La-guerra-santa-del-Obispo-Felipe-Bacarreza-contra-el-aborto
El gobierno anunció en enero que aceleraría la aprobación del proyecto de ley de aborto en tres causales. La iniciativa, en rigor, pronto comenzaría a ver la luz. Una luz que, sin embargo, pareció enceguecer a algunos miembros de la Iglesia Católica. Como era de esperar, fueron varios quienes pusieron el grito en el cielo.

Uno de los primeros en reaccionar fue el arzobispo de Concepción, Fernando Chomalí, quien afirmó en una carta publicada en El Mercurio el 11 de febrero, que el proyecto le permitía a la mujer “arbitrariamente decidir si su hijo puede vivir o no”. Fue el rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña, el encargado de responderle públicamente cuestionando el concepto de “arbitrariedad” empleado por el sacerdote y lo acusó de deformar el debate, al poner el embarazo como un “acto supererogatorio”, es decir, como una acción obligatoria en sí misma.

El round continuó con golpes más directos. Chomalí respondió con un argumento que encendió aún más la polémica. “ (…)Lo heroico, es decir, la acción muy difícil y meritoria, puede ser a veces una obligación. En este tipo de obligaciones heroicas está la de abstenerse de matar deliberadamente a un ser humano inocente”, escribió de vuelta.
Cuando la controversia parecía esfumarse, el obispo de Los Ángeles, Felipe Bacarreza, volvió a agitar las aguas. El sacerdote no sólo recogió el guante, sino que con el mismo pareció abofetear nuevamente a Carlos Peña, asegurando que él también veía heroísmo en quienes decidían continuar con un embarazo inviable o producto de una violación, a través de una analogía que dejó a medio mundo con la boca abierta.

“Hay conductas heroicas a las cuales se está obligado. Un prisionero de guerra está obligado a abstenerse de revelar al enemigo los secretos de la defensa de su país, incluso bajo el apremio de la tortura (…) mantener un niño inocente en el seno materno hasta su nacimiento es para la madre una acción supererogatoria; es abstenerse de matarlo y por lo tanto, es una obligación, aunque en algunos casos pueda ser admirable y hasta heroico”, explicó en otra carta.

La declaración de Bacarreza fue replicada en varios medios de comunicación, con alevosos tuiteos de rechazo, poniendo en el tapete el feroz fundamentalismo religioso del sacerdote, primer discípulo de Karadima en la parroquia de El Bosque, a través de una explicación que parecía extraída de un brutal consejo de guerra.
No era primera vez que el obispo asumía el rol de portavoz de la Iglesia en materia de sexualidad y derechos reproductivos. Ya en 1992, cuando El Mercurio lo entrevistó respecto al proyecto de educación sexual del Mineduc, el sacerdote fue enfático en rechazar la iniciativa porque prescindía totalmente de un concepto que le parecía altamente relevante: la castidad. “Olvida la doctrina de la Iglesia, separando al sexo del amor mutuo y la fecundidad”, reclamó en el diario de Agustín Edwards.

Desde entonces, el sacerdote se ha dedicado a escribir incendiarias columnas en diversas revistas religiosas del país, colaborando frecuentemente en El Mercurio, e incluso, haciendo llamados públicos a la presidenta para que no despenalice el aborto. Bacarreza con el correr de los años se ha transformado en el portavoz de la moral sexual de la Iglesia y un perfecto representante del conservadurismo religioso. En resumen: un policía del recato y las buenas costumbres. Digno heredero, según dicen, de Jorge Medina, Cristián Caro y Juan Ignacio González. Lo que no es poco.

Guerra Santa
Felipe Bacarreza es hijo del fallecido empresario Ricardo Bacarreza de Montessus de Ballores y Ximena Rodríguez Cruchaga. Fue un alumno destacado en el colegio Saint George y entró a estudiar ingeniería civil en la Universidad Católica, recibiéndose en 1972 con distinciones. Siempre seguro de su vocación espiritual, un par de años antes de entrar a la UC ya vivía en la parroquia de El Bosque junto a Fernando Karadima, el párroco más estimado por la élite santiaguina de aquellos años y también, por supuesto, de su familia.

