Un mes antes del aniversario 40 del golpe de estado, el actor, dramaturgo y director teatral Óscar Castro, llegó a Chile desde Francia a trabajar a ritmo intenso. El teatro Aleph, fundado por él a fines de los años sesenta, retomó fuerza en las tablas locales después de años de ausencia a través del montaje de “El 11 de septiembre de Salvador Allende”, una obra en que interpreta simultáneamente al derrocado presidente en su último día de vida y a sí mismo, como un dramaturgo encerrado en una sala de teatro. Mientras en escena se reencuentra con algunos de sus personajes olvidados y seres queridos del pasado, de pronto uno de ellos menciona a su madre Julieta, que como un recuerdo relámpago aparece por un instante en la obra y después vuelve a desaparecer sin dejar huella.
Igual que hace 39 años.

Los Castro Ramírez eran una familia de campo. Óscar Castro padre y María Julieta Ramírez se dedicaron toda su vida a la agricultura en las cercanías de Talca, donde criaron a sus hijos, Óscar y María Antonieta, más conocida como Marieta. Era una vida tranquila, sin grandes lujos ni muchas necesidades. “Recuerdo cuando la mamá me acompañaba al colegio, iba a buscarme y me compraba un berlín. Como en aquella época todo el mundo era pobre, comprarse un berlín era parte del presupuesto de la casa”, cuenta el actor.

Cuando los niños terminaron la educación primaria, fueron a estudiar a Santiago y se alojaron en una casa en el barrio de Independencia al cuidado de una niñera. En la capital, ambos se acercaron al mundo de las tablas y en 1966, Óscar formó el teatro Aleph. Aunque ninguno de los dos militaba en ningún partido o movimiento político, muchos de sus amigos y miembros de la compañía sí lo hacían.

Por eso, tras el golpe militar, su casa se convirtió en una especie de recinto de acogida a personas que necesitaban esconderse. “Como mi casa no estaba muy teñida de un color político, mucha gente se refugió allí mientras esperaban poder asilarse en una embajada. Llegaron a haber como veinte personas y yo me acuerdo que tenía que ir a comprar pan a diferentes panaderías para que no hubiera sospechas”, relata.

Al igual que sus hijos, Julieta tampoco era cercana a la política partidista. Pero como muchos propietarios de campo de la época, no estaba de acuerdo con las iniciativas que había implementado la Unidad Popular. Su ideario era más bien de derecha, pero no se hacía problemas cuando se enfrentaba a una opinión diferente. En ocasiones hablaba del tema con sus hijos y tras discutir por unos momentos, ella solía concluir “bueno, yo no estoy de acuerdo con ustedes, pero ustedes hagan lo que quieran”. “Mis papás pensaban que las acciones de tu vida eran tuyas, que ellos no se podían mezclar. Yo pertenecía a esa generación en que los papás decían ‘vaya donde usted crea, pero vaya’”, explica Castro.

Con este espíritu, acompañado de un afán de proteger y no preocupar a su madre, los jóvenes actores nunca le contaron a Julieta que su casa se había convertido en un refugio para perseguidos de la dictadura. Ambos pensaron que era una actividad demasiado peligrosa como para comprometerla de alguna forma.

Tras un tiempo, llegó a refugiarse a la casa Hernán Aguiló, jefe de la comisión militar del MIR y uno de los hombres más buscados en esa época. Poco después, en noviembre de 1974, la DINA detuvo a Humberto Menanteau, otro dirigente del movimiento y hoy desaparecido que sabía dónde él se escondía y que, sometido a torturas, terminó por entregar la dirección de la casa de los hermanos Castro. Aguiló alcanzó a salir de la casa antes que llegara la policía secreta y nunca cayó detenido, pero a Óscar y Marieta los tomaron presos el 24 de ese mes.

María Julieta, entonces de 65 años, se enteró de la noticia y viajó a Santiago para ver a sus hijos con la angustia de no saber dónde estaban exactamente. Cuando se enteró de que los habían llevado al campamento de prisioneros políticos Tres Álamos, partió a visitarlos junto a su yerno Juan Mac Leod y su nuera Ana María Vallejo, el 30 de noviembre de 1974.

