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El profesor de Economía del Desarrollo de la Universidad de Harvard, Ricardo Hausmann, acaba de publicar una columna en la que sostiene que si Chile quiere salir de su estancamiento económico, necesita inmigrantes. Ellos son los únicos que nos pueden ayudar a participar de las energías del mundo. Las razones que él da son mucho menos esotéricas: demuestra con cifras y estudios cómo los que llegan aumentan el trabajo y las remuneraciones de los locales, y “el nuevo país se vuelve bueno en producir lo que el viejo fabrica con éxito”. En Chile hemos comenzado a verlo en la comida con los peruanos, en la atención y las fiestas con los colombianos, pero también en la sensación de no estar tan aislados que produce encontrarse con un haitiano en la verdulería. Como venimos de una inmensa mayoría parecida –o mapuches o criollos o españoles–, impresionan, pero la verdad es que todavía son poquísimos. No debemos olvidar que Chile es el país más lejano del mundo, sólo comparable con Australia y Nueva Zelanda, al otro lado del Polo Sur. Llegar a este país desde cualquier parte toma muchas horas. Lo único que está cerca es Buenos Aires. Le sigue Lima, que queda a tres horas y media. Casi lo mismo que de Roma a Moscú. Entre Lima y nosotros, sólo desierto y algunas ciudades mineras; entre Roma y Moscú, buena parte de los pueblos del mundo. Los aviones llegan a Chile y no siguen a ninguna parte. La carretera Panamericana, que tiene 25.750 km y comienza en Alaska, termina en Chile. A los que llegan acá, debiéramos recibirlos con aplausos. De hecho, todavía hay quienes aplauden en los aviones cuando aterrizan en Santiago. Pero “proyectar los problemas de una sociedad sobre chivos expiatorios extranjeros es una táctica política muy antigua”, dice Hausmann, y es así como en Chile no faltan quienes los culpan de sus fracasos, sin que hayan tenido ninguna responsabilidad en ellos. Según datos recién publicados por la revista Paula, no es cierto que le quiten trabajo a los locales, tienen en promedio más años de educación que los nacionales, cometen menos delitos y son con mucha más frecuencia víctimas que autores de estos, y nadie puede acusarlos de aprovecharse de nuestra seguridad social, porque en Chile prácticamente no existe seguridad social. Acá “hay que trabajar para ganarse la vida”, reconocen en la revista. Buena parte de las grandes fortunas chilenas pertenecen a inmigrantes con no más de dos generaciones en el país: Luksic. Angelini, Paulmann, los palestinos… Todos ellos llegaron pobres, nada muy distinto de un peruano que espera la noche en la Plaza de Armas. Y mientras en esos países lejanos a los que los economistas sueñan con alcanzar –Australia o Nueva Zelanda– la población inmigrante supera con creces el 20%, acá son apenas un 2%. Pero a mí, a decir verdad, me interesa menos la indudable energía emprendedora que traen que sus historias y sus modos de pensar. El extranjero ejerce una provocación virtuosa, replantea los diálogos, descubre soluciones inauditas entre los mal acostumbrados a quejarse cuando algo no anda del modo que esperaban. Yo alguna vez imaginé que Chile podía ser el paraíso liberal de América Latina. No el lugar del que teníamos que irnos, como algunos nuevos ricos envidiosos de la aristocracia soñaron durante los 90, sino aquel donde muchos llegaban a comenzar sus vidas de nuevo, sin que nadie enjuiciara sus costumbres ni atendiera a su pedigrí, es decir, donde lo que se podía llegar a ser importara más que lo que se fuera. Si los terremotos nos habían enseñado a olvidar el pasado, que al menos también nos enseñaran a desprejuiciar el porvenir, a pensarlo de nuevo cada tanto. Pero en los campos lejanos, el control es el vicio de los patrones.

En cierto modo, hoy Chile está lleno de extranjeros. Muy pocos se sienten parte de un proyecto común. ¿Y si lo construyéramos invitando a los que quieran sumarse? ¿A todos los que quieran venir? Culturalmente me parece estimulante, y según los estudios de Hausmann, es buen negocio.