NOS-ROBARON-A-NUESTROS-PADRES-foto-alejandro-olivares

Fotos: Alejandro Olivares

Patricia Leal estaba mirando las noticias cuando el llanto de una persona capturó su atención. Una señora denunciaba que desde el Cementerio General de Recoleta alguien había robado el ánfora que contenía las cenizas de su madre, que había muerto apenas hace dos meses. “¿Dónde voy a ir a ver a mi mamá ahora?”, se preguntaba la mujer entre gritos. “Que sepa todo el mundo que se están hurtando las ánforas: ¡se robaron a mi mamá!”, agregó con vehemencia. La imagen preocupó a Leal. Pensaba en las cenizas de sus padres -que también estaban en ese lugar- cuando en la pantalla apareció el columbario de su familia y quedó pasmada: a ella también le habían robado a sus padres.

Patricia es una de las casi veinte personas que en el último mes han denunciado hurtos de ánforas. El servicio de cremación en el Cementerio General data desde 1965 y en un principio las cenizas eran enterradas. En 1971 se inauguraron los columbarios, grandes murallas con pequeños nichos de 23 x 23 centímetros, donde las familias dejaban las ánforas. Patricia es una clienta relativamente antigua. Las cenizas de sus padres están allí desde 1996, fecha en la que adquirió dos espacios para construir un altar. Nunca habían tenido un problema: “Para mí esto es como un segundo duelo. Solo que ahora no sé dónde están, no sé cómo están. ¿Estarán descansando en paz?”, se pregunta con preocupación.

Luego de la seguidilla de robos, Patricia cuenta que un cartel del cementerio apareció a un costado de los columbarios. Decía que la administración no se hacía responsable por los hurtos y que los deudos debían resguardar sus pertenencias con lápidas que sellaran los nichos y no con vitrinas de vidrio. Preocupadas por el extraño aumento en los delitos, algunas familias han decidido llevarse las cenizas de sus muertos para la casa, y quienes aún las mantienen allí, han mandado a poner rejas de metal sobre las puertas, para que sea más difícil sacarlas. En los últimos días, también, el cementerio ha redoblado la vigilancia y los guardias interrogan a cualquiera que se queda mirando los columbarios por mucho rato. Patricia cree que la medida llegó tarde: “No creo que valga la pena querellarse. ¿Qué se puede lograr con eso? Esto ya no tiene arreglo”, se lamenta.

El columbario de Patricia hoy solo alberga unas flores de plástico, una virgen y una foto de su mamá y su papá, únicos vestigios del altar de muertos que alguna vez hizo. Desesperada por la pérdida dejó una nota pegada en la misma puerta que los ladrones reventaron el día en que se llevaron las ánforas: “Nos robaron a nuestros padres”, dice el papel. Esa fue la última vez que visitaron el cementerio.

ÁNFORAS CON TIERRA

No es la primera vez que un delito de este tipo ocurre en el Cementerio General. El 10 de diciembre de 2006, a Jimena Palma le robaron a su madre y a su hermano. El robo ocurrió en el nicho 20 del pabellón 17, cuando las ánforas estaban cubiertas en su totalidad por pañitos de crochet que Palma había tejido. “No me muevo de acá hasta que venga la policía. No me voy a conformar hasta que aparezcan mis ánforas”, fue lo primero que les dijo a las autoridades del cementerio cuando se enteró. Lo que más le preocupaba era la reacción que tendría su padre, que tenía 88 años y serios problemas al corazón. Nadie quería comunicarle la mala noticia, hasta que Tulio Guevara, ex director del cementerio, le ofreció una solución: al día siguiente le entregaron dos réplicas idénticas de sus ánforas, para que su padre no se enterara. Una de ellas, incluso tenía grabado el nombre de su madre: Ana Rosa Silva Contreras.

Jimena sabía el contenido de las réplicas: “Uno en ese momento no está consciente de lo que te están diciendo, porque estai con todo ese dolor, con toda esa desesperación que quieres puro tenerlas”, recuerda. Cuando las tuvo en su poder, sin embargo, se arrepintió de colocarlas dentro del columbario y las dejó a cargo de Sara Contreras, una cuidadora del pabellón. Prefirió contarle la verdad a su padre.

Jimena estaba tan indignada con el robo que se querelló penalmente contra los posibles responsables. Sara Contreras, la cuidadora a la que le dejó las réplicas fue una de las primeras en declarar: “Normalmente desaparecen o roban cosas del cementerio, como manillas o Cristos de bronce. Yo lo miro desde el punto de vista de que se pierde una madre y un hijo. Es un dolor irreparable”, le comentó a la policía. La primera pista de los autores del robo llegó 13 días después. Un hombre se acercó al cuartel de investigaciones y culpó a su cuñado y a su hermano, ambos drogadictos. La búsqueda fue poco fructífera: “Hace más de dos años que eché a mis hijos de la casa debido a que constantemente estaban sustrayendo objetos para venderlos y comprar droga”, le dijo la madre a los investigadores cuando los fueron a buscar. La causa se archivó sin culpables: “No fue posible establecer su efectividad por cuanto se trata de personas que prácticamente viven en la calle, siendo imposible tomarles declaración”, dice el informe de cierre.

