CORBALÁN-HASBUN1

“No le está dando entrevistas a nadie y menos sobre temas de farándula en que han hecho un mito con su persona”. Así respondía la argentina Silvia López, última mujer de Álvaro Corbalán, a los autores de El dueño de la noche, quienes habían juntado un sinfín de testimonios para afirmar lo contrario: el mito farandulero sobre el exjefe operativo de la CNI está basado en la pura realidad. Lo que les faltaba era visitar a la persona detrás del mito, despiadado asesino de día y amistoso guitarrero de noche. Su mujer les dejaba una esperanza: “Sólo podrá recibirlos para saludarlo”.

Cuando llegaron a saludarlo a Punta Peuco, encontraron a Corbalán –preso hace 13 años– viviendo de sus recuerdos. Su celda de 4×2 metros está tapizada de fotos. Incluso usa su plasma de 42’’ para ver, a través del computador, fotos y videos de sus años soñados. En un marco digital, también, cada tres segundos rotan fotos de él con su mujer, de él tocando guitarra y animando fiestas, o de los hijos que ha seguido concibiendo desde el encierro. Lo demás son electrodomésticos, una mesita cubierta de remedios, una guitarra, un órgano, cassettes de su autoría editados por Horacio Saavedra y una Gaviota del Festival de Viña.

Un cálido Corbalán “invita a pasar, ofrece asiento e inmediatamente sirve galletas y bebida. Su tono de voz es amable y galante hacia las mujeres. Tres besos en las mejillas al saludar, es su sello. […] Es dicharachero, encantador. Toca la guitarra mirándonos directamente a los ojos y canta principalmente temas acerca del perdón y que aluden a la reconciliación de la sociedad. También interpreta canciones de amor”.

Los autores deben recordar a menudo que están hablando de un asesino en serie, condenado a presidio perpetuo por delitos de lesa humanidad. Por más que se trate del mismo personaje que de noche andaba con un piano por las calles tocando serenatas junto a Raúl Di Blasio, o que alguna vez le cantó una serenata a una de sus conquistas con un piano arriba de un camión. Luis Sanhueza, subalterno suyo en la CNI, describe así las rutinas de su antiguo jefe: “Nunca lo vimos en la mañana, él llegaba a las cuatro de la tarde y durante el día dormía. Tenía una vida bohemia impresionante y se reunía en la noche con sus amigos en la ‘Casa de Canto’… Siempre cantaban y al final él agarraba la guitarra”.

Los periodistas Macarena Chinni, Constanza González, Felipe Robledo y Daniel Campusano entrevistaron a decenas de testigos de esas andanzas. Todos parecen coincidir en que el siniestro Jefe de Brigada de la CNI no junta ni pega con el cariñoso cantante de boleros que animaba los pubs de moda de la Avenida Apoquindo, por más que una extrema vanidad pudiera vincularlos. La que brillaba en sus ojos cuando se paseaba de la mano con la vedette española Maripepa Nieto, la “mujer más deseada de Chile” según los cánones faranduleros del momento (“todos querían tener en sus manos ese par de nalgas”, recuerda el “Pollo” Fuentes).

En el pub Confetti, que pertenecía a Jorge Pino, marido de Patricia Maldonado, se reunía esa tropa ochentera formada por agentes de seguridad, vedettes, humoristas y cantantes (pues “no entraba gentuza”, al decir de Peter Rock). Frente a sus puertas, dueño de la situación, Álvaro Corbalán solía descender de alguno de los Fiat 125 azul marino que alguna vez formaron la flota del GAP, siempre bronceado, siempre perfumado, siempre bien vestido –de terno, colleras y reloj–, luciendo su atlético metro ochenta y sus dientes perfectamente blancos. “A las minas les gustaba, les encantaba”, recuerda el cantante Cristóbal y no hay dos versiones al respecto. “Cuando hacía frío ocupaba abrigos espectaculares, de diferentes colores, beige, negro, gris… era un tipo impecable”, recuerda el ex CNI Luis Sanhueza, quien agrega entre su larga lista de amoríos a Raquel Argandoña y a la entonces Directora de Turismo Liliana Mahn. Sólo Gloria Simonetti marca la nota discordante al definirlo “como Pepe Cortisona, muy siútico. […] el estereotipo del galán chanta que quería ser famoso”.

El Negro Piñera no se olvida del Confetti: “Era bravo, porque los hueones cerraban las puertas y se quedaban adentro hasta el día siguiente, eran las 10 de la mañana y dándole y dándole. Iban puros momios. Cantaba la Maldonado y puros viejos de derecha. Todos terminaban dados vuelta”. Cristóbal agrega un detalle: “Siempre nos unió un común denominador que eran los huiros, todos fumábamos pitos. Y eso nos hacía ver la vida de otra manera”.

