La discusión sobre si se debe aplicar o no la ley antiterrorista en ciertos casos de violencia acontecidos en La Araucanía es más lo que oculta que lo que esclarece. ¿Es un acto terrorista la quema de camiones madereros? Depende: si se descubre que el móvil es cobrar seguros comprometidos o generar algún tipo de privilegio o ganancia económica, es obvio que no sería un acto terrorista, sino una infracción común con rasgos de estafa. Y para ese tipo de delitos existen las leyes comunes. Si el objetivo, en cambio, es causar terror y alarma pública en la zona para llamar la atención respecto de la causa de un grupo cualquiera, es evidente que estaríamos ante un delito de tipo terrorista, y es de suponer que si el delito es ése, la ley que corresponde aplicar es aquella confeccionada especialmente para tales circunstancias. Pero ésta es una discusión de abogados, no de políticos. El problema que se vive en La Araucanía no se arregla decidiendo si quemar un camión es un acto terrorista o no. Este conflicto no lo resolverán los abogados, ni los políticos que hablan como ellos; ni lo concluirá tampoco la fuerza pública (sólo los dictadores piensan que los problemas políticos se solucionan dando golpes de Estado). Los que han llegado a la convicción de que al interior de un Estado sólo se reconocen individuos y no grupos con identidades que respetar tampoco serán de mucha ayuda en este entuerto, porque mientras ellos piensan aquello los miembros de esos grupos creen todo lo contrario, y en esa falta de reconocimiento encuentran el combustible para su combate. Más aún, está precisamente en ese desdén el origen de la violencia. ¿Los mapuche no han dado acaso muestras suficientes, a lo largo de varios siglos, de una voluntad de pertenencia a un colectivo distinto del Estado? ¿Por qué no reconocerla?¿Por qué desdeñarla con tanto encono? Esto no significa partir el país en dos, sino entender que en una democracia moderna el poder central no está llamado a someter todas las diferencias, sino a administrarlas de manera que puedan convivir. A mí me gustaría que incluso las aliente. Si a los mapuche se les reconociera un cierto grado de autonomía (qué aspectos abarque es un asunto a discutir), serían ellos mismos los principales interesados en aislar a sus violentistas, porque lejos de representarlos, estarían rompiendo sus acuerdos internos. Adentro del pueblo mapuche hay tantas diferencias como en cualquier comunidad, y desde el minuto en que se le acepta como colectivo, la responsabilidad de administrarlas recae en ellos mismos. De momento, la discusión parece completamente extraviada. Ok., la quema de camiones es un acto terrorista. Sus hechores merecen castigo. Pero cuando se les aprese vendrán otros. Me cuentan que entre los jóvenes mapuche se ha puesto de moda la radicalidad. Es lo que sucede cuando la política renuncia a sus obligación de buscar acuerdos. De momento, la pregunta que prima es “¿quién manda aquí?”, cuando debiera ser “¿cómo hacemos para vivir en paz?”