En el campo de prisioneros, Marieta y Óscar habían decidido hacer teatro juntos para hacer más llevadero el encierro. Por eso, cuando se enteraron que los visitarían, Marieta le pidió que le llevara los maquillajes. Julieta, entonces, juntó en un neceser todos los cosméticos que encontró en la casa, sin saber si todos pertenecían a su hija y lo llevó.

El día que Julieta llegó a Tres Álamos, no se permitían visitas. Solo le autorizaron a dejar las cosas para sus hijos. Ana María se dirigió a un mesón donde se recibían para los presos hombres y María Julieta y Juan fueron al de mujeres. Después de dejar un paquete de ropa para su marido, Ana María quiso volver a juntarse con su suegra y cuñado pero un carabinero impidió acercárse y la obligó a salir del lugar.

Ahí partió la desaparición de Julieta.
Ana María lo recordaría años más tarde, frente al ministro de fuero Alejandro Solís, que llevó la investigación del caso hasta su retiro en 2012. Le explicó al magistrado:

“Alcancé a hacer una seña a María Julieta Ramírez y ella, desde lejos, me gritó: “parece que vamos a poder vernos”. Los vi alejarse hacia el interior del recinto, los dos custodiados por un hombre que llevaba tomada del brazo a María Julieta Ramírez. Salí del lugar y permanecí fuera del recinto durante dos horas a la espera de María Julieta y de Juan Rodrigo, pero no salieron de allí y nunca más volví a verlos”.

La familia nunca tuvo una explicación de lo que había pasado. El coronel de Carabineros Conrado Pacheco, al mando del campamento, jamás entregó una versión.

Sin embargo, dentro de Tres Álamos hubo testigos de la detención. Y luego lo relataron: en el momento en que se hizo la revisión de las cosas que llevaba Julieta en el neceser, se encontró un lápiz labial que tenía enrollado en su interior un microfilm con propaganda política del que no tenía conocimiento. Eso bastó para que la tomaran presa.
En ese mismo momento, Julieta pasó a manos de la DINA junto a su yerno. Aunque pasaron un días en Cuatro Álamos, un recinto más secreto a cargo de Gendarmería, ambos terminaron en Villa Grimaldi.

DESTINO VILLA GRIMALDI

De acuerdo a versiones de distintos testigos que los vieron o conversaron con ellos, María Julieta Ramírez y Juan Mac Leod fueron trasladados rápidamente desde su primer lugar de reclusión. “Estuvieron poco tiempo en Cuatro Álamos, pueden haber estado una semana. No hay precisiones, pero al parecer ellos llegan los primeros días de diciembre a Villa Grimaldi”, comenta Hernán Quezada, abogado de Derechos Humanos que llevó la causa de ambos desaparecidos hasta junio de 2013.

Alejandra Holzapfel fue testigo de su estadía en ese centro de detención. Ella fue llevada allí el 11 de diciembre de 1974, cuando tenía 20 años, y estuvo recluida en la misma pieza que María Julieta durante los días 11,12 y 13 de ese mes. A pesar de que compartieron poco tiempo y bajo condiciones de tortura y angustia, Alejandra sonríe al recordarla. Lo primero que describe es su muy buen humor y lo diferente que era al resto de las prisioneras, casi como un personaje fuera de contexto. “Si bien ella tenía dos hijos de izquierda que apoyaron a compañeros del MIR, Julieta siempre manifestó que era una mujer de derecha, entonces eso era como extraño en nuestra pieza”, admite.
La madre de Óscar Castro era además la prisionera de más edad en ese reducido espacio, pues la mayoría no superaba los 20 años. Por eso, Alejandra recuerda que como en un instinto por proteger y tranquilizar a sus compañeras de celda, Julieta contaba chistes y cantaba. Además, ella mantenía la calma porque estaba segura de que pronto saldría de allí. No había razón para que ella estuviera detenida y por eso mismo, nadie pensó en que podría convertirse en desaparecida. “Ella decía siempre ‘chiquillas, después yo las voy a ayudar a salir, porque a mí me va a venir a buscar Jorge Alessandri, que es mi amigo. Cuando él sepa que yo estoy aquí, me va a venir a buscar’. Estaba totalmente convencida”, cuenta Holzapfel.

