Con mi obra autoritaria con mi espíritu de sicopedagogo / Con mi afán redentor con mi estilo en la escenografía teatral / Con mi voluntad de hierro con mi arte conceptual con mi fuerza en bruto / –Con mi conocimiento cabal de las luchas de clases– / Te enseño a no comprometer tanta sangre tanto sudor tanta lágrima.

Muchos torturadores de “Rompan filas” se ven asaltados por sentimientos de piedad hacia las víctimas, aun mientras les hacen cosas terribles. No pasaba mucho en tus otros libros.
–Me alegra que repares en ese detalle porque es muy significativo para mí, y creo que obedece a la maduración de este libro respecto de los anteriores. La distancia de los años, los nuevos antecedentes que hemos conocido y mis propias meditaciones, me llevaron a la conclusión de que en los victimarios había más humanidad de la que ya estaba exponiendo. A mí siempre me intrigó el interés que suscitó “Arte marcial”, incluso de tipos como Enrique Lihn, y “Libro de guardia” también fue bien acogido. Pero nunca me convencí, los consideraba toscos. Y acá creo que llegué a una maduración de esa empatía con el victimario. Calibré con mayor precisión el lente ocular, por decirlo así, para atestiguar ese acuartelamiento en primer grado.

¿Cómo funciona ese ejercicio de empatía?
–Digamos que logré infiltrarme en un infante de marina de la Armada, y ahí ya me sentí en condiciones de estar in situ en la sesión de tortura y en los cuarteles ilegales de detención. Entonces llegué a la atrocidad, si se quiere, de entender que ese golpe de puño, que es el logotipo de la DINA, era más que un gesto fulminante. Había en él cuestiones de sensibilidad humana.

Y a la vez, hubo gente del medio literario que te criticó el “Libro de guardia” y que ahora sí te respalda. ¿Cambiaron las condiciones de apreciación?
–Sí, eso me ha llamado la atención. Y creo que también obedece a un telón de fondo político.

¿Por qué?
–Porque en estos textos se filtra un punto de vista que, a estas alturas, era absolutamente necesario: “oye, no podemos ser tan hipócritas, relativicemos un poco las cosas, lo que pasó aquí no fue tan negro o blanco”. Y esa necesidad de recapacitar se filtra desde lo literario porque desde lo político no se quiere asumir, se prefiere que estas cuestiones sean cosa juzgada. Entonces se necesitaba esta otra mirada, más escalofriante pero también más fría, llena de emotividad pero reconociendo ciertas cosas. Creo que por eso el libro está fluyendo.

Te ha ido bien.
–Hay gente que ha quedado incluso pidiendo explicaciones, porque no es común que salga un libro con tanto apoyo logístico. Y yo me he prestado para el juego publicitario, pero sé que en la literatura uno se puede perder muy fácilmente. Logramos el éxito literario y nos quedamos usufructuando, léase Parra. Ahora, para ser bien sincero, yo nunca antes me había sentido escritor, pero aquí sí. Ya no podría decir que escribo los domingos para entretenerme.

HUMILLAR AL PRÓJIMO

Pones a muchos victimarios en la circunstancia de que el prisionero les pida una última voluntad antes de ser ejecutado. Algunos acceden y otros no. ¿Qué se juega en esa decisión?
–Bueno, eso es lo interesante de situarse en la gestualidad y la toma de decisiones del victimario: que el victimario abstracto se concretice. No son todos iguales. El victimario de la Caravana de la Muerte es uno, el de la Operación Albania es otro, el de la familia Maureira en Lonquén es otro. Son todos escenarios en donde el victimario interviene a partir de su posibilidad de sacarle la mugre al prójimo, pero en condiciones siempre distintas. Hay todo un repertorio de posibles conductas, desde la racionalidad política más fría hasta el sadismo despiadado de un jetón sicótico.

En que el torturado es un puro objeto…
–No, te interrumpo, en buena onda… Mi premisa de la relación entre víctima y victimario es que la víctima siempre es tratada de sujeto a sujeto. Y quien da cuenta de esto es El Mocito, que en sus declaraciones siempre está diciendo que aquí hubo una convivencia extrema. En un texto de este libro, de los que a mí más me conmueven, una mujer es torturada y después los tipos se van de carrete y por sorteo dejan a uno custodiándola. Y esa mujer, en un minuto dado, le dice a este señor verdugo: “Oye, compadre, ¿por qué no me abrigai? Ahí está la chaqueta”. Y el tipo le pasa la chaqueta, pero se caga entero cuando ella le dice: “Gracias, compañero”. Ahí se lo da vuelta en la moral irreprochable. El tipo quedó para toda la vida con esa frase, porque se vio comprometido con un gesto que no tenía nada que ver con causar dolor y aflicción. Y la entereza de una torturada de decir “abrígame, sé hombre conmigo”… Así que no, para mí todos son sujetos.

