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“Bueno amigos, ha llegado el momento de decir adiós. Dejo Facebook. Ha sido una decisión difícil pero últimamente tenía la sensación de estar perdiendo demasiado tiempo mirando cosas por aquí, cosas que realmente no me importaban en absoluto”.

La verdad es que poco importa quién es el autor de esta frase, pero sí el hecho de que quizá refleje que se esté incubando una tendencia en medio de la vorágine que se advierte todos los días, en cualquier lugar, de millares de gentes ensimismadas en sus teléfonos inteligentes, viviendo un realidad virtual, un diálogo con un otro real, pero que en el fondo no pasa de ser un acto de fe, como la promesa de que efectivamente hay otro ser humano detrás de esas letras que se leen en la pantalla.

“A la mierda”: Hablamos con esa gente que de repente deja de utilizar Facebook, se titula el artículo que  Pol Rodellar escribe para Vice, en donde recoge las impresiones de cuatro personas que decidieron desconectarse, o tal vez volver a conectarse con el hombre tangible, concreto.

“Lo decidí un domingo por la noche, en la cama. Creo que me dolía el estómago, no podía dormir y una de las muchas cosas que pensé fue: “a la mierda, mañana me borro la cuenta”, cuenta Héctor de 37 años, quien le da al hecho nada más que el valor que le corresponde, pues sostiene que “tampoco es que sea una decisión demasiado trascendente, a fin de cuentas Facebook es una gilipollez como otras muchas, así que no lo vi como un gran movimiento estratégico, como algo heroico, sino como un pequeño paso necesario para desprenderme de cosas supletorias que me robaban un tiempo que, en mi caso, podría aprovecharse mejor”.

En realidad llevaba registrado bastantes años pero mi aportación en todo este tiempo se ha limitado a poner algunas canciones y cuatro tonterías más, estaba llenando el gran saco de internet con un poco más de porquería de la que no le interesa a nadie así que ahora hay algo de espacio extra para que lo ocupe otro con sus cosas.

¿Por qué te largaste?

Supongo que cada vez aborrezco más el uso que se está haciendo de la tecnología. Parece que el hecho de llevar todo el jodido internet en el móvil le ha absorbido el cerebro a demasiada gente, gente muy válida que ha acabado difuminándose con ese aparato del demonio siempre (SIEMPRE) en las manos y ha perdido un poco la gracia en el cara a cara, que es donde creo que debería jugarse la partida. Odio esa sensación de ir andando por la calle o estar tomando una cerveza con alguien y no saber si puedo hablarle o no porque está mirando alguna mierda en el teléfono. Pero, en fin, que cada uno haga lo que quiera, simplemente no me apetece formar parte de eso.

Al principio me hizo gracia la idea de Facebook y lo he utilizado durante años, de hecho ha sido la única red social en la que he estado registrado, pero yo qué sé, al final me veía perdiendo el tiempo mirando fotos de mis excompañeros de EGB, recetas de cocina que nunca haré y actualizaciones del Sport. Creo que absolutamente nada de lo que haya visto allí ha hecho que mi vida sea realmente mejor. Si alguien me garantizara que en exclusiva para Facebook iba a reabrirse el debate sobre si Quevedo o Góngora o por lo menos pudiera ver fotos de todos mis contactos en pelotas pues volvería a abrírmelo y hasta me pondría internet en el móvil pero creo que de momento no va a ser el caso.

Amaia, 33 años, relata que se registró en “2009 para poder ver unas fotos que colgó alguien de algún concierto y no lo usé más hasta 2011. Me piré en 2014”.

“Como amante de las “bombas de humo” me fui de un día para otro, cerré Facebook y me quité el WhatsApp de mi móvil”, revela.

Amaia, quizá como muchas personas en el mundo, asegura que su vida mejoró.

“En el momento que cerré todo fue genial, ya no veía toda esa mierda, esas fotos y comentarios y dejé de odiar a toda esa gente. Dejé atrás ese afán por mirar el Facebook todos los días varias veces y no mirar el WhatsApp. Fue una liberación pero como soy una incoherente, a los pocos meses volví al WhatsApp (si no era como no tener amigos)”.

Rubén (33 años), dice que “pensé en hacer un parlamento épico anunciando mi marcha. La putada es que hace tres años ya lo hice y como volví no me quedaba mucha credibilidad para volver a hacerlo. Tampoco quería irme diciendo “esto es una mierda”, porque yo al Facebook y a las redes les he dado mucha cera, y sería un tanto cínico que ahora me cague en la madre que parió al que se las inventó. No quería ser el exfumador que se convierte en un cruzado contra el humo: que la peña fume lo que quiera, joder. Entiendo que mi reciente aversión al Facebook es más problema mío que de la propia plataforma. Lo que sí que hice es dejar mi correo electrónico, en plan “no éramos lo suficientemente amigos como para haber intercambiado previamente los teléfonos o el correo pero si quieres algo podrás encontrarme aquí”.

Jonathan, también de 33, cuenta que se había convertido, quizá como muchos Facebook adictos, en un amante de los likes.

“Soy de vicios baratos. Facebook alimenta inconscientemente tu egolatría. Ahora ya no lo encuentro necesario. Además, me di cuenta de que la gente relata su vida sin tapujos, sin ningún tipo de filtro. Detesto ese comportamiento humano. Trapos sucios 2.0. En realidad, a nadie le interesan tus problemas. A nadie le interesa qué cenaste a noche ni si saliste de fiesta y te metiste tres rayas. A nadie le interesan tus frases con doble sentido dirigidas a tu ex. A nadie le interesan las citas de Paulo Coelho o Jorge Bucay (…) Cuando antes se dé cuenta la gente de que no interesan, de que sus vidas son igual de mediocres que las del resto del personal, más tranquilos vivirán”.

“Mantengo el contacto con las personas que me interesa mantenerlo. Para eso existe el WhatsApp. Mi vida social no se ha visto afectada ni para mejor ni para peor. Continúa siendo nula. Pero animo a todos los trolls/haters que lean esto a chapar sus perfiles. El tiempo que desperdician en Facebook pueden emplearlo en hacer todo aquello que dicen en Facebook que van a hacer. O en ver porno. El porno está muy bien. Liberas endorfinas”, concluye.