Rafael Gumucio

En “Contra la inocencia” expones tus objeciones al animalismo. Un mundo bastante superficial para ti, pero en el que has ido descubriendo cosas.
–Entré al animalismo de forma superficial. Fue cuando el rey de España mató al elefante y todo el mundo estaba horrorizado, pero a mí me parecía que si existen los reyes y la monarquía, es para matar elefantes. Y opiné. Y tuvo una repercusión súper fuerte. Y luego cuando Lucerito mató una cuestión, parece que era un búfalo, caí de nuevo en opinar. Y luego pasó lo del incendio de Valparaíso y sus consecuencias.

Ahí te hicieron bolsa los animalistas por celebrar la muerte de perros vagos en el incendio.
–Una jauría salvaje me atacó. Pensaba que el animalismo era algo superficial, una especie de liberación de Walt Disney mezclada con sentimentalismo barato, y que tenían una visión muy triste y escasa de la ética. Después descubrí que estaba equivocado.

¿En qué te habías equivocado?
–No entendía bien la relación del mundo popular, o chileno, con sus animales y mascotas. Me cuesta mucho entenderlo, porque les tengo fobia a los perros. Y tengo total indiferencia por los gatos y total admiración por los caballos. Y por el resto de los animales, nada. Me costaba mucho entender que no era solamente una cuestión hipster o un movimiento posero, o la lógica de alguien que no tiene nada, pero que si tiene un plato de comida, lo comparta con su perro. O que duerma con él. O toda esa gente que le pone ropa a los perritos, pero que es gente pobre, no señoras de Nueva York. Ese fue el primer error. Y el otro fue minimizar al mundo del animalismo, ridiculizarlo. Ahora me di cuenta que es algo grande, importante, esencial, pero ahora mi desacuerdo es más profundo.

¿Cuál es tu crítica principal hacia los animalistas?
–Me parece que sentimentalizan nuestra relación con la naturaleza, pensando que el sentimiento es lo mismo que la razón. Si bien los hombres somos animales, ellos ignoran nuestra capacidad de hacer el bien y el mal, de elegir entre el bien y el mal. Me parece que esa capacidad –incluso de ser cruel y sacrificarnos gratuitamente– no es un error sino nuestra gracia. Es lo que nos hace únicos como especie y lo que a mí me interesa de ser hombre: todo lo que escapa a la necesidad y al instinto, la conciencia. Y en cierto animalismo veo que se banaliza la conciencia hasta convertirla en un problema y no en una fiesta.

¿Y no es un asunto de conciencia tratar bien a los animales?
–Estoy de acuerdo que el trato que le damos a quienes no se pueden defender, nos define como persona. Que es éticamente superior pensar en los que no pueden pensar, y preocuparse de los que no pueden rebelarse. Pero estoy en desacuerdo en usar la voz de los que no la tienen para decir mi propia frustración, mi propio abandono, mi propia soledad. No estoy de acuerdo en que debamos volver a la manada donde los fuertes siempre ganan la batalla.

Tú acusas a los animalistas de ser iguales a los que se oponen al aborto.
–Hay mucho animalista pro aborto, pero es ilógico. Porque los argumentos contra el aborto son los mismos que ocupan con el animal: que siente, que es indefenso, que no le ha hecho mal a nadie. A mí me encanta un ensayo de Natalia Ginzburg sobre el aborto. Ella dice: es matar una posible vida, pero tenemos que admitir que a veces hay una necesidad mayor para hacer esa crueldad. Uno hace pacto entre lo que sería lo óptimo y lo que no. Matar a un feto no es lo mismo que matar a un ser humano. Pegarle a un animal no es lo mismo que a una persona.

¿Qué lugar les darías a los animales?
–El lugar que siempre han tenido: el campo. Los gatos que se vayan a cazar ratones. Las cosas tienen que tener utilidad.

