Andrés-Gallardo-_-Foto-Cristóbal-Olivares-P24-THE-CLINIC-634
En sus relatos el país enloquece o se distorsiona: a Parra lo vapulean por proferir insultos contra la Cordillera de la Costa y a Mariano Latorre lo incriminan por haber ido a terminar sus días “en la cuenca corrupta del Mapocho pestilente”; Santiago ya no es centro ni meta, y un pueblo del sur puede independizarse y declarar unilateralmente el Principio de No Intromisión en los Asuntos de la Madre Patria, que para el caso es Chile.

Tan inclasificable y quitado de bulla que corre el riesgo de ser descubierto y redescubierto a cada rato –según anotara Adriana Valdés–, Gallardo ha ido escribiendo su obra a buena distancia del mainstream literario, Macondos y McOndos inclusive, sin dejar de remitir algunas páginas del canon nacional a las llamas de un asado con pipeño de Guariligüe. Nació en la capital en 1941, se crió en los campos aconcagüinos, se doctoró en Estados Unidos, trabajó en Concepción y hoy vive en Huechuraba, donde no se complica para hablar del cáncer gástrico que lo aqueja. Con dos de sus libros recién reeditados (“La nueva provincia” y “Obituario”) y otro más en plena elaboración (“La ciencia de las mujeres”), Andrés Gallardo pareciera identificarse con la serenidad de los veranos de Cobquecura que él mismo describiese: veranos ni cortos ni largos, veranos “que duran lo que han de durar y han durado siempre”.

No sé si es en función o a pesar de la ironía, pero en sus textos hay otras formas de organizar el territorio o de vivir lo local.
–Así es, y a lo mejor eso resulta anómalo para cierto canon, pero en parte ya estaba en autores como don Luis Durand o don Eduardo Barrios. La diferencia es que esos señores lo hacían de una manera que podríamos llamar militante, hasta un poco enfermiza a veces, en cambio yo entiendo que se trata de algo serio y al mismo tiempo no tan serio, no tan tremendo.

Igual entra en juego la supuesta homogeneidad del país, y una especie de rebelión huevetera frente a lo que se impone desde Santiago.
–Yo sé que mis libros son chistosos y que los personajes quedan un poquito en ridículo. La idea mía es que en las provincias hay un germen importante de identidad: por lo menos la gente sabe quién es y sabe también qué hacer con su vida. Por otra parte, está claro que en un contexto internacional este centro de nosotros no es centro de nada.

Esos personajes suyos suelen reírse de los santiaguinos que llegan a conquistar el campo como criollistas trasnochados.
–La verdad es que la narrativa de acá no ha dejado de ser criollista, por muy moderna que se la crea. Tiene la misma obsesión de hace un siglo por mostrar lo que se presume es la vida real en Chile. Una transparencia muy tramposa, un seudorrealismo. Los personajes de don Mariano Latorre hablaban de ojotas, pero el narrador llegaba al extremo de hablar de “babuchas”. Sólo los personajes tenían derecho a tomar chupilca, porque don Mariano prefería referirse a una “pócima”.

¿Por qué ese recato?
–Puede que sea una cuestión de clase, pero además es un problema de tradición. Es gente que aspira a ser traducida y leída interhispánicamente. Los que se atrevieron a incorporar el español de Chile fueron los poetas. A los novelistas les cuesta tanto. Perdóname, pero Donoso, Bolaño, para qué decir Isabel Allende, son muy asépticos en ese sentido. El punto sería dejar que el español de Chile permeara el flujo de tu propio texto y no sólo el de los personajes. Modestamente creo que yo lo hago o lo trato de hacer.

Hay quienes hablan hoy de un regreso de la élite al campo, un simulacro muy kitsch de chilenidad, una “neo-ecuestrización”.
–Algo ocurre al respecto, pero para eso hay que tener mucha plata, una casa con corredores, tejas, caballos. Lo puede hacer Cardoen pero está claro que yo no.

De todas maneras la reivindicación regional se ha hecho más visible en los últimos años.
–Sí, lo de Aysén fue impresionante, y ahora es de lo más común que un pueblo le diga no a una termoeléctrica, por ejemplo.

Se rebelan no más, como en su “República Popular Latinoamericana de Coelemu”.

