UN-GENIO-HIPOCONDRÍACO-Y-ASISTÉMICO

Un día fui a abrazar a Andrés Rillón, “el tata Pío”, para ser besuqueada y regaloneada por él, como de costumbre, pero me rechazó. Me dio un empujoncito y me dijo: “Ya tienes mucha conciencia, estás muy grande”. Fue ahí cuando pasó rápidamente de ser mi abuelo, a ser el papá de mi mamá. Nunca supe muy bien cómo relacionarme con él. Si lo saludaba “¿Cómo está?” él podía no contestar o responder cosas como “en qué sentido”, “de repente” o “a veces”, eso era alucinante, pero difícil para dialogar.

Él no iba a muchas reuniones familiares. Cuando iba, era siempre con su bastón, una boina, cuello y parka, aunque estuviéramos en pleno verano “para no enfermarse”. Recuerdo una oportunidad en que estábamos todos, unos 40 familiares, entre tíos y primos. Me acuerdo que ahí dijo, mirando al horizonte: “Oye, pensar que todo este mar humano es porque le dije a la Membi (mi abuela) si quería pololear conmigo. Y ella me dijo que sí”.

Cuando íbamos a hacer algún trámite con mi mamá y daba su apellido, todos le preguntaban inmediatamente si era algo de “Don Pío”, cuando ella respondía que era hija de él, todos se reían, la abrazaban muy afectuosamente y le mandaban saludos a mi abuelo. Yo no entendía por qué lo querían tanto; sabía que había aparecido en la tele, pero no lo había visto hasta que empezaron a repetir “Medio mundo”. Ahí fue cuando lo entendí todo y lo empecé a admirar. No cumplía un rol de abuelo, lo hizo hasta que cumplí cinco años, pero sí se transformó para mí en un ídolo del humor y del absurdo. Me inspiró para decidir ser actriz.

Si tuviera que definirlo, sería como un genio hipocondríaco y asistémico. Rompió con todas las reglas y formalidades. Nunca fue los matrimonios de sus hijos ni al funeral de sus padres. Él lo definía como ritofobia: fobia a los ritos. Cuando cumplió 50 años, por ejemplo, se quedó en cama mirando el techo, mientras el resto salió a celebrar.

En algún momento, cuando uno es hijo o nieto, su forma tan particular de amar duele, pero a mí me pasó que cuando leí su biografía “Cosas que podrían interesarle a más de alguien”, pude empatizar con su historia, con su dolor, con su forma y también reconocerla en mí.

Me acuerdo de un párrafo con el que inicia su libro que era “Dos fuerzas psicológicas dirigen mi vida. Una, nacida conmigo, y la otra, instalada después. La primera me permite vivir; la segunda, morir o casi. Estos dos comandos a los que estoy sometido me generan una lucha interna que llevan cincuenta y nueve años de sinsabores existenciales, sin desaparecer”.

Todo lo que él no pudo demostrar, estuvo infinitamente cubierto por mi abuela, que es una madre universal, una mujer llena de amor y el pilar de la familia. Lo amó tan profunda e incondicionalmente, que con la dificultad que significaba leerlo, ella lograba traducirlo a nosotros.

Hace unas semanas lo fui a ver a la clínica. Estaba mi abuela, mi polola y yo. Nos reímos mucho, jugamos, conversamos, logramos dialogar (a pesar de su sordera) y me dijo, en varios idiomas, que me quería, algo que no me decía desde que tenía 5 años.

Cuando llegué a su pieza en la clínica, le pregunté “¿Cómo está usted? Y me respondió “Prisionero del destino final”. Luego agregó haciendo gestos con caras divertidas: “Puede ser que no sea el final. Puede ser que el final ya lo haya pasado, y yo sea un alma, un espíritu, y ustedes están hablando con alguien del más allá”.
En ese momento volvió a ser mi abuelo por un día. Fuimos felices. Fue la última vez que lo vi y me quedo con ese recuerdo. Ahora no queda más que lanzar el lápiz.

*Nieta de Andrés Rillón e integrante del colectivo artístico Cola Condenada.