Rolando Venegas no pudo conciliar el sueño. Marisol Muñoz (53), su pareja por más de 11 años, lo notó inquieto, más preocupado de lo normal. “ Mi vida, ¿Por qué te levantaste tan temprano?”, le dijo Marisol cuando sintió el despertador de Rolando a las 5:40 de la mañana.

Por costumbre, Marisol siempre se ha despertado a las cinco. “Tantos años trabajando antes del alba pasan la cuenta”, dice. Rolando estaba angustiado. Sagradamente, siempre se despertaba a las seis. Nunca antes.

Tomaron desayuno en silencio y salieron en bicicleta a la fábrica de Fruna, ubicada en la avenida Camino a Melipilla 11246, en Maipú. Fue el sábado 29 de abril. El último turno del mes.

Rolando llevaba casi ocho años en la popular empresa de confites y Marisol tres. Ambos trabajaban de lunes a sábado. Él en turnos de 12 horas diarias (con una hora de colación) y ella, en turnos de día y de noche, de ocho y nueve horas respectivamente, sin colación ni descanso. Sistema de jornadas laborales que el sindicato de la empresa había denunciado varias veces en la Inspección del Trabajo.

Desde hace varios años que los dos trabajaban en el molino, sección de la empresa donde se procesa el azúcar, la harina y todas las sobras de otras líneas de producción. Rolando estaba a cargo de coordinar el trabajo ahí adentro. Pero por los constantes problemas que había tenido con el jefe de planta, un tipo que los funcionarios llaman “el perro”, consideraba que su traslado era inminente. Algunos trabajadores aseguran incluso que su destino era la gestión de desechos de la empresa.

-Todos veían como molestaba y humillaba a Rolando. Los últimos meses se puso peor. Lo seguía a todas partes y cada vez que discutían, le sacaba en cara su título universitario. Rolando solo había terminado el colegio. Lo gritaba y apocaba siempre, relata Marisol.

A las 9:20 de la mañana, Rolando desapareció. un trabajador de confianza del supervisor, le preguntó a Marisol si lo había visto. “Quizás fue a la oficina porque quería hablar con los jefes de su situación”, le dijo ella. Pero no estaba ahí. Tampoco en los baños. Ni había salido de la empresa. Marisol empezó a preocuparse. Rolando se había colgado de una viga, sin que nadie lo notara.

Los jefes empezaron a subir y bajar las escaleras del molino. “¡Qué le pasó a Rolando!”, preguntaba Marisol sin recibir respuestas. Cuando se cruzó con Nicolás Santiesteban, heredero de Fruna y autodenominado el Willy Wonka chileno, le pidió que le dijera la verdad. “Señora, el caballero está muerto”, le habría respondido fríamente.

Los gritos y llantos de Marisol retumbaron en el recinto. “¡Asesino! ¡Me lo tenías enfermo, me lo quitaste!, le gritó Marisol al jefe directo de Rolando. Al poco rato llegó la PDI, personal de la Fiscalía de Maipú y Carabineros. Con pallets y cajas de galletas, taparon el lugar donde su pareja se quitó la vida. Menos de dos horas después, a las 14:45, murió de un ataque cardíaco J.R.V, luego de enterarse de la muerte de su amigo Rolando, con quien había llegado a la empresa.

Pese a la conmoción de los trabajadores, los turnos no se suspendieron. La familia se enteró que Rolando Venegas había dejado una carta acusando que sufría hostigamiento por parte de su jefe, al que todos llamaban “el perro”.

Fruna siguió produciendo.


Marisol Muñoz pareja de Rolando.

VIVIR FRUNA

Lissette Cifuentes (35) trabaja en Fruna hace tres años como operaria maquinista. Durante el verano trabaja en la planta de helados y el resto del año, en galletas. Al igual que la mayoría de los 1.700 trabajadores que tiene la empresa, es parte del sindicato nº 2. El sábado 29 de abril cumplía su turno a pocos metros del molino. Fue testigo de como la empresa se demoró en reaccionar ante la muerte de Rolando y también, de la desesperación del resto de los trabajadores. “Al mediodía una de mis compañeras haitianas escuchó que se había ahorcado un compañero. Yo sufro crisis de pánico y empecé a tiritar. Pedí explicaciones, pero solo veíamos jefes pasar y no nos daban información. Fue inhumano, los supervisores nos obligaron, a gritos, a seguir trabajando. Esta empresa nos trata como animales”, cuenta.

