Carta abierta a los dirigentes de partidos y agrupaciones de izquierda y a los candidatos presidenciales del sector

Nos dirigimos a Uds en nuestra calidad de militantes de la izquierda para plantearles nuestras inquietudes respecto de la situación actual. Por un lado, nos preocupa la ausencia, con raras excepciones, de un debate en torno a ideas y proyectos y la centralización en torno a temas estrictamente electorales sin base en lo anterior. Por el otro, nos preocupa la ausencia de un sujeto político mayoritario capaz de liderar un proyecto de transformación y de revincular a la política con la sociedad.

Nuestra intención es provocar un debate que permita avanzar en estas dos líneas.

1) Chile enfrenta una crisis profunda.  Su origen se encuentra en la preservación de un modelo económico social neoliberal heredado de la dictadura y de un modelo político centralista, autoritario y elitista que impide su transformación. Los gobiernos democráticos de centro-izquierda no han sido capaces de superarlos y reemplazarlos por un proyecto de desarrollo nacional distinto pese a los avances realizados. La pérdida de confianza ha alcanzado al conjunto de las instituciones: iglesia, empresariado, militares e incluso sindicatos. Pero su efecto corrosivo en la estructura pública resulta más gravoso, pues erosiona las capacidades transformadoras del único instrumento consagrado al bien común: el Estado. El sistema político institucional ha alcanzado niveles insospechados de desprestigio. Ningún país puede desarrollarse bajo estas condiciones.  El desarrollo es una construcción que resulta de la movilización de grandes energías, capacidades de innovación, concertación y cohesión social, despliegue de estrategias, liderazgos motivantes, concreción de voluntades. Para que estos factores converjan se requiere de un espacio propicio. Ese no existe hoy en Chile. Es preciso construirlo. Los logros y fracasos que registra nuestra historia han permitido un gran aprendizaje. Del desplome de la democracia en septiembre de 1973 hemos sacado muchas enseñanzas. Sabemos que las reformas profundas requieren del apoyo de grandes mayorías. Una alianza estrecha entre la izquierda y el centro es para ello crucial. Sabemos que el desarrollo de un país pequeño como el nuestro requiere una inserción activa en la economía mundial, y que una macroeconomía sólida es una condición necesaria, aunque no suficiente, para alcanzar el desarrollo. Chile tiene grandes recursos naturales y humanos. Está en nosotros convertirnos en un país moderno, dinámico y socialmente cohesionado durante los próximos años.

2) El malestar social es el producto de muchos factores: desigualdades, abusos, deficiente provisión de bienes públicos en materias trascendentales para la vida de los ciudadanos como educación, salud, transporte, pensiones, seguridad pública. Se constata también tráfico de influencias, corrupción, burocratismo e ineficiencia. La calidad de la gestión pública es baja y más grave aún, decreciente. Hay sin embargo un problema más trascendental aún: la idea de comunidad política está fuertemente cuestionada. El individualismo propiciado por el neoliberalismo ha calado hondo en la sociedad y en la gente. Existe en la actualidad un país contradictorio: individualista en lo económico social pero más bien progresista en lo valórico. A fin de cuentas, ninguno de los problemas planteados admite soluciones puramente técnicas resueltas una a una de manera autónoma. Hay que pensar en un gran esfuerzo de confrontación ideológico-cultural en contra del neoliberalismo y en un proceso global y radical de reformas con secuencias y graduaciones muy bien establecidas que generen dinámicamente nuevas fuerzas para continuar avanzando. La construcción de un Estado social de derecho que garantice una sociedad cada vez más igualitaria, es un objetivo deseable pero constituye una tarea ampliamente pendiente.

3) Solo un sistema político-institucional que goce de alta adhesión ciudadana es capaz de procesar y resolver positivamente las grandes demandas sociales. El caso de la previsión es ilustrativo: existe un enorme clamor popular por una transformación sustantiva del sistema pero al mismo tiempo una falta de claridad en las alternativas y, sobre todo, una incapacidad total de la política para generar respuestas consistentes. Pero no hay involucrada aquí solo una responsabilidad de la política y los políticos. La dificultad para salir adelante resulta finalmente de la fractura cultural producida por décadas de predominio neoliberal que ha conducido a la preferencia ciudadana por las soluciones privadas por sobre las alternativas públicas y colectivas.

