Bachelet Angelini CEP A1

El 2016 fue un año complejo, de eso no hay duda. Pero, políticamente tuvo una particularidad, la música empezó a detenerse y el baile de máscaras al que asistimos durante los últimos 30 años comienza a interrumpirse. Hasta ahora, enfundados en los ropajes para la ocasión, socialdemócratas neoliberales, ultraconservadores vestidos de centroderecha, los bacheletistas-aliancistas, empresarios concertacionistas, se mezclaban y revolvían al son de los consensos, la indefinición y los grandes acuerdos nacionales. La política se disolvía, la democracia se cancela y el acuerdo elitario entre la casta política y el capital financiero pactaba las condiciones de la cancelación de lo político: la pax transicional, o, de manera más general, la pax neoliberal.

Pero el 2016 fue, también y por lo mismo, el año que augura el retorno de la política, cuando a decir de Rancière, el orden natural de la dominación es interrumpido por la institución de una parte de los que no tienen parte. Los que hasta ahora quedaron fuera, exigen su incorporación, llegan a las puertas del salón y golpeándolas, pelean por detener la música. La pax neoliberal se fractura, las máscaras empiezan a caer y comienza el tiempo de las definiciones.

En el mundo, este año nos dio señales de que la fractura del modelo neoliberal ha tenido un alcance global. Y como es una “fractura” y no una derrota propinada por otro actor constituido y con una planificación elaborada, ha ocurrido de maneras diversas. Así entonces, en el caso de Estados Unidos, la fractura se da por el lado menos pensado, la política neoliberal, en su propia lógica de acumular ilimitadamente y contrarrestar la caída de las tasas de ganancia, desindustrializó el país y dejó a masas de trabajadores desempleados y sin acceso a servicios. De este modo, la coyuntura dio paso a un Trump, que -en una lógica maximizadora impecable- explotando muy bien no más que los recursos necesarios para ganar en el Colegio Electoral, alcanza la Casa Blanca, con una retórica proteccionista y, en ese sentido, antineoliberal. Una situación similar ocurrió con el Brexit en Gran Bretaña. En ambos casos, la fractura tuvo forma de boomerang, el modelo terminó golpeándose a sí mismo.

Distinto es el caso de España, donde el desgaste de una política transicional de los consensos, junto con la crisis económica y la pérdida de beneficios sociales, generó una fractura de distinto tipo, permitiendo que el retorno de la política -que en Estados Unidos tiene más la forma de Sanders que de Trump-, se asocie a la emergencia de nuevas formaciones políticas y sociales que cambiaron la cara del sistema político hasta ahora conocido.

Pablo Iglesias en una leída columna sobre la victoria de Trump plantea que “lo importante de los momentos políticos populistas es que desnudan la política de sus ropajes parlamentarios”, sin comprometernos totalmente con su tesis del “momento populista”, podemos quedarnos con la segunda parte de la frase y decir que en los momentos de crisis -o fracturas- políticas, la política se desnuda de sus ropajes parlamentarios, los asistentes del baile se sacan las máscaras y se enfrentan cara a cara, sin necesidad de mediaciones, representaciones ni intermediarios.

En Chile el 2016, también ha sido el año donde la política -que es lo opuesto al consenso- comienza a irrumpir. ¿Qué quiere decir que caigan los ropajes parlamentarios, al decir de Iglesias? Quiere decir que lo que empieza a tomarse la arena política es cierto tipo de transparencia. Por un lado, que explícitamente el parlamento deja de ser el lugar donde se juega la política (explícitamente, porque nunca en este período lo ha sido, pero ahora tampoco hay un esfuerzo por demostrar que lo es); por otro, los actores sociales comienzan a autorrepresentarse (el caso del empresariado Chileno ha sido paradigmático, tomando en sus manos y mediante sus organizaciones gremiales la vocería de sus intereses, antes vehiculizados principalmente en los partidos de la derecha).

Así entonces, el recuento del 2016 se encuentra marcado por los casos de colusión. El año comenzó y terminó con las colusiones de CPMC. Como se dijo a principio de este año, a propósito de la visibilidad que adquirió este fenómeno (que ya había aparecido en años anteriores, con el caso de los pollos o las farmacias), la colusión se muestra como lo que es: un mecanismo intrínseco del funcionamiento de un modelo, de una determinada racionalidad, un modus operandi, mediante el cual los agentes económicos dominantes actúan. Y si bien, ahora como antes, el conocimiento público devino escándalo, al terminar el año los empresarios involucrados simplemente nos dicen: “sí, lo hicimos, y qué”. Se acabó el tiempo de los eufemismos.

