Una de las leyes de la vida que debiéramos tatuarnos en el alma, es que hay un punto en tu existencia en que –por más que hagas lo contrario- tienes que hacerte cargo de tu historia. Lo que hiciste o dejaste de hacer, lo que dijiste o callaste, en fin. Y en este caso, mi historia tenía que ver con mi país, Perú.

Llegamos con mi familia a Chile hace 33 años. Mi papá trabajaba en Unesco y nos habían trasladado a esta nueva misión. Cuando mis papás reunieron a los hermanos para contarnos que nos trasladábamos a Chile, mi sensación –a los 12 años- fue de horror porque llegaba a vivir al país de Pinochet… eso sentí, eso y nada más. Hoy me pregunto si ese fue el primer indicio de mi poca conciencia histórica o el indicio de que para algunos peruanos Chile iba más allá de la Guerra del Pacífico. O tal vez el indicio de las dos.

Tengo que recordarles que en esa época, encontrarse con un peruano en las calles de Santiago, era tan extraño como encontrarse con un billete en el suelo. Así pasaron mis primeros años, hasta que un día la historia empezó a dar un giro, esos que terminan siendo un golpe a la cátedra. Los peruanos empezaron a huir del país –producto del terrorismo y la crisis económica- y uno de los destinos fue Chile. Entonces, las cosas empezaron a cambiar. Fui viendo cómo las casas de mis amigos se fueron llenando de nanas peruanas, cómo tímidamente los chilenos empezaban a saber la diferencia entre un Lomo Saltado y un Ají de Gallina, cómo en los pasillos de Jumbo empezaban a asomarse las Inca Kolas. Era como tener un “pabellón peruano” propio en mi nueva tierra. Pero eso era por este lado de la cancha, porque mientras más peruanos llegaban, más difícil se ponía el día a día para ellos. En un principio hubo prejuicios, desconocimiento, malas remuneraciones, añoranzas. Y todo, mientras veían cómo su país se iba hundiendo cada vez más por el terrorismo (de Estado y del otro), y por la crisis política y económica.



Hasta que pasaron los años y en el Perú fue tomando forma su recuperación. Y junto a esto, aparece en escena un joven cocinero, Gastón Acurio quien ha llevado junto a sus cocineros a la cocina de su país a niveles nunca antes vistos. Él es quien ha mostrado, a punta de grandes sabores y técnicas, que esta gastronomía vale un Perú. Acurio no sólo le torció la mano al destino culinario de su país, sino más bien se la quebró. Chile fue el primer país elegido para internacionalizar Astrid & Gastón. Eso sí, cuando se inaugura este local en Santiago (hace 14 años), ya habían varios otros, pero ninguno gozaba de tan buena fama y nivel. Recuerdo cómo se fue poblando Santiago de locales peruanos, cómo en La Vega se fueron transformando sus pasillos. La gastronomía chilena también empezó a tomar vuelo y nuevos aires. En esas andaba, cuando un gran amigo me invita a trabajar en una nueva revista gastronómica, en Wain. Y todo lo que vino, fue una serie de eventos afortunados. Los mismos años que duró el litigio en La Haya, fueron los que he vivido como cronista gastronómica. Ahí estaba yo, comiendo y bebiendo lo mejor de Chile. Y un día, entre comida y comida, me dieron unas ganas enormes –esas que son más bien una necesidad- de trabajar por la recuperación de las cocinas de Chile.

Para mí no sólo era justo y necesario, sino también terminó transformándose en una increíble materialización de cuán hermanos podíamos ser. Entonces, un grupo de arrojados –me encantaría decir que éramos jóvenes e indocumentados- formamos la corporación Pebre… pero eso es harina de otro costal. Ahí estaba, trabajando por la Cazuela, por los Porotos con Pilco y por el vino chileno, cuando se fue acercando el día del fallo. Y se acercaba a pasos agigantados. Pero, ¿qué tanto sabía de esta guerra? Me di cuenta que conocía más de héroes y antihéroes chilenos (Prat y Lynch, en ese orden), que de peruanos. En pocas semanas, recordé, releí y leí todo lo que pude sobre esta guerra… y fue cuando tuve que hacerme cargo de mi historia. No voy a mentir, en algún minuto –cuando leía sobre la ocupación chilena en Lima- me sentí que estaba durmiendo con el enemigo. Pero mientras el lunes 27 se hacía cada vez más inminente, los sentimientos e ideas se fueron ordenando.

Decidí que escucharía el fallo en uno de mis locales favoritos: Liguria. ¿Qué mejor hermandad? Acá no sólo trabajan amigos entrañables, sino que para mí este restaurante representa uno de los mejores “mordiscos” que se le puede dar a Santiago y donde se saborea la chilenidad. Fue así como el día del fallo terminé sentada con Alfredo Gutiérrez –cocinero jefe- y Marcelo Cicali –uno de los dueños-. Y ahí, con una tele prendida, entre bromas y análisis, fue que escuchamos a Peter Tomka –el juez de La Haya- decir el veredicto. En un principio no entendí, ¿gané o perdí? Por más que me lo explicaron, seguía teniendo la sensación que había ganado y que había perdido. Al poco rato entendí: estaba ganando y estaba perdiendo a la vez, porque para mí –en estos 33 años- Chile y Perú se habían convertido en mi patria, una sola que no son la misma pero son iguales… descubrí que tenía una patria propia.