Apenas se tituló, Bacarreza quiso seguir el camino sacerdotal e ingresó al Pontificio Seminario de Santiago. Un compañero que compartió junto a él allí, recuerda que tuvo una carrera atípica al resto de los seminaristas, pues ya había aprobado cursos de teología en la universidad que le permitieron cumplir menos años dentro del habitual proceso formativo. Todos los días miércoles, asegura un exseminarista, visitaba a a Karadima junto a un selecto grupo de compañeros: “Era un tipo extraño, nunca se involucró con nosotros en el Seminario. Se entendía solo con Karadima y era muy retraído, no hablaba con nadie. Creo que no lo dejaba relacionarse con nadie más”.

Cada intento de sociabilización por parte de Bacarreza parecía destinado al fracaso. Un compañero recuerda que una vez organizaron una cena con disfraces para divertirse, donde todos pusieron su mejor esfuerzo para ser creativos. Bacarreza, aquella vez, llegó con un abrigo puesto al revés y con un bigote “a lo Pancho Villa” pintado en su cara. “Todos quedamos plop, por lo fome”, cuenta otro exseminarista.

El escaso carisma, sin embargo, no impidió que el discípulo de Karadima fuera ordenado sacerdote por el Cardenal Raúl Silva Henríquez el 17 de abril de 1977. Poco tiempo después decide continuar sus estudios en el Instituto Bíblico de Roma, donde obtiene su licenciatura en la Sagrada Escritura. Una decisión que enfureció a su formador y guía espiritual.

“Karadima no toleró que Bacarreza se alejara de su lado. Nadie en El Bosque entendió por qué tomó la decisión de viajar a Roma, casi en un acto desesperado. El quiebre entre ambos fue radical y sigue siendo un misterio hasta hoy. En los 80, el padre lo recibía en la Parroquia igual, pero lo detestaba al nivel que nadie podía dirigirle la palabra. Muy extraño, porque Bacarreza era sus ojos”, comenta un exseminarista.

Ese desprecio que Fernando Karadima tenía por Bacarreza, era un secreto a voces en la parroquia. Tanto así que quienes compartieron con él, aseguran que el sacerdote condenado a una vida de oración y penitencia por la Congregación para la Doctrina de la Fe en el convento de las Siervas de Jesús de la Caridad, le prohibió expresamente transformarse en guía espiritual de los jóvenes que figuraban bajo su alero.

El impedimento de tratar con hombres hizo que Bacarreza encontrara en las denominadas “esclavitas”, grupo de mujeres cercanas a la parroquia de El Bosque, un nicho de formación que no estaba siendo debidamente explotado. “Las mujeres se empezaron a confesar con él y se transformó, para muchas, en su formador para entrar a Las Carmelitas Descalzas. Para él, la mujer era una costilla del hombre y tenía que comportarse como tal. Todas debían ser damas educadas, abnegadas y devotas de Cristo. Cualquiera que saliera de ese molde era pecadora”, relata un exseminarista.

– Le apasionaba hablar de sexualidad a partir de la biblia, de reprimir los deseos lascivos, de procrear como fin último y de formar mujeres y hombres inmunes a la liberalización del pensamiento moderno, como es la homosexualidad, el feminismo o el aborto. Esos temas le daban terror. Su misión en el mundo sería pararlos con todas sus fuerzas- agrega una de sus exdiscípulas.

Su interés por captar vocaciones femeninas lo mantuvo mientras se desempeñó, pocos años depués, como sacerdote de la Parroquia Nuestra Señora de la Paz, en Ñuñoa. Ahí todavía lo recuerdan como uno de los curas más serios que haya pasado por la iglesia.

– No tenía mucha conexión con los feligreses, era muy poco carismático. También era así con la Juventud, no era de andar de besitos ni nada, pero se preocupaba de la formación de las jovencitas. Recuerdo haberlo escuchado hablar de la importancia de la castidad y que tenían que ser siempre señoritas-, añade un funcionario que trabajó con él.
En 1983 Bacarreza decide volver a Roma. En el Vaticano presta servicio especial a la Congregación para la Educación católica, ocupándose de los seminarios de América Latina. Un puesto de prestigio dentro del mundo sacerdotal. A comienzo de los años noventa comienza a incursionar tímidamente en los medios, intentando reivindicar la moral sexual católica. Lentamente empieza a radicalizar su discurso y no teme ir más allá. Ya había comenzado su propia guerra santa.

