Llegué a vivir a Estados Unidos el año 2007 y me acuerdo de dos palabras que me parecieron nuevas y curiosas, repetidas con insistencia en los medios norteamericanos en ese entonces: Facebook y Obama. Los dos fenómenos parecían estar naciendo juntos y aunque no tenían nada que ver -uno era un sorpresivo precandidato demócrata con ciertas posibilidades y lo otro una emergente network en la web- no imaginábamos cuán entrelazados estarían.

A Obama salimos a celebrarlo a la calle cuando fue elegido el 2008. Mis hijos han crecido bajo su administración, al mayor incluso le tocó bailar Let´s Move con Michelle Obama en el colegio y yo me encontré al mismísimo POTUS en una pichanga del barrio cuando él veía jugar a su hija Malia. Pero la principal cercanía con Obama se fue construyendo de tanto verlo en los medios y en las redes sociales: jugando básquetbol con sus subalternos, bailando con Michelle, con guaguas en brazos, comprando en el negocio de la esquina, riéndose en la fila, bromeando con Jimmy Fallon, a punto de atrapar a Osama. Todas, escenas registradas y amplificadas sin fin por las nuevas redes de comunicación: Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat, Reddit, podcasts, streaming, no hay plataforma que el equipo comunicacional de Obama no haya aprovechado. Mi hija llegó a pensar que lo mío era infidelidad matrimonial de tanto que lo admiraba, como si de verdad hubiera entrado en nuestra casa. Y demás está decir cuánto lo extrañaremos ahora que nos deja.

Facebook, por su parte, desde el 2007 hasta ahora pasó a dominar el mundo con más de 1700 millones de usuarios. Con ese nivel de influencia son muchos los que acusan a la red del triunfo de Trump. Y más grave aún: sería Facebook el principal responsable de habernos instalado en “la era de la post verdad”, una nueva cultura política en la que dejan de importar los hechos y los “asuntos públicos” para darle paso a un ambiente donde la información rápida, muchas veces tergiversada o de frentón falsa, construye emociones colectivas (basadas en desinformación) que le dan forma a la opinión pública, lo que explicaría fenómenos como Trump o Brexit. En este terreno, supuestamente, la mentira campearía como nunca antes.

Como se dice en el poker, dudo.

Cuando se habla de post verdad, hay ya una leve insinuación –irritante- de que antes la cosa pública era más verdadera. Como si Trump hubiera ganado porque encarna la mentira y Hillary perdido a pesar de representar el núcleo sacrosanto de la verdad.

La columna vertebral de Trump está a la vista. Sus modos, su ambición, lo que lo mueve, hasta su narcisismo está nítido y expuesto. Es machista, homofóbico, retrógrado, imperialista, egótico, loco, racista y no lo oculta. Y en eso hay una virtud comunicacional muy fuerte. Trump tiene una resiliencia que para mi gusto tiene más que ver con la verdad que con la mentira. Trump no disminuyó su apoyo cuando apareció en el video grab-them-by-the-pussy, porque a nadie le sorprendió verlo hablar así. Lo que vemos es lo que hay. Es el mismo estilo con el que encaró los debates, el mismo modo con el que les puso sobrenombres a los 11 precandidatos republicanos que se echó al bolsillo, el mismo matón de camarín que no pretende ser algo muy distinto cuando se enciende la cámara. Trump aun no muestra su declaración de impuestos y da lo mismo: la opinión pública ya sabe que Trump ha hecho todas las martingalas posibles para tributar el mínimo. Si hasta lo dijo él a la prensa con orgullo, cuando le insinuaron que evadía impuestos con trucos legales: “Eso me hace astuto”, replicó.

Es como la paradoja del mentiroso: hasta cuando dice que miente sabemos que está mintiendo, entonces alguna gente al final le cree, aunque sea mentira, porque de alguna manera es verdad. Que nadie diga que no hay autenticidad en Trump. Auténticamente tramposo, claro está, pero en el meta nivel, si existe algo así, es auténtico.

¿Alguien cree en cambio que los Clinton representan la era de la verdad en la política? Hillary podrá haber tenido mejores ideas para el país, -voté por ella- pero han existido pocos candidatos que han llegado tan lejos con esa incapacidad de transmitir un solo gesto auténtico en 597 días de campaña.

No creo que estemos en la era de la post verdad. Tampoco creo que Facebook mienta o sea fiel a los hechos. Facebook solo muestra más rápido, con más frecuencia, más ángulos, más imágenes, más clips. Pero manipulación y propaganda han existido siempre. Fake news circularon desde el primer correo de noticias. Ya Julio Cesar entendía como nadie el poder del espectáculo y la distorsión de la información. Lo único nuevo es la vorágine, el volumen y la velocidad de la exposición.

Cuando un personaje como Trump logra abrirse camino en medio de esa selva a punta de mostrarse casi pornográficamente esperpéntico -pero con la gran virtud de no pretender tener virtudes que no tiene-, en vez de apuntar con el dedo al mensajero Facebook más vale preguntarse qué habrá representado Hillary para los votantes que estaba tan, pero tan devaluado. Y, lamentablemente, sería difícil afirmar que mi candidata representaba la verdad.

*Socia de la Agencia Felicidad y líder de Ashoka en Estados Unidos.