4) Las tendencias anteriores se vienen manifestando de manera persistente desde finales de la década de los noventa del siglo pasado. Los esfuerzos de los sucesivos gobiernos para enfrentarlas no han sido exitosos. A finales de los 90 se intentó abrir debate sobre las insuficiencias de la conducción de la Concertación. Sin embargo este debate fue ahogado: las discrepancias graves que existieron al interior de la Concertación de la época no se resolvieron y por la vía de los hechos se impusieron las ideas conservadoras.

5) A su manera, los diversos gobiernos han buscado inaugurar una nueva época: Ello no se ha logrado, ahondando así el desprestigio de la política. Dotada de un respaldo electoral inédito para su segundo período, -aunque entre una minoría que participó en las elecciones, hecho también inédito-, Michelle Bachelet, recogiendo las demandas que vinieron de la sociedad expresadas principalmente en las movilizaciones de 2011-2012, se propuso abrir un nuevo ciclo en la política chilena que significara la superación del modelo socio-económico y la institucionalidad política establecidos por la dictadura y parcialmente corregidos por los gobiernos democráticos de centro-izquierda. Este objetivo no se cumplió. La definición precisa de las reformas, más allá de los enunciados generales, fue defectuosa y a veces incoherente al paso que fuertes intereses al interior mismo de la coalición impidieron, por ejemplo en educación, avanzar en una reforma más profunda. En estos años la crisis de la política ha experimentado una fuerte agudización. El curso de las cosas pudo ser distinto: una convocatoria a plebiscito, a partir de una reforma constitucional, al inicio del mandato para resolver la cuestión constitucional habría abierto un proceso diferente. La enorme fuerza que concentraba la figura presidencial no se puso en juego y la gran mayoría electoral y parlamentaria obtenida el 2013 no fue utilizada.

6) Pese a todo se avanzó parcialmente en algunas reformas y la idea genérica de una Nueva Constitución terminó transformándose en un consenso. Aunque no todas las adhesiones sean sinceras es un buen punto de partida para avanzar hacia el establecimiento de una nueva Constitución que dote a Chile de reglas equitativas, no tramposas, legitimadas a través de la soberanía popular. Es un hecho que el gobierno actual dejará la tarea inconclusa. Asegurar y garantizar una Nueva Constitución requiere el concurso de todas las fuerzas políticas, de derecha, centro e izquierda. Pero esta condición no resultará de un proceso natural; debe ser inducido y precipitado. Será tarea prioritaria de las fuerzas progresistas generar los impulsos que permitan desatar este proceso, lo que requiere a la vez la convergencia de todas ellas, de modo de evitar retrocesos y trampas por parte de las fuerzas conservadoras.

La construcción de una correlación de fuerzas favorable al cambio constitucional, requiere de una intensa pedagogía: se trata de explicar cómo ninguno de los problemas más sentidos por la gente puede resolverse en un marco constitucional que consagra la existencia de un Estado débil y centralista y hace de la propiedad el derecho esencial al cual se subordinan todos los demás. Y no hay mejor pedagogía que un proceso de Asamblea Constituyente generado por la vía institucional.

7) La cuestión central que Chile debe resolver es la de la recomposición de su sistema político y de las relaciones entre institucionalidad y partidos por un lado y sociedad por otro lado, que permita la superación del modelo socio-económico y político heredados. Para ello es cierto que se requiere de un pacto republicano entre las todas las fuerzas políticas representativas, pero la condición de existencia de éste es un acuerdo mayoritario entre el conjunto de la izquierda sin exclusiones y las fuerzas progresistas de centro con el fin de evitar que se reproduzcan los vetos y chantajes de los llamados acuerdos de la transición. En la medida en que enfrentamos una ruptura de la relación entre política y sociedad es necesario que los acuerdos entre las fuerzas políticas estén respaldados por la presencia activa de una ciudadanía que vaya más allá de sus demandas puramente particulares por legítimas que sean.