Pero para mí puede ser útil tener un gato o un perro de compañía.
–Sí, pero es kitsch. Uno puede permitirse ese tipo de cosas. También tengo cosas que no me sirven para nada. También puedo tener flores de plástico.

Pero no son comparables. ¿Para ti los animales son un mero objeto?
-No. Es algo que tiene un lugar, un orden. Y romper ese orden es muy humano. Si tienes un gato doméstico y lo adoras y lo tratas como a un hijo y le das leche, está bien. Es parte de la anomalía y de la maravilla del humano, que somos capaces de deformar la realidad. Es lo mismo que hacer ciudades o desviar ríos.

EL RODEO

¿Qué más has descubierto del mundo animalista?
–Descubrí que el animalismo es una visión ética que parece buena onda, pero que en el fondo es fruto del capitalismo. La ley de la jungla tiene dos lados: el capitalismo que dice que el mundo es una jungla y el lado animalista que dice que nosotros somos Mogwli y que estamos en el Libro de la Selva. En el fondo, el animalismo es un odio al animal.

¿Por qué?
–Es un desconocimiento total del animal. Es tratar al animal como uno mismo: pensar que el toro siente lo mismo que yo, o que piensa igual que yo. El problema de cierto animalismo es su imposibilidad de concebir la otredad del animal.

¿Qué te pasa cuando homologan el dolor animal con el de las personas?
–No podemos saberlo, porque los animales no nos pueden contar su dolor y yo desconfío de los intérpretes. Tiendo a pensar que la gente siempre habla de sí misma, y más aún cuando comete la violencia inaudita de arrogarse la voz de quien no puede hablar.

Pero los animales también sienten dolor.
–Evidentemente son sintientes. ¿Pero sentir es la base de la ética? No. Un ser sintiente merece respeto, pero no tiene derechos. El derecho nace de la razón.

¿El perro no tiene derechos?
-No, porque no es sujeto de derecho ni un ser razonable. Tampoco tiene deberes. Si tuviera derechos, tendría deberes. Mis hijos tampoco tienen deberes y derechos. Yo soy el guardián de mis hijos y yo pago por los destrozos que ellos hagan. Y si yo los maltrato, también pago yo. No son menos personas por eso. Esa idea de que las distintas categorías son iguales, no. No le puedo leer la ley al perro y decirle si está favor o en contra. Es una crueldad si lo someto a la ley. Si el perro roba, ¿lo voy a tomar preso? ¡Si el tipo no sabe lo que es robar!

Pero eso es un absurdo. La discusión no va por ahí. Es velar por el bienestar de los animales, de que no los metan a un circo, no los usen en la industria cosmética…
–Esa es parte de la defensa, pero la defensa profunda y real es que los animales no se equivocan, no hablan de más, no traicionan, no mienten. Eso es lo que se rescata del animal. O sea, la visión nietzscheana del universo. Eso no corresponde.

¿Qué te parecen las corridas de toros o el rodeo?
–Son metáforas, ritos de paso, fiestas que cuentan una historia que todos los hombres vivimos: la lucha por vencer fuerzas superiores a nuestra fuerza. Es la historia de la derrota de esas fuerzas y del enfrentamiento del hombre con los animales que los asustaban y que aprendieron a domesticar para construir, sobre esa domesticación –a veces violenta, a veces absurda, como en el caso del rodeo–, la cultura agropecuaria sobre la que se fundó nuestra civilización.

Pero por qué hacer pasar por una crueldad a un animal…
–Si se hiciera todos los días, sería una estupidez. Es un momento simbólico para decir: los seres humanos para ser seres humanos hemos tenido que ser crueles. Pero si queremos que la crueldad sea un arte, no queremos que sea un acto banal. Y ahí uno podría decir: bueno, entre las avícolas que matan 250 mil pollos sin dignidad y los toreros que los matan con dignidad, hay un abismo. Uno podría decir que hay algo terriblemente cruel y cuestionable en las avícolas. Pero el hecho es que si somos seres humanos, tenemos que lidiar con que todos los días hacemos una cantidad de actos crueles y desalmados para vivir. Los animales también lo hacen, pero no tienen conciencia de ello. Nosotros nos preguntamos por ello y está bien. Lo que pasa es que yo fui animalista.

