Anders-Petersen
Cuando tenía 18 años, dejó atrás un país que consideraba rígido y conservador. De Suecia partió a Hamburgo y, durante tres años, trabajó en una de las obras que se ha convertido en una pieza fundamental de la fotografía mundial: “Café Lehmitz”, un amplio conjunto de retratos particulares. Petersen apuntó el lente a la marginalidad, a las personas que la sociedad comúnmente aislaba.

Prostitutas, alcohólicos, drogadictos, homosexuales, travestis y otros rechazados fueron suspendidos en el negativo de su cámara. Todo en blanco y negro, al igual que el resto de su trabajo.

“Puedes encontrar muchos colores en una foto en blanco y negro. Cualquier persona que mire una foto le añade sus propios colores secretos sin saberlo. Es inevitable, todos vemos el mundo en colores”, explica el fotógrafo. Petersen plantea que existe un valor abstracto en la fotografía en blanco y negro, sostiene que “el blanco y negro contiene más preguntas que respuestas. Yo no soy alguien muy interesado en las respuestas”.

Independiente de la magnitud de su obra, Petersen define el hilo conductor de su trabajo como la búsqueda de vínculos entre las personas, elementos sentimentales que lo semejan al protagonista del retrato. “Desde los años 60 intento hacer fotos que nos acerquen como seres humanos. No me fijo tanto en lo que nos hace diferentes, miro desde más cerca, busco las cosas que nos pueden ayudar a identificarnos”.

Cumplió 70 en mayo y recuerda, “uno de mis trabajos más difíciles fue hacer fotografía en un Hospital Psiquiátrico, donde viví dos años”. Se refiere a una trilogía fotográfica que tuvo lugar a mediados de los 90 en tres establecimientos distintos: una institución mental, un asilo de ancianos y una cárcel.

Cada una de las imágenes revela una realidad que es a la vez tierna y atemorizante, algo así como una pesadilla inmóvil. Las intenciones, no obstante, van más allá de la búsqueda de una reacción repulsiva por parte del público, Petersen se conmueve. “No veo a los prisioneros como prisioneros sino como seres humanos, igual que yo. Un asesino es un ser humano, eso es algo que debe entenderse como fotógrafo y como ser humano. Mientras más viejo soy, más importante se hace esta premisa”, asegura.

Según el artista, sus fotografías no provienen de una reflexión ni de procesos racionales de composición, “no ocupo mucho mi cerebro en esto”, dice. Petersen articula su trabajo desde las experiencias acumuladas y las intuiciones. Define el proceso como una “sensación” que mezcla la curiosidad y el asombro, cualidades presentes en los niños, según él. Y es precisamente así como se considera: “Soy un niño de 70 años”, asegura.

El valor de la intimidad es, probablemente, el sello más reconocible en sus fotos. Expresiones corporales y faciales en cada imagen, dan cuenta de una relación de confianza entre Petersen y sus modelos. “Lo más increíble de la fotografía es que puedes usarla como una llave para entrar a la vida privada de personas que no conoces”, añade.
Dentro de la copiosa obra, destacan varias imágenes de amputados, desnudos, cuerpos contorsionados y de las cicatrices indelebles del rechazo. Petersen siente haber logrado una conexión especial con muchas de esas personas, en virtud de la búsqueda de lo que él considera que hacía falta en su vida.

Antes de disparar con su cámara, el sueco se pregunta qué es lo que nos une como seres humanos. Una pregunta que ha guiado su labor transversalmente, que mantiene al artista pendiente del objetivo político y del mensaje que se debe transmitir. “Soy socialista, por supuesto. Creo que las personas son iguales, no importa si son hombres o mujeres, lo importante es tener la opción de encontrar la felicidad”, advierte.

Cualquier apreciación del fotógrafo está circunscrita a una visión pesimista de la sociedad, en la que observa la construcción de obstáculos artificiales que imposibilitan la comprensión entre las personas. “La gente construye barreras para evitar la incomodidad, es algo lamentable. Hay que integrarse en distintos grupos para entender sus maneras de vivir. Es muy triste, la sociedad no avanza hacia el entendimiento”, critica.

A menudo refiere a la especie humana como “una misma familia” y su labor es fotografiar, precisamente, elementos de esos lazos filiales. Más de 20 libros publicados y una misma concepción estética lo demuestran, Petersen ha construido una vitrina con las personas que la sociedad generalmente intenta evadir. “Me llama la atención esa gente porque me identifico con ellos, pero no solo personas de los márgenes de la sociedad, sino de todas partes. Se trata de reconocerse, nada complicado”.

EN EL PUERTO
Después de 36 años de la publicación de su primer libro, “Café Lehmitz”, Petersen mantiene una constancia estética que, por supuesto, se verá traducida en su labor aquí. “Vine a buscar gente, a Valparaíso, a su atmósfera, los lugares donde la gente se reúne y el momento en que se reúnen”, comenta.

En los días que pasará en el puerto hará una residencia de creación fotográfica que será la muestra central del V Festival Internacional de Fotografía en Valparaíso (FIFV). Además dictará un taller para 12 fotógrafos nacionales e internacionales y dará una charla sobre su obra en el Parque Cultural de Valparaíso el 15 de agosto (www.fifv.cl).

Este ejercicio fotográfico es clave en su oficio. Sin embargo, y a pesar de su fama, de los premios y reconocimientos, Petersen a cada tanto lamenta que su edad se transforme en un obstáculo. Para seguir a la gente que encuentra interesante, para mantenerse despierto, pero sobre todo se le aparece la amenaza de la vejez. “A medida que envejece, la gente se mete cada vez más dentro de su caja. Quieren tener certeza, estar seguros, es una lástima. El conocimiento es tan importante como la confusión”.