8) Es comúnmente aceptado que en Chile hubo un primer acuerdo que fijó las bases del cambio desde la dictadura a la democracia. En realidad, más que un pacto o consenso nacional fue un acuerdo obligado e impuesto por el poder existente y que hace ya mucho tiempo que cayó en la obsolescencia. Las fuerzas democráticas no debieron aceptar ese pacto. El curso del proceso pudo ser distinto. Fue, por ejemplo, extremadamente grave que las fuerzas políticas que construyeron una gran mayoría, que hizo posible el triunfo del 5 de octubre de 1988, hayan aceptado ser puestas en minoría en el Senado de la República a través de los senadores designados. Se agrega a lo anterior la renuncia a revisar las privatizaciones tal cual se había propuesto en el programa de gobierno de la Concertación. Así, más de una vez, le faltó a la izquierda fuerza y voluntad para impedir acuerdos tan lesivos para los intereses populares. Por su parte, el acuerdo entre las fuerzas mayoritarias de centro e izquierda que permitió avances significativos pero a unos costos, altísimos en cuanto a legitimidad y capacidad de transformación también se agotó. Se requiere, en consecuencia, reconstituir un pacto transformador, enraizado socialmente, por parte de todos los sectores de izquierda, que permita conformar con los sectores progresistas de centro una coalición mayoritaria y un proyecto que lleve a las fuerzas de derecha y conservadoras a aceptar la necesidad de los cambios profundos que el país necesita

9) La tarea es especialmente difícil. Son muchas las oportunidades perdidas y profundas las desconfianzas. Pero no por ello esta deja de ser imprescindible y urgente. El horizonte actual es el de la mediocridad. Mañana puede ser el de procesos de descomposición social, cultural y políticos que hagan imposible una salida democrática, como ya ocurrió dramáticamente en nuestro pasado. Valga también recordar la deriva populista que condujo a la elección del viejo dictador, el General Carlos Ibañez, en 1952 luego de tres consecutivos gobiernos de Frente Popular bajo hegemonía radical. Para los conocedores de la historia, la situación actual presenta inquietantes similitudes con la existente a principios de los 50 del siglo pasado.

10) La elección presidencial del 2017 ofrece una gran oportunidad para instalar el debate sobre un nuevo pacto constitucional.  Más aún, estas elecciones debieran ser una suerte de plebiscito respecto de las propuestas de superación de la profunda crisis de las instituciones y de la sociedad. Una posición nítida en torno a la necesidad de un nuevo acuerdo nacional no elitista impulsado por las fuerzas de izquierda con la participación de los sectores de centro progresistas y con efectiva presencia social puede hacer de las elecciones un momento importante de deliberación informada e inteligente que permita avanzar en la reconciliación de la ciudadanía con las instituciones. En ausencia de un debate de este tipo la campaña presidencial se transformará en un proceso tóxico de alto poder destructivo como ya se puede advertir. Con toda seguridad, el gobierno que emane de un proceso con esas características, independientemente de su signo, estará irremediablemente condenado al fracaso.

11) La transformación de las elecciones en una confrontación democrática entre propuestas de resolución de la crisis política para asegurar el cambio del modelo socio-económico requiere de la existencia de un gran bloque transformador sustentado en una alianza entre el centro y la izquierda. Para ello, la izquierda debe resolver al menos tres grandes problemas. El primero es asegurar la convergencia entre todos sus componentes hayan o no estado en las coaliciones hasta ahora existentes. El segundo, asegurar que esta ampliación del espectro de fuerzas políticas corresponda a una ampliación de la base social con nuevos actores sociales y una ciudadanía activa. El tercero, establecer la alianza con los sectores progresistas de centro a través de compromisos públicos explícitos.

12) Las condiciones necesarias no son solo estrictamente políticas. Hay planteada una cuestión aún más trascendental: el reencuentro generacional. La vieja guardia que se enfrentó a la dictadura y protagonizó la transición no puede vivir de la nostalgia. Debe asumir la nueva realidad. Las nuevas generaciones que no vivieron la dictadura con todos sus rigores, que son hijos de una democracia imperfecta que garantiza sin embargo las libertades fundamentales y respeto a los derechos básicos, no pueden actuar como si la historia comenzara con ellas.