¿En serio, cuándo?
–A los ocho, nueve, diez años era un animalista convencido. Y era el año 78, una época en que mi familia era de izquierda y el tema era la revolución, no la ecología ni los animales. En esa época, yo coleccionaba libros de animales en vías de desaparición. Y ahora que no lo soy, cuando estoy con un animalista de 45 años, le digo: estoy hablando conmigo a los ocho años.

Pero eso es ridiculizarlos…
–Bueno, te digo, yo era mirista a los tres años. Y cuando veo a un tipo del MIR, digo “soy yo a los tres años”. Y era virgen a los 18. Calculo la edad mental de las personas según lo que yo hacía…

¿En qué edad mental estás?
–Voy a quedar como Álvaro Díaz, pero siempre fui igualmente inteligente que ahora. E igualmente idiota que ahora. Mi cabeza no ha mejorado ni empeorado. Solo mi percepción de la realidad. Y claro, mi experiencia vital de entonces me decía que la crueldad era algo intrínsecamente malo. Y que lo que uno le hacía a un perro, a un gato o un pollo era igual a lo que nos habían hecho los militares, así que nosotros no podíamos alegar contra la tortura y los asesinatos si comíamos bistec todos los días.

¿Qué te hizo cambiar de opinión?
–Acepté que a los ocho años me veía como víctima de todo. No tenía la percepción de que uno puede hacer un acto cruel, despiadado incluso, y que ese acto puede ser bueno.

¿Has hecho actos crueles?
–Sí, pero no me acuerdo cuál.

¿Has matado algún animal?
–No. Para eso hay que tener una especie de imaginación. Te tienen que gustar mucho los animales para hacerles ese tipo de cosas. Tendría que sentir algo. Yo no siento nada porque un animal muera. Ni bueno ni malo. Pero sí: he matado millones de arañas y 450 zancudos.

PERROS METRALLETAS

Algunos creen que tu mirada hacia los animales es muy antropocéntrica.
–Totalmente. El ser humano es una maravilla, una fiesta. El ser humano puede matar y puede salvar. Puede pecar, equivocarse. El humano es de un nivel de evolución y conocimiento que no se puede comparar con ninguna otra especie. El proyecto humano es una idea maravillosa. Terrible, pero maravillosa. Es verdad que los animales hacen mejor algunas cosas: cazan, recolectan, tienen sociedades más jerarquizadas, funcionan mejor. Pero lo que ningún animal hace es pintar un pared o tocar un tambor por nada. Eso defiendo. Y una de esas cosas es domesticar animales, tomar un gato salvaje y transformarlo en un angora. El haber domesticado al animal y transformarlo de un enemigo en un chiche, es una aventura humana maravillosa. Y supongo que muchas personas, con toda razón, celebran ese acontecimiento a través de sus perros y gatos.

¿Has tenido mascotas?
–Sí, muchas. Mi padrastro siempre quería que tuviéramos animales. Él era muy fanático de El Principito, libro que detesto por sobre todas las cosas del mundo, donde hay unos pedazos donde el zorro pide que lo domestiquen. Yo lo encontraba terrible, no quiero domesticar a nadie: Ni a mi esposa ni a mis hijas.

Pero si alguna de tus hijas se enamorara de un gatito… ¿se lo regalarías?
–Tuvimos un gato.

¿Cómo te llevabas con él?
–Bien. Los animales siempre me han respetado. Mi gato tenía mentalidad de perro. Siempre estaba llorando, pidiendo cosas, quería comer y estar con nosotros. Me habían dicho que los gatos eran independientes, y éste no era así. Yo me sentía súper mal.

