La-Gran-Copia

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Aunque la prueba que tenía frente a él era de alternativas, la única que había rendido en ese formato durante el año, el ramo de Electricidad y Magnestismo seguía siendo un gran escollo para Santiago Vergara. Si bien esta vez no tenía que desarrollar extensos ejercicios, ni aplicar complejas fórmulas matemáticas, el problema radicaba en la tentación de copiar. Llevaba tres años estudiando Ingeniería Civil en la Universidad Católica y casi no había tenido controles de selección múltiple, hasta que el 4 de mayo de 2015 tropezó con la oportunidad.

Pudo haberlo realizado de varias maneras. Mirar las respuestas por sobre el hombro de su compañero, pedirle las alternativas en un papelito, o haber confeccionado un torpedo, pero eligió algo más sofisticado. Junto a cuatro compañeros del ramo acordó que se traspasarían las respuestas a través de un grupo de Whatsapp llamado Los Telas. El chat había sido creado esa misma tarde por Álvaro Siles, alumno con una importante ascendencia en la elite boliviana: era familiar de tres expresidentes, uno de ellos su bisabuelo Hernando, cuyo nombre es recordado en el principal estadio de fútbol de La Paz.

La idea surgió luego de enterarse que otros alumnos harían lo mismo, pero en un grupo llamado Ingeniería Man, donde Vergara también había sido incluido horas antes de rendir el test. Dos redes de 27 contactos en total que se transformaron en un discreto pero tecnológico sistema de copia. Eso, hasta que un ayudante los descubrió.

-Entrégame tu celular –dijo Sebastián Urrutia, alumno de segundo año de magister en física, a cargo de la sala M-2, una de las doce en que se rendía la prueba, en el campus San Joaquín.

La frase, que sonaba entre su nuca y su oreja, pilló desprevenido a Vergara. Para cuando cayó en cuenta que le hablaban a él, ya todo el curso había volteado para observarlo: estaba con el cuello torcido y miraba de reojo un celular que tenía en la mano, a la altura de sus piernas, como si buscara concentración en las baldosas.
-¡Entrégame tu celular! –volvió a escucharse.

A Vergara no le quedó otra alternativa que pasarlo. Salió de la sala junto al ayudante, mientras éste llamaba a la profesora María Cristina Depassier. Le suplicó que lo arreglaran entre ellos, que morigerara los hechos, que no dijera que lo había sorprendido en flagrancia. Pero Urrutia relató todo tal cual había ocurrido. Contó que lo pilló copiando desde el teléfono y que supo de eso porque otro alumno, que también rendía la prueba, lo había delatado:
-Fíjate que los que estaban sentados alrededor mío están todos copiando con el celular, igual que en la interrogación uno, y lo encuentro injusto porque uno se esfuerza estudiando y ellos obtienen mejores resultados –le habría dicho el estudiante al entregarle la prueba.

Para Depassier no fue sorpresa. Meses antes, luego de realizar el primer control, el 10 de abril del año pasado, un alumno le había mandado un correo electrónico contándole algo similar: que había un grupo de estudiantes que se enviaban las respuestas de las interrogaciones a través de mensajes de textos. Para esta segunda prueba había tomado ciertas precauciones y les había advertido a sus doce ayudantes que debían estar atentos a cualquier movimiento extraño. Esperaba dar con los copiones, pero no con una inmensa red.

-Pásame la respuesta de la nueve –decía el primer mensaje de una larga lista de frases que continuaban cayendo en el chat, mientras ella sostenía el aparato frente a Vergara.

Ante sus ojos, a metros de ella, circulando de salón en salón por el mundo virtual, la masiva copia seguía adelante. Hasta ese momento, nadie se había enterado que el único vínculo entre ambos grupos había caído por culpa de un delator.