EL LEGADO DE KARADIMA
En el año 2013, en el 75º aniversario del colegio Saint George, Juan Carlos Cruz, denunciante de Karadima y exalumno del establecimiento, se hizo presente junto a unos amigos de su generación. La situación era incómoda. Ricardo Ezzati estaba presente y topárselo cara a cara no era una opción muy alentadora. En un intento de esquivarlo, Juan Carlos Cruz se encontró de frente con Felipe Bacarreza, a quien conocía desde pequeño gracias a una amistad con su hermano y luego como sacerdote en la parroquia El Bosque. Hasta ese día, el obispo no había hecho ningún tipo de declaración sobre los abusos de su formador.

– ¡Juan Carlos, qué gusto verte! Ahora te veo nada más que en la televisión- le dijo Bacarreza a Cruz.
-¿Ahora me vienes a reconocer? Cuando en la televisión dijiste que no me ubicabas y no sabías nada de mí, acaso eres huevón- le respondió Juan Carlos Cruz, según algunos presentes.

Bacarreza quedó descolocado. A Cruz le incomodó el cinismo del sacerdote, pues lo conocía desde los 14 años, cuando ambas familias vacacionaban los veranos en Concón. Cruz era amigo del hijo menor de la familia, Juan Carlos Bacarreza, quien solía comentarle que su hermano mayor, “Pilo”, era cura de la parroquia El Bosque. Fue la primera vez que el denunciante de Karadima escuchó hablar del recinto religioso ubicado en Providencia.

Según el libro de Ciper “Los Secretos del Imperio de Karadima”, en 1971 Bacarreza emprendió su primer viaje a Europa junto a su formador y su madre. En 1974 acompañó a Karadima a EE.UU y en 1978, a Egipto, viaje en el que también participó Juan Barros, que había egresado un año antes del seminario y que hoy se desempeña como obispo de Osorno con un amplio rechazo de la feligresía local.

Según la investigación, los viajes al extranjero tenían un rol muy importante en la estructura diseñada para controlar la voluntad de los jóvenes. “Cuando llegaba un joven nuevo, una de las primeras cosas que presenciaba eran las conversaciones en el comedor de El Bosque sobre viajes pasados, las anécdotas y los encuentros místicos en las iglesias europeas”, precisa el libro.

Entre los seminaristas de El Bosque, el nombre de Felipe Bacarreza es conocido. Fue el primer seminarista con el cual Karadima pretendía formar una Congregación Diocesana especial y muy distinguida para la época: “un seminario enorme donde iban a ir todos los hijos de los ricos del país”, comenta un excompañero de Bacarreza.

Pero la relación entre el maestro y el aprendiz finalmente se rompió. A fines de los 70, Felipe Bacarreza se fue Roma y nunca más se supo de él en el Bosque. Karadima, aseguran exseminaristas, empezó a hablar mal del sacerdote que él mismo había formado. “Daba la impresión que estaba horrorosamente celoso que Bacarreza hiciera su vida en otro lado”, cuenta uno de los presentes en esa conversación. Y agrega: “No tenía tapujos en sindicarlo como traidor, mentiroso y endemoniado”.

Para todos los seminaristas de la época y jóvenes cercanos al expárroco de El Bosque, el quiebre fue un misterio. “Bacarreza empezó a distanciarse, a perder la disciplina incondicional. Y eso es muy difícil, cuando hay abuso de conciencia. Él, como todos los sacerdotes que pasaron por ahí, fueron manipulados en su voluntad, independiente si fueron abusados o no”, asegura un sacerdote formado en El Bosque.