Pero en varios poemas, torturar o matar son sólo pruebas de integridad o de virilidad entre los hombres de armas. Ahí la víctima está de adorno, al que le tocó le tocó.
–Pero la intersubjetividad es total, porque hay algo muy difícil de manejar: la desfiguración del rostro de la víctima. Y hubo víctimas, hubo compañeros como el Quila, que efectivamente resistieron y suscitaron la admiración de los victimarios. Pero también está el ejemplo del Fanta, que no resistió y fue reclutado por el enemigo. Los comunistas lo odiarán, las agrupaciones de DD.HH. dirán que es un monstruo. Para mí sigue siendo un camarada comunista.

¿Por qué?
–¡Porque la tortura es una cosa feroz! Entonces que algunos digan “oye, estos traidores delataron”, no, no se puede. Son realidades muy humanas, no inhumanas, y eso es lo que hay que poner en la primera avanzada del discurso libertario. La matanza de los Selk’nam fue absolutamente humana. Es decir, yo no renuncio a la radicalidad de entender. Y la Hannah Arendt siempre me ha auxiliado en esto, para no quedar como loco, digamos. Ella fue muy fustigada por decir “sí, los campos de concentración, sí, el horror, pero vamos al terreno de la filosofía”. Yo he dicho “vamos al terreno de la poesía”. Adorno dijo que después de Auschwitz no se podía escribir poesía, pero es todo lo contrario: ahí, más que nunca, la poesía debe intentar tomarse el cielo por asalto.

Así como hay gestos de piedad, en “Rompan filas” también hay mucho odio gratuito. En un interrogatorio se burlan de una mujer comunista por ser tan fea y hedionda que nadie la quiere violar. ¿De dónde viene esa necesidad de humillar, ese odio?
–Esa necesidad de humillar al prójimo es absolutamente bíblica y es absolutamente de siempre. Alguien dirá “eso lo dice un fascista”. ¡No, esta es la condición humana! Y es la necesidad no sólo de humillar, de vejar, sino de eliminar. Si uno examina bien todas las instituciones republicanas y de la civilización, no son otra cosa que una barbarie en formación reactiva, y ahí me acompaña el arsenal psicoanalítico.

Desarrollemos el punto.
–Un ejemplo que todo el mundo va a comprender: la pataleta del hijo único cuando viene un hermano menor. ¡El niño postergado quiere matar a su hermano! Yo he visto escenas despiadadas, pero no en las palabras, sino en los gestos. El gesto de decir “hermanito tieeerno”, ¡y se lo está afilando, viejo! Se sintió desplazado, despojado, y ese sentimiento es de siempre. La pataleta narcisística de los demócratas hoy día en Estados Unidos… no, eso es feroz. ¡Es odiosísima! Les quitaron la teta y en un día se olvidaron de ser demócratas. Si tú analizas la gestualidad de la Hillary Clinton y la Meryl Streep, vas a reconocer muy claramente esa actitud histérica de decir “nos quitaron el pezón”. ¡Pero si es el país de la libertad, en cuatro años más pueden hacer lo que se les antoje! ¡Respeten al pueblo! No, la izquierda es la que menos comprende este tema. No comprende la pataleta narcisística del despojado, que viene desde Caín y Abel. Es exactamente lo mismo.

¿Qué hay que hacer con Caín, entonces?
–Ah, es una pregunta de candor y yo también la asumo. ¿Hay remedio para esto? Sí. Yo diría que en términos políticos, la democracia liberal es la solución. Y en términos de individuos, tomando conciencia a cada minuto y con una buena crianza. Por ejemplo, creo que el boxeo es una buena manera de solucionarlo. ¿Tienen problemas ustedes dos? Ya, sáquense la cresta, pero hay ciertas reglas, y un peso liviano no puede pelear con un peso pesado. Todos los deportes son una manera de reglamentar el odio. Y yo soy optimista frente a este problema, no soy hobbesiano, pero tenemos que compensar correlaciones de fuerza y estar muy atentos. O en términos chilenos, no ser ahuevonados. Saber que si llega la hora de los quiubos, alguien tendrá que pagar el pato. Y a veces decir, con pragmatismo, la bolsa o la vida. Como un padre de familia le dice a un asaltante “compadre, llévate todo, pero no hagas nada más”. Y ahí tiene que tener mucho cuidado, porque si lo suplica con cara de cordero degollado lo van a hacer mierda.