–Es que mis personajes saben que es un juego transformar a Coelemu en un país independiente, pero saben además que es un juego que vale la pena jugar. Bueno, los coelemanos están absolutamente seguros de que las longanizas de Coelemu son mejores que las de Chillán, y que si nadie más lo cree es sólo por el hegemonismo chillanejo. Esto que te digo es real, no ficción.

¿Y de verdad son mejores?
–Te respondo con la frase de un amigo de Chillán cuando le pregunté por el tema: “¿Has visto a las candidatas del Miss Universo? Unas son más claritas, otras más oscuritas; unas más grandes, otras más chicas, ¡pero son todas buenas!”. No sé si estás enterado, pero es inminente la transformación de Ñuble en región. Lo interesante es que en Coelemu existe un movimiento para que si se crea esta región nueva, Coelemu pase a ser una provincia. Y uno de los argumentos que ellos esgrimen para el proyecto de provincialización es mi novela. Me han invitado de la municipalidad a visitarlos.

¿Piensa ir?
–Ya no estoy para eso, no me siento en condiciones. Después de la primera edición sí fui, y di charlas, hablé con profesores de liceo, etcétera. Fíjate que un señor de la administración no podía creer que yo supiera tanto del pueblo. Cómo sabe que la señora equis fue amante de cierto alcalde, me decía, si eso apenas se rumorea. Yo le respondí que era pura ficción, porque dime en cuántos pueblos de Chile la esposa del boticario no anda con el alcalde o con el teniente de Carabineros.

¿Ha sido usted un “escritor de provincias”? ¿Le gusta ese rótulo?
–Lo asumo un poco en broma, pero prefiero decir que soy un escritor de lengua castellana que ha vivido en Concepción y que ha conocido y valorado ciertos ámbitos provincianos.

Lo normal es que el término “provinciano” equivalga a un insulto.
–Sí. Pienso en una polémica de los comienzos de la U de Concepción. Este famoso Alejandro Lipschutz trató al rector Molina Garmendia de “sabihondo de provincia”. Sólo para descalificarlo. Yo me conformaría con que lo provinciano se asociara a una identidad local que no es incompatible con marcos mayores. Los europeos nos han dado una lección en ese sentido. El origen como una fuente de respeto, Ionesco en París, o estos suecos que agarran su Volvo último modelo y dos veces al año se disfrazan y viven como lapones. Fuera de broma, la identidad espacial, con o sin ingrediente étnico o lingüístico, es importantísima. Lamentablemente yo no pude vivir eso en toda su intensidad emotiva. Sí lo veía en mi amigo el gran escritor Fidel Sepúlveda, que fue declarado hijo ilustre de Cobquecura. Mis posibilidades de ser declarado hijo ilustre de Santiago son exactamente iguales a cero.

CIUDAD BRUMOSA
Gallardo llegó a trabajar a Concepción el 79, después de que lo echaran de la Universidad Católica. En territorio pencopolitano debió padecer la “vociferante represión” que el pinochetismo infligía a la cuna del MIR. Por allá se enteró de viejos orgullos regionales –los mismos que hoy reaparecen en conflicto con Talca– y tuvo que vérselas además con el sórdido barroquismo de cierta literatura dominante en la zona, esa imagen radicalmente degradada que Daniel Belmar fijase en libros como “Ciudad brumosa” y “Los túneles morados”. “Es raro –dice–, yo no he visto que la bruma en Concepción sea para tanto. Un hijo mío acaba de sacar un libro de poemas, ¡porque salió poeta!, y es de una sordidez total. Está lo de Gonzalo Rojas con la calle Orompello, y todos hablando de naufragios, de decadencias, de objetos rotos, de manchas de tinto, esa cosa desenfrenada de la bohemia. Tú la conociste…”

Un poco… Pero usted afirma que allá hay una tradición literaria asentada, autoconsciente, formada al alero de la universidad.
–Efectivamente la Universidad de Concepción ha sido fundamental para que se haya creado una intelectualidad muy relevante y con características propias. Aunque también están esos escritores adánicos que miran a la U con mucho resentimiento y quieren escribir como si allá nunca se hubiera publicado ni un solo folleto.

La crítica suya apunta también al académico esnob que se pasa la vida buscando novedades teóricas.

–Pero claro, tú no puedes pretender dialogar desde acá con Chomsky. Eso es un monólogo, porque nosotros la verdad es que no existimos, ni para Harvard ni para el M.I.T. Sólo existimos como posibles receptores.