Ella, al igual que varios trabajadores de la fábrica, conocía al jefe de planta. “Tiene muy mala fama”, asegura. Por eso, no le sorprendió que horas después de la muerte de Rolando, los baños se llenaran de rayados. Para Lisette lo que pasó con Rolando superó todos los límites. “Muchas veces he sido víctima y también testigo del hostigamiento laboral en Fruna. Te tratan a gritos, no te dejan conversar, si te pillan descansando te ponen una carta de amonestación. Con tres de esas cartas, te echan sin derecho a nada. Estás todo el día bajo presión”.

Según cuenta la operaria, trabajar en Fruna es estresante desde el momento que te bajas de la micro. La entrada a la fábrica da justo a la Avenida Camino a Melipilla, que tiene muy pocos semáforos y además, alto flujo vehicular. Para poder entrar, los trabajadores cruzan corriendo, porque no existe paso de cebra ni tampoco una pasarela. “Las mujeres, que somos mayoría en la empresa, sacamos camisas blancas como palomitas para que nos vean. Varios trabajadores han perdido la vida ahí mismo”, cuenta.

Al igual que el resto de los operarios, Lisette gana 360 mil pesos al mes. La mayoría de las mujeres -el 70% de la planta- son jefas de hogar y un porcentaje importante son extranjeras. Al igual que la viuda de Rolando, ella trabaja en turnos de ocho a nueve horas, sin colación ni media hora de descanso, como exige la legislación chilena.

La realidad que describe Lisette al interior de Fruna es dura. Y es coincidente con la decena de testimonios que se recopilaron para este reportaje. “Al entrar los guardias te revisan. No puedes entrar agua, comida ni celulares. Por eso, nos escondemos pedazos de pan en las calcetas o en los sostenes y los comemos en el baño para que no nos reten. Los baños son asquerosos, casi nunca hay jabón ni confort. Ellos te pasan un pequeño rollito para todo el día. Si se te acaba, es problema tuyo como te limpias. Nos sentimos humilladas”, describe.

Tanto Lisette como Marisol Muñoz, no entienden cómo una empresa que asegura ser la dulcería del pueblo, puede tratar así a sus empleados. Fruna fue fundada por los Santiesteban, una familia de comerciantes confiteros oriundos de San Miguel. Tras una infancia llena de carencias, José Antonio Santiesteban tuvo la gran idea de que en vez de comprar productos por mayor y venderlos al detalle, mejor fabricaban confites propios.

Como cuenta Nicolás Santiesteban en una entrevista a la revista Capital el año pasado, el crecimiento de la empresa llegó rápido porque la inspiración siempre fue local. “Bautizaron Kilombo a sus obleas en homenaje a un vecino argentino; las galletas 303 y 505 por los Peugeot o el Aqua Life por Agua de la vida que vendían en la teleserie Sucupira”, contó a ese medio.

Justamente ese discurso es el que le duele a Marisol Muñoz. “Me da pena porque veo que la gente celebra siempre a Fruna y a nosotros, que somos el pueblo, nos vulneran todos los días, desde que entramos hasta que salimos. Espero que esta tragedia cambie un poco las cosas”.

En la madrugada del domingo 30 de abril, un grupo de trabajadores intentó realizar un velatón en honor a los trabajadores fallecidos. Pusieron velas y flores en la entrada que pretendían acompañar con la foto de sus compañeros. “La gente quería acompañarse, tener un luto y los echaron a todos. Además tiraron agua para que nadie volviera. Las dirigentes sindicales reclamaron, pero no había nada que hacer. Nadie quería irse detenido así que lo mejor era olvidarse y entrar a trabajar. Lo mismo que hacemos todos los días”, cuenta Lisette.

EL CHOCOLATITO

Marisol y Rolando llevaban 11 años de relación. Siempre tuvieron el anhelo de casarse, pero no habían tenido el tiempo ni el dinero para hacerlo como correspondía. En enero de este año, incluso pidieron una hora en el registro civil, pero el padre de Marisol se hospitalizó por problemas de salud y ambos querían que él estuviera presente en la ceremonia. “Él nos quería ver casados y por eso esperamos. Qué iba a saber yo que Rolito se me iba a ir primero”, cuenta Marisol.

Siempre vivieron en Villa Grecia, una población cercana a Américo Vespucio en Maipú. Ambos trabajaban en la fábrica de Evercrisp en Cerrillos, pero cuando Rolando fue despedido de esa empresa, Fruna se transformó en la mejor opción. La fábrica quedaba a 10 minutos de su casa en bicicleta, lo que se traducía en más tiempo con su familia a pesar de lo agotadores que fueran los turnos.