13) Hay que superar la división histórica de la izquierda que ha sido nefasta para Chile. La confrontación entre los que pretendían “avanzar sin transar” o por el contrario “consolidar para avanzar ” representó una división profunda que afectó gravemente al gobierno del Presidente Allende e impidió la generación de un frente interno unido para enfrentar al imperialismo y las fuerzas reaccionarias que buscaban su derrocamiento. Luego en dictadura se enfrentaron también dos vías, la pacífica de masas y la armada. Esta confrontación produjo altos costos humanos e hizo aún más difícil y limitada la salida de la dictadura. En fin, con la división, protagonizada en primer lugar entre el PS y el PPD y la auto exclusión del PC y de otros sectores de izquierda, las fuerzas de izquierda no alcanzaron la masa crítica necesaria para orientar la transición hacia la superación de la sociedad heredada de la dictadura. En este sentido, la historia reciente es también la historia de la fragmentación de las fuerzas de izquierda. En la actualidad, la emergencia de nuevos movimientos sociales, está haciendo posible la aparición de una nueva izquierda. Se trata sin duda de un hecho positivo. Esta nueva izquierda `puede insuflar nuevas energías, promover debates más profundos y recuperar el sentido del compromiso militante que se ha venido perdiendo en los partidos tradicionales. Una izquierda de ese tipo puede sin dudas ampliar sustancialmente su espacio mediático y parlamentario. Pero, en el contexto actual de división del progresismo sus posibilidades de superar el ámbito testimonial y de llegar a gobernar Chile son más que escasas. Centrar la discusión en los éxitos y méritos de la Concertación y la Nueva Mayoría o en sus fracasos y culpabilidades o buscar el predominio de un sector como condición de los acuerdos, sin mirar a un nuevo proyecto y horizonte común, impedirá la convergencia de las fuerzas de izquierda y condenará todo futuro de ella a la fragmentación y el fracaso.

14) Concretamente, proponemos una convergencia de las fuerzas de izquierda que asuma con resolución el combate por la igualdad que ha constituido la razón de ser de la izquierda tradicional. La lucha contra las desigualdades y los abusos debe ser reforzada. La izquierda transformadora que proponemos debe asumir con la misma fuerza y decisión los nuevos desafíos: el democrático en contra de los residuos autoritarios de la sociedad; el de género en oposición al machismo; el de sustentabilidad en contraposición al productivismo extractivista que por la vía de la depredación agota el medioambiente; el de innovación en contra del arcaísmo y el burocratismo; el de la diversidad en contra de las discriminaciones; el de la solidaridad en contra del imperio unilateral del mercado y el individualismo.

15) En un horizonte previsible la izquierda, por mucho que unifique sus fuerzas, difícilmente conseguirá alcanzar la mayoría. La historia nos enseñó a sangre y fuego que no es posible sustentar transformaciones estructurales profundas sin contar con una sólida mayoría social. En consecuencia la realidad impone una alianza con las fuerzas del centro progresista haciendo de tal alianza una fuerza mayoritaria. Se requiere transitar desde una coalición de centro-izquierda de personalidad anodina a una alianza progresista entre el centro y la izquierda transformadora, en la cual cada fuerza pueda desplegar sus convicciones sin complejos. Hay que construir un nuevo pacto.

16) La vieja Concertación terminó agotando su capacidad de transformación. El bloque de centro – izquierda terminó confundiendo las identidades de cada cual. Fue así como la DC fue perdiendo fuerza por derecha mientras que la izquierda se desangraba por su propio flanco izquierdo. La Concertación dejó de ser mayoría al paso que la derecha superó ampliamente su tercio histórico y el resultado obtenido en el Plebiscito de 1988 hasta transformarse en una opción de mayoría estrecha que permitió en el 2010 la elección de Sebastián Piñera, primer gobernante de derecha electo democráticamente después de más de 50 años. La constitución de la Nueva Mayoría pareció al inicio un intento serio de recomponer un frente más amplio La cuestión clave fue la inclusión del Partido Comunista objeto durante toda la transición de una exclusión vergonzosa. Al poco tiempo, esa mayoría se fue esfumando, en la sociedad y en el Parlamento. La lógica del funcionamiento de la Nueva Mayoría no fue tan distinta de la de antigua Concertación. Los llamados “matices” terminaron desfigurando todas y cada una de las grandes reformas que constituyeron las banderas con las que fue electa con una abrumadora mayoría Michelle Bachelet.