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La noticia de que a Vergara lo habían pillado copiando se masificó tan rápido como las respuestas del test. Casi al mismo tiempo en que todos entregaban la prueba, ambos grupos de Whatsapp consignaban el hecho con preocupación, y varios de sus participantes habían abandonado la conversación por miedo a ser descubiertos. Al día siguiente, una gran parte de los docentes y estudiantes de las facultades de Ingeniería y de Física se habían enterado de la trampa. Si bien antes habían existido casos de copias, incluso en exámenes, nunca se había registrado uno tan numeroso.

A las autoridades de la carrera les tomó varios días saber la dimensión del fraude. Aunque la profesora tuvo durante 24 horas el celular de Vergara, el único material que entregó a sus superiores fueron un par de fotos que ella misma le tomó con otro aparato. Los grupos habían tenido suerte. Habría bastado con hurgar un poco en el historial de la conversación para haber esclarecido la profundidad y alcance de la red, pero Depassier sólo entregó evidencia que inculpaba a Vergara y a un par de amigos.

Las autoridades, entonces, comenzaron a presionar las conciencias de los estudiantes. El primero en hacerlo fue Mauricio López, director de pregrado de la Escuela de Ingeniería. Dos días después de la copia, redactó dos correos electrónicos. Uno reflexivo para los alumnos de la carrera y otro más duro para los que cursaban el ramo. Les dijo que condenaba sus actos y los llamó a confesar. El único que respondió fue Vergara. Le agradeció sus palabras, le pidió perdón y luego se puso a su disposición. El resto de los alumnos guardó silencio. Habían hecho un pacto. Nadie diría nada hasta saber lo que ocurriría, momento que llegó con la carta que el decano de Ingeniería Civil, Juan Carlos de la Llera, les envió el fin de semana siguiente. Les dijo que para él esto era una “máquina de copia” y les lanzó una soterrada advertencia:

-El camino del silencio es equivocado y los que me conocen saben que con mi persistencia haré todo lo que esté en un justo proceder para aclarar la situación.

La carta establecía sanciones inmediatas: un uno para todos los involucrados y un llamado a dar vuelta la página. Pero fue la religión lo que finalmente quebró a los alumnos. Antes de despedirse, el decano tocó la fibra más sensible de todos los involucrados: la culpa.

-Les quiero pedir encarecidamente que quienes hayan cometido esta falta y que no hayan sido identificados aún, lo conversen con su almohada o con quien quieran, y den la cara… Que Dios nos dé la fortaleza a todos para actuar rectamente siempre, reconocer nuestros errores, y la humildad de corazón que tanta falta nos hace como país.
La propuesta era una buena oferta. Un uno no significaba echarse el ramo, ni mucho menos perder la carrera. Dar vuelta la página, como lo había dicho el decano, era mucho más de lo que habían pensado recibir. Al día siguiente, casi todos los miembros de los dos grupos confesaron haber copiado, todos detallando distintos grados de participación. Fue la misma mañana en que el escándalo llegó a la prensa, luego que el Centro de Alumnos de Ingeniería suscribiera una carta condenando la copia. Ese mismo día el tema explotó en las redes sociales y la universidad quedó expuesta a las burlas. La situación se había salido de control.

Dos semanas después, la Secretaria General ordenó abrir un proceso de responsabilidad en contra de todos los involucrados, por faltas al Reglamento sobre responsabilidad académica y disciplinaria. Al frente de la investigación quedó el abogado Rodrigo Urzúa, exalumno de la UC y Prosecretario General, y la actuaria Valentina Rosenthal, abogada que también había egresado de la universidad. Los estudiantes se sintieron traicionados. Independiente de lo que les había dicho el decano, ahora todos serían llamados a declarar. Nadie daría vuelta la página.

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-El grupo lo fundé cuando entré a la universidad. Era un grupo de 12 personas que tenía que ver con los amigos que éramos del colegio –le dijo Jorge Numair a Rosenthal el 9 de junio de 2015.

