Patricio Aylwin

Cuando se vio que terminaba la dictadura, uno de los problemas más difíciles que se presentaban ante Chile era el elegir la persona adecuada para ser la “figura que enlazara” el régimen del pasado con el que se quería para el futuro.

El problema era difícil, porque no se podía pensar en una ruptura brusca en lo político y menos en lo económico, más todavía cuando el sistema neoliberal instaurado por Hernán Büchi parecía estar funcionando muy bien. Pero sin duda que había que cortar decida y definitivamente con los elementos de la dictadura que eran absolutamente incompatible con un régimen democrático y -más aún- con la dignidad misma de la persona humana. Pero aún en este caso, el proceso había de llevarse con precaución, cautela y astucia, para que no se cortase el hilo y se corriera el riesgo de volver atrás en mucho de lo ya avanzado.

¿Quién podía ser la persona? Algo que en nuestro régimen presidencial, y más entonces que ahora, era de suma importancia. Se pensó en Ricardo Lagos, brillante como académico y como político. Pero Lagos era y es un hombre de enfrentar los problemas, con habilidad pero de frente, quizá demasiado de frente. Además era socialista y esa palabra, antes de la caída del Muro de Berlín, despertaba anticuerpos infinitos en una gran cantidad de muy influyentes chilenos.

Entonces se pensó en Patricio Aylwin; a muchos no les gustaba. De partida era ya un hombre de cierta edad. Había nacido en 1918 y como se esperaba que el primer Presidente del Chile democrático tendría una dura labor, más de alguien puso en duda si a sus 71 años Don Pato tendría la energía y la perseverancia necesarias.

Pero mayores eran los problemas políticos. Aylwin había sido presidente del PDC cuando el golpe de 1973 y había encabezado los firmantes de una carta, que si bien no celebraba el golpe militar, en buena medida lo justificaba por la situación del país entonces y reprochaba al gobierno der Allende el haberlo llevado a ese estado. Esto fue así, aunque muy luego cambió su actitud en cuanto comenzó a conocer los problemas de derechos humanos.

Sin embarco en 1988, los partidarios de la ex UP tenían entonces la memoria muy fresca, no sólo de lo que había sido el gobierno de la UP; también de los socialismos “reales” que habían conocido durante el exilio, los que estaban muy lejos de constituir un mundo ideal; además, que la antigua “democracia burguesa” que Chile había tenido hasta 1970, no dejaba de tener sus virtudes y no opinaban, generalmente, que había que descalificar a Aylwin por esa causa.

Así, teniendo el PDC la primera mayoría nacional, Aylwin fue proclamado candidato presidencial de la Concertación por la Democracia en febrero de 1988. Por su parte el gobierno proclamó a Hernán Büchi como promesa de un Chile abierto al futuro.

Se ha relatado muchas veces lo que fue la campaña presidencial de 1989. Por el lado de la Concertación hubo frescura y esperanza pero también cautela. Por el lado del Gobierno se intentó -por segunda vez después del plebiscito de 1988- jugar con el miedo al marxismo, al desorden y a la violencia; olvidando, otra vez, cuanta de esta se había originado en su seno. Ganó Aylwin holgadamente.

Pero ahora comenzaba lo difícil. Pinochet, Comandante en Jefe del Ejército y acostumbrado al mando sin replica, no parecía temer a este político, austero y estudioso, con aspecto de profesor de liceo tradicional. Pero Aylwin le jugó con pericia. Nunca un no rotundo. Nunca una actitud agresiva que hiciera posible la rebeldía. Les decía a quienes lo apoyaban e incitaban a dar pasos arriesgados: “lo haré en la medida de lo posible” y más de alguna vez llegó a transacciones con el ex dictador que quizá estos reprobaban. Con todo, en esa época eran pocos, porque su inteligencia les indicaba cual era el rumbo correcto.

Es ahora cuando se ha alzado una jauría de termocéfalos ignorantes que acusan a Aylwin de “entreguista”, hasta “cobarde” y, en el mejor de casos, de “blando”, un hombre que no estuvo a la medida de su misión. Claro, ellos no estuvieron en aquella época.

¡Los tontos! El mundo sería otro sin los tontos.

Al revés, otro de los méritos de don Patricio Aylwin fue justamente haber enfrentado la difícil misión con tino y cautela, llevando a cabo sus principales medidas de gobierno después de un exhaustivo estudio. Es cierto que tuvo muy buenos colaboradores, pero eso también habla a favor de su criterio por haberlos elegido.