¿Siutiquería intelectual?
–Tendríamos que dialogar más entre nosotros. Mira las bibliografías de algunos de mis colegas, un esfuerzo poco menos que sistemático por excluir a los pares chilenos. Yo una vez escribí un artículo sobre la gramática de los colores. Bueno, después apareció una colega hablando de lo mismo, con una bibliografía internacional enorme, y yo no figuraba por ninguna parte.

¿Y qué destacaría de su propio trabajo como lingüista?
–A mí me ha interesado mucho la gramática. Por ejemplo, trabajé sobre la preposición cero. En términos muy sencillos, quise mostrar que la ausencia de preposición, concretamente en algunos complementos, por contraste funciona igual como una preposición. Por ejemplo, si tú dices “busco a una secretaria”, no es lo mismo que “busco una secretaria”, ¿cierto?

Cierto.
–En el primer caso hay una mujer específica, y en el otro hay alguien que cumple una función no más. La ausencia de proposición es decidora, y un maestro mío, don Ambrosio Rabanales, habla entonces de preposición cero. Nadie le ha dado importancia a esto que propuso en Chile don Ambrosio. Ahí tienes lo que ha ocurrido también con don Andrés Bello…

A Bello usted lo deja casi como un visionario, un Saussure o un Derrida avant la lettre.
–Pero sin ninguna duda, no vamos a estar leyendo sólo “Linguistic Inquiry” y las demás revistas que vienen de Estados Unidos. Oye, hay unos cuantos lingüistas norteamericanos que se quedan con la boca abierta cuando leen a don Andrés.

Como miembro de la Academia de la Lengua usted interviene en la conformación de nuevos diccionarios. En la Comisión de Lexicografía, por ejemplo, discute la pertinencia de algunos chilenismos.
–No sólo hacemos eso. Incorporamos y también sacamos. La gente no lo sabe, pero cuando una palabra aparece sólo una o dos veces en diez millones de citas la declaramos “obsolescente”. Va a haber un diccionario histórico para esas palabras medio muertas. Con lo que sí hay que tener mucho cuidado es con La Cuarta, porque esos señores inventan. Dime desde cuándo se les ha llamado petazetas a los españoles.

Yo creo que desde nunca. ¿Y qué otra palabra les ha interesado ahora último?
–Para nosotros los más viejos, por ejemplo, es de una novedad absoluta el uso de la palabra “pajero” y de la expresión “me da paja” en el sentido de “desidia”.

Dentro de estos fenómenos lingüísticos, parece que lo que más le apasiona es la poesía.
–Cada vez me queda más clara la increíble capacidad de comprensión que tienen los poetas acerca del lenguaje. Aparte de don Miguel de Cervantes y de lo que escriben los amigos, hace bastante tiempo que yo no leo más que poesía, desde don Gonzalo de Berceo hasta un par de contemporáneos penquistas, como Juan Pablo Riveros y Omar Lara.

Usted es de los que considera a la poesía como un acto de conocimiento, y al poeta como un compañero de lucidez del científico.
–Hace poco releí a un poeta rumano, Marin Sorescu. Tiene un poema donde nos está diciendo que claro, tenemos un pensamiento, pero este pensamiento sólo es posible mediante el lenguaje, y a su vez el lenguaje sólo existe como una manifestación del pensamiento. Los poetas se ven obligados, por la naturaleza misma de su trabajo, a estar planteándose esta situación en todo momento. Ahora, cuando yo digo poetas, me refiero a gente de primera línea…

No a poetastros ni a chamullentos…
–No sé, son feas esas palabras. Mejor cuadrarse con Cervantes, porque don Miguel se daba cuenta que en él había una traba para escribir poesía, y sin embargo admiraba y odiaba al mismo tiempo a tipos como Lope de Vega, o tenía una admiración sin límites por Garcilaso.

Y de narrativa chilena reciente, ¿ha leído algo?
–Muy poco. A Zambra le reconozco su madurez, pero no es que me interese particularmente. Uno que me gusta es Gonzalo Contreras…

¿En serio? ¿A pesar de que hoy algunos lo quieran hacer bolsa?
–Sus cuentos son extraordinarios.

Pero en “La ciudad anterior” todos los provincianos son idiotas, cretinos o paralíticos.
–Igual me parece bueno. Con contradicciones internas, pero con una tensión creativa poco común entre los narradores chilenos.