A pesar de la profunda rabia que Karadima sentía contra su antiguo epígono, a mediados de los 80, llevó a un grupo de jóvenes a cenar con él en Roma, durante un viaje a Europa. “Para ir, nos dio instrucciones claras: no podíamos hacernos amigos de él, preguntarle de su trabajo ni darle sonrisitas. Solo se juntaba con él para tantear terreno y porque tampoco le convenía ser enemigo de él, porque Bacarreza podía contar cosas”, cuenta uno de los jóvenes que participó del encuentro.

A tal nivel llegaron los celos de Karadima que cuando Felipe Bacarreza regresaba a Chile y oficiaba misas, solía mandar a sus jóvenes de confianza a grabarle las prédicas. Siempre se preocupaba de vigilar los pasos de su primer discípulo. “Teníamos que ir escondidos a grabarle la prédica, para que Karadima lo escuchara ese mismo día”, cuenta uno de ellos.

A pesar que los lazos nunca se restablecieron entre Fernando Karadima y Felipe Bacarreza, el núcleo de poder de El Bosque se ha mantenido unido. El año pasado, la revista Reflexión y Liberación, sindicó al actual obispo de Los Ángeles como una de las piezas importantes en el círculo proyector de Juan Barros en Osorno, junto al arzobispo de Puerto Montt, Cristián Caro. Tampoco Bacarreza ha hecho ningún tipo de declaración sobre los abusos sexuales perpetrado por su formador ni ha pedido disculpas públicas, como sí lo han hecho el resto de los sacerdotes formados en la parroquia de Providencia.

LA IDEOLOGÍA BACARREZA

“Un Estado que en sus leyes permite el aborto, es un Estado tiránico, por cuanto institucionalmente viola el derecho a la vida que la persona humana tiene desde su concepción”, expresó en El Mercurio Felipe Bacarreza en agosto del año pasado. La frase fue una de las tantas que ha proferido públicamente desde que asumió su mediática cruzada contra el aborto.

En el camino, el obispo ha llamado a las mujeres asesinas y ha repudiado el feminismo, por considerarlo un engendrador de “ideas peligrosas para la sociedad”. En marzo del 2014, en una columna que escribió en la revista católica Surcos, llamada “La falaz ideología de género”, expone lo alarmante que es la creación de un ministerio de la Mujer y Equidad de Género, propuesto por Michelle Bachelet. “¿Qué significa la expresión equidad de género? ¿Qué se oculta o disimula con esa oscura expresión? ¿Qué es lo que se quiere hacer pasar, sin que la ciudadanía lo perciba?”, preguntaba en su columna.

Para el obispo, el camino a la “equidad” y cualquier exigencia “moderna de la mujer”, son formas de acabar con el matrimonio y la familia. Tendencias que buscarían normalizar la homosexualidad y fomentar el “fundamentalismo feminista”.

A principios del segundo gobierno de Michelle Bachelet, Bacarreza dio una extensa entrevista a la revista “Portaluz”, donde presentó sus tajantes diferencias con la presidenta, especialmente por su proyecto de ley de Aborto y de Unión Civil. Ambas iniciativas, aseguró, “hacen un daño espiritual muy grande y ofenden a Dios”. “Un proyecto de ley sobre aborto banaliza la relación sexual y la reduce a elegir el medio para evitar el embarazo. El Gobierno toma nota de la promiscuidad sexual y la considera inevitable, porque asume que los seres humanos son incapaces de controlar sus impulsos”, aseguró el obispo en esa oportunidad. Y remató con otra frase incendiaria: “Bachelet habría sido abortada si su madre pensara como ella”.

Los múltiples intentos de Bacarreza por influir en la política nacional como miembro de la Conferencia Episcopal, no han cesado y todo indica que este año sus intervenciones se radicalizarán aún más. “Hoy es una de las voces más conservadoras y misóginas de la Iglesia. Desaprobará, junto a otros sacerdotes momios del país, todo lo que una mujer presidenta pueda proponer. Porque para ellos, que una mujer dirija un país es un acto completamente ilegítimo”, comenta un sacerdote que compartió formación con el obispo.

The Clinic intentó comunicarse en varias ocasiones solicitando entrevista con el obispo Felipe Bacarreza, pero no obtuvimos respuesta.