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Cuando se habla de series de tv, se habla de la cantidad de dinero invertido, de audiencias, cifras. Como el tratamiento de ciertas carreras (periodismo, sociología) en algunas universidades: directo al negocio y al cliente, el contenido no importa, menos lo que ellos denominan el “costo social” y que no es sino la marginación de los que quedan fuera. De manera que cuando vi en la tele a dos periodistas, una de ellas muy guapa e inteligente en un programa que se llama El Descapotable –aunque habría que hablar del que dicta las preguntas mediante un micrófono– se habló nuevamente de cifras, sin tocar en ningún momento el tema de True Detective, una ficción que es el retrato sórdido de los campesinos precarizados de los pueblos abandonados, utilizando esa expresión en el sentido que la ocupa ese grupo (Mellado, Barrientos, F. Smiths, Geisse) y no de la provincia lárica idealizada (Teillier, E. Chihuailaf, etc.). Pueblos abandonados, lumpen, la cantidad de sectas y farsantes, traficantes, pedófilos, pastores Soto y Antares de la Luz, forajidos, psicópatas de todos los colores y sabores repartidos en paisajes desérticos. De eso ni se habló, pese a que en Chile había pasado hace poco lo de Antares y lo de Soto. Es verdad que este último es más payaso que sórdido, pero es pan nuestro de cada día, como los femicidios y el acoso social, igual de brígido que el sexual –tanto que a veces se combinan– y que se ve muy nítido en las universidades, precisamente cuando los jóvenes no saben defenderse. Eso lo vimos y lo padecimos todos en los años noventa en la universidad.

La serie era un retrato de EEUU, del EEUU cruel, tóxico, invivible. El discurso del detective salvaje medio filósofo y melancólico, el actor Mattew McConaughey, que hace suspirar a las mujeres, hablaba hasta de Capacidad Negativa, que es un concepto del poeta John Keats (Londres 1725, muerto a los 26 años). “Capacidad negativa, es decir, aquella por cual un hombre es capaz de existir en medio de incertidumbres, misterios, dudas, sin una búsqueda insidiosa y tozuda del hecho y la razón”. O sea, la habilidad de contemplar el mundo sin desear reconciliar los contrarios o intentar encerrarlos en un sistema racional y cerrado, ese afán de orden muy milico por lo demás. Ese concepto extraído de la poesía es el que permite la supervivencia en esos infiernos llenos de psicópatas y criminales. Un estado de cuerda floja en el que se debe vivir entre estados conflictivos sin intentar reducirlos. Para qué hablar de cifras.

No veo tantas series, veo cine. Pero True Detective me hizo picar el anzuelo que continué con The Jinx, documental que comienza con el hallazgo de un torso humano. Los ratis no saben qué hacer: no hay huellas ni manera de identificar, hasta que dan con el asesino: un multimillonario siniestro cuyo vacío mental, gestos y manera de hablar –entrevistado por un documentalista con bastante estómago y morbo, diría yo– vale la pena analizar. Es ver al mal en todo su cinismo y a rostro descubierto. El tipo representa básicamente el vacío, que llena con la mejor de las entretenciones para un multimillonario: mutilar a un vecino molesto con una sierra, asesinar a su esposa. De cuántas orgías, pedofilia y perversiones varias hay que no sabemos a no ser que tengamos un amigo perteneciente o expulsado de las cúpulas que manejan la pelota. Este tipo quiere jugar con la policía y la prensa, ponerlos a trabajar: el país es suyo. Lo que llama la atención es que se trata de un tipo de aspecto bastante normal, excepto por esos ojitos vacíos, odiosos y tristes de udi, esa miradita de Jovino, ese labio inferior de Ernesto Silva que merece un artículo completo escrito por un groso como la vieja Donoso o como Wacquez. El vacío y el odio ciego en la mirada.

Me pregunto por el vacío que buscan los budistas, que es completamente opuesto y busca la compasión y unidad del mundo con el mundo. Este chacal multimillonario descuartizó a un tipo, mató a su mujer por querer tener un hijo –él no quería hijos–, jugó con la policía y el país más poderoso del mundo como quiso. No cree en nada. Ese vacío es el mismo que nos asalta cada tanto, y tratamos de construir sentido como sea. Aunque la sociedad y el sistema intenten asfixiarnos, uno trata de buscar una manera: este tipo no, esos ojos udientos los conozco. Es obvio que va a saltar el tema: la banalidad del mal, cuando Arendt no considera al asesino de guerra Eichmann como un monstruo, sino como un simple burócrata –un pobre tipo– que hizo su trabajo como quien va a la pega con nada en la cabeza. El sistema es el perverso. Y puede fabricar un criminal.

El título de la próxima serie lo dice todo: un criminal se puede construir para criminalizar a la clase baja. Making a murderer es una serie documental que cuestiona con objetividad y muchos años de investigación el funcionamiento de la justicia estadounidense, de cómo se cargan a la clase baja blanca sistemáticamente. La serie hizo que hasta Obama se pronunciara. Cuando uno ve que las series y el cine hacen este trabajo y luego ve a algunos periodistas hablar y escribir como si se tratara exclusivamente de entretainment y cifras, se extrañan artículos que sin ser terriblistas, conspiranoicos ni enrevesadamente hediondos a academia, foucaultianos al dedillo o resentidos, den cuenta de estos temas. Que toquen un poquito, al menos, lo que el cine o las series nos están diciendo con bastante claridad.