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Quise escribir un artículo levemente solemne titulado “Aborto y Democracia”, en que pretendía postular la tesis, absurda, de no hablar más del tema aborto y que el mercado negro se haga cargo, como era antes, dejándole a la salud pública los efectos colaterales. Siempre fuimos un país dramáticamente desregulado y mejor seguir así, no por satisfacer al mercado, sino para evitar el protagonismo odioso de los que dictan leyes. Yo prefería, por ejemplo, ese país cuando los matrimonios se anulaban, en vez de la ley de divorcio; me gustaba esa radicalidad del equívoco, de un contrato que se llevó a efecto en un lugar que no correspondía. Igual que el abortismo clandestino, que si le pilláramos el resquicio preciso funcionaria súper bien, a la cínica, que es la modalidad que nos acomoda.

Quiero asumir la cultura del aborto ciudadano, es decir, la imposibilidad del gesto progresista y reivindicativo de mejorar nuestros modelos de acción y de comunicación democrática (el espíritu no progresa). Hay que asumir el gran fracaso de los cara de hombre (léase machismo) y la continuidad burocrática (léase triunfo) del mujerismo, que gana espacios escénicos de exhibición impúdica del cuerpo legalizado (o algo como eso). Nunca tuve clara la conceptualización feminista. Alguna vez percibí balbuceos muy apasionantes del signo mujer como una operación otra con la que me podía identificar a nivel de productividad simbólica. Tuve una experiencia agrícola fascinante en ese registro. El feminismo académico literalitoso, en cambio, me patea el hígado (no así la comadre buena para la pega y con espíritu de horizontalidad). En términos de aborto ciudadano, la clave es evitar la proliferación de la basura humana ejerciendo como sujeto de derecho. Un mecanismo que impida los abortos mal hechos, nos referimos tanto al flaiterío como al cuiquerío CTM.

Me cargó la discusión pasada a caca en el Congreso sobre el tema; la estupidez estructural de la derecha, pero también el progresismo “culturalmente correcto” de lo que se identifica como izquierda. La intervención del Boric estuvo buena, porque le puso color y fue correctísima en relación a lo que él es, pero claro, el lugar de la verdad nunca huele bien (oye Gabriel, apoya las primarias ciudadanas de Valpo, no la caguís). En el fondo, sentí que la discusión sólo se hizo por facebook y twitter, porque la argumentabilidad política y académica de los medios tradicionales da lo mismo por lo atrincherada y predecible. Y de pronto los twitteros anales fueron protagonistas de la discusión ciudadana. Y yo ahí no me meto.

Siento, en mi fuero interno, que todos esos hijos no deseados que deambulan por mi vecindario, a medio filo (y dañados estructuralmente, los que no fueron abortados), macheteando afuera de la botillería (y de todas las botillerías de la República Aborto), se vengan de sus padres abandónicos (toda la institucionalidad). Y, por otro lado, la comunidad twittera con su inteligencia de hijos deseados y con su sofisticación abreviada (fumando cogollo en sus departamentitos) quiere conquistar digitalmente el país, metiéndonos, literalmente, el dedo en el culo. Por eso no me gustan los twitteros, encuentro que son eyaculadores precoces, con esa concisión sacerdotal tan angustiante, con ese texto miserablemente agresivo y culpógeno.

Lo bueno de todo esto es que hay una derrota estratégica de la Iglesia y de ese Chile maldito que ya sabemos. Lo que no impide padecer la imagen patética de un país que abortó hace rato. Y como dijo el gran Caszely: “No tengo porqué estar de acuerdo con lo que pienso”.