El día de la copia, Ingeniería Man tenía más de 20 integrantes. Hasta entonces, había funcionado como un medio de comunicación para mandar memes, organizar fiestas, y jornadas de estudios. En su origen, la gran mayoría de sus integrantes se conocían desde la época escolar, cuando estudiaban en el colegio Cordillera de Las Condes, el Tabancura, o el Verbo Divino, de donde había egresado Numair. Él, que fue el segundo en declarar después de Vergara, dio a entender que la concertación para copiar había surgido desde la espontaneidad.

-A alguien se le ocurrió la idea y entre todos llegamos al consenso de que sí. Fuimos puliendo el tema para copiar. Otros me pidieron sumarse al grupo. Dieron la idea de subir a un amigo de ellos que no iba a dar la prueba, que se llama Paul, y la función de él era ordenarla –agregó.

Sin saberlo, Numair había aportado un dato ignorado hasta ese momento: que los alumnos habían recibido apoyo externo. Aunque sonaba como nombre, Paul en verdad era un apellido. Sebastián Paul, el hijo de la exdirectora de la Junji, Ximena Ossandón, había sido el encargado de enviar las respuestas al chat. Estudiaba Ingeniería de Sistemas, pero en otra universidad. A varios los conocía desde que estaba en el colegio Tabancura.

Lo mismo ocurrió en Los Telas, el otro grupo en el que estaba Vergara. Allí, el enlace externo era Malaquías Correa, alumno de tercer año de Física de la UC, que había llegado al chat porque Juan Pablo Hidalgo, otro de los integrantes, lo conocía desde que eran compañeros en el Colegio Cordillera.

-Al principio me sentí muy incómodo, pero finalmente decidí aceptar por la amistad que tenía con él. Nunca pensé que iba a ser tan grave –le dijo Malaquías a la actuaria.

Correa confesó haber respondido cuatro preguntas y que las hizo sin prestar mucha atención, porque él mismo estaba terminando otra tarea. Por su vinculación con los copiones perdió inmediatamente una tutoría que realizaba en su facultad. Hidalgo se sentía culpable por haberlo involucrado. Dijo que le tenía cariño y que lo que más le dolía era que Malaquías se quería ir de intercambio.

-Tenía muchos planes y me da pena que lo metimos nosotros en esto y quizás se quede sin todas esas oportunidades –dijo cuando estuvo frente a Rosenthal.

Hasta ese momento, Hidalgo era de los alumnos que más arrepentimiento había mostrado durante las declaraciones. Tan infinita era su culpa, que a la actuaria le confesó que varias semanas después de haber ocurrido la copia, se sacó un dos en una prueba, sólo por no haber podido concentrarse en el estudio. Llevaba más de un mes en una lucha interna con su conciencia. Sentarse frente a la investigadora fue un alivio para su cabeza: Hidalgo le relató el momento más tortuoso que vivió.

-En mi arrepentimiento máximo y desesperado, me salí del grupo al tiro, por susto. Toda la vuelta a mi casa me fui callado. Estaba mal. Mis papás estaban de viaje y no les quise decir nada. Les conté cuando volvieron. En verdad, no me aguantaba la culpa. Lo único que quería era que llegaran para contarles –le dijo.

Según lo explicaban los alumnos, la copia no había sido más que una niñería, un torpe error escolar motivado por la tentación. Varios culparon a sus impulsos.

-Yo no realicé ningún acto deliberadamente deshonesto, simplemente no tuve la fortaleza para no mirar lo que tenía frente a mis ojos, una debilidad completamente humana, muy distinta a haber planeado copiar –explicó el alumno Pablo Iacobelli, hijo del abogado del mismo nombre y socio del estudio Carey.

Pero Iacobelli no era la primera vez que copiaba. A fines del primer semestre de 2014, había sido sorprendido durante un examen. La situación le valió la apertura de un procedimiento de responsabilidad y una resolución de la rectoría que lo sancionó a fines de ese año. No fue el único. Ese mismo semestre, Jorge Numair también fue sancionado, pero por hacer trampa en una prueba. Aquellos antecedentes volvieron más graves las acusaciones. La reiteración, alegaban los más críticos, no podía ser tolerada.

