“La adolescencia y el alcohol no se llevan nada de bien. Era la primera vez que me invitaban a una Fiesta de Graduación, estaba terminando tercero medio y una amiga me invitó para llegar después de las doce”.

Así comienza un llamativo relato publicado en el sitio Pousta.com, en el que un adulto recuerda el día en que una amiga tuvo la brillante idea de invitarlo a su fiesta de graduación, evento en el que mostró la hilacha y en el camino a su casa derechamente dejó la cagá.

El protagonista de esta historia señaló que “fue un miércoles, así que tuve tiempo para canalizar mi emoción hasta ese día sábado. Al llegar a mi casa les conté a mis viejos que había sido invitado y ahí nos dimos cuenta de un detalle: no tenía traje. El que había usado la última vez me quedaba extremadamente chico. Lógico, creo que a la última cosa formal a la que había ido era un matrimonio a los 13 años. Partimos a comprar un traje. Me probé tres. Opté por un negro clásico, un par de zapatos, una corbata de mi viejo y estaba listo”.

Añadió que la espera por fin quedó atrás y llegó el gran día: “La cosa era cómo llegar a las doce y la previa. Hablé con una amiga que también iba y quedamos en tomar nosotros dos (alcoholismo) antes de ir. Le sacamos un vodka a su mamá que no estaba (delincuencia) pero el problema fue que no había con que tomarlo y sí… uno puede ser bueno para tomar, pero (pucha), hay que ponerle algo igual. Solución: lo único que había era jugo de naranja en polvo diet con sabor a nada. Solución a la solución: sacarina…No se que hueá tomamos pero lo tomamos igual. Tomamos rápido y tomamos varios, pero filo, todo diet”.

Terminada la previa, el adolescente detalló que los pasaron a buscar otros amigos a las 12:30 AM. En ese minuto, dijo, “ya borrachos nos subimos al auto y nos fuimos comentando sobre alpacas, política y el colegio. Temas de borrachos. Llegamos a la fiesta, pero muchos todavía estaban sentados en plena sobremesa y uno ahí llegando caminando sobre un naciente zigzag. Indignidad. Piscolas iban, piscolas venían. Sonaba el mix de axé, cumbias varias y la electrónica de un entonces de entonces semi-famoso David Guetta con “The world is mine”. Me dio hambre y recordé que no había comido antes de salir. Pillé un plato de entrada que nadie se había comido, carpaccio de salmón. Sin tenedor ni nada tomé un limón ya exprimido y lo esparcí sobre el pescado y con lo único que tenía a mano, mis manos, me lo comí. Suficiente, que siga la fiesta”.

A renglón seguido, detalló que “seguí bailando con mi grupo de amigos con total seguridad y libertad, sin importar que tenía las manos pasadas a alcaparras. De hecho el olor a carpaccio que emanaba de mis manos y ropa (sí, me saqué el aceite y limón de las manos estrujándolas en la chaqueta) no fue impedimento para agarrarme firme a alguien en los pasillos que daban a los baños, a vista y paciencia de un apoderado que miraba con cara de ‘ah no, qué pecador’. Mi dignidad se convertía en un concepto pretérito”.

Con el transcurso de las horas varios curados del evento empezaron a caer, “salimos lento, a pasos lentos y muy pensados ocupando nuestras últimas neuronas que intentaban hacer sinapsis sumergidas y al escabeche en alcohol. Llovió vómito detrás de algunos autos. Otros simplemente se dejaban caer de cara al suelo esperando de milagro despertar en sus camas. Yo me sentía bien, bien borracho, pero bien al fin y al cabo. Estaba tranquilo porque ya tenía solucionado cómo me iba a devolver a mi casa, el papá de unos amigos que se graduaban esa noche me llevarían de vuelta. Éramos prácticamente vecinos. El padre, un militar, era de esos apoderados que inspiraba seguridad y tranquilidad a los demás padres. Así que todo bien. Hasta ahí”.

Pese a que creía que todo iría la raja, al sentarse en el asiento sintió cómo todo le comenzó a dar vueltas en el cerebro. El hecho fue empeorando “curva tras curva, subidas, bajadas. Comencé a oír a mis intestinos decir a mi conciencia que no aguantaban más. Maldito hígado, maldita noche, maldito salmón. Sentí la primera presión en mi interior, sentí esa saliva tibia que te advierte, sentí cada milímetro de líquido resultante de carrete subir por mi esófago hasta alojarse en mi boca inflada como pez globo. Miré a mi amigo, le hice señas para que me diera alguna solución. Sugirió que me lo tragara. Segunda presión. Explosión. Fue como una demolición”.

Agregó que “alcancé a ponerme una mano sobre la boca intentando hacer una represa: error. La mini separación de mis dedos hizo algo así como un efecto de spray. El auto se detuvo en seco apenas el papá de mis amigos escuchó ese profundo sonido gutural. Abrieron la puerta, cataratas de vómito. Vi pasar todo frente a mí, vómito, el vodka, la sacarina, recuerdos de la fiesta, el axé, el salmón y hasta un par de alcaparras. Mi dignidad no la vi nunca”.

Precisó sobre ese mal rato que ” con la cabeza fuera del auto, aún detenido, pude enfocar un poco de mi arte esparcido en el cemento. Me tranquilicé, todo ya estaba afuera. Al regresar mi mirada al interior del auto pude notar la magnitud del atentado. Vidrios, asientos, piso, amigos… y su padre. Todos vomitados. Había vomitado hasta el espíritu. ‘Sorry, tío’, le dije. ‘No te preocupes’, respondió sin mirarme y pisando firme el acelerador”.

Luego de un tenso viaje, el joven contó que lo dejaron en su casa y se fue caminando lento: “Pie derecho, luego el izquierdo, todo muy premeditado como si recién estuviera aprendiendo a caminar. Cuando llevaba dos pasos miré hacia atrás y ahí estaban aún, mis amigos y su padre vomitados esperando que entrara a mi casa. El auto goteaba. Me toqué los bolsillos. Tenía todo, billetera, llaves y la cajetilla que tenía un cigarro, pero no tenía el encendedor. Pensé en fumarlo antes de entrar a la casa sí que caminé los dos pasos de vuelta al auto de mis amigos para pedir fuego. Ellos mirándome con cara de ‘me estay hueveando’ me acercaron un encendedor. Al ver como estiraba mi brazo y mi mano hacia ellos haciendo notar toda mi manga vomitada, uno de ellos se ofreció a encenderlo”.

“Se fueron, fumé la mitad de mi cigarro. Entré a mi casa, todo era silencio. Debía subir la ruidosa escalera sin llamar la atención. Fui lento, concentrado y afirmado tratando que las gotas sobre el traje no cayeran a los escalones. Iba en la mitad del trayecto cuando levanté la cabeza y vi a mi papá en pijama. ‘¿Qué te pasó hueón?’, preguntó. Miré mis mangas, miré mi camisa, mi corbata (su corbata) y haciéndome el desentendido respondí: Comí salmón y creo que estaba malo”, sentenció.