Chapo Guzman EFE

“Sometido a un régimen especial de aislamiento por temor a una nueva fuga, sólo pisa tres veces a la semana el patio, tiene limitada la correspondencia y no puede hablar con sus guardianes. Sus abogados consideran que se trata de tortura por deprivación sensorial. El Gobierno lo niega. Los jueces, de momento, tampoco lo aceptan”, registra El País, sobre el estado actual del Chapo Guzmán en una cárcel mexicana.

Joaquín Guzmán no daría más. Estaría acabado física, pero por sobretodo, psicológicamente. Los informes médicos describirían que el narco padecería de un trastorno de ansiedad generalizado.

“Nunca había tomado medicamentos y ahora tomo muchos. Eso me está haciendo mal. Si esto sigue así, creo que para diciembre no voy a estar bien”, habría dicho el Chapo sobre los ansiolíticos que ingiere.

Guzmán sufriría constantes cefaleas, estrés, insomnio y náuseas. Los medicamentos que consume son para controlar sus estados, pero él dice que se siente “mal del cerebro, se me están olvidando las cosas, no me acuerdo de la toalla para ir al baño”.

La idea de ser extraditado lo está carcomiendo por dentro. Todos los recursos presentados por su cuerpo legal, hasta la fecha, han fracasado. Es inminente que partirá para EEUU a cumplir condena. Lo que puede hacer por mientras es denunciar malos tratos carcelarios para retardar su salida del país azteca.

“No tengo televisión, radio, nada (…) Siempre estoy en la celda, acostado en la cama baja”. En diciembre se cumpliría la temida extradición del líder de uno de los carteles de drogas más grandes de la historia.