Acto en conmemoración al ex presidente Salvador Allende

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El fantasma de Salvador Allende “irrumpe” de cuando en vez como un espíritu atormentado –ultrajado en su memoria- que se sabe envilecido por los actuales barones de la calle París. De lejos el ex/mandatario intuye que es frecuentado con distancia oportunista (¿realismo?). Por ello a veces visita la sede del Partido Socialista y retorna espectralmente a París 873. Y de noche, muy de noche, en el desvelo, en la vigilia, en el crujir de alguna madera, deja sentir su malestar con una dinastía atrofiada que ha perdido toda mística, todo hálito de pasión del proyecto fundacional –y se han entregado sin escrúpulos, contra toda ideología, hacia una gestión conservadora de la acción política-. Ello no representa un “pecado capital”, salvo si fueran capaces de admitir su connivencia con las estéticas de la modernización heredada de los años 80’ y su raíz alevosamente autoritaria. Esto lo podemos ilustrar cuando en el marco de las pasadas elecciones del PS, se trataba de captar la simpatía de sus bases militantes, invocando ladinamente el imaginario político del Presidente mártir. Allende se transforma en un “comodín”, un recurso –so pretexto- de la Nueva Mayoría; un dato administrable dentro de la disputa electoral cuando cada candidato se arroga un texto vinculado a la fidelidad de su testamento, a su verdadera “herencia”. ¿Qué nos indica este hecho político? ¿Hay Allende a través de Isabel Allende? O más bien, ¿Hay Allende sin Allende? La actual coyuntura de los actores del Partido Socialista, requiere en ciertas circunstancias de la “reserva ética” de un “pasado mitificado” que redima temporalmente el exacerbado “conflicto de intereses” (¿bicameralismo psicológico?). El Partido Socialista –ceñido a la modernización autoritaria- opera como el Partido del orden. Muy atrás quedó esta tradición de personajes de la talla de Carlos Lorca y Clodomiro Almeyda que sin miramiento de pasiones, y más allá del juicio histórico, abrazaron la “causa” popular y democrática. La renovación que se inició en Berlín en 1979 por Jorge Arrate y el mismísimo Carlos Altamirano entró en la “deriva neoliberal” e hizo de aprendiz de bruja. Si bien, se hizo un esfuerzo por repensar las relaciones entre socialismo y democracia, pero no tuvo lugar una reflexión entre socialismo y mercado. A decir verdad, sirviéndonos del “comodín” que nos da el tiempo, el PS chileno pocos días después de 1973 canceló todo horizonte emancipatorio: la “sala de parto” de la transición chilena –política de los consensos- hay que rastrearla en los años del plomo; la década de los 70’.

Ahora Allende, “él mártir”, es una buena excusa para maquillar una dinastía de embriagados dirigentes que se inclinan ante la boutique de los bienes y servicios –cuando precisamente dicen hacer lo contrario; Solari y su peregrinaje por los directorios públicos, Escalona y la doctrina de las mayorías institucionales, Andrade y la comedia bufa del salario mínimo, Marcelo Schilling y su obsesión por defender la oficina y otros tantos personajes ubicuos (y elitizados) que forman parte de una sociedad concebida desde una “sobredosis de realismo”. Para muestra un botón; ya en el lejano 1993 Enrique Correa comenzaba a asesorar a Julio Ponce Lerou. No hay opción. El espectro de Allende pulula y parpadea abrumado por las veredas de piedra de la calle París, cada vez que sus “barones” requieren apelar al relato emotivo de un pasado “glorioso” para manipular el voto popular. El partido que dirige Isabel sabe que de cuando en vez, hay que utilizar, administrar y usufructuar del máximo la memoria de líder de la izquierda chilena.

Pero ahí está el Dr. Allende, infranqueable ante los secuestros de la memoria. Insobornable antes las re-descripciones de un aggiornado Partido del orden (PS) signado por los gravámenes de la gobernabilidad y que participa de la estetización de la política. En su discurso en el Estadio Nacional, Allende Gossens sigue prendado de la transformación social y les habla a los jóvenes, a los pobladores, a las clases medias, sobre el compromiso social. De otro modo, se mantiene como una figura que no conoce la ausencia, sino la presencia omnipresente para asediar –algo abrumado- a la manera de una “pantalla moral” los guiones oportunistas del campo socialista. Como bien sabemos su vida, como la de muchos dirigentes políticos, estuvo llena de contrastes, sus fricciones con la masonería a fines de los años 60’, de contradicciones entre la institucionalidad y el polo deliberativo. Los Elenos, el MIR, la cubanización, las piochas republicanas. Aporías similares a una tragedia griega. Sin embargo, nos legó rituales que durante las últimas dos décadas han sido extraviados y transmutados de mil maneras por las elites conservadoras del PS. Más allá del juicio de valor, atrás quedo la sensibilidad humanista, el compromiso y la pasión por la trasformación social. Ahora aquel horizonte emancipatorio es leído como los “pecados de juventud” en la cúpula socialista. Fueron los errores de un ¡corazón imprudente¡ concluyen los dueños de la sensatez. E incluso, Allende –la candidata– parece tener extraviado este código identitario, que ni los certificados que honrosamente ameritan su vínculo congénito la exculpan del crudo des/dibujamiento identitario que padece el Partido que dirige. La Presidenta del Senado a poco andar sostuvo que la gratuidad en educación superior era una aspiración ética, más que una política que se pueda implementar en el corto plazo. El realismo reverbera y la parodia kitsch no se deja esperar. En la calle París los socialistas de turno no hacen más que cultivar sagazmente la pragmática de la Nueva Mayoría: ¿Socialismo neoliberal? ¿Izquierda neoliberal? A decir verdad, hay una sobreabundancia de adjetivos dada la hibridez del conglomerado.