Los primeros años de Rolando en Fruna fueron buenos. Si bien era consciente de las carencias que existían adentro de la empresa, se preocupó de llegar media hora más temprano a su turno, jamás faltaba ni tenía conflictos con sus superiores. Marisol, finalmente, decidió entrar a la misma empresa, aunque su visión de las condiciones fueron diferentes a las de Rolando: “Nos obligaban a hacer aseo, limpiar las máquinas, los supervisores no nos permitían hablar y los baños eran tan asquerosos que no se podía ni entrar. No podíamos comer ni descansar. Si no obedecías, te amenazaban con la famosa carta de amonestación”, recuerda.

Tras casi dos años en la empresa, Marisol tuvo un accidente. Saliendo de las duchas luego de un turno de mañana, se resbaló con varias colillas de cigarro y terminó con una fractura expuesta en uno de sus brazos. Durante 10 meses, sufrió de intensos dolores y tuvo que asistir diariamente a una terapia de recuperación. El regreso al trabajo fue traumático. Como tenía una lesión crónica, el peso de las cajas le inflamaba la mano. “Le pedí muchas veces a las supervisoras que me cambiaran de sección. Pero se burlaban de mí. Me decían que debía acostumbrarme porque había tenido un año de vacaciones”.

Como Rolando había sido ascendido de operador a maquinista de procesos y coordinaba el trabajo en el molino, logró que Marisol pudiera cambiarse a un trabajo con menos esfuerzo físico. Situación que según Marisol, provocó que el jefe de planta se ensañara con él.

– Trataba mal a mucha gente, pero con Rolando era personal, porque a pesar de no tener estudios, lograba un mejor funcionamiento del molino. Mi Chocolatito, como le decían en la empresa, era capo. Los dueños lo escuchaban y eso le cargaba a su jefe- cuenta Marisol.

En este último año la relación entre Rolando y su supervisor fue deteriorándose cada día más. “Recuerdo que la última gran discusión que tuvieron fue porque Rolito no quería volver a procesar recortes de producción sucios. Pero él insistía, a pesar de que vinieran con confort, chicles y tierra”.

Según información que recopiló The Clinic, Fruna no solo tiene un vasto historial de denuncias en la Inspección del Trabajo, si no que también la Seremi de Salud les ha realizado múltiples sumarios sanitarios por productos en mal estado, servicios higiénicos del personal en pésimas condiciones e instalaciones peligrosas para los trabajadores. Desde el 2014 a fines del 2016, existen 22 sumarios con sentencia para la empresa. De lo que va del 2017, la Seremi de Salud ya tiene cuatro sumarios abiertos contra Fruna que están en proceso de investigación.

A principios de abril, camino al trabajo en bicicleta, Rolando tuvo un accidente. Un bus del Transantiago lo atropelló, quedando con varias contusiones. Tuvo licencia por dos semanas. “Rolando sabía que durante ese tiempo lo sacarían del molino. Estaba muy nervioso y no hallaba la hora de volver a trabajar”, asegura Marisol.

Sus intuiciones no estaban erradas. El primer día al que asistió después de su licencia, le informaron que ahora un trabajador de confianza del supervisor, era el nuevo encargado del molino. A Rolando solo le quedaba esperar las instrucciones de su traslado. “Mi vida, no me van a dar el mismo puesto, quizás para humillarme dónde me va a mandar”, le contó preocupado a Marisol.

Una semana después se colgaría de una viga en su mismo puesto de trabajo.


Rolando (camisa a rayas) junto a su familia.

LA LUCHA

“Una vez al mes doy una vuelta con los hijos de nuestros trabajadores y ellos me abrazan. Soy el verdadero Willy Wonka”, dijo hace un año en La Tercera, Nicolás Santiesteban, el heredero de Fruna.

Beatriz Maldonado (37) y Celinda Herrera (45), presidenta y tesorera del Sindicato de los Trabajadores en Fruna, no supieron si reír o llorar cuando leyeron la entrevista del hijo menor de José Antonio Santiesteban.

– Este hombre vive en un mundo paralelo, creyéndose el personaje de un libro en un mundo ideal, en vez de mirar cómo tratan a los trabajadores de su fábrica. Hasta los Oompa Loompa tenían mejor vida que nosotros- dice la presidenta del Sindicato.

Beatriz lleva ocho años en Fruna. Es jefa de hogar y entró a la empresa como operaria, al igual que la mayoría de sus compañeras. Con el tiempo, empezó a ganar notoriedad entre los trabajadores. “Vi que había mucho maltrato y que no existían condiciones mínimas, como sillas para sentarse (ley de la silla), horario de colación y descanso. Era como volver a la esclavitud y todo el mundo lo soportaba sin problemas”, recuerda asombrada.