AUTORITARISMO CHILENO

Hoy tengo clara la película en la Patria / (Me temen): / Ya soy un / Principio de Autoridad.

En el libro hay un poema, no sé si tú les llamas poemas…
–Me cuesta, prefiero decir que son ataduras de cabos sueltos. También me cuesta decirme poeta. Me siento más bien un activista, un activista de la condición humana.

En uno de los primeros textos del libro, se dice a los lectores: “Por favor, admitan las voluptuosidades del autoritarismo chileno”.
–Sí. Justamente por sentirme un activista de la condición humana, mi adhesión al principio de autoridad es absoluta. Creo que ahí reside toda posibilidad de la sociedad civil, en cómo combinamos ese principio. Y ahí entran todos los problemas de legitimación del poder, reflexiones tipo Gramsci sobre hegemonía, en fin. Y lo que vivimos hoy día, a propósito de que el tema inmigrante está en la primera plana, es la metáfora resucitada de Babel. En algún minuto se dijo “universalicemos todo esto con el esperanto”, pero eso se le ocurrió a un estúpido. Lo propio del ser humano es tratar de levantar una bandera, su bandera, y simbolizar con eso su manera de erguirse en una tierra prometida. Veamos los rostros de los chilenos, ahí están los resultados: híbridos de todo ese cacheteo antropológico de víctimas y victimarios, de vencedores y vencidos. Que es la historia humana, finalmente.

¿Te gusta el autoritarismo chileno?
–Sí y no. Tiene un lado muy auténtico, pero es ramplón. Tendemos a olvidar que el Chile de la Colonia no es el Chile actual, es un valle central. Y ese valle central es el mayor fantasma que nos recorre a nosotros. De ahí parte toda la ramplonería de la oligarquía criolla, porque en el valle central tú vives a cuerpo de rey, para qué vas a crear industrias o empezar a navegar. Nosotros nunca fuimos los ingleses, esa es una imaginería asquerosa. Nuestro autoritarismo es fragmentario, no tiene cuadra, no tiene cuartel. ¡Si el primero que dio el golpe de timón aquí fue Diego Portales! Portales dimensiona todo esto y va pavimentando terreno. Y sólo después de la Guerra del Pacífico, Chile es un Estado y hay un intento de ponernos al día, pero siempre socavado por una aristocracia demencial en cuanto a su falta de cultura, de emprendimiento, de nacionalismo. Nuestro autoritarismo es muy “de atrás pica el indio”, macuco, asolapado.

En uno de los pocos textos de “Libro de Guardia” que volviste a incluir, se pasa lista a una serie de vejámenes cometidos en distintas poblaciones para terminar diciendo: “Te dieron una lección moral en el Gran Santiago”. ¿Por qué una lección moral?
–Sí, ahí se está diciendo que a la Unidad Popular le dieron una lección moral muy grande. Que no se puede jugar con fuego, que hay que ser responsables de nuestros actos. Y que conste, el guaracazo en Chile lo dio la pequeña burguesía. Porque la aristocracia, como eran unos flojos de mierda, Allende ganó y se escaparon al otro día. Algunos entregaban el fundo bajándose los pantalones. Ya sabemos que la CIA puso plata y todo eso, pero fue la pequeña burguesía que le dijo al proletariado “hasta aquí nomás, se les pasó la mano”. Y con razón. ¡Si estaban expropiando talleres de costura, eso no puede ser! De ahí viene la lección moral. ¿Tú crees que los victimarios se plantearon “les vamos a dar una lección moral”? No, es la Historia. La Historia nos dijo: “¿Quieren cambiar la vida? ¿Quieren transformar el mundo? Háganlo, pero tómense en serio”. Y tuvieron todos los elementos para dimensionar la situación. Si ya en 1970 les matan a don René Schneider, un hombre que realmente se la jugó. ¿Pero te das cuenta? Son tan ignorantes que a Carlos Prats sí que lo ensalzan, pero no a Schneider, que fue el verdadero héroe.