-Me da la sensación de que creían que esto era como en el colegio, que iban a citar a los apoderados y con eso se iba a solucionar todo –le dijo Tomás Ramírez Sarmiento, el actual presidente del centro de alumnos, a Valentina Rosenthal.

Ramírez era de la misma generación de los copiones, ubicaba a la gran mayoría de ellos, pero había aprobado el curso el año anterior. En un comienzo, también estuvo en el grupo, pero luego lo abandonó.

-En primer año de universidad existía un grupo que se usaba para carretes o fiestas y era bastante burdo. Yo fui parte de ese, muy de perfil ABC1, al tiempo me salí porque no participaba y no era mi estilo –agregó.

El escándalo golpeó con dureza al centro de alumnos de la universidad. La ética del ingeniero UC estaba dentro de los temas que ese año pensaban desarrollar, pero ni siquiera alcanzaron a plantear sus propuestas. Jorge Jara, el presidente del centro de alumnos de ese tiempo, sospechaba que éste podría no ser un caso aislado.

-No me sorprende que hayan existido estos grupos –le comentó a la investigadora.

No era la primera vez que la abogada escuchaba algo así. Mauricio López, el director de pregrado, ya lo había informado en su declaración. Había contado que el mismo alumno que había alertado al ayudante de la copia, semanas después le había mandado un correo electrónico acusando que sus compañeros también habían copiado en la interrogación uno y en el examen del curso de Termodinámica, todo a través del grupo Ingeniería Man. Le dijo, además, que tenía miedo.

-Me manifestó expresamente el susto a las represalias en contra de él –recordó López ante Rosenthal.

***

Rodrigo Urzúa y Valentina Rosenthal se encomendaron a las matemáticas. No está claro cuál fue el razonamiento que tuvieron luego de escuchar aquella denuncia, pero según los peritajes que encargaron, los abogados confiaron a los números la tarea de comprobar si los alumnos que habían copiado en la prueba dos, también lo habían hecho en la uno. Tenían la sospecha de que esto era algo sistemático y le pidieron un informe a la Escuela de Ingeniería, que con datos enviados por la Facultad de Física, elaboró un estudio a partir de todas las notas obtenidas por los 27 alumnos que pertenecían a ambos chat, y luego las comparó. Los profesores llegaron a la conclusión de que había una alta probabilidad de que nueve miembros del grupo también hubiesen copiado en ambas interrogaciones.

La información fue corroborada en septiembre del año pasado por el Decano de la Facultad de Matemáticas, Martín Chuaqui, quien le encargó a un especialista en estadísticas que analizara los resultados obtenidos por sus colegas de ingeniería. El estudio concluyó que los alumnos presentaban patrones de respuestas similares entre sí en ambas interrogaciones, y recomendó que expertos independientes rehicieran la investigación con los mismos datos, para llegar a una conclusión más precisa. Urzúa le pidió a la Dirección de Análisis Institucional y Planificación, que dependía de la Prorrectoría de la universidad, que se hiciera cargo del peritaje.

El informe fue adjuntado a la investigación en noviembre de 2015. Allí se comprobó que el número de alumnos involucrados era 18, luego de que sacaron del estudio a ocho estudiantes que no habían participado de la copia. Los modelos estadísticos descubrieron sospechosas coincidencias. En el primer semestre de 2013, por ejemplo, nueve alumnos que cursaron Física General habían aprobado el ramo con un 4,7, y al semestre siguiente, de los 18 alumnos del grupo tomaron Termodinámica, todos lo pasaron con un 5,0.

-Existe fuerte evidencia estadística de que al menos 11 alumnos del grupo copiaron en la primera interrogación del curso –dice una de las conclusiones del estudio.