Pero a Corbalán, por lo visto, no le costaba cambiar de frecuencia. Una noche, el ‘Palta’ Meléndez fue interrumpido mientras actuaba en el Confetti por la instalación de una mesa frente al escenario y la campante entrada, junto a Maripepa, de Corbalán, quien anunciaba su arribo pidiendo una mesa especial. “Me calenté –recuerda el humorista– y en varias ocasiones le dije a propósito ‘el dictador’ a Pinochet”. A la mañana siguiente caminaba por calle República y tres autos se detuvieron junto a él. Desde uno de ellos bajó la ventana Corbalán, levantó sus Ray-Ban y lo saludó con la mirada. Una cuadra más allá, otro auto lo abordó y se lo llevaron al Cuartel Central de la CNI, donde estuvo hasta las 11 de la noche, cuando alguien lo zamarreó contra la pared. “Mira, conchetumadre, vuelves a agarrar para el hueveo a mi general, conchetumadre, y te vamos a sacar la conchetumadre”. Según Meléndez, Corbalán lo tomó detenido dos veces más, pero prefiere no recordarlas.

Con una hija de Pinochet

En el Festival de Viña, el agente Corbalán pudo codearse con todas las estrellas. Allí se encargaba de la seguridad –léase, de prevenir salidas de libreto– y de la juerga vip al mismo tiempo. Gozaba esta posición, y tan poderoso llegó a sentirse que fue capaz de amenazar al director Sergio Riesenberg para que Maripepa pudiera actuar sobre el escenario de la Quinta: “Me amedrentaba con mi familia y me decía: ‘Se ven bonitas tus hijas saliendo del colegio’. También me dijo: ‘Hágame caso y no se tire contra mí, téngame de aliado’”. Resistirse a esta presión, según Riesenberg, le costó el puesto.

El Pollo Fuentes describe las apariciones del hombre del bigote por el casino de Viña. “Llegaba con ocho gallos más, armados con metralletas, besándose con mujeres entre la gente, jactándose”. Hasta lo vio a los besos con una de las hijas de Pinochet: “Encontré muy penca que la hija del presidente estuviera besuqueándose a vista y presencia de todo el mundo”.

Luis Sanhueza, que a veces acompañaba a su jefe a estas diligencias –aunque él no lo integraba a su lote de amigos–, rememora las fiestas en el Tatoo, el bar del Hotel O´Higgins: “Había una vida de jolgorio permanente y después se iban a la casa de un magnate que era amigo de todos. En una de esas fiestas estaba Checho Hirane, Miguelo, Vodanovic y la Susana Palomino”. Es interminable la lista de rostros que desfilan por las noches de Corbalán. Algunos que intentan desmarcarse, pero no quedan muy bien parados con este libro, son Luis Dimas, Pablo Honorato, Tito Fernández y Horacio Saavedra, director musical del cassette “Sentimientos de Soldado”, obra de Corbalán. “En esta profesión te llaman de todos lados y así le hice un cassette con un par de canciones románticas de él que a mí me parecían buenas”, se justifica el maestro Horacio.

Terriblemente sensible

“A sus visitantes, como a nosotros, les muestra un par de videos en los que se le ve feliz, cantando”, cuentan los autores de El dueño de la noche, sin dejar de observar que del cuello de Corbalán cuelga la réplica de oro de un corvo atacameño, regalo personal de Pinochet.
Hermógenes Conache, que lo conoció y se benefició de conocerlo, lo diagnostica de esta manera: “La mayoría de los sádicos del mundo son artistas frustrados”. Agrega que al militar le gustaba mucho Silvio Rodríguez, y advertía que “no hay que mezclar lo artístico con lo otro”. Contradiciéndose o no, Corbalán mezcló lo uno y lo otro en su reciente “Canción por el Reencuentro”, disponible en YouTube y cuyo emocionado estribillo parece el fruto de años de reflexión: “Hay que dejar rencores atrás, hay que saber y saber perdonar”.

Un compañero suyo en la Escuela Militar, que prefiere el anonimato, se niega a creer que haya cometido los crímenes que le imputan: “No se trata de un tipo con las agallas suficientes como para cortarle el cogote a alguien. Él toda la vida ha cuidado sus manitos; le encanta que le hagan las manos, para tocar la guitarra, para tocar el piano. Es terriblemente sensible”.
Antes de despedir a los periodistas de su celda, Corbalán da pruebas de su terrible sensibilidad. Les cuenta que en el penal trabaja un médico extranjero, pero él no deja que le haga nada: “No toco a un médico peruano, porque tampoco un peruano dejaría que un chileno lo tocara”.

Libro-repasa-la-bohemia-de-Álvaro-Corbalán
(lectura portada libro)
Álvaro Corbalán, El dueño de la noche
Daniel Campusano, Macarena Chinni, Constanza González y Felipe Robledo
Ceibo Ediciones, 2015, 107 páginas