¿Por qué?
–Porque todo el Estado Mayor estaba de acuerdo en dar el golpe, pero él se encachó y dijo “no, yo voy a respetar la voluntad popular”. Ahora las constructoras le están haciendo mierda el monumento, ¿y dónde están las movilizaciones para decir “eso no se toca”? ¡René Schneider no se toca! Pero son gente muy ignorante, no hay nada que hacer. Por eso siempre digo, con ironía, que si me encuentro con un tipo de izquierda soy el facho más recalcitrante. No tienen idea, son gritones, son histéricos… y después llorando sobre la leche derramada, porque son campeones de hacerse la víctima. “Nooo, Trump nos quiere censurar, Hollywood va a desaparecer, nuestras libertades públicas…”. No, son gente que perturba la realidad, realmente.

Quisiste estar en Nueva York para el día de las elecciones.
–Sí, tenía ese proyecto hace mucho rato. Yo no he viajado mucho, recién a los 60 años empiezo a viajar. Y tengo planes. Quiero estar en París para la segunda vuelta. Y si gana Marine Le Pen…

¿Te gustaría?
–Me encantaría.

¿Por qué?
–Porque es una manera de precipitar las cosas en el sentido de la vieja Europa, de las viejas repúblicas. ¡Si los ataques son pero ya brutales! Entonces, Marine Le Pen es como decir “miren, aquí siempre los hemos admitido, tienen un barrio para ustedes, pero ahora se les pasó la mano, basta”. ¿Y cuál es el principado mayor de la intelectualidad progresista hipócrita en el mundo? Los franceses. Si Foucault estuviera vivo diría “oye, qué felicidad más grande que nos estén matando aquí mismo, ¡qué bueno, ya estamos cansados de vigilar y castigar al mundo!”. Toda esta gente que no entiende el principio de autoridad, que habla en forma desaforada de la tolerancia, debe tener algo de masoquista. Ahí tienes las diatribas existencialistas de Sartre. Entonces Dios quiera que la Marine Le Pen triunfe, porque ahí van a tener que hacer la pega. Es decir, pensar de verdad, no pajeándose.

¿Qué es para ti el fascismo?
–El fascismo es resentimiento, rencor vivo. Resentimiento político, individual, del barrio, del gremio. El fascismo está en el oxígeno, y es un bicho muy desgraciado que ningún sistema inmunológico puede inhibir. Volvemos a la mitología bíblica: “oye, los hice a mi imagen y semejanza, pásenlo bien, porque si me desobedecen los voy a castigar con la vergüenza y ahí se las van a tener que arreglar con el resentimiento. ¿Ah, me desobedecieron? Muy bien: háganse mierda”. Eso es lo que nos ha pasado siempre. Es tan fácil pasarlo bien, pero nos buscamos la manera de destrozar, de torturar, de aniquilar. Ya el renunciamiento de nuestros padres a toda esa granjería maravillosa, a la voluntad de Dios, creó el fascismo asociado al poder destructivo del otro. ¿Por qué tenemos al otro internalizado? Porque nos inmoviliza, nos coarta, nos desafía. Y en situaciones límite, no hay otra manera de creerse felices que eliminarlo a como dé lugar. Entonces uno como liberal tiene que pensar cómo hacemos para que no nos ocurra esto, para que no seamos vejados por nuestros hermanos de sangre y podamos inhibirlos; para que no nos quedemos en demagogias de la justicia social y que les vamos a volar la raja a los momios que son abusadores porque sí. Se trata, en el fondo, de tener un poquito más de preparación, no ya intelectual, pero sí emocional.

¿Y Marine Le Pen no es fascismo?
–Para nada, es todo lo contrario. Lo mismo que Trump. Esas son contrariedades de la política coyuntural, nada más.

¿Las primeras medidas de Trump te han parecido bien?
–Son medidas preventivas adoptadas por un país que decidió tomarse en serio el terrorismo y está en su pleno derecho. ¿Por qué ganó Trump en las urnas? Porque Estados Unidos ya ha sido atacado y la clase media dijo “basta, se acabó”. Y la reacción visceral de la oposición refleja lo que he llamado la sedición de la histeria. El plutócrata Soros, Hillary, Obama, han enardecido los ánimos con una insolencia rayana en el delirio, y lo más grave, socavando la legalidad. Porque ojo, han involucrado al poder judicial. Tuvieron ocho años para sacar el país adelante y ahora se dan el lujito de tirarle el mantel a la democracia. El otro día pensaba: esta gente reaccionaria de la pasarela cultural progresista, ¡si supiese lo que es el fascismo! Oye Meryl Streep, anda a hacer una carpa en Alepo y después me cuentas si te sientes disconforme con un adversario político que ha triunfado en democracia. O ándate a Cuba y ahí me cuentas si sientes amenazada la libertad de expresión.

También fuiste a Cuba el año pasado.
–Sí.