A los casos de colusión, debe sumarse el financiamiento empresarial de la política. Este fenómeno más que ser una “colonización” empresarial (lo que da la imagen de un cierto estado de naturaleza previo donde esto no ocurría), permitió sacudirnos como sociedad, como diría Bourdieu, de la amnesia de la génesis que no nos dejaba ver que la forma que esta relación adquiere hoy tuvo un inicio claro, la dictadura. En la cual la emergencia de ambas esferas no fue sino en una relación de subordinación de la política a la economía, cuyo control se manifiesta -en parte- en el modo como la segunda financia a la primera y que hoy se nos presenta con claridad ante nuestros ojos.

El 2016 también fue el año donde la propuesta de la Nueva Mayoría terminó de abandonar la careta del progresismo y las transformaciones estructurales, para continuar -a cara descubierta- administrando el modelo neoliberal. Si bien este proceso ya había comenzado el 2015 cuando sin ningún empacho Zaldívar nos anunciaba que en su cocina se cortaba la Reforma Tributaria, el 2016 tocó el turno de la Reforma Laboral (que reforzó el esquema de exclusión, atomización y disciplinamiento de los trabajadores instaurado por el Plan Laboral) y de la toma de posición del gobierno frente al sistema de AFP, donde el compromiso con el modelo de ahorro forzado y capitalización individual ha sido declarado. Así, la Nueva Mayoría, en vez de transformar estructuralmente el modelo, terminó ajustando las estructuras del mismo.

Este contexto es el que da forma a las elecciones del próximo año, las que, efectivamente, como se ha dicho tendrán una característica particular, puesto que tanto en el nivel presidencial, como el parlamentario estarán marcadas por la defensa de la Republica Transicional, por un lado, y por generar las condiciones para su superación, por el otro. Que caigan los ropajes parlamentarios, implica una fractura en el consenso, que como decíamos no era más que el congelamiento de la democracia en el consenso elitario, la clausura del debate y la consideración del campo de la política como un espacio para pocos. Así entonces, de lo que se trata es del retorno de la política, es decir del conflicto y el enfrentamiento (subsumidos en la “política” transicional), condiciones de posibilidad, de hecho, para una radicalización democrática.

Y el retorno de la política, es precisamente la cancha de la izquierda. Al baile elitario de las máscaras no están invitados los que quieren decir con fuerza quiénes son, a quienes representan y qué es lo que desean. Las utopías, las transformaciones y los sueños de un Nuevo Chile son invitados incómodos. La situación actual, entonces, se presenta como una oportunidad para tender con urgencia los puentes que permitan acabar con el abismo que separa la política de la sociedad, la sociedad debe tomarse la política por asalto. Gramsci, nos decía que el claroscuro es el período donde emergen los monstruos y es real, miremos a Trump, Le Pen, Ossandón, o miremos los enconados esfuerzos del bloque en el poder por tirar las anclas 20 años atrás y dejar al país estacionado en los ‘90 del crecimiento económico y el “no estoy ni ahí”.

La emergencia política de la izquierda se presenta entonces como una oportunidad, porque salir exitosamente del claroscuro y evitar la emergencia de estos monstruos requiere de política y politización. Un Nuevo Chile, democrático, con derechos sociales, con un tejido social reconstruido y que devuelva el lugar que corresponde a quienes lo han construido, sus trabajadores y trabajadoras, sólo será posible mediante la emergencia de una nueva fuerza política que tenga un anclaje real en las masas de trabajadores y populares de nuestro país y que pueda efectivamente incorporarlos a la política y vehiculizar desde ahí sus intereses. La emergencia de un Frente Amplio como la que se ha ido fraguando, que logre una efectiva territorialización e inserción en las organizaciones sociales es una apuesta que ya ha ido mostrando sus primeras victorias y que es esperanzadora, en ese sentido.

El 2016 no fue un año como otros. Se trató de un año donde el modelo, en su fractura, se desnuda y se muestra tal cual es. Pero este mismo proceso de fractura y apertura de diversas crisis debe ser tomado como una oportunidad, que se puede comenzar a cristalizar el próximo ciclo electoral, pero que de todos modos mostrará su derrotero en el mediano plazo. La caída de los ropajes parlamentarios vuelve a poner en el centro los antagonismos, oportunidad para poder incorporar a todos los que no fueron parte y que hoy deben tomar en sus manos la tarea de, en conjunto y arrastrando el conflicto a su favor, transformar Chile, y no es sino la izquierda que emerge la que debe hacerse cargo de este proceso.