A través del sitio Pousta.com, un joven universitario decidió publicar una carta abierta en la que reflexiona sobre el verdadero motivo o fin de realizar el “tradicional” mechoneo en las diferentes universidades, todo esto tomando como base el bullying y violencia que sufrió un alumno de la U. de Concepción que se negó a ser víctima de este rito.

A continuación su escrito completo (transcripción Pousta):

“El video de un mechón de la U. de Conce que sufre las consecuencias de resistirse a la sádica bienvenida a la universidad, bautizada como “mechoneo”, reabre el debate anual sobre por qué carajos esa estupidez sigue existiendo.

Esta fue la “lógica”: mechoneo en la Universidad de Concepción, “tradición” típica en esta época del año. Un mechón se niega a participar ¿Respuesta? Un balde de “agua” en su contra, harina, y los gritos iracundos de un grupo de estudiantes que ya van en cursos superiores y que probablemente también fueron mechoneados y que ahora se descargan contra el nuevo.

El vídeo lógicamente ya está dando vueltas por internet llevándonos a todos a opinar. Por su parte el vicedecano de la facultad no descartó expulsar a los responsables.

Esto nos lleva a pensar nuevamente (en serio, que lata) ¿Por qué sigue existiendo el mechoneo como bienvenida? Perdón ¿En serio es una bienvenida? Otro año más, otro período de inicio de clases y de nuevo con el mismo tema: ¿En serio seguimos con la hueá del mechoneo?

Al igual que muchos, también fui mechoneado. No me negué y asumí participar. Dentro de mi (poca) libertad de decidir, opté por participar. Ponerme a mi mismo en modo avión y pasar la tarde disociado experimentando como vaciaban potes de mayonesa y mostaza sobre mi espalda, dejé que hicieran un Art Attack con los pelos de mis axilas mezcladas con manjar y cola fría. Sentado vi como se elegía al rey y reina mechona en competencias como la cachetada más sonora, besos aquí y besos allá, perreos intensos y todo lo que no puedes catalogar como falta de respeto porque, obvio, “es el mechoneo po”.

A pesar de someterme, sonreía, filo (no tenía mucha opción la verdad). Nos soltaron a la calle para ir en busca de los cinco mil pesos que nos permitirían pagar la “fienza” y recuperar nuestras cosas. Me daba una paja soberana tener que pedir plata en ese estado. Así que caminé un par de cuadras hasta encontrar una banca. Me senté y saqué de mi pierna, a pocos centímetros de mi testículo izquierdo, el billete de cinco mil pesos que tenía pegado con scotch bajo el bóxer. Así me ahorré horas de ser alguien con un olor horrible paseándose por barrio República. Le pedí a un señor de un kiosco que me cambiara el billete por un billete de mil y monedas varias.

Podría hablar del “mechoneo social” que hace, por ejemplo, la Adolfo Ibáñez. Podría destacar lo positivo que es esa instancia, en donde a los nuevos estudiantes los mandan a pintar fachadas de casas y acciones sociales por el estilo. Creo que es un aporte. Pero claro, hablar del “mechoneo social”, hablar de la Adolfo Ibáñez y sobre algo que considero positivo, me convertirá ante la tribuna de las redes sociales en un cuico, en un imbécil y en todos esos adjetivos de quienes son (obvio, o sea) dueños de la realidad y la verdad.

Para algunos puede ser hasta un trauma ser mechoneado, más aún cuando trataste de salvarte de eso. Pero claro, al hablar de trauma dirán: “ay, exagerado”, “mamón”, etc.

Vengan de a uno, cabrones.

Sumergirme en ingredientes de cocina y todo material escolar para pedir plata en barrio República no me sirvió de nada para acercarme a mis compañeros ¡Oh, vaya! (léase con el mejor tono de traducción latina). De verdad que me siento muy incluido ahora que estoy mechoneado, me siento tan digno como persona y como futuro profesional ¡Qué alegría más grande llegar así a mi casa!

A mis compañeros de carrera los conocí después, trabajando cosas para la universidad y en las primeras fiestas de la facultad, con borracheras y resacas compartidas. Y sobre la experiencia del mechoneo nunca nadie habla, es una especie de trauma que uno intenta borrar de la memoria.

La bienvenida debería ser fiestas y buena onda. No una tradición violenta y sin ningún sentido. Por que ya, por último. ¿Por qué tienen que obligar a todos a participar? ¿Por qué aquel que no quiere recibe como respuesta una humillación? La cosa es simple, quien quiera participar que lo haga y el que no quiera, déjenlo libre.

¿Te parece esto una bienvenida? ¿Te pasó algo similar? ¿Qué te parece que se siga repitiendo este absurdo ritual?”.