La cúpula socialista trata de exorcizar sus culpas, de hacer catarsis, y se esmera en dibujar un Presidente maduro, responsable ante los nuevos tiempos, mesurado, funcional, entronizado con el realismo de la época, “parasitando” de su impronta republicana y de su esencia sentada en el respeto al Estado de derecho, para justificar un presente envilecido. De allí deriva una funesta extrapolación (contra-fáctica) donde el Líder de la izquierda respetaría cabalmente la institucionalidad de turno: una Constitución -firmada por Lagos- ¡nuestro Menem¡ que finalmente fue heredada de la modernización de los años 80’. Pero no basta con tal mistificación; adicionalmente, tal descripción, recorta la promesa de una democracia radical que caracterizaba al líder de la izquierda. La construcción de esta imagen ficcional, casi bufonesca, las diversas cirugías de imagen, las operaciones filmográficas que sobreabundan en mostrarnos un hombre bueno y cotidiano, coavyudan en la justificación de la elite socialista para justificar un fervor realista ante las urgencias contigenciales y afanar un nudo ciego entre decisión política y tradición republicana. En esta línea, Camilo Escalona, Osvaldo Andrade, Isabel Allende y Gonzalo Martner, caen –cual más cual menos- bajo este repudiable recurso que solo ayuda a desperfilar la identidad del Partido del orden. Quizás ahora más que nunca hay que hablar de Allende, e incluso a Allende y con él, desde el momento en que ninguna ética, ninguna política emancipatoria o no, parece posible, ni pensable, ni justa. Como diría Derrida, dar el nombre.

Por último, dónde está situado el Partido socialista en la trama geo-estratégica que se juega en América Latina (ello a propósito de los teóricos del ¡fin de ciclo¡). Todo indica que la coalición se muestra distante de los gobiernos nacional-populares –en materia de política exterior- el PS manifiesta aversión; no muy lejanos a la Alianza del Pacifico, y evitan la denuncia al FMI…como sus correligionarios de la región- y se ampara en movilizar un campo acotado de reformas. Qué dice el Partido Socialista sobre el caso Venezolano y la contienda de poderes; qué opina sobre el socialismo del buen vivir implementado por Rafael Correa; ¿en qué sentido –puño en alto- se pueden seguir llamando ¡socialistas¡? Sin embargo, para desgracia de la cúpula, Salvador Allende aún permanece con el puño en alto, seducido por la emancipación, comprometido con anudar socialismo y democracia. Sin temor a equivocarnos –no por mera futurología, sino por obra de los actos- lo más probable es que Allende estaría más cerca, quizás más sensibilizado, con los gobiernos post-neoliberales de la región (anti FMI, y abogaría por más Estado y derechos sociales, nacionalización, mercado interno y distribución de la riqueza) que el acatamiento sumiso a la desregulación del Estado respecto a la economía, a saber, el camino elegido por el PS ha sido la estabilidad institucional y su anhelo de erradicar el momento antagónico de la política para perpetuar la estabilidad institucional. Se trata de una exacerbada vocación institucionalista que culmina en el despeñadero de la tecnocracia. No debemos olvidar que en su discurso ante la ONU en 1972, Allende ya había denunciado ante los representes del mundo –con profunda convicción- como los capitales transnacionales asediaban a los Estados nacionales; ahí trasunta un enérgico repudio a la emergente globalización en su fase financiera.

Pero lamentablemente, aquel Allende del discurso en el Estadio Nacional, es sólo una “leyenda organizacional” –el coffe break luego de la liturgia- en la agenda modernizadora del PS. Y no es el Allende de la “actual Presidenta del Senado” -eventual candidata presidencial- ni de los “posibles candidatos” que inscriben al socialismo chileno como un “Partido del orden” que honra el pacto transicional y olvida alevosamente todas sus raíces populares. Pero hay algo más; los dirigentes del PS –salvo en el momento mitológico- dicen Allende; nombran a su prócer solo cuando es muy “necesario”. Lo más “razonable” sería que una vez que el hombre guía de la UP ha dejado de ser un horizonte de sentido en la acción política, la izquierda socialista no insista en instrumentalizar su imagen, ni mucho menos continuar con el proselitismo electoral. Pero pedir lo imposible sería una tamaña ingenuidad política. El telón de fondo es infausto y todo es en vano; esta explanada de profanaciones –de juegos de memoria, imagen y ritualidad- no cesara. Por fin, respecto a la dirigencia socialista: ¡Dejad que los muertos entierren a sus muertos¡

*Sociólogo, ensayista.