A los seis meses el padre de Jimena falleció. En la familia creen que fue por la pena de haber perdido a su esposa por segunda vez. Jimena cayó en depresión y un sicólogo le diagnosticó un extraño padecimiento, que le impedía asumir la pérdida: “duelo patológico”, le dijeron que tenía. Luego demandó civilmente al cementerio. Argumentó un daño moral irreparable, no sólo por el robo, sino también por la idea del director del cementerio de reemplazar las ánforas. Cuando mandó los contenedores al Servicio Médico Legal (SML) para analizar las muestras comprobó lo que el ex director le había dicho: las ánforas contenían tierra. “No es entendible, ni aceptable que una institución cuyo objeto es velar por la sepultura de los restos mortales de las personas solucione su falta de cuidado en la custodia de ánforas pretendiendo ‘reemplazar’ cenizas mortales por tierra”, decía la demanda.

Jimena y sus hermanos exigieron el pago de 560 millones de pesos, 50 millones para cada hijo de los difuntos y 20 para cada nieto. Aunque tenían el informe del SML y la declaración de una de las cuidadoras, los jueces no se convencieron del daño moral ocasionado. La carencia de testigos y la negación de los hechos por parte del ex director Tulio Guevara, le jugaron en contra y la demanda de indemnización fue rechazada. “Esa pena nunca más la vamos a quitar de nosotros, es un sufrimiento de todos los días. Me duermo con pena y me despierto preguntándome dónde están”, se lamenta.

Hace dos semanas, y ante la reactivación de los robos, la familia de Jimena intentó sumarse a la querella que el Cementerio General y algunos deudos presentaron en el Tercer Juzgado de Garantía de Santiago, por el delito de robo con fuerza y exhumación ilegal. Como el caso suyo es de los más antiguos, los abogados del cementerio creen que ella no puede ser parte de la investigación. El nuevo director del recinto, Marco Sánchez, rechaza la actuación de la administración anterior: “Nosotros no jugamos con los sentimientos de las personas, entendemos que el verdadero valor de las ánforas está constituido por las cenizas que contienen, por tanto, por principios, rechazamos y repudiamos categóricamente esas conductas. No haríamos nunca lo realizado en el pasado, según los dichos de la señora Jimena Palma”, respondió en un cuestionario que The Clinic le envió.

MERCADO NEGRO

Los familiares querellados saben que es muy difícil que la policía llegue algún día a determinar a los culpables. Para qué hablar de las cenizas, casi nadie cree que las volverán a ver. Mientras algunos dicen que no irán más al cementerio, otros tienen la intención de seguir venerando el columbario, aunque las ánforas no estén. Geraldine Aguilar -quien sufrió el robo de su abuelo, su abuela y una hermana que murió antes de cumplir un año- es una de ellas. Para las próximas semanas ha decidido programar una reunión simbólica para colocar las fotografías de los muertos de la familia, y así continuar con las visitas al cementerio.

Al igual que en el caso de Patricio Leal, Geraldine también se enteró del robo de las ánforas por la televisión. Ella acusa al cementerio por la tardanza en la entrega de la información y por su negligencia en el robo: “La culpa es del cementerio. Por algo uno le paga, para que te garanticen seguridad”, reclama. Geraldine no quiere plata, la pena –dice- no tiene valor. Sólo busca que le pidan disculpas.

En el cementerio se negaron a dar una explicación más profunda sobre los robos. A través del departamento de comunicaciones, aseguraron estar prestando todo el apoyo jurídico que los familiares necesiten para los trámites legales en lo referido a la querella criminal. Para casi todos los involucrados, las motivaciones de los robos están más o menos claras: la venta de cobre en el mercado ilegal. El propio cementerio hizo un llamado a no adquirir cobre robado: “Hacemos un llamado público a quienes compran y venden metales, que en caso de que las ánforas lleguen a sus manos, denuncien esta situación de inmediato a Carabineros de Chile”, decía un comunicado de prensa que se hizo público el pasado 28 de julio.

Las ánforas que han sido sustraídas en su gran mayoría eran del modelo estándar que el Cementerio dispone para el servicio de cremación que ofrece. Cada recipiente pesa 500 gramos y en el mercado negro se transan como cobre a $3.000 el kilo. La baja cantidad de ganancias que deja el robo es lo que ha llevado a los involucrados a sospechar que los autores son drogadictos que merodean por el cementerio. La pista es la misma que siguió la policía en el caso de Jimena ocurrido en el 2006 y que terminó sin responsables. Desde la dirección del cementerio han sido enfáticos en señalar que ellos también se sienten vulnerados: “nosotros también hemos sido víctimas de delincuentes inescrupulosos que vulneraron nuestro sector del crematorio, robando ánforas con cenizas de seres humanos”, dijo el director del cementerio.

El negocio de la cremación, sin embargo, no se ha visto afectado por los robos. En el libro de incineraciones casi todas las horas están tomadas y la tendencia es al alza, no sólo en el Cementerio General, sino que también en los ocho crematorios que anualmente reducen a cenizas a casi 2.000 cadáveres a nivel nacional.

Algunos deudos, como Patricia Leal, la que dejó el papelito con la frase “Nos robaron a nuestros padres”, no pierden las esperanzas de que las cenizas aparezcan: “Que las dejen en una capilla, en el suelo del cementerio, en cualquier parte y de manera anónima. A nosotros no nos importa, pero que las devuelvan”, suplica con desesperanza.