¿Qué viste allá?
–Miseria, miseria injustificable por todos lados. ¿Qué vi en el Hotel Nacional? Unos gordos repelentes con unos negros que hasta a mí me daban ganas de que me culearan. Unos efebos de 17 años, 18 años, maravillosos. No, una prostitución total. Por no hablar de todo el historial de represión política de Fidel Castro, de lo cual también recogí muchos testimonios de cubanos. Tú sabes que allá tiene que pasar como una hora para que la persona te diga lo que piensa de verdad, es una cosa muy triste.

LECHONES Y EDIPOS

En “Rompan filas” hay mucho castigo al agitador irresponsable, pero también mucha compasión con el muchacho inexperto que no sabe en qué se está metiendo (“compañero, ¡tire la toalla!”).
–Claro que sí. El cabrón que dice “pucha, pero si es un lechón”. Como ese cabrón que se infiltra en la Plaza Artesanos un 1 de mayo, empieza a silbar la Internacional y viene un lechón a decirle “¡camarada, compañero!”. Y el tipo lo ve tan inocente, tan lleno de ilusiones, tan virginal, que dice “¡cabro culiao, en veinte minutos aquí va a quedar la zorra! Por favor, ándate de aquí, no estás maduro, tus condiciones subjetivas no están dadas” [en toda la entrevista, Vidal teatraliza los poemas improvisando, no cita los versos originales]. Y el lechón se va y el victimario se alivia, porque la instrucción es muy clara: tengo que darme vuelta a dos compadres de todas maneras. ¡Pero no puedo echarme a un hijo, no puedo, sería muy miserable! ¡Ándate de aquí, mierda! Ándate a estudiar, anda a ser un hombre de provecho, mira a lo que he tenido que llegar para ganarme la vida y tú me venís a decir ‘compañero’… ¡Por favor, sal de aquí!”. Esa piedad nunca un izquierdista se la va a reconocer, jamás. Quieren ser aristócratas de las emociones fuertes, de los buenos pensamientos, y no son capaces de darse cuenta de que el ser humano está ahí, ahí, ahí.

En otro texto, casi iniciático, un liceano que podrías ser tú va caminando a La Moneda el día del Golpe para sumarse a la resistencia. En el Puente Cal y Canto lo agarran unos soldados, se burlan un poco y lo dejan en una iglesia, donde pasa la noche con los clérigos. El tipo recuerda esto de adulto y dice que salió de ahí “con otra percha, con otro dogma de fe”. Suena muy autobiográfico.
–Claro, es la conversión. Ese es un poema al que yo le tengo mucho cariño, un cariño enorme… me emociona incluso… [se quiebra]. Tiene mucha carga emocional, una pureza. Pero una pureza redimida por los militares, ¿me entiendes? En rigor no es autobiográfico, yo no viví eso de ir y que me digan “pero pa dónde vai, cabro hueón, ¡está quedando la zorra aquí! Ya, te vamos a ir a dejar donde los curas, esa gente te va a guarnecer porque tú no entiendes lo que está pasando”. Y esos conscriptos lo agarran pal leseo, capaz que le hayan pegado un par de coscachos, pero con un propósito de bienaventuranza. Y cuando el tipo hace una añoranza de esto, su modo de ser ya es otro. Se pegó el alcachofazo, tomó conciencia, que es lo que yo quisiera con este libro y con mi trilogía: que haya una toma de conciencia de lo que nos ocurrió, de por qué nos sacaron la contumelia. Porque fuimos desprolijos, porque quisimos crear poder popular con consignas. Desgraciadamente éramos todos como ese muchacho: no advertidos de lo que era un toque de queda, una ley de seguridad interior del Estado; no advertidos, el propio Allende, ¡de lo que era la Guerra Fría! Gente muy bien inspirada que tenía sueños, tenía quimeras, ¿y en qué se convirtió? En el chivo expiatorio del Chile actual. Todos los pilares de esta sociedad tienen por basamento las osamentas de esos derrotados. Mira, hay algo que unos y otros, derecha e izquierda, nunca van a reconocer: no hay ninguna sociedad en el mundo que no esté basada en un escarmiento inicial. Y el escarmiento en Chile fue durísimo.