17) La arquitectura programática del progresismo reposa al menos sobre los siguientes pilares. Se trata de avanzar hacia: i) una Nueva Constitución con un sistema político representativo legítimo y transparente, transitando hacia un régimen semipresidencial; ii) un Estado a la vez descentralizado, activo, dirigente, promotor del desarrollo y la cohesión social, efectivo garante de la seguridad ciudadana, que reemplace en todos los campos los rasgos subsidiarios del Estado actual y que al mismo tiempo tenga mecanismos fuertes de control por parte de la ciudanía. iii) el predominio de lo público por sobre el interés privado, el dinero y el mercado, respecto de todos los recursos naturales y en todos los campos en que existen derechos como la educación, la salud, la seguridad social y la comunicación lo que exige la construcción de un sistema de medios que por la vía de la regulación y la presencia pública garantice un efectivo pluralismo; iv) estructuras productivas dinámicas orientadas a la generación de un mayor valor agregado sustentado en trabajo decente; v) nuevas regulaciones y medidas redistributivas que disminuyan las formas actuales y futuras de concentración de la riqueza y el poder y aseguren una creciente igualdad vi) la extensión de la protección social a través de derechos garantizados; vii) nuevas libertados como el matrimonio igualitario, el aborto como derecho de las mujeres y la profundización de la igualdad de género; viii) la autonomía e integración regionales, incorporando a nuevos actores como las universidades y las empresas; ix) el reconocimiento de los pueblos originarios y la construcción de un estado plurinacional; x) la conformación de un bloque sudamericano y latinoamericano capaz de insertarse autónomamente en la globalización.

18) Hemos experimentado de manera dramática durante este gobierno que los grandes enunciados son importantes pero insuficientes. Ellos deben ser profundizados hasta llegar a los detalles que pueden hacer toda la diferencia. Asimismo, debe definirse con claridad una estrategia que permita acumular fuerzas, aislando a los opositores más recalcitrantes e incorporando nuevas fuerzas al combate por las grandes reformas. La cuestión de las secuencias es, en este ámbito, crucial. La mala experiencia del gobierno actual en este plano, al no priorizar irrestrictamente la profundización de la educación pública es altamente ilustrativa. El estándar de diseño y ejecución de la política pública ha de ser exigente, riguroso, de excelencia, transparente y abierto a la participación efectiva de la ciudadanía.

19) La convergencia progresista debe asumir con resolución, sin medias tintas, los nuevos dilemas que trae consigo la actual revolución tecnológica. Las condiciones de producción se están modificando radicalmente. Otro tanto acurre con las formas de consumir. La inteligencia concentrada en el software es el factor decisivo. Nuevos desarrollos como la inteligencia artificial y la sociedad digital enfrenta a la humanidad a desafíos gigantescos. Se plantea entonces la pregunta ¿Quién gobierna a quién? Se requiere una acción deliberada para no sucumbir a los efectos perversos que también pueden producir las nuevas tecnologías. Por ejemplo, está demostrado por que de aquí a 10 años habrá desaparecido la mitad de los empleos actualmente existentes. El “big data” está en condiciones de proveer soluciones técnicas prodigiosas y al mismo tiempo de permitir nuevas y peligrosas formas de poder.