El testimonio de Celinda Herrera, con más de 14 años en la empresa, parece irreal. “Hace tres años los jefes seleccionaban al azar operarias para que limpiaran los baños. Yo fui la primera en negarme, porque a mí me pagaban por ser maquinista. Me amenazaron con echarme, pero no iba a darles en el gusto. Nosotros manipulamos comida, la contaminación cruzada era evidente”, cuenta Celinda. Y agrega: “Una supervisora una vez casi me pega porque yo barrí galletas del suelo y las boté a la basura. Me dijo que eso se procesaba igual. Yo casi me puse a llorar y nunca más le di a mis hijos nada de Fruna”.

Gracias a la presión que ha ejercido su sindicato, hoy existe personal de aseo y el recorte se maneja con un poco más de criterio. Sin embargo, las condiciones de la empresa siguen siendo insuficientes según estas trabajadoras. “Todo lo que tenemos hoy ha sido a punta de esfuerzo, porque la empresa nos ha echado tres veces y siempre les hemos ganado en Tribunales, logrando nuestra reincorporación”, afirma Beatriz.

Formar el sindicato fue un trabajo de joyería. Luego que Beatriz se indignara porque los gerentes de la empresa le pidieron que renunciara para hacerse cargo de sus hijos, decidió formar un sindicato interempresa. Al poco tiempo, la echaron. Durante siete meses, hizo aseo en casas para mantener a su familia. Fruna tuvo que reincorporarla.

El próximo paso era formar el sindicato de los trabajadores, porque el otro siempre fue pro empresa. La organización tenía que ser clandestina y libre de sapos. “Nos tuvimos que esconder como delincuentes, pegábamos papeles en los casilleros, tirábamos panfletos en el baño. La idea era que la gente fuera a las asambleas y se informara. Les decía a todos que no podíamos seguir quedándonos callados”, dice Beatriz.

A finales del 2015 lograron constituirse con 220 miembros activos. Ahora se sentían con la fuerza suficiente para denunciar a Fruna ante la Inspección del Trabajo. “He visto a compañeras que les quitan sus toallas higiénicas en la puerta, porque son consideradas poco sanitarias. O ver a las embarazadas comer su colación al lado de los tarros de basura. Jefes hostigando compañeros en impunidad, como pasó con Rolando. Eso no puede seguir pasando”, dice Beatriz.

Según datos de la Inspección del Trabajo, el registro histórico de Fruna demuestra que se han hecho 250 fiscalizaciones a la empresa, de las cuales 82 (casi un tercio) han implicado una sanción con multa. Las denuncias hechas por trabajadores suman 460, siendo las más comunes los conflictos sobre jornada y descansos (187). De este total, 194 fueron sancionadas.

Según Jorge Meléndez, Director de la Inspección del Trabajo Poniente, la conducta laboral de Fruna es algo que siempre los ha preocupado: “Las cifras no son menores y diría que la empresa tiene un alto nivel de conflictividad laboral. Hemos detectado muchos problemas en jornadas de trabajo y, por eso, hemos sancionado todas las veces necesarias”.

Fruna también ha sido sancionada por prácticas antisindicales en los años 2007, 2012 y 2013, por separación ilegal de dirigentes. “No es normal que una empresa tenga tres sanciones por prácticas antisindicales. Uno espera que la empresa reconsidere sus decisiones y que exista una relación con los sindicatos mucho más conductiva. Por eso es muy importante que los trabajadores se acerquen a denunciar”, precisa Meléndez.

Beatriz y Celinda fueron las únicas representantes de Fruna en el funeral de Rolando Venegas. “Queremos que ellos cuenten con nosotros a pesar de las acciones que quieran tomar”, agrega Celinda. Pero Marisol y su familia aún no saben qué hacer.

El día de la muerte de Rolando, Marisol y su familia fueron interrogados por la Brigada de Homicidios Metropolitana de la PDI. Ellos leyeron la carta que les dejó. Si bien no quisieron compartir el contenido más personal de la carta, aseguraron a este pasquín que Rolando acusó que “el hostigamiento laboral lo tenía muy cansado”. La carta, según información que maneja la familia, está en manos de la Fiscalía Local de Maipú.

The Clinic consultó a la PDI sobre este caso, pero solo aseguraron que existe una investigación en curso y no harán declaraciones hasta que exista una resolución. La empresa, en tanto, no respondió a los requerimientos que les hizo este medio.

Desde la muerte de Rolando que Marisol está con licencia médica y cada día le da pánico la idea de volver a Fruna. Aparte de aportar con los gastos fúnebres, la empresa no se ha acercado a la familia para dar explicaciones ni tampoco el pésame. Marisol está a la espera del resultado de la investigación para resolver si toman acciones legales en contra de la empresa.

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