¿Por qué?
–No me gustaba que dependiera de mi amor y mi comida. No me gustaba ese poder. Por eso todos estos actos contra la crueldad animal me resultan tan ajenos. Patear a un perro o verlo sufrir, me resulta algo tan estúpido que no lo haría nunca. No me quiero creer santo, pero siempre pienso que lo que uno le hace a otro, le puede pasar a uno.

¿Qué pasó con ese gato?
–Ya no está. Se perdió cuando nos fuimos a Inglaterra. Y fue libre. Alejandro Zambra tenía un curso de literatura y gatos, y me llevó como ejemplo de alguien que no está ni ahí con los gatos, y sorprendí mucho a los alumnos diciéndoles que tenía uno. Siempre me pareció que ser escritor y tener un gato era cliché. Y después, cuando me di cuenta que el gato tenía la lengua muy áspera, me decepcioné. Pensé que podría serme útil de alguna manera. Lo veía a él langüetéandose con tanto placer, que dije pucha, este gato debe tener en la lengua algo muy rico… Pero me di cuenta que no servía como objeto sexual, ja ja, ja.

¿Y qué relación tienes hoy con los animales?
–No tengo ningún contacto físico con los animales. Cuando voy por la calle, si veo a un perro estoy viendo un fusil.

¿Cómo así?
–Quizás soy una persona demasiado literal y no puedo dejar de ver en el perro un animal hecho para cazar delincuentes, inmigrantes, esclavos y judíos, colectivos con los que suelo identificarme instintivamente. Una vez mi hermana tuvo un perro y lo empezó a adorar. Pero se volvió loco y tuvimos que llamar a un psiquiatra. Y fue terrible. El psiquiatra de perros –la sesión fue divertidísima– aprovechó de explicarme de dónde venía mi fobia por los perros. Según él, debe venir de algún antepasado prehistórico al que lo mordieron los lobos. Puede ser. Visto mi pelo, mi pasión por el baile, mi trasero redondo, mis buenos dientes y mis malas encías, debo haber tenido algún ancestro africano al que persiguieron con perros. Por eso cuando veo a gente acariciando su arma, perdón su perro, veo a varias personas amenazando con sus fusiles. Si tú fueras por la calle y vieras a gente acariciando sus metralletas, te daría miedo.

Pero estás exagerando.
–Bueno, ya no son metralletas: les quitaron las balas. Pero de repente voy en la calle y un perro empieza a ladrarme y me dicen: “¡pero no hace nada!”. ¡Entonces, mátelo! Porque si no hace nada, pa qué lo quiere. Si tiene dientes es pa morder. Para qué tienen una persona nacida para cazar y no hacer nada. No hay nada más antropocéntrico que tener un animal domesticado. Yo no amo tanto a los seres humanos como para eso. Pero entiendo que la gente los pueda tener. Lo que no comparto es la teoría venturosa que todo el mundo repite de que tener animales o amarlos sería una señal de que eres una mejor persona. Ser animalista no te hace mejor persona. Yo no he conocido a ningún torturador que no ame a sus animales. Búscate a uno y no existe.

Pero nuevamente le estás poniendo color.
-O sea, hay gente que ama a su perro y no es torturadora. Pero no hay torturador que no tenga perro.

De hecho, Hitler –a quien mencionas en el libro– era amante de los perros.
–Él fue un gran defensor de los animales. Pero pongo a Hitler porque cuando meten a los judíos en Auschwitz descubrieron que el mejor método para matarlos era aplicarles un gas con el que sacaban los piojos de los animales. Esa animalización del ser humano, que corrió con la humanización del animal, me parece súper peligrosa. Todos los animales estarían de acuerdo conmigo en que una especie que no cuida ni admira a su propia especie, no es una especie que valga la pena. Mi psiquiatra de perros me dijo que mi perro pensaba que todos éramos perros. Y entendí perfectamente a mi perro, pero lo que nos hace humanos es que somos capaces de comprender que el perro no es igual que el humano. Tratar de humanizar a los animales es un retroceso evolutivo. Un reblandecimiento mental.

