Mariel Mariel

Regresé a México hace una semana. Recurro a mis recuerdos. Lamento que los documentos que dieron seguimiento a mi caso de acoso, como mi carta de denuncia, solicitudes de reunión con el Decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile en el 2001 y testimonios de otras víctimas, estén perdidos en Santiago, junto a otras cosas que dejé atrás.

El año 2001 comencé la carrera de Interpretación en Flauta Traversa en la Facultad de Artes de la U. de Chile, paralelamente a mis estudios de Licenciatura en Artes mención Teoría de la Música en la misma Facultad. Mi profesor de Teoría me recomendó a su amigo y colega flautista, con quién me podría conseguir una audición. Desde el primer momento me di cuenta que era una persona que buscaba llamar la atención. Me dijo que tocaba pésimo, pero que quizás se podía hacer algo. Entendí que su método se basaba en instrucciones y opiniones negativas.

Las primeras clases convocó a una junta con todos los alumnos. Sería en la cervecería HBH de Bellavista. Al llegar me di cuenta que sólo yo era la invitada. Me pareció raro, pero seguí el juego sin pensar que podía haber segundas intenciones. Después de un rato el profesor me dejó en la micro y me fui a mi casa. Durante las clases que siguieron, él se dedicó a demostrar su fama de exigente y estricto. Tenía un sistema de enseñanza con aires de disciplina militar. Yo avanzaba bien en los estudios y él lo reconocía. A veces hablaba de una novia suya que se levantaba temprano a estudiar; ponía ejemplos de disciplina en medio de historias románticas.

Al poco tiempo volvió a insistir con otra salida. Yo accedí pese a que no me agradaba la idea. No tenía con quién comentarlo, ni quien me acompañara a esa junta en el Club de La Unión. Me llamó la atención que repetía las mismas historias que contó en la primera junta. Bebimos vino. Él anunció que me iría a dejar en su auto. Yo sólo fui a la cita por cuidar mis estudios.

Fuimos a buscar su auto y me fue a dejar. Al detener el auto intentó acercarse “¿Te das cuenta? ¿Qué hacemos tú y yo aquí solos?”. Yo reaccioné duramente y le dije que yo era solamente su alumna, nada más. Que olvidara toda intención de otro tipo. Salí del auto y le di un portazo, dejando claro que había cruzado el límite.
Al principio cometí el error de callarlo. Seguía empecinada con que esto no afectara mi rendimiento académico. Semanas después, durante una clase y en presencia de compañeros, se enojó por mi mala ejecución y me mandó a dedicarme a ser secretaria y dejar la música: que yo no servía y no tenía nada que hacer ahí. Logró quebrarme y lloré. Mis compañeros no se asombraron. Al parecer todos habían pasado por este tipo de humillación. Resistí y los meses pasaron.

Llegó el fin del año y había que prepararse para el examen final. La clase era con una pianista rusa que no entendía español. Cuando me tocó pararme frente a la partitura, fui interrumpida: “¡¿Cómo es posible que te estés exhibiendo en clases?! ¡¿Qué te has creído mostrando los calzones?! ¡Mostrando el poto!”. Yo estaba vestida con pantalones a la cadera y calzones hasta la cintura. Llevaba una polera de cuello alto que lo cubría todo; pero se me levantó un poco en la espalda y efectivamente se vio mi gruesa ropa interior.

Los gritos continuaban, paré de tocar porque perjudicaba mi evaluación. La rabia, vergüenza y frustración me nublaron. Intenté comportarme, pero no había opción de dejarlo pasar. Salí en shock, corrí al baño, lloré. No lo podía creer. Volví a la sala a buscar mi instrumento. Le dije que no era la primera vez y que iba a tomar las medidas correspondientes. Que lo denunciaría, a lo que contestó: “Llama a tu mamá y a tu papá para decirles que vienes aquí mostrando los calzones y el poto”.

Salí de la Facultad de Artes y no volví nunca más. Mis notas tendían a ser excelentes hasta la segunda cita con este sujeto. Después de eso, bajé mi rendimiento, dejé de ir a varias clases, no podía concentrarme. Tenía 19 años. Llevaba meses guardando esto como secreto.

Una tarde pasé a ver a una amiga del colegio y le conté la historia. En su casa vivía una chica gringa y había tenido una historia terrible, con el mismo sujeto. La llevó a la misma cervecería, pero corrió peor suerte que yo, siendo víctima de una agresión extremadamente grave. Le pedí su testimonio para denunciarlo con las autoridades de la universidad. Ella mandó una carta detallada. Siguiendo el conducto regular, hablé con la coordinadora de mi carrera, señora Clara Luz Cárdenas, pero no pasó nada. Fui con mi mamá a hablar con el Decano de aquel entonces, señor Luis Merino, quien decretó un sumario. El año terminó y viajé al extranjero. En marzo volví a la Facultad decidida a congelar. Para mi sorpresa, al ingresar mi nombre, mi carrera aparecía como cancelada. Fui expulsada. Ese es el último recuerdo que tuve de mi paso por la Chile.

Entré a estudiar flauta a la UC, donde conocí a otra alumna que había sido abordada por el mismo profesor que me acosó. Ella me apoyó con una carta de denuncia describiendo cómo él le había metido su mano por el cierre del pantalón. Cansada de este ambiente, dejé los estudios de música clásica. Me titulé como Licenciada en Pedagogía Musical en la Universidad Mayor y comencé a planear mi vida en otro país.

El pasado 10 de mayo recibí el Premio Pulsar a Mejor Artista y Disco de Música Urbana; y denunciando este caso, saldé una deuda conmigo misma. Con aquella Mariel de 19 años, queriendo sanar ese dolor. Ese profesor puso mi vida personal y profesional en riesgo e interrumpió con ello mi vida ¿Por qué alguien podría tener derecho a hacer eso con mi vida o con la vida de sus alumnos?

En la Ceremonia de Pulsar conversé con un profesor de la Facultad de Artes, quién me confirmó que este tipo volvió este año a dar clases. La Chile mantiene entre sus aulas a un abusador y expone alumnos a sus tratos vejatorios. Luego de mi declaración, la actual Decana Clara Luz Cárdenas trató de contactarme, pero ahora dudo que valga la pena. Tuvimos una oportunidad cuando ella ejercía como coordinadora. Yo pensaba que siendo mujeres, ella podría haberse esmerado en protegerme. Yo solo hice esto porque hay muchas niñas que siguen padeciendo abuso sexual y de poder en las universidades; instituciones que lejos de cuidar el conocimiento, se rigen por estatutos anquilosados y distantes de la realidad de sus alumnos.

Foto: Sandra Blow