Efectivamente, uno de esos días, llegaron a liberarla. Alejandra relata que el teniente coronel de Ejército Fernando Laureani Maturana, abrió la puerta de la pieza y dijo:
-Julieta Ramírez, se va libre.
Al escuchar eso, Julieta se paró rápidamente y le reclamó:
-Sí, pero antes de irme, me devuelve mi collar de perlas, la argolla de matrimonio, las libras esterlinas, el reloj de oro.
A lo que Laureani respondió:
-Entonces te quedai, vieja de mierda -y le dio un empujón que la botó al suelo, cerró la puerta y se fue.
El resto de las prisioneras quedaron desconcertadas con la escena y la actitud del teniente coronel. “Eso es lo que yo me acuerdo. O sea, si desapareció la Julieta es porque le robaron las joyas, eso es lo que a mí me quedó. Porque los dos hijos quedaron con vida, y ella, que no era una mujer militante de izquierda, queda desaparecida”, concluye Alejandra.

El turno de la justicia

En 1996, tras años de exilio en Francia, Óscar Castro acudió en Chile a la Corporación de Reparación y Reconciliación para que se levantaran acciones judiciales por la desaparición de su madre y cuñado. El caso quedó a cargo de los abogados Hernán Quezada y Loreto Meza, quienes presentaron una denuncia por los delitos de secuestro de ambas víctimas ante un Juzgado del Crimen de San Miguel, pero el tribunal se declaró incompetente y remitió el proceso a la justicia militar. En 2001, a requerimiento de los abogados del actor, el Ministro Alejandro Solís, de la Corte de Apelaciones de Santiago, pidió al tribunal militar que se inhibiera de la causa y le remitiera los antecedentes. Cuando eso sucedió, se presentó una querella criminal en contra de Augusto Pinochet y varios jefes y agentes de la DINA por el denominado “Caso Villa Grimaldi”.

En 2006, Pinochet fue desaforado por su responsabilidad en los secuestros de María Julieta Ramírez y otros prisioneros de este recinto secreto de detención y torturas. En junio de 2013, se formuló la acusación en contra de Manuel Contreras y otros responsables de estos crímenes. Esta causa se encuentra en el período de notificación a los acusados para que puedan ejercer su derecho a defensa, lo que debería dar paso a la etapa probatoria. “Terminada esa fase, el Ministro a cargo estaría en condiciones de dictar su sentencia, que debiera ser condenatoria para los responsables de estos delitos y que podría ocurrir a fines de este año. Después corresponderá a la Corte de Apelaciones pronunciarse en segunda instancia, y eventualmente la Corte Suprema en caso que así se determine. Esto significa que aún podría transcurrir al menos un año para que el caso concluya definitivamente”, explica Hernán Quezada.

Sin embargo, en la búsqueda personal de su madre, Óscar Castro ha hecho un recorrido diferente. Conoció personalmente a Alejandra Holzapfel y le pidió que le contara la historia de esos tres días que ambas compartieron. “Nos abrazamos, lloramos, pasaron muchas cosas, porque realmente él estaba en la búsqueda de saber qué había pasado. Ella estaba ahí por cumplir su rol de madre”, reflexiona Alejandra. Esa conversación después se replicó en la película Fleur de canelle (2000), que cuenta la historia familiar del actor entre ficción y realidad.

A pesar de la falta de explicaciones y de lo abrupto de su desaparición, hoy el actor ya no lucha por encontrar a su madre o su paradero final, sino que destina sus esfuerzos a mantenerla viva: en sus obras de teatro, en sus novelas y entre sus recuerdos. A pesar de que ha pasado 39 años sin verla, en su mundo ficticio Óscar aún conversa, discute y bromea con ella. “Éramos muy cómplices en esta historia de la amistad y de reírnos juntos de todo. Por ser una mujer que se reía de todo, no podría haber sido una mujer tan de derecha, ¿no? Era más católica que derechista”, plantea.

En una ciudad al sur de Francia, hace 15 años se organiza un festival cultural alrededor del teatro Aleph y de su creador. En la versión de este año, se sembró en el parque de esa ciudad una araucaria en homenaje a los detenidos desaparecidos de Chile que lleva el nombre de Julieta. “De niño uno decía ‘cuando abandone mi alma al cuerpo, me gustaría ser como un pájaro para volar, o como un pescado para estar debajo del agua’. Y en ese momento, yo me decía ‘nunca pensé que mi mamá quería transformarse en árbol y sobre todo en araucaria’. Entonces en esta ceremonia, yo estaba como en la maternidad, porque ese árbol es vida”, concluye Óscar.