EL MERCEDES BENZ

Hablando de animales, pero políticos, ¿qué te pareció el regreso de José Piñera?
-Estoy totalmente hipnotizado por la figura de José Piñera.

Su desconexión con la realidad es tremenda.
-Sí, pero yo creo que toda su familia está mal. Me impresiona mucho de Sebastián y José su nivel de vulgaridad. Tienen una cosa que solo a la gente muy tonta le pasa: querer engañar a las personas sobre lo que ellas conocen bien. Yo puedo engañar a un carpintero sobre literatura, pero no con temas de carpintería. Ahí demuestro ser un idiota. No te pueden decir que tu pensión es de 600 mil pesos cuando es de 300. En todo caso, creo que José Piñera tiene una desventaja moral sobre su hermano.

¿Cuál?
-Fue ministro de la dictadura sabiendo perfectamente lo que pasaba ahí. Pero también tiene algo superior a Sebastián: él creó algo. Sebastián nunca creó nada. La historia de Sebastián es la historia de alguien totalmente estéril. Fue presidente de Chile y no creó nada. En cambio, José creó un sistema de pensiones y una reforma laboral monstruosa.

¿Qué te pareció la entrevista que dio a El Informante?
-No quería que se terminara. Es que en Chile no se permite nunca más –y encontré súper bueno eso, pero terrible– mostrar la prepotencia del profesor. Con todo esto del movimiento estudiantil, ser prepotente de manera profesoral, ya nadie lo hace. Igual era bien absurdo, porque estaba equivocado Piñera, pero uno echa de menos esa especie de prepotencia, de decir: “a ver, léalo de nuevo, a ver, repítalo”. Fue muy divertido. Pero pobre Juan Manuel, lo pasó pésimo.

¿Qué te pareció la comparación de la AFP con el Mercedes Benz?
-Muy mala. Esa es la vulgaridad de los Piñera. Las personas en Chile, sobre todo el macho viejo, sabe de tres cosas: fútbol, mecánica y pensiones. Yo tuve un Mercedes Benz, así que sé.

¿Cuándo?
-Hace como dos años. Era un Mercedes del año 91. La historia es larga, pero súper atingente. No sé en qué polémica andaba metido, parece que con los animalistas, pero me estaban odiando mucho. Era el comienzo de la era de la transparencia. Y justo tenía que comprarme un auto y encontramos uno muy barato que resultó ser este Mercedes Benz gigante. Me lo compré simplemente para que la gente que hablaba mal de mí me viera manejando un Mercedes. Bueno, yo no sé manejar, pero mi mujer andaba en mi Mercedes, y yo al lado. Pero este gesto de orgullo, de mala onda, de demostrar que yo era más, me costó muy caro.

No te alcanzó la bencina para llegar a Arica.
–No llegaba ni a Valparaíso. Los repuestos eran carísimos. Todo era difícil y lento. Lo vendí y me cambié a un auto japonés.

En otro ensayo del libro criticas la obsesión por la transparencia y de exigir estos test de blancura a los políticos.
-Sí. Había una frase del Che Guevara que me hacía mucho sentido: antes de querer cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo. Era súper hermosa dentro de todas las tonteras que decía el Che. Para qué hacer la revolución si no puedes revolucionarte a ti mismo. Es cierto. Pero lo que ha pasado con el tiempo es que ya dijimos que la revolución era imposible. Y la hemos sustituido por la idea de que cada persona, una por una, mejore. Es la más imposible de todas. Antes de que los hombres sean santos, le saldrán dientes a las gallinas y volarán los peces por el Paseo Ahumada. Si tú me decís Lenin y el tonto que cree que cada uno va a cambiar, yo prefiero a Lenin. Las transformaciones reales son costosas y se basan en la admisión de tu propia falla. ¿Sabes lo que pasa? Esto tuvo una inflexión peligrosa con lo del cigarrillo.