Aquel primero de diciembre del año pasado, cuando se dio a conocer el informe final realizado por Urzúa y Rosenthal, los números no mentían. Los abogados creían tener suficientes argumentos como para establecer que los alumnos Martín Andrade, Sergio Diez, Matías Silva, Sebastián Vigneaux, Diego Noguera, Juan Pablo Hidalgo, Francisco Herrera, Santiago Vergara, Vicente Barros, Jorge Numair y Pablo Iacobelli, habían copiado en ambas pruebas, con diferentes grados de participación en la última. Otros siete fueron acusados de copiar sólo en la segunda, y nueve fueron absueltos. El único que se salvó fue Sebastián Paul, a cuya universidad en la que estudiaba se le informó de su participación en la copia, desconociéndose si recibió alguna sanción.

Los alumnos tuvieron un par de semanas para presentar sus descargos antes de que, el 27 de enero de este año, el rector Ignacio Sánchez dictara los castigos: dos semestres de suspensión para nueve alumnos que habían copiado en ambas pruebas y un semestre para aquellos que sólo lo habían hecho en la última. También decretó la imposibilidad de realizar ayudantías y optar a intercambios patrocinados por la universidad de forma permanente para todos. Una dura sanción disciplinaria que comenzaría a regir a comienzos del segundo semestre de 2016.

La decisión fue aplaudida por el Colegio de Ingenieros, pero el caso terminó en tribunales. Un mes después de la resolución, el alumno Francisco Herrera, suspendido por dos semestres, interpuso un recurso de protección. Venía firmado por dos abogados: Héctor, su padre, y Juan Pablo, su hermano, titulado de la Universidad Católica en el 2005.

La familia argumentó que si bien Francisco había copiado cuatro respuestas, la investigación del abogado Rodrigo Urzúa se fundaba en informes estadísticos erróneos, que no permitían comprobar que él también hubiese copiado en la primera prueba, dado que en un control de alternativas era muy probable que muchos tuvieran respuestas coincidentes. Explicaron que la falta ya había sido sancionada con un uno en el ramo y que la suspensión de un año representaba una doble sanción, lo que era ilegal, además de considerar las penas como improcedentes y desmesuradas. Todo esto, dijeron, basado únicamente en una declaración que fue obtenida luego de las promesas incumplidas que el decano realizó.

-Se ha procedido a condenarme con el solo mérito de mi autodenuncia –se defendía Herrera en el recurso.
El 13 de abril de 2016, sin embargo, los jueces fallaron en su contra. Llegaron a la conclusión que el proceso había sido llevado de acuerdo a la juridicidad de la universidad, y que ésta había sido aceptada por el alumno al suscribir un contrato con ella. Establecieron que las palabras del decano sobre sancionar la copia con un uno, se limitaban sólo a un castigo académico y no a uno disciplinario, por lo que no había una doble penalidad.

La noticia fue otro duro golpe para el grupo de alumnos. Algunos habían puesto todas las esperanzas en aquella decisión. Si a Herrera le iba bien –pensaban-, todos podrían recurrir a los tribunales para anular las sanciones o al menos rebajarlas. La mayoría acató la resolución, pero Sergio Diez, nieto del fallecido expresidente de Renovación Nacional del mismo nombre, presentó un nuevo recurso, con argumentos muy similares a los de Herrera. El trámite sólo consiguió ganar tiempo y al final no prosperó. El fallo salió el 28 de septiembre pasado, cuando ya todos los estudiantes de Ingeniería Civil habían comenzado el segundo semestre. Todos, menos los 18 sancionados.
Para entonces, el grupo de Whatsapp seguía activo, pero ya no se llamaba Ingeniería Man. A fines del año pasado, cuando aún tenían esperanzas de recibir una sanción menor y todavía se podía bromear con la situación, el chat había sido rebautizado con el nombre de Comercial UDD. Un sarcasmo que había sacado carcajadas entre sus miembros.
-Con la situación íbamos a terminar todos en Ingeniería Comercial en la Universidad del Desarrollo –le explicaron los alumnos a los abogados a cargo del sumario.