Yo a usted lo veo más cercano a Marcelo Mellado. Y no sólo por el tema. Adriana Valdés dice que donde Mellado par-odia, Gallardo par-ama.
–Me parece que sí, sólo que él es en el buen sentido un poco más energúmeno, cosa que yo por personalidad evito. Pero existe esa coincidencia, y ambos sabemos cómo nos marcan los espacios periféricos.

CONTRA EL BRONCE
Andrés-Gallardo,-Escritor-01
¿No será que su vinculación temática y biográfica con la provincia ha gravitado negativamente para su canonización en términos nacionales?
–Puede ser, pero por otro lado está mi actitud. Ser parte de una farándula literaria no me puede interesar menos. Me basta con los doscientos que me leen bien en este país. Obviamente quisiera que me publicaran en veinte idiomas y me pagaran un millón de dólares por derechos de autor, pero es una fantasía.

Tal vez influya otra cosa: a muchos todavía les parece imposible que un profe universitario escriba libros “creativos”.
–Es cierto, aunque en Concepción hay una poeta estupenda que es profesora de farmacología, otro que es dentista, otro que es entomólogo. Don Daniel Belmar también era farmacéutico.

Ya que estamos con canonizaciones, en el prólogo a “Obituario” escribe que morirse es una idea muy poco literaria. Uno pensaría que es al revés.

–Cuando hablamos de la muerte no hacemos más que repetir tópicos. Todo lo que decimos al respecto viene de Mesopotamia y de no sé dónde, y hablamos del río, del camino, del viaje, del encuentro. Pero la muerte es una realidad biológica anterior a cualquier escarceo literario.

A los finados de ese libro la muerte siempre los termina jodiendo. Quieren decir unas últimas palabras muy grandilocuentes y al final se mueren entre chanchos, o tirando una chuchada.
–Claro, está ese señor que quería irse con una frase solemne, pero la muerte lo sorprende justo cuando le acaba de decir a su enfermera “tráeme la cantora”. Después sólo alcanza a agregar “ya la cagué”.

Otro pretende citar a Goethe pero se va diciendo “ándate a la cresta”.
–También me gusta ese. Y uno que no es de últimas palabras, el de los primos que tenían una foto en pelotas de la tía finada, una foto que sólo circulaba entre los primos hombres, y cuando éstos la vuelven a mirar, dicen “era harto rica la tía Lila”. Yo no he pensado todavía cuáles serán mis últimas palabras. El problema es que pueden ocurrir en cualquier momento, y a ese respecto algunas personas tienen más suerte que otras.

Discúlpeme que me ponga relamido, don Andrés, pero dado que conoció a Lihn, tengo que preguntarle si se puede vivir al mismo tiempo en el país de los sanos y en el de los enfermos.
–Lihn y su “Diario de Muerte” son un caso ejemplar. Fui relativamente amigo de Enrique. Al principio era bien receloso conmigo, me miraba feo. Después se rompió la reticencia. Era muy peleador y muy activo en el mundillo, y se dio cuenta que poco a poco iban desapareciendo las amistades. Eso del país de los sanos y el país de los enfermos sólo lo entienden los que pasan por este trance. Es así, uno cuando tiene una enfermedad terminal sabe que no puede soslayarlo.

Se dice que la enfermedad y la muerte provocan una crisis de lenguaje, una imposibilidad de nombrar, pero usted sigue huyendo de la alharaca, del tremendismo, incluso ahora.
–Sé que ya no paso de mediados de año o de fines de año. Esta será una de mis últimas entrevistas, no habrá más. En enero del 2015 tanto mi médico de cabecera como mi oncóloga me dijeron “mira, no tienes vuelta, te queda más o menos un año”. Ya sobreviví al año y ahora sólo estoy con un tratamiento paliativo. Te prometo que me sorprendo de lo tranquilo que estoy, no voy a dejar arruinado a nadie, creo en una trascendencia, entonces bueno, llegará el momento y chao. Por lo demás, rebelarse frente a esto no tiene ningún sentido. Don Rodrigo Manrique, cuando la muerte lo conmina, dice: “Y consiento en mi morir / con voluntad placentera, / clara y pura, / que querer hombre vivir / cuando Dios quiere que muera / es locura”. Me encantan esos versos. Así que no, ninguna rebeldía.

La novela “La nueva provincia”, del 87, fue reeditada por Liberalia en octubre pasado.

Los microrrelatos de “Obituario”, originales de 1989, acaban de reaparecer –en versión corregida– por Ediciones Overol.