20) Los programas no operan en el aire. Se aplican por el contrario en condiciones objetivas que deben ser muy rigurosamente analizadas. Se está configurando una nueva geopolítica a partir de la emergencia del enorme poderío de la China. La potencia norteamericana hasta ahora hegemónica, muestra signos de declinación. Vivimos nuevas confrontaciones que entrañan grandes riesgos. Por su parte la globalización ha sido hasta ahora un dato clave puesto que parecía constituir una tendencia irresistible. Hay, sin embargo, muchos indicios de que ese mundo está dejando de existir siendo reemplazado por otro dominado por el neoproteccionismo y la construcción de grandes bloques más o menos cerrados. Toda la política económica y la política exterior chilena han sido pensados para insertar a Chile en ese mundo así globalizado. No podemos seguir practicando una política que dé la espalda a la realidad. La política basada en los acuerdos de libre comercio pudo ser coherente en la época anterior. Hoy día no lo es porque el mundo en el cual buscaba insertarse está dejando de existir. La vieja aspiración a la integración y conformación de un bloque económico, político y cultural de los países latinoamericanos y sudamericanos está más vigente que nunca. Esta es la única manera de enfrentar una globalización sin reglas con pocos ganadores y muchos perdedores.

21) Hay que asumir que estamos frente a una crisis muy profunda de la izquierda en el mundo. Se trata de una cuestión en extremo compleja. La socialdemocracia europea, cuna del socialismo democrático, no ha sido capaz de enfrentar los cambios de las últimas décadas y parece haberse empantanado en su decadencia. Los llamados gobiernos progresistas que dominaron durante los noventa en Europa, fueron en su mayoría barridos, y aquellos que aún subsisten como el de Francia, están a las puertas de sufrir una derrota histórica. La izquierda clásica se está acabando y terminará en la marginalidad y la irrelevancia si no es capaz de asumir los nuevos desafíos que hemos descrito.

22) América Latina experimentó en la década del 2000 grandes cambios de la mano de gobiernos progresistas que de manera desigual e imperfecta hicieron de la inclusión social su sello característico. Esos gobiernos tuvieron entre otros el enorme mérito de disminuir muy sustancialmente la lacra de la pobreza. Muchos de ellos fallaron en materia de reformas políticas que superaran la dependencia extrema de liderazgos personalizados. Además, no aprovecharon la bonanza de los commodities para a través de una política industrial inteligente diversificar la estructura productiva. Y más allá de la retórica, la integración regional algo avanzó en materia de concertación política pero retrocedió en el ámbito del comercio intrarregional.

23) La izquierda debe renovar su formulación programática, su arsenal teórico y sus formas de organización. La profundización de la democracia, que debe estar en el centro del programa, debiera buscar una politización de la ciudadanía y una ciudadanización de la política. En el plano teórico, hay que rescatar el legado de los clásicos pero al mismo tiempo, someterlo a la crítica formulada por las nuevas corrientes de pensamiento. En el plan organizativo hay que abrir un espacio grande a nuevas formas de militancia como la digital y a las agrupaciones temáticas de manera de complementar la clásica militancia territorial, al mismo tiempo que deben buscarse nuevos arreglos organizacionales que complementen la acción de los partidos.

24) En democracia las elecciones se ganan y también se pierden. Hay que agotar los esfuerzos para ganar. Una victoria efectiva es aquella que permite llevar a la práctica los compromisos que se adquieren. Las convicciones deben llevar la delantera respecto de los intereses. Las encuestas no pueden ser un argumento decisivo.

No hay peor derrota que aquella que suma al fracaso electoral el oportunismo y la renuncia explicita o maquillada a las ideas y valores propios. Es fundamental generar acuerdos, pero sin renuncia a las convicciones que sustentan nuestra identidad.

La próxima elección presidencial ofrece una gran oportunidad para instalar estos debates y superar el distanciamiento de la ciudadanía con la política expresado entre otros aspectos, en los altos niveles de abstención. A los autores de este texto, nos mueve la convicción de sean cuales sean las definiciones que se adopten en la izquierda de cara a la elección presidencial, los precandidatos y candidatos(as) deben comprometerse con la reconstrucción del tejido social, la aprobación popular de una Nueva Constitución y la construcción de una gran fuerza progresista que opere como la palanca principal del cambio estructural.

Les pedimos a todos Uds generar las condiciones para este debate, en el marco del proceso electoral actual, y hacer todos los esfuerzos para lograr una convergencia de todas las fuerzas de izquierda para conformar un bloque progresista de centro e izquierda que realice la tarea de superar la sociedad que hemos heredado y nos inserte efectivamente frente a los desafíos de este siglo

Manuel Antonio Garretón
Carlos Ominami