También está el hijo que le reprocha sus errores al padre sindicalista, como lo fue el tuyo, y lo quiere redimir, pero diciéndole “te hago sentir el peso de mi arrogancia”.
–De la arrogancia que da la toma de conciencia. Se lo reprocha para acogerlo, no para burlarse de él. “Papá, tú no estabas capacitado, pero gracias a Dios yo, por un conjunto de circunstancias benévolas, alcancé a captar qué pasaba acá”. Pero sin lagrimeo, sin autocondescendencia, sino con un rigor inmaculado de dar gracias a la vida. En este libro también hay mucha familia. La madre que va al regimiento a decirle a su hijo: “¡Atina, hombre por Dios! Yo te enseñé como un hombre hecho y derecho, pero ya me contaron que tú no estás siendo un conscripto como corresponde. Con mi voz de mando y delante de toda esta gente, te digo: no me hagas pasar vergüenza”. Y ese soldado efectivamente dice en otro minuto “estoy hablando como hombre”. Pero después de todas esas penitencias y esas vergüenzas de aprender a ponerse los pantalones.

strong>La hombría está muy presente en el libro.
–Sí.

Pero es una hombría muy necesitada de la Virgen del Carmen.
–Efectivamente. Yo sostengo que toda la virilidad está a merced de cómo uno se libera de lo edípico. Y ahí me prosterno ante el misterio, no hay una solución clara para acceder a esa liberación interior, a esa catarsis que cada uno la sabe en su corazón. Esto no pasa por negar a la madre, sino por reconocer sus esfuerzos pero decirle “mamá, llegó la hora, ya déjame, libérame”. Y eso significa que el tipo incluso le puede decir a la madre, a la Virgen del Carmen, “mira, yo ostento una condición gay”. Pero eso ya es una solución muy personal. Yo creo que liberarse del Edipo es posible, pero es un proceso de una sevicia atroz y una crueldad infinita.

La homosexualidad es otro tema muy recurrente en estos poemas, denigrada o aceptada según el caso. Mucha homofobia y sodomía a la vez.
–Por lo mismo que estamos hablando. En estos procesos purificadores de la identidad respecto de la madre, hay gente que queda a medio camino: la imagen materna llegó a tal grado de castración que impidió al individuo salir del claustro. Me dirán los homosexuales que estoy haciendo lecturas muy rígidas, que la homosexualidad es connatural al ser humano. Sí, pero bajo las condiciones de no poder ahuyentar al fantasma materno. Ahora, todo esto tiene una zona de ambigüedad altísima.

Como ese capitán que sueña con su madre y se vuelve mujer en el sueño.
–Ah, sí, ese capitán tiene una pesadilla siniestra. Dice “pero yo soy capitán, cómo chucha me estoy colocando la ropa interior de mi vieja”. Pero eso no lo lleva a un colapso nervioso, sino a decir “bueno, esto es una rareza, una extravagancia, en realidad yo soy capitán”. Con eso quiero decir que todos estamos llenos de mosaicos fluidos, nada es robótico en esto. Y los textos homosexuales que sitúo en el regimiento dan a entender que hay una comprensión por parte de la jerarquía. Siempre que se demuestre valor militar y no lloriqueo, no mariconería, eso no. Incluso doy a entender que hay homosexuales más hombres que los heterosexuales, y ese también es uno de los mensajes subliminales de la obra: muchas veces hay hombría en gente a la que no se la atribuimos.

EL ESTADISTA PINOCHET

Los militares que aparecen acá son de mediano y bajo rango, y el que nunca aparece, o muy espectralmente, es Pinochet. ¿No tiene lugar acá o quieres salvarlo de estas voces?
–Hay un par de textos en que lo hago comparecer. Pero yo creo que Pinochet está presente permanentemente en la obra.

¿El ethos cultural del libro sería él?
–Indudablemente. De mis tres libros.

Tú le regalaste un libro.
–Sí. Por esas cosas de la vida conocí a un guardaespaldas suyo y él me invitó a conocerlo. Yo no me atreví por respetar su vejez, ya estaba viejo. Pero le dije a esta persona, “quisiera regalarle un libro de historia”. “No”, me dijo él, “está leyendo sobre las estrellas”. Así que compré un libro magnífico sobre astronomía y se lo mandé. Me hizo llegar una carta de agradecimiento.

¿Tú principal sentimiento hacia Pinochet es de gratitud?
–Sí, yo soy muy agradecido de Pinochet y no tengo ninguna duda en decirlo. Hay gente que hace caso omiso de lo que significaron tantas cosas, como la libertad. ¡La libertad, nada menos! Si el comunismo es una cuestión muy desgraciada. Lo que pasa es que si uno escucha “Te recuerdo Amanda”, el “Manifiesto”, “El niño yuntero”, hay que ser muy miserable para no conmoverse. Pero cuando se trata de dimensionar la historia, esas son cancioncillas de cuna. Obviamente a mí me indigna que hayan matado a Víctor Jara de esa manera, y ese fue uno de los episodios que no quise abordar. Pero el legado de Pinochet, visto con sentido histórico, es una cuestión admirable. Oye, la manera en que neutralizó a los argentinos, que eran unos locos, ¡el tipo fue un maestro! No, Pinochet fue un estadista de tomo y lomo.

