les tocó el golpe. De golpe todo cambió, pero tuvieron el privilegio de tener un antes y un después. A ellos les tocó la represión. Política, cultural pero sobre todo y ante todo económica. Es difícil pensar que Pinochet haya planificado maquiavélicamente destruir la economía chilena para extender el miedo a la clase media que lo apoyaba hasta entonces. Es difícil a la postre que el militar no aprendiera a usar esa crisis como un arma más de su arsenal. Cuando Hernán Büchi proponía darle a las madres de recién nacidos arroz en vez de leche, cuando privatizaba a destajo, bajaba salarios mínimos, cuando cancelaba cualquier vía de escape o reclamo ante medidas económicas algunas veces totalmente irracionales, no podía evitar, no quería evitar, reproducir en el terreno de la economía el desprecio por la gente, la desconfianza hacia los enemigos de la que hacían gala los CNI de entonces.

“Si no te gusta te vas”, fue la frase con que se construyó el nuevo Chile. Un discurso que contradecía los principios del neoliberalismo que llamaba al riesgo, la creatividad, la energía individual. Todo eso, PYMES, negocios propios, ideas geniales que podías intentar hasta que un cáncer, un divorcio, una depresión, un socio que se va con la plata devolvía todo a una pobreza aún peor que la de infancia donde había una casa, un barrio, amigos, en los que había refugiarse. Una pobreza que no era esa otra cosa que Büchi no dejó, la precariedad, el miedo, el infinito miedo no solo a perder sino a perderse, uno mismo, a no tener la fuerza, a quebrarse en dos o en tres ante la sorna, la indiferencia, el temor al contagio de esa enfermedad perfecta que es el fracaso en un país donde el éxito tampoco nunca es tuyo, porque solo dura cuando es protegido por el clan, las cinco o seis familias que volvieron a ser dueñas de todo, de todos.

Los padres de mis alumnos no eligieron este sistema ni económico, ni político social. Tampoco lo rechazaron del todo. Esto explica la falta de afecto, la falta de compromiso profundo que sienten por un sistema que terminó con darles lo que los obligaron también a soñar. En el centro mismo del centro social está esa temporada de hielo, ese frío profundo, esa memoria escrita en los genes que es lo primero que los padres le transmiten a sus hijos a la hora de la entrevista: que nada de esto ha sido justo, ni gratis, ni fácil. Que el precio se paga con sangre siempre, con su sangre.

La mayoría silenciosa aprendió a callar a golpes, no sacan nada ni Evelyn, ni Pablo, ni los expertos moderados de la nueva mayoría, en pedirle que grite ahora. No olvidan -porque hay cosas que no se pueden olvidar- el terror que los educó, la humillación que los guió, la falta que kilos y kilos de comida hipercalórica no llenan con nada.