¿Cómo así?
–El primer movimiento de transformación y saneamiento personal fue del cigarrillo. El movimiento le dijo uno a uno “deja de fumar, deja de fumar”, y la gente dejó de fumar. Esa idea nunca había funcionado. Habían prohibido el alcohol, las drogas, el sexo. Y nada. Desde ahí, todos los movimientos prohibicionistas han crecido. Ahora lo ves con el sexo. Tú ves la portada del Clinic. ¿Qué es lo que molesta ahí? Que las mujeres tengan sexo. Y el sexo en las mujeres es risible, sí. Como el sexo del hombre también. ¿De qué nos vamos a reírnos si no es del sexo? ¿El problema es el vello púbico o lo que hay debajo del vello púbico? ¿Qué queremos prohibir? Queremos prohibir lo que está debajo. Todo este drama es contra el sexo. Y todo el feminismo de la tercera ola es contra el sexo. No contra la sexualidad, sino contra la idea de que el sexo es algo irremediable y trágico. Todo eso se me dibujó cuando vi un cartel feminista que decía: “reproducción = explotación, no más sexo”. Eso quiere decir no más ano, no más penetrar, no más entrar en el cuerpo de una mujer. Todo eso es irremediablemente violento, absurdo y vulgar. Además está al lado del hoyo de la caca, y todo eso con pelos, cacas, mocos. Y la mujer queda embarazada y… es asqueroso. Pero, bueno, no estoy a favor de acabar con el sexo.

Y eso que eres bien cartuchón, no eres tan audaz…
-Ah, chuta, yo me creía muy audaz, ja, ja, ja. Es verdad: yo defiendo la libertad de otros, no la mía. Tengo un artículo sobre tomar y fumar, sobre morir luego, y no he cumplido nada. Llevo una vida completamente sana.

CONTRA EL ORGULLO

En otro de los ensayos, reflexionas sobre lo mal que nos ha hecho transformar el pecado del orgullo en una virtud
-Esa es una transformación moral terrible, que ha desordenado todo. Por ejemplo, el Orgullo Negro. Estoy cien por ciento con los negros y la igualdad racial, pero el orgullo significa que soy más por ser negro. Y la lucha es que eso no importe. La lucha de Martin Luther King no es el orgullo negro: es la humildad negra y blanca también. No es que, ante tu orgullo, yo respondo con mi orgullo. Eso ha creado peleas, guerras, asesinatos. El orgullo homosexual: el orgullo de ser lo que soy. Media cuestión ser lo que soy, si ser lo que soy no requiere ningún esfuerzo. La revolución es cuando puedo luchar por algo que no soy. El orgullo no ha traído nada bueno. La gente vanidosa hace espectáculos divertidos, pero la gente orgullosa es patética. Donald Trump cuando era vanidoso era súper entretenido. Era un imbécil, pero divertido. En mi caso, me encanta que todo gire en torno de mí, pero no soy orgulloso. Soy vanidoso.

Por eso te gusta meterte en polémicas…
-Sí. Me gusta que hablen de mí, porque si no siento que estoy muerto y me da miedo desaparecer.

Estás como chico reality.
-Completamente. De hecho, por desgracia, nací en una época en que no existía eso. Y tuve que hacerme escritor y hacer polémicas. Pero si hubiese nacido veinte años después, definitivamente habría sido chico reality.

Hay algunos que te comparan con Fernando Villegas por tus comentarios desacertados.
-Sí, pero esa es una visión muy provinciana. Es porque no conocen ni han viajado a ninguna parte más del mundo. Podrían poner a Norman Mailer, a Susan Sontag, o a gente realmente payasesca en el mundo que son peores que Villegas.

¿Es una ofensa que te comparen con él?
-No. Pero Villegas siempre está de acuerdo con el jefe. Por eso los taxistas siempre están de acuerdo con él.

contra la inocencia gumucio

CONTRA LA INOCENCIA
Rafael Gumucio
Alquimia Ediciones, 80 páginas