Hemos hablado de la hombría, del principio de autoridad. Que Pinochet termine como un ladrón, haciéndose el demente para dejar caer a los suyos y salvarse él, ¿no mancilla tu imagen de él?
–No, para nada. Oye, ¿quién no tiene tejado de vidrio en Chile? Incluso te voy a decir una cosa: a Pinochet muchas veces le tiene que haber llegado plata que ni siquiera quería. Y al final el viejo ya no tenía por qué responder por el resto, cada uno tenía que defenderse. Ahora, ¿quieres que te hable mal de Pinochet? ¿Aparte de los torturados, aparte de la infracción de los DD.HH.? Óscar Bonilla. ¿Me vas a decir que el helicóptero se cayó por un desperfecto técnico? Bueno, Fidel hizo lo mismo con Camilo Cienfuegos.

El texto final de “Rompan filas” dice “No hay Altar de la Patria”. Del momento actual de Chile, ¿qué te preocupa más?
–La corrupción moral de las élites, de todas las élites. Están destruyendo las expectativas de la gente, haciendo mierda el concepto de representatividad política. Y vamos como en un alud, no veo tope. ¡Cómo no vamos a poder converger en una decencia republicana elemental! Es horroroso. Ahí tienes los incendios intencionales: delincuentes aprovechándose del pánico porque saben perfectamente que la patria no está en condiciones de defenderse como corresponde. No hay Altar de la Patria, no hay una configuración mítica ni mística de lo que somos como país. Si supiésemos cómo hemos llegado aquí, no sólo los detenidos desaparecidos, sino todo lo que hizo Portales, los decenios, los radicales, las maravillas del movimiento obrero con Recabarren… Todo eso forma parte de un ethos que ahora quieren destruirlo.

¿No lo destruyó Pinochet?
–¡No pues, todo lo contrario! Si nosotros íbamos a la destrucción masiva, el cuerpo social estaba realmente putrefacto.

También eres muy admirador de Allende.
–De su sacrificio del 11 de septiembre. Eso es maravilloso. Por eso te digo que el autoritarismo chileno es súper ramplón, pero cuando saca las garras es una cosa espectacular, epopéyica. De los mapuches para acá.

PUDOR Y EXHIBICIONISMO

Espectador de la obra relájese / Aquí la luz de los reflectores / No le hará daño ni maltrato / Se usará sólo en la producción / De efectos escénicos.

¿Tienes lectores militares?
–Siempre me lo he preguntado, es un misterio para mí. Ahora, yo creo que sí los hay, y me da una especie de regocijo católico porque yo sé que ellos dicen esto: a este compadre nunca lo vimos ni en pelea de perros, cómo es posible que nos comprenda tan exactamente.

En el libro pones a muchos victimarios en actitud de negación, como diciendo “esto no pasó, esto no pasó”.
–Claro, esos textos parecen muy lineales pero tienen una gran sintomatología. “No, no, no”, cuando un lector atento se da cuenta de que sí. Es un poco como el Negro Corbalán, que ni siquiera se atreve a decir “¿saben qué?, yo deje la cagá, pero tengan un poquito de conmiseración, ¿es posible, un poquitito?”. ¡Pero reconocer por lo menos!

Y esta vez también incluiste muchas más voces de víctimas.
–Pero yo creo que aquí siempre están hablando las víctimas. Siempre he dicho que soy un poeta de los victimarios pero para que quede claramente situado lo que les pasó a las víctimas. Y por eso, cuando viene al caso, dejo a los victimarios en segundo plano. En uno de los textos cuento que hay una mujer extraordinaria, con el culo hecho a mano, y los tipos dicen “oye, hay que afilarse a esta mina, está muy rica”. Pero yo no cuento la escena en que la violan. Cuento cuando ella regresa, adolorida del alma, y le dice a otra prisionera: “Compañerita, hágame una friega…”. ¿Qué significa hacerle una friega? Correrle mano. ¡Pero en la ternura, en la dulzura! Y la otra le dice “compañera, duerme, yo soy tu almohada, no te dé vergüenza, déjame arroparte, déjame darte las gracias porque gracias a ti no me violaron a mí”… No, no podía contar esa violación. Y tampoco quise entrar en otras honduras. La violación sodomítica, compañero, me dio pudor.

