Era del 27, igual que mi papá, que aún lo tengo vivito y coleando. A mi mamá, que se me fue hace poco, le cargaba porque le recordaba su triste niñez, concretamente se le venía a la memoria la histeria ursulina de mi abuela cuando hacía pataletas de suicidio cada cierto rato con todos sus hijos en la línea del tren, por allá por una Talca que me hace irremediablemente maulino, según una clasificación gratuita que valida pertenencias.

También se le aparecía como garciamarqueana la historia de mi tío que solía arrancarse de la casa y que la plata sólo le alcanzaba apenas para el otro ramal, por lo que solía volver con la cola entre las piernas; hasta que se perdió por un buen tiempo por los campos de la zona y fue descubierto porque tenía el pelito rubio, y fue localizado por mi abuelo y volvió hablando como huasito. Quizás eso que llaman mágico sea un modo lúdico de asumir el tópico bíblico de la genealogía familiar y la disfuncionalidad implícita que ese signo tiene en nuestra formación social.

A mí siempre me pareció divertido, la clave humorística es clave en su texto. En lo personal, en mi preadolescencia percibí en su narrativa ese quiebre con la solemnidad del acto narrativo que su trabajo promovía, creo que fue mi hermano mayor el que me lo hizo leer.

Es probable, además, que en eso haya influido un paradojal modo de conectarme con su obra, que eran las lecturas radiales (creo que era en la radio de la U de Chile) que escuché alguna vez de sus cuentos a cargo de Beco Baytelman.

Con unos compañeros de curso en el liceo 11 de Las Condes, con Marcos y Gonzalo, solíamos hacer unas especies de dramatización de algunos de sus relatos, me acuerdo vagamente de un charlatán que vendía un elixir que decía algo así como “la mano de Dios en un frasquito” o de dos combatientes de alguna guerra civil que en “Cien Años de Soledad” discutían por qué o por quién luchaban y uno decía “yo lucho por el glorioso partido liberal”, y el otro le respondía: “quién como tú que lo sabe”. Y el inolvidable comienzo de la misma novela en que frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía recordaría ese remoto día en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Para los que hemos solido vivir en pueblos abandonados el imaginario garcíamarqueano siempre ha estado presente, ya sea porque el modo surrealista se asocia con el sentido común latinoamericano o porque la ideología de lo real maravilloso mitiga nuestra lógica subdesarrollada o nuestro pensamiento precario o sin finuras académicas, o simplemente porque le dio un tono finoli a lo popular. Tanto que hay un par de cumbias que referencian su obra.

No quiero con esto reivindicar su obra frente a la soberbia de los narradores neoliberales que denostaron sus mecanismos narrativos; sólo me interesa dar cuenta que él fue capaz de modelar un régimen narrativo que se convirtió, en eso que es una obsesión patológica de nuestras prácticas contadoras de historias, en un canon legitimado. Y si Gabo fue la punta de lanza de esa estrategia editorial explosiva, después vinieron otras, como la santificación de Bolaño por otra estrategia igualmente canónica o marcada por esa voluntad.

Yo siempre hago leer a mis alumnos adultos que buscan en la educación vespertina terminar la enseñanza media, el cuento “Un Día de Estos”, que aparece en Los Funerales de la Mamá Grande; es un relato cortito, de una hoja, preciso, ideal para una hora pedagógica, que esquematiza las relaciones de poder y cuyos protagonista es un dentista sin título que debe atender a un alcalde con el que tiene una pendencia que se remonta a la época de la guerra civil. Cómo siempre vivía en pueblos chicos para mis alumnos la figura del alcalde era muy presente, por lo que la lectura analítica de las relaciones de poder y su desplazamiento aparecían muy nítidamente y podíamos hacer correlatos muy vívidos. Eso sí le tengo que agradecer a Gabo, me sirvió para ejercer mi labor profesoral.