¿Hay lugar para el morbo acá?
–Te agradezco esa pregunta porque es algo que quizás muchos han pensado, aunque no me lo planteen directamente. Mira, es posible llegar a hacer esa lectura. De hecho, el sufrimiento más espantoso que yo tuve al escribir esta tercera versión de este mundo, fue ese. En un momento me dije: “José, Bruno, ¿no estás cifrándote en el morbo?”. Eso me dio mucho susto, la pasé mal con eso. Pero tengo la conciencia… muy tranquila [se emociona]. Y te lo puedo decir con mucha sinceridad: de mi parte, no hay ningún morbo. Ya te decía que omití escenas justamente porque podían colindar con lo morboso. Y ahora que he tenido una cobertura mediática muy amplia, donde aparezco como muy suelto de cuerpo, en la moral personal me he dicho que ojalá nunca se entienda que aparezco así porque sí. Porque es tal la fuerza testimonial de mis textos que, si llegase a ocurrir eso, yo tendría que decirte que efectivamente he asumido una condición de victimario.

Y dada esa fuerza testimonial, tus ejercicios de desdoblamiento tan intensos, ¿has llegado a pensar que perdiste la distancia con el personaje?
–Voy a agarrarme de la frase de Flaubert: “Madame Bovary soy yo”. Lo que quiere significar esa frase es que siempre hay un continuo. Yo te podría decir “este es José Díaz y este es Bruno Vidal”, separarlos, pero creo que se tocan. Y a veces ha habido episodios de confusión, de promiscuidad entre el actor y el hombre, pero menores. No estoy para nada confundido.

¿Y no te asusta que sean las víctimas quienes lean esto y no lo entiendan?
–Yo sé que ellas, en un primer minuto, podrían reaccionar mal, y llegar a decir que hay falta de respeto. Pero intuyo que en una segunda lectura, más distanciada, se darían cuenta de cuál es la maniobra, la intención. Déjame contarte algo. El mismo día en que entregué el manuscrito final, fui a hacerme un examen por orden de un reumatólogo para ver cómo funcionan mis nervios. ¡Y me aplicaron corriente, viejo! Muy leve, obviamente. Pero yo pensé: la Virgen del Carmen me está diciendo “échele pa adelante Brunito, pero sepa qué está diciendo”. Sí, sé lo que estoy diciendo. Y estos libros, tan recalcitrantes en lo que es el dolor humano, a mí me han ayudado a respetarme a mí mismo. Pero sí he recibido ataques muy duros, en lo personal y en lo público.

¿Dolorosos algunos?
–Claro, dolorosísimos, incomprensiones de seres muy queridos. Y para decirlo directamente, me siento con un cierto asedio moral al respecto. Sé que he puesto el dedo en la llaga, y a veces he pensado que podrían encararme en términos serios. Sobre todo con esa gran pregunta: ¿adónde quiere llegar con esto? Tú hablaste de morbo, pero si me hubieras preguntado “¿ha habido exhibicionismo?”, ahí yo reconozco que sí, mucho exhibicionismo. Pero también en función de un humor y de una lucidez. Y de cada diez personas, yo creo que ocho saben que aquí hay razones valederas. Ahora, ya que me has llevado a un terreno más íntimo, te voy a decir otra cosa: es indudable que a veces el personaje me hace mierda, me molesta su poco, me coarta. Ahora estoy trabajando en una universidad y siento que tengo que tener mucho cuidado. Y una cosa que me dio mucha pena fue que cuando llegué a Nueva York con mi hija, yo no había querido prevenirla, pero tenía claramente presupuestado que a mí en el aeropuerto me iban a decir algo. Y sucedió, sucedió… “Mire señor, están todos pasando pero usted tiene que pasar a conversar con cierta gente”. A mí me dio mucha pena, compadre. Me allané de corazón al procedimiento, dije que me parecía adecuado, pero tenía una pena infinita… Y si me pongo a llorar es porque… porque claro, yo soy muy actor, muy histriónico, pero mi utopía personal es no ser malinterpretado. Si me preguntas qué anhelo yo en el fuero íntimo, al final son dos cosas: no quiero ser malinterpretado, y quiero que un príncipe azul se dé cuenta de que soy una Cenicienta. Una Cenicienta del proletariado.

ROMPAN FILAS
Bruno